Por RR
Jerusalén-16 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. Un alto funcionario israelí afirmó que comienzan a aparecer señales de debilitamiento y tensiones internas dentro del régimen iraní, en medio de la ofensiva militar conjunta de Israel y Estados Unidos y tras la muerte del líder supremo Alí Jameneí, pudo saber Total News Agency. Según la evaluación transmitida por fuentes israelíes, en la estructura de poder de Teherán ya se observan contradicciones, falta de coordinación y fricciones entre sectores duros y corrientes más pragmáticas, un cuadro que para Jerusalén sugiere la existencia de grietas dentro del sistema político que gobierna Irán desde la Revolución Islámica de 1979.
La percepción israelí no surgió de un vacío. Tras la muerte de Jameneí, las divisiones internas comenzaron a quedar más expuestas, con choques entre sectores duros y figuras más moderadas del aparato estatal, especialmente después de la controversia generada por las promesas del presidente Masoud Pezeshkian de no atacar a los Estados del Golfo. En ese contexto, también se aceleró la discusión por la sucesión en la cúpula del poder religioso y político iraní, en un escenario en el que la presión de los bombardeos y la eliminación de altos mandos forzó una mayor intervención de la Guardia Revolucionaria en la toma de decisiones estratégicas.
Sin embargo, las propias autoridades israelíes admiten que estas fisuras no equivalen automáticamente a una caída inmediata del régimen. En conversaciones reservadas, funcionarios israelíes reconocieron que no existe certeza de que la guerra desemboque en el colapso del gobierno clerical iraní. De hecho, la evaluación de Israel es más prudente que su discurso público inicial: aunque la ofensiva buscó debilitar la capacidad militar y represiva de Irán, no hay hasta ahora señales de un levantamiento interno de magnitud ni de una desintegración terminal del sistema.
Ese matiz es clave porque expone la diferencia entre la presión militar y la capacidad real de producir un cambio de régimen. De acuerdo con la información conocida en los últimos días, Benjamín Netanyahu había sugerido al inicio de la campaña que la ofensiva podría crear condiciones para que el pueblo iraní “tomara su destino en sus manos”. Pero más tarde el propio gobierno israelí moderó esa expectativa y dejó trascender que una eventual caída del régimen podría demorar meses o incluso años, si es que llega a producirse. La ausencia de protestas masivas en plena guerra, el temor a la represión y el crecimiento de reflejos nacionalistas frente al ataque externo aparecen hoy como frenos concretos a cualquier escenario de implosión rápida.
A esto se suma otro dato relevante: la propia inteligencia de Estados Unidos considera que el régimen iraní no está, por ahora, en riesgo de colapso. Según fuentes citadas por Reuters, los reportes de inteligencia norteamericanos indican que la conducción iraní sigue en gran medida intacta, mantiene el control interno y conserva capacidad de mando pese a los golpes sufridos. Esos informes también remarcan que, tras la muerte de Jameneí, el poder quedó sostenido por una conducción interina con fuerte peso de la Guardia Revolucionaria, y que la designación de Mojtaba Jameneí como nuevo líder supremo no alteró de manera sustancial esa capacidad de control.
Justamente la situación de Mojtaba Jameneí aparece como uno de los factores que alimentan las especulaciones sobre fragilidad y disputa interna. Un alto funcionario israelí aseguró que el nuevo líder supremo habría resultado herido en los ataques y que esa sería una de las razones por las cuales no reapareció públicamente. Al mismo tiempo, fuentes iraníes citadas por Reuters señalaron que su ascenso fue impulsado por la Guardia Revolucionaria, que lo considera una figura más manejable y más alineada con una línea dura tanto en política exterior como en control interno. Esa combinación —un liderazgo cuestionado, herido y respaldado por un aparato militar que gana peso— no habla de estabilidad consolidada, pero tampoco de derrumbe inmediato.
En paralelo, la guerra sigue ampliando la presión sobre la economía y la vida cotidiana en Irán. La continuidad de los ataques, la afectación de infraestructura crítica y la interrupción del flujo energético en el estrecho de Ormuz agravan un cuadro que ya venía marcado por sanciones, desgaste económico y malestar social. Pero incluso en este escenario, analistas y opositores al régimen advierten que la historia de la República Islámica muestra una capacidad de resiliencia nada despreciable. Durante más de cuatro décadas, el sistema iraní logró sobrevivir a sanciones, protestas, asesinatos selectivos, conflictos regionales y disputas internas, apoyado en una compleja red de poder que combina liderazgo religioso, aparato militar, organismos políticos y estructuras económicas propias.
La conclusión, por ahora, es menos espectacular que el clima de guerra: Israel detecta fisuras, sí, pero no da por hecho el derrumbe del régimen. Las tensiones en Teherán parecen reales y podrían agravarse a medida que avance el conflicto, sobre todo si se profundizan las disputas entre clericales, militares y sectores políticos. Pero la caída del sistema no aparece hoy como un hecho consumado sino como una posibilidad abierta, incierta y condicionada por la evolución de la guerra, la reacción social interna y la capacidad del aparato iraní para seguir cerrando filas frente a la presión externa. En Medio Oriente, donde más de una vez se confundió desgaste con colapso, esa diferencia no es menor.





