Por Nicolás J.Portino González
Argentina es un país que padece de amnesia selectiva, o peor aún, de una memoria administrada por el marketing de la tragedia. Para entender el 24 de marzo de 1976 hay que correr el velo de la biolatría y entrar en el fango de la política real, esa que se hace con sangre, expedientes y una hipocresía que, de ser exportable, nos sacaría del default en una tarde.
Vayamos a los bifes. El sistema institucional no se suicidó; lo asistieron. Del ’73 al ’76, el “Glorioso movimiento” —ese “gigante invertebrado” del que hablaba el Viejo— se dedicó a la ambivalente tarea de criar a sus propios verdugos. Primero, la primavera camporista les abrió las cárceles a los “muchachos de la vanguardia iluminada”, esos terroristas marxistas que jugaban a la revolución con el manual de Giap bajo el brazo y la billetera del Estado en el bolsillo.

Perón, que era un cínico superior, los usó como “formaciones especiales” para desgastar al General Lanusse y, una vez en el balcón, los echó de la Plaza por “imberbes”. Pero el daño ya estaba hecho. La estafa narrativa de la izquierda, que hoy se vende en cómodas cuotas de militancia rentada, omite que ellos mismos fueron el combustible de un incendio que el peronismo no supo, o no quiso, apagar.
La mitología progre nos quiere vender que Jorge Rafael Videla cayó de una nave espacial para interrumpir una idílica democracia. Mentira total. Videla fue un producto del “Orden de Aniquilamiento” firmado por el interinato de Ítalo Luder y la señora de Perón. Fue el peronismo el que, incapaz de gestionar el desmadre de una guerrilla que ellos mismos habían amamantado, decidió tercerizar la represión.

Videla no era un extraño para Perón; tenían un vínculo de respeto profesional. El “General de la Esperanza” sabía perfectamente quién era quién en la estructura castrense. El traspaso del mando en marzo del ’76 no fue una ruptura traumática para la dirigencia política de entonces, sino una entrega pactada. El peronismo planificó el golpe por agotamiento y por espanto. Le entregaron la llave del país a las Fuerzas Armadas para que barrieran el piso que ellos mismos habían ensuciado con la Triple A y los decretos de aniquilamiento.
Lo más pintoresco, o lo más trágico, es la transformación posterior. Aquellos que en los ’70 pedían “fuego y sangre” y aquellos que desde el gobierno firmaban las órdenes de represión, se convirtieron, décadas después, en los sumilleres de los Derechos Humanos.
La izquierda, siempre huérfana de votos pero rebosante de argumentos de café, insiste en la teoría del “Estado genocida” como si el Estado hubiera operado en un vacío galáctico. Se olvidan de la anomia peronista, de la incapacidad de un gobierno que se devoraba a sí mismo y de una militancia que prefería el pase a la clandestinidad antes que el debate democrático.
El 24 de marzo es el aniversario de un fracaso compartido. Un peronismo que entregó las instituciones para salvar la ropa; Una izquierda que creyó que el fusil era el atajo hacia un paraíso que solo existía en sus mentes afiebradas y una sociedad que, en aquel entonces, suspiró de alivio ante el orden marcial.
Hoy nos queda el simulacro. La política de la memoria como unidad de negocios. Pero para los que optamos por el estudio y los datos en lugar de “hipponear” en Villa Gesell, el 24 de marzo sigue siendo la foto de una claudicación política de la que el peronismo, por más que se vista de seda progresista, es el autor intelectual.





