Oslo, 10 de diciembre de 2025 – Total News Agency-TNA-La ceremonia del Premio Nobel de la Paz, tradicionalmente concebida como un momento de celebración universal, estuvo marcada esta vez por una ausencia que resonó más fuerte que cualquier discurso. María Corina Machado, líder opositora venezolana y figura central de la resistencia democrática frente al régimen de Nicolás Maduro, no pudo estar presente en Oslo para recibir el galardón que reconoce décadas de coraje, perseverancia y sacrificio. Su hija, Ana Corina Sosa, tomó su lugar en el estrado mientras la comunidad internacional observaba, consciente de que la silla vacía era en sí misma un mensaje poderoso.
La imposibilidad de Machado de asistir al acto no fue una decisión personal ni un gesto político: fue la consecuencia directa de la persecución que ha sufrido durante los últimos años. Según medios internacionales y fuentes cercanas al Instituto Nobel, su salida de Venezuela exigió un operativo lleno de riesgos, silencios obligados y movimientos en la clandestinidad que, aun con el apoyo internacional, no lograron garantizar su llegada a tiempo a la capital noruega. Desde su equipo, la prioridad fue en todo momento proteger su integridad, en un contexto donde la libertad, la seguridad y la vida de quienes se oponen a Maduro se encuentran amenazadas.
Aun así, el impacto de su voz logró atravesar la distancia. En un mensaje difundido poco antes de la ceremonia, Machado insistió en que el Nobel “no es mío, es de todos los venezolanos que han resistido”, un reconocimiento que ella, desde el exilio forzado, convierte en un homenaje colectivo a millones de ciudadanos que han luchado en silencio, que han perdido familiares, oportunidades y hogar, y que no han renunciado a la esperanza de un país libre.
Su ausencia, lejos de opacar la ceremonia, la llenó de significado. Representó a quienes no pueden hablar, a quienes han debido huir, a quienes permanecen presos o desaparecidos, y también a quienes siguen dentro de Venezuela enfrentando un sistema que ha borrado las fronteras entre persecución política y vida cotidiana. Diplomáticos y observadores presentes en Oslo coincidieron en que la figura de Machado, aun sin aparecer, ocupó la sala entera. Su nombre fue pronunciado con respeto, pero también con una conciencia dolorosa: la de que recibir el Nobel de la Paz no basta para garantizarle la libertad que su propio premio simboliza.
El Instituto Nobel reiteró que Machado podrá participar de futuras actividades relacionadas con el reconocimiento cuando su situación de seguridad lo permita, una frase que, en su delicadeza, refleja la fragilidad del momento. Mientras tanto, la imagen de su hija alzando el galardón dejó ver la dimensión humana de esta lucha: el costo emocional, familiar y personal que conlleva enfrentarse a un régimen que no tolera opositores.
El Nobel concedido a Machado, aun sin su presencia física, se convirtió en una denuncia viva. La ceremonia transmitió la idea de que la paz no es un estado alcanzado, sino una meta que se persigue en medio de adversidades. Y esta vez, esa búsqueda tuvo rostro venezolano: el de una mujer que no pudo estar allí para agradecer, pero cuya ausencia lo dijo todo.

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