Washington, 31 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA-. Donald Trump volvió a tensar al máximo la relación con sus aliados occidentales al reclamarles que sean ellos quienes asuman el costo político y militar de reabrir el Estrecho de Ormuz, el paso clave por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas que se comercia en el mundo. En un mensaje cargado de reproches, el presidente de Estados Unidos dejó en claro que, después de haber encabezado junto a Israel la ofensiva contra Irán, ahora espera que otros se hagan cargo de la fase más riesgosa del conflicto: garantizar la reapertura de la vía marítima que Teherán mantiene bajo presión.
El mensaje no fue sutil. Trump apuntó especialmente contra Reino Unido y Francia, dos países a los que reprocha no haberse involucrado como él pretendía en la campaña militar. En su posteo, les dijo a los países que no consiguen combustible por el cierre de Ormuz que compren petróleo estadounidense o que junten “coraje tardío”, vayan al estrecho y lo “tomen”. La frase, brutal incluso para los estándares habituales del republicano, confirmó un cambio de tono que en Washington ya empieza a leerse como algo más que una simple bravuconada: la intención de trasladar a los aliados europeos parte del peso de una guerra que se volvió más larga, más cara y bastante más incómoda de lo que la Casa Blanca imaginaba al comienzo.
Lo más significativo es que esa línea fue reforzada casi de inmediato por el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, que habló en conferencia de prensa y dejó un mensaje muy concreto: no es sólo tarea de la Armada de Estados Unidos reabrir Ormuz. Según el funcionario, Washington ya hizo “la mayor parte del trabajo” para reducir la amenaza iraní y ahora hay otros países que deberían prepararse para intervenir en esa vía crítica. La definición fue importante porque blanqueó, con lenguaje diplomático-militar, lo mismo que Trump había dicho a los gritos desde las redes: que la próxima etapa no la quiere liderar solo Estados Unidos.
Hegseth también buscó sostener el relato de fortaleza militar de la administración republicana. Dijo que los días que vienen serán “decisivos” y afirmó que la presión sobre las fuerzas iraníes viene deteriorando su moral, provocando deserciones y escasez de personal clave. En la misma línea, señaló que Irán prácticamente no tiene margen para modificar por la vía militar el curso de los acontecimientos. La advertencia sonó a mensaje doble: por un lado, una señal a Teherán para que acepte un acuerdo; por el otro, una manera de justificar ante la opinión pública estadounidense que la campaña avanzó lo suficiente como para empezar a pensar en una salida o, al menos, en una transferencia de responsabilidades.
Detrás de esta ofensiva verbal hay un dato que preocupa cada vez más a la administración republicana: el impacto económico del conflicto. La guerra con Irán, abierta desde fines de febrero, ya alteró el mercado energético global, disparó los precios del crudo y volvió a poner presión sobre los combustibles en Estados Unidos. Para Trump, que necesita llegar en mejores condiciones a las legislativas de noviembre, la combinación entre guerra prolongada, energía cara y aliados dubitativos se está transformando en un cóctel político peligroso. Por eso su mensaje a Europa no fue sólo un reproche: fue también una forma de marcar distancia y dejar asentado que, si el estrecho sigue bloqueado, la factura no debería recaer exclusivamente sobre Washington.
La escena, además, deja una conclusión política potente. Trump inició la ofensiva junto a Israel bajo la lógica de una demostración de fuerza rápida, pero ahora empieza a insinuar que la reapertura de Ormuz —la pieza que realmente ordenaría el tablero energético— puede quedar en manos de otros. No es un detalle menor. Es, en los hechos, una presión abierta sobre los aliados europeos para que pongan barcos, músculo militar y decisión política donde hasta ahora prefirieron moverse con prudencia. Y ahí entra la frase de Hegseth, que terminó de ordenar la jugada: para la Casa Blanca, el trabajo pesado inicial ya lo hizo Estados Unidos; lo que viene, sugieren, debería ser compartido por el resto del bloque occidental.




