Por Dario Rosatti
Buenos Aires, 27 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-El Gobierno de Javier Milei atraviesa uno de esos momentos en los que un escándalo deja de ser un problema individual para transformarse en un síntoma de algo más profundo. Eso es lo que ocurre hoy con Manuel Adorni. Lo que había comenzado como una cadena de cuestionamientos por el viaje de su esposa en la comitiva oficial, el vuelo privado a Punta del Este, las presuntas inconsistencias patrimoniales y el arrastre político del caso $LIBRA, terminó convirtiéndose en un foco de desgaste para toda la Casa Rosada. Y ese desgaste ya no se limita a la pelea con el periodismo o a la discusión opositora: empezó a meterse en la interna del oficialismo, en la relación con los gobernadores, en la confianza de los mercados y en la propia imagen del Presidente.
El golpe más reciente y más incómodo para el relato oficial llegó desde Comodoro Py. Allí declaró durante casi cuatro horas Agustín Issin Hansen, piloto y broker aeronáutico, quien aportó documentación, imágenes de su teléfono y una versión incompatible con la defensa pública que había sostenido Adorni. Según su testimonio, el vuelo de regreso desde Punta del Este no fue reservado ni pagado por el jefe de Gabinete, sino por Marcelo Grandío, periodista amigo del funcionario y vinculado a la TV Pública, bajo la órbita de Adorni, lo que podría configurar dadivas. También explicó que el tramo de vuelta integraba un paquete de diez vuelos adquirido a Alpha Centauri por 42.250 dólares, y que luego fue refacturado a Grandío por 3.000 dólares. La contradicción con lo que venía sosteniendo Adorni fue directa y brutal: el funcionario había insistido en que el viaje lo había pagado él con dinero familiar y se había negado a exhibir comprobantes en su ya célebre conferencia de prensa.
Ese testimonio desbarató la principal apuesta comunicacional del Gobierno, que consistía en dejar correr el tiempo hasta que el tema se enfriara. En la intimidad oficial había una idea bastante transparente: si no aparecían nuevos hechos, la polémica iba a “plancharse” por cansancio social y saturación mediática. Pero el problema para Milei es que aparecieron nuevos hechos, y de los más delicados: una declaración judicial, documentación respaldatoria y una nueva fisura en la credibilidad de uno de sus hombres más visibles. De golpe, la estrategia de hiperactividad, fotos, reuniones y respaldo cerrado al funcionario quedó más parecida a una operación de blindaje que a un intento serio de despejar dudas.
Por eso la reacción fue cerrarse todavía más. Javier Milei y Karina Milei salieron a sostener públicamente a Adorni, mientras medio gabinete se mostró con él en reuniones, actos y publicaciones en redes. La foto de estos días fue la del poder alineado detrás de un funcionario jaqueado, como si la exhibición de lealtad bastara para revertir el daño. La propia Karina escribió que su apoyo seguía “intacto”, y el Presidente también se sumó con mensajes en tono agresivo contra periodistas y críticos. Pero esa defensa tuvo un problema central: no consiguió desactivar el caso y, en algunos despachos, incluso lo potenció.
Las mediciones de impacto que miró el oficialismo reflejaron justamente eso. La consultora Enter Comunicación registró un salto del 224% en la conversación digital tras la conferencia de Adorni, con 129.288 menciones en un solo día y un clima claramente adverso: un 59% de recepción negativa frente a un respaldo libertario del 31%, concentrado sobre todo en el núcleo duro. Es decir, la maniobra de salir a “dar la cara” no ordenó el frente, sino que amplificó el ruido. Y eso terminó agravando el problema central de la administración: cada esfuerzo por cerrar el caso parece reabrirlo.
Pero el episodio no golpea a Milei sólo por la figura de Adorni. Lo hiere también porque deja expuestas las fracturas del poder real. En la cima del oficialismo, el caso activó otra vez la pelea entre el dispositivo de Karina Milei y el de Santiago Caputo, una disputa que ya venía escalando alrededor de los resortes sensibles del Estado. Incluso medios cercanos al oficialismo admiten que el escándalo Adorni frenó por unos días la interna mayor, marcada por la ofensiva del karinismo sobre la SIDE y la ARCA. Pero esa tregua aparece como muy frágil. En los alrededores del poder sigue circulando la idea de que el esquema de Karina, junto con los Menem, quiere profundizar el control sobre esas áreas y reducir el margen de maniobra del asesor presidencial. El dato político es fuerte: el escándalo del jefe de Gabinete no apaciguó las tensiones, apenas las congeló por conveniencia.
En ese marco, las versiones sobre los días calientes en Olivos y en la cúpula oficial se multiplicaron. Reconstrucciones periodísticas hablan de reproches acumulados, malhumor, estrés y una nueva ola de teorías conspirativas impulsadas por el propio Milei, que volvió a atribuir los daños a una combinación de periodistas, opositores, empresarios y operaciones internas. La lógica no es nueva: cada vez que el Gobierno tropieza con un hecho propio, reaparece la idea de una conjura. La novedad es que ahora esa narrativa ya no alcanza para ordenar a todos los socios del poder, porque el problema dejó de ser sólo externo. En la Casa Rosada muchos creen que las filtraciones, los documentos y los videos salieron “desde adentro”, y esa sospecha agrava la desconfianza mutua.
La consecuencia es que el oficialismo aparece hoy como un gobierno encerrado en su propio bunker, consumido por peleas internas en el peor momento político. Eso es lo que empieza a mirar con preocupación el circuito financiero. En Wall Street, donde Milei había logrado durante meses vender la idea de una conducción firme, reformista y sin costo político relevante, vuelven las preguntas sobre gobernabilidad. Los informes que circulan en Manhattan ya no se concentran sólo en el ajuste o en el superávit, sino en el costo político de la corrosión interna. Y los números de imagen acompañan ese deterioro: la aprobación presidencial cayó en marzo a 36,4%, mientras la desaprobación trepó a casi 62%, el peor registro desde que asumió. Otros sondeos también mostraron bajas, con preocupación creciente por corrupción, salarios y desempleo. El caso $LIBRA pegó fuerte. El caso Adorni añadió otra capa de daño.
Lo más delicado para Milei es que esta crisis política coincide con un momento de mayor incertidumbre económica. Aunque el INDEC informó que la economía creció 4,4% en 2025, los datos más finos muestran una desaceleración y un avance menos dinámico en el cierre del año. A eso se suma el deterioro del poder adquisitivo: los salarios formales quedaron por debajo de la inflación en enero y ya acumulan varios meses de rezago real. En paralelo, el propio Gobierno se vio obligado a mover una pieza que refleja necesidad de reanimación: el Banco Central redujo los encajes bancarios desde abril para dar más liquidez al sistema y tratar de empujar el crédito. La medida fue leída como una admisión implícita de que la economía necesita oxígeno.
Ese telón de fondo hace todavía más peligrosas las internas. El problema ya no es sólo la tensión palaciega entre Karina Milei, Santiago Caputo, los Menem y otros actores del oficialismo. También empieza a resentirse la relación con las provincias. Diego Santilli, ministro del Interior y hombre clave para asegurar respaldos legislativos, retomó en las últimas horas su ronda con gobernadores en un contexto de creciente tensión fiscal. Las provincias vienen advirtiendo por la caída de la coparticipación y por pérdidas cercanas al billón de pesos en el primer bimestre. Si encima la actividad se enfría y la recaudación no acompaña, el oficialismo empieza a quedarse sin una de sus herramientas más importantes: la capacidad de lubricar acuerdos políticos con recursos.
Por eso el caso Adorni resulta hoy mucho más grave que una simple controversia patrimonial o un viaje mal explicado. Lo que está dañando no es sólo la imagen del jefe de Gabinete, sino la idea de autoridad política del propio Milei. Cada nueva revelación alimenta la percepción de que el Presidente no controla del todo a su entorno, de que la transparencia prometida se volvió selectiva y de que la guerra interna consume energías que deberían destinarse a sostener la gestión. En términos más crudos: el escándalo del funcionario que debía blindar comunicacionalmente al Gobierno terminó volviéndose una herida del Gobierno mismo.
Y ahí aparece el nudo del problema. Milei sigue sin tener hoy un rival político que capitalice automáticamente su desgaste, pero su administración empieza a parecer rehén de su propia forma de ejercer el poder: concentración extrema, personalismo, disputas de facción, conspiracionismo como método defensivo y una tendencia a creer que toda crisis puede taparse con más exposición, más agresividad o más lealtad performática. El cableado del poder libertario muestra fatiga. El traspié de Adorni, lejos de quedar encapsulado, se volvió la ventana por la que se ven la pelea por la SIDE, la pulseada por la ARCA, la ansiedad de Karina, el rol siempre ambiguo de Santiago Caputo, la inquietud de los mercados y el temor a que la economía no entregue a tiempo los “brotes verdes” que el oficialismo prometió.
En ese sentido, la declaración del piloto fue algo más que un revés judicial o mediático. Funcionó como una prueba de realidad. Demostró que el Gobierno no consiguió cerrar el caso, que la defensa de Adorni sigue llena de agujeros y que el costo político ya se está trasladando hacia arriba, hasta tocar la figura presidencial. Lo que en Balcarce 50 querían presentar como una operación opositora o una tormenta pasajera empieza a adquirir otro peso: el de un escándalo que erosiona la credibilidad oficial en el mismo momento en que las encuestas empeoran, la economía se desacelera y el corazón del poder libra una batalla silenciosa por el control del Estado.





