Buenos Aires-4 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA-— Con la voz medida, el cuerpo todavía en modo supervivencia y una frase que sonó a inicio de largo camino, el gendarme Nahuel Gallo habló este miércoles por primera vez desde su liberación tras permanecer 448 días detenido en Venezuela. “Me encuentro bien de salud, gracias a Dios, estoy pasando por un momento de estudios y tratando de reinsertarme en la sociedad”, dijo en una conferencia de prensa realizada en el Edificio Centinela de la Gendarmería Nacional Argentina, acompañado por la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, el canciller Pablo Quirno y el jefe de la fuerza, el comandante general Claudio Brilloni.
El regreso de Gallo al país —concretado el lunes— puso fin a una detención que, para el Gobierno argentino y para múltiples observadores internacionales, representó un caso emblemático del funcionamiento del aparato represivo del régimen venezolano: encierro prolongado, incomunicación, acusaciones difusas, ausencia de garantías transparentes y un uso político del “rehén extranjero” como pieza de presión. En su primera aparición pública, el propio gendarme aportó un dato que, por su simpleza, fue un golpe seco: aseguró tener “escasa información” sobre lo ocurrido durante su cautiverio. En otras palabras: ni siquiera después de la liberación hay un relato completo, porque el encierro, además de físico, fue deliberadamente confuso.
Gallo explicó que, según le hicieron saber desde el Estado venezolano, el Estado argentino había pedido por él. “Éramos de 35 nacionalidades, y el único al que tuvieron muy presente porque me han pedido fue a mí”, afirmó. La frase deja entrever el costado más oscuro del caso: en sistemas autoritarios, la suerte de un detenido no depende del expediente sino del costo político que su detención genera. Si alguien “es pedido”, aparece en el radar. Si no lo es, queda enterrado en la burocracia del miedo.
El gendarme apuntó directamente al lugar donde estuvo recluido: El Rodeo 1, un penal señalado desde hace años por denuncias de malos tratos y condiciones degradantes. “No es un lugar muy bueno, sino de bastante tortura psicológica”, sostuvo. No habló de golpes ni de marcas visibles; habló de algo más difícil de fotografiar, pero igual de devastador: el desgaste mental planificado, la incertidumbre como método, el aislamiento como castigo. “No es fácil estar incomunicado y que te acusen de delitos que no vienen al caso”, agregó, dejando entrever el patrón de criminalización que el régimen aplica cuando necesita construir un enemigo.
En ese punto, su testimonio incorporó un dato que amplía el drama más allá de su historia personal: aseguró que hay “24 extranjeros más” en El Rodeo 1 que “están esperando ser liberados”. Y pidió no soltarles la mano. “No me siento preparado para contar las atrocidades que hicieron”, confesó, y lo dijo con una honestidad que vale más que cualquier grandilocuencia: hay traumas que no se narran en conferencia de prensa, se procesan en silencio, con profesionales, con tiempo y con contención.
La descripción del momento de su salida fue, quizás, lo más revelador del mecanismo de control que padeció. “Tuve la oportunidad de haber salido en libertad el domingo, con mucha incertidumbre. Ahí no te avisan adónde vas a ir, es cuestión de momentos y días”, relató. En regímenes donde la detención es una herramienta política, la liberación también lo es: se administra como sorpresa, como mensaje, como recordatorio de que el detenido nunca tuvo el control, ni siquiera el último día.
Gallo puso palabras simples a su sostén emocional: “Mi fortaleza mental y pensar en mi hijo fue lo único que me mantuvo fuerte”. Y, con un tono que mezcló gratitud y tristeza, habló de la solidaridad recibida dentro del propio infierno: “He conocido a muchísimos venezolanos, me han ayudado así sea con una media. Porque los extranjeros no teníamos visitas ni llamadas”. Es una imagen pequeña, pero contundente: en un Estado que castiga, la humanidad aparece en los márgenes, en gestos mínimos de otros presos o de quienes también padecen el mismo sistema.
El gendarme también pidió “no olvidarse de Venezuela”, y mencionó a los presos políticos que continúan esperando la libertad en un país que, según su propia expresión, atraviesa “una transición”. En la mirada editorial de TNA, esa palabra —transición— es, hoy, más deseo que realidad concreta: la maquinaria de control social del chavismo sigue viva en cárceles, tribunales y organismos de seguridad, y se sostiene precisamente en eso que Gallo describió: aislamiento, propaganda, acusaciones sin sustento y castigos psicológicos.
En la conferencia, pidió a medios internacionales “no bajar los brazos” y “poner su granito”. Fue una forma directa de decir lo que suele evitarse por prudencia diplomática: en los sistemas autoritarios, el silencio es combustible. Y el olvido es condena. “Yo sigo encerrado en mi mente, hasta que no libren a esos 24 extranjeros, yo no estoy libre”, afirmó, en una frase que expone que la libertad no siempre llega completa: a veces llega con culpa, con sombras y con la sensación de haber dejado a otros atrás.
La presencia de Monteoliva y Quirno buscó enmarcar el caso como un hecho de Estado. La conferencia se realizó en un ámbito institucional, con la conducción de la Gendarmería presente, y con un mensaje implícito: el Gobierno quiere capitalizar la liberación como resultado de gestiones y, al mismo tiempo, instalar que la detención fue injustificable. En paralelo, el episodio dejó flotando tensiones internas sobre quién movió las piezas para destrabar la salida, un tema que circuló con fuerza en el ecosistema político argentino y que abre una pregunta incómoda: cuando no hay relaciones normales con un régimen cerrado, ¿quién termina negociando y con qué costos?
Más allá de esa discusión, el punto central quedó expuesto por el propio Gallo: el régimen venezolano utilizó su detención como herramienta de presión y castigo, y lo mantuvo incomunicado y bajo tortura psicológica en un penal señalado por su dureza. La liberación, celebrada como alivio por su familia y por gran parte de la sociedad argentina, no borra el hecho principal: 448 días no son un “incidente consular”, son una violación prolongada de derechos elementales.
El gendarme cerró su primera aparición pública con un pedido que sonó menos a consigna y más a ruego: que el mundo siga mirando. Porque, si algo enseñan estos casos, es que el autoritarismo se fortalece cuando cree que nadie está mirando. Y se vuelve más peligroso cuando siente que puede tomar a un extranjero, encerrarlo, quebrarlo psicológicamente y luego negociar su libertad como si se tratara de una ficha.
Fuentes consultadas: Reuters; El País; Infobae; La Nación; TN; elDiarioAR; información oficial de Gendarmería Nacional Argentina y declaraciones públicas en conferencia en el Edificio Centinela.





