Madrid-4 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- La guerra que libran Estados Unidos e Israel contra Irán y el cierre casi total del estrecho de Ormuz no colocaron a la Unión Europea al borde de una crisis inmediata de abastecimiento como la que sufrió tras la invasión rusa de Ucrania. Pero eso no significa que el bloque esté a salvo. El problema europeo no pasa hoy por un corte directo y masivo del suministro, sino por un encarecimiento brutal del mercado mundial del GNL, por la presión creciente de los compradores asiáticos y por una vulnerabilidad estructural que sigue siendo la misma: la dependencia de gas importado en un contexto internacional cada vez más hostil. El diagnóstico, desarrollado en un estudio publicado por Le Grand Continent y respaldado por análisis de Bruegel y de la propia Comisión Europea, apunta a una verdad incómoda: Europa está mejor parada que hace tres años, pero sigue siendo rehén de un mercado energético global que no controla.
La exposición directa de la Unión al gas de Qatar es relativamente limitada. Según el estudio, ese país representa apenas alrededor del 4% de las importaciones totales de gas del bloque, aunque su peso es bastante más alto en mercados específicos como Italia, Bélgica y Polonia. Sin embargo, el alivio termina ahí. Porque cerca del 20% de los flujos mundiales de GNL atraviesan Ormuz, y cuando ese cuello de botella se cierra o se vuelve inestable, el impacto se traslada al conjunto del mercado global. Eso ya empezó a verse con claridad: varios cargamentos, incluidos embarques estadounidenses, comenzaron a desviarse de Europa hacia Asia, donde la dependencia del Golfo es mayor y la competencia por el suministro es más feroz. El resultado es sencillo de entender: aunque Europa no dependa de manera crítica del gas catarí, termina pagando igual por la guerra de otros, porque el precio del gas lo fija un mercado tensionado, no una geografía tranquila.
Ese es el verdadero riesgo para el bloque. Si los precios del gas se duplicaran, la factura energética anual europea podría aumentar en unos 100.000 millones de euros, prácticamente duplicando el costo de importación de 2025. Y ese shock no sería uniforme: los países más dependientes del gas para generar electricidad, como Italia e Irlanda, quedarían mucho más expuestos que aquellos que avanzaron con más decisión en energías renovables, nuclear y almacenamiento. El caso de España aparece como uno de los más ilustrativos: el fuerte crecimiento de la energía eólica y solar redujo drásticamente la cantidad de horas en las que el gas determina el precio de la electricidad, lo que amortigua el golpe frente a crisis externas como la actual. En otras palabras, la transición energética deja de ser aquí una bandera climática abstracta y pasa a convertirse en una cuestión de seguridad económica y soberanía estratégica.
El estudio también advierte sobre un error que en Europa vuelve a asomar cada vez que el gas se dispara: la tentación de responder con subsidios generalizados, topes artificiales, impuestos improvisados o, peor aún, con la fantasía de reabrir el expediente del gas ruso. Los autores son tajantes al respecto: volver a abrirle la puerta a Rusia significaría reconstruir la dependencia que el bloque tardó tres años en desmontar a costa de enormes esfuerzos políticos y económicos. Sería, además, una señal pésima para la inversión en energías limpias y para la cohesión política europea. La salida, por el contrario, pasa por otro lado: asegurar almacenamiento suficiente antes del invierno 2026-2027, coordinar compras de GNL con grandes importadores como Japón y Corea del Sur, reducir la demanda estructural de gas y acelerar la electrificación, sobre todo mediante bombas de calor, expansión renovable y redes mejor integradas. Dicho sin eufemismos: la respuesta seria no es volver al combustible del chantaje ruso, sino depender menos del gas en general.
En el fondo, la crisis de Ormuz dejó otra enseñanza que en Bruselas ya deberían haber aprendido: la diversificación ayuda, pero no alcanza si no va acompañada por una reducción real de la exposición a los combustibles fósiles. La Unión Europea no está hoy al borde del colapso energético, pero sí se encamina a convivir con precios altos, menor margen de maniobra y una guerra de pujas cada vez más intensa por el gas disponible. Y en ese escenario, los países que más hayan electrificado, renovado su matriz y contenido su consumo serán los menos vulnerables. El resto seguirá pagando, una y otra vez, el costo de haber confundido durante años seguridad energética con simple disponibilidad de importaciones. La conclusión del estudio es tan técnica como política: frente a crisis como la de Irán, la única defensa duradera no es más dependencia maquillada, sino menos gas, más electricidad y más capacidad propia





