La habana-16 de Febrero de 2026-Total News Agency-TNA. En Cuba, el derrumbe cotidiano empujó a la calle una certeza que se repite en voz baja y, cada vez más, en tono abierto: el régimen ya no puede sostener indefinidamente un país sin combustible, sin alimentos suficientes y con un sistema sanitario al límite. Mientras Estados Unidos endurece su cerco sobre el suministro energético y presiona a proveedores externos, en la isla crece la expectativa de un cambio político que muchos sitúan en una ventana crítica entre marzo y julio, aunque ese optimismo convive con la angustia por el impacto humano de la escasez y por el riesgo de un desenlace abrupto que deje a la población atrapada entre la represión y el colapso.
La crisis del combustible se convirtió en el eje del colapso. Los cortes de energía prolongados, la paralización del transporte y el deterioro de servicios esenciales marcan una rutina asfixiante para millones de cubanos. Con menos diésel para generar electricidad y sin gasolina para sostener la logística, se frena la distribución de alimentos, se encarecen los productos que aparecen de forma intermitente y se multiplican las dificultades para acceder a medicamentos. En los barrios, la conversación ya no gira sobre “cuándo mejora”, sino sobre “cuánto puede aguantar” una sociedad exhausta.
Desde dentro de la isla, el economista y emprendedor Ángel Marcelo Rodríguez Pita describió a Euronews el escenario como un punto de no retorno: sin combustible no hay producción, no hay transporte, no hay abastecimiento, no hay normalidad posible. En su diagnóstico, la autoridad apuesta a una resistencia que “conduce a la muerte del pueblo”, no al rescate del país. Esa “fatiga social”, sostiene, erosiona la legitimidad del poder más rápido que cualquier discurso oficial. Para quienes sobreviven a diario, la energía dejó de ser una variable económica y pasó a ser una prueba existencial.
El impacto se vuelve más visible allí donde el Estado solía exhibir control: rutas y accesos con controles para rastrear de dónde sale la gasolina que algunos aún consiguen para moverse en motos o autos; patrulleros con combustible en un país donde ambulancias y camiones de carga quedan inmovilizados; y un mercado interno que castiga con precios imposibles a quienes dependen de un salario pulverizado. Dirigentes de la sociedad civil, como Rosa Rodríguez, del Movimiento Cristiano de Liberación, describen una escena límite: familias sin un bocado en la mesa y hospitales donde el faltante obliga a trasladar cuidados a los hogares, mientras se evaporan insumos básicos en farmacias y centros de salud.
En ese marco, el endurecimiento de la presión estadounidense volvió a dominar el debate sobre escenarios extremos. En la isla no se habla públicamente de invasión, pero sí de la posibilidad de un golpe “quirúrgico” o de un colapso acelerado del aparato estatal. La sola hipótesis genera más inquietud que alivio entre los cubanos comunes, que no tienen refugio posible ante un conflicto: los dirigentes cuentan con medios para aislarse o escapar; el ciudadano de a pie queda expuesto. En la crudeza del agotamiento, aparecen frases desesperadas que no expresan vocación bélica sino la sensación de haber llegado al fondo: “que pongan una bomba”, dicen algunos, como grito de hartazgo ante una La habana deteriorada y sin horizontes.
La represión, por su parte, sigue presente como reflejo automático del régimen, aun en un contexto de desgaste. Continúan las detenciones arbitrarias, la vigilancia y la intimidación selectiva contra activistas. El propio Rodríguez Pita relató un episodio reciente de hostigamiento: fue interceptado y retenido durante horas, y luego abandonado de noche, en una zona oscura, como mensaje disciplinador. Sin embargo, el elemento novedoso es otro: el miedo perdió eficacia como herramienta central de control. En sectores crecientes de la sociedad, la percepción es que el Estado no tiene recursos para sostener una represión masiva prolongada y que el terror ya no alcanza para ordenar la vida diaria cuando falta lo esencial.
Esa grieta psicológica se traduce en un discurso más frontal. “Hay que salir por las calles, pero el pueblo entero”, insisten voces de la sociedad civil, con un pedido explícito: si no pueden gobernar, que renuncien y convoquen a elecciones. En el trasfondo, se consolida una idea que atraviesa generaciones: el régimen puede retener el mando por un tiempo, pero carece de futuro. La población, en cambio, siente que no tiene presente, pero apuesta su porvenir a un cambio inevitable, aunque incierto en su forma y ritmo.
La crisis energética amplifica, además, el aislamiento internacional y los problemas logísticos del país. La emergencia llegó incluso al combustible de aviación y obligó a reprogramaciones y restricciones operativas, un golpe adicional a un turismo que el régimen necesita para captar divisas. Cada restricción acelera la espiral: menos vuelos, menos ingresos; menos ingresos, menos capacidad de importar; menos importaciones, más escasez; más escasez, mayor tensión social.
En ese punto, la advertencia que recorre la calle no es ideológica sino práctica: aun si el poder se quiebra mañana, la reconstrucción no será inmediata. La vida social no cambia de un día para el otro, y el costo humano de la transición puede ser alto si la isla ingresa en un vacío de abastecimiento y seguridad. Por eso, la esperanza convive con una plegaria que resume el ánimo colectivo: no se puede vivir con miedo, dicen; el destino —para bien o para mal— está en manos de Dios y en la decisión de un pueblo que ya no se resigna al silencio.





