Washington-4 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El presidente Donald Trump volvió a subir este sábado el tono de la guerra contra Irán y le lanzó al régimen de Teherán una amenaza directa vinculada al estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. A través de Truth Social, el mandatario recordó que ya había fijado plazos previos para que la república islámica abriera el paso marítimo y advirtió que ahora sólo quedaban “48 horas” antes de que “el infierno se apodere de ellos”. La frase no cayó en el vacío ni sonó a exabrupto aislado: llegó después de varios días de bombardeos crecientes, del derribo de aeronaves estadounidenses, de la profundización del bloqueo iraní sobre el estrecho y de una nueva escalada verbal y militar en toda la región.
La señal política de Trump es clara. La Casa Blanca busca instalar que el tiempo de las dilaciones terminó y que Washington no aceptará que Irán siga usando Ormuz como herramienta de extorsión global. No es un punto menor: por allí transita alrededor del 20% del petróleo mundial, de modo que cualquier cierre parcial, peaje forzado o amenaza contra la navegación repercute de inmediato sobre precios, fletes, seguros, abastecimiento y estabilidad financiera. La propia inteligencia estadounidense, según Reuters, advirtió que Teherán considera ese control sobre el estrecho como su principal palanca estratégica y que no parece dispuesto a aflojarla en el corto plazo. En ese marco, el ultimátum presidencial debe leerse como una advertencia militar, pero también como un intento de quebrar la convicción iraní de que puede seguir administrando la crisis sin pagar un costo mayor.
El endurecimiento verbal, además, se inscribe en una secuencia cada vez más agresiva. En días recientes, Trump ya había dicho que Estados Unidos podía reabrir “fácilmente” el estrecho y hasta “tomar el petróleo” con algo más de tiempo. También había anticipado que, si el régimen no cedía, iría “después de los puentes y luego de las centrales eléctricas”, una línea que empezó a materializarse con ataques sobre infraestructura iraní. El bombardeo sobre el puente B1 entre Teherán y Karaj fue leído como una demostración de que la administración republicana está dispuesta a golpear nodos sensibles para erosionar la capacidad interna del régimen y elevarle el costo político y económico de seguir sosteniendo el cierre de Ormuz. El mensaje que se intenta fijar es sencillo: si Irán no abre el paso y no negocia en serio, la presión militar irá en aumento.
La tensión se volvió todavía más delicada con los ataques registrados en las últimas horas cerca de la planta nuclear de Bushehr, la única central nuclear operativa del país. Reuters informó que Rosatom evacuó a otros 198 trabajadores rusos del lugar y que el Organismo Internacional de Energía Atómica reportó la muerte de un miembro del personal de protección física iraní por fragmentos de proyectil, además de daños en un edificio por la onda expansiva. El director general del organismo, Rafael Grossi, expresó su “profunda preocupación” y reiteró que las instalaciones nucleares y sus alrededores nunca deben ser atacados por el riesgo de un accidente con consecuencias regionales. El episodio añadió un elemento nuevo al conflicto: la posibilidad de que la guerra, ya grave por sí misma, empiece a rozar de forma más directa áreas de altísima sensibilidad nuclear.
Del lado iraní, la respuesta siguió siendo de desafío. El canciller Abbas Araghchi mantuvo abierta una retórica de negociación indirecta, pero sin aceptar las exigencias estadounidenses, mientras el aparato militar iraní continuó amenazando con represalias más amplias. En paralelo, el régimen intenta sostener alguna circulación limitada de bienes esenciales por Ormuz, aunque sin desmontar el cerrojo estratégico que le permite condicionar a los mercados y a las potencias importadoras de energía. En otras palabras, Teherán quiere seguir reteniendo su principal carta de presión, mientras Trump busca convencer al mundo —y a su propia opinión pública— de que esta vez irá hasta el fondo. La cuenta regresiva de 48 horas, así, no sólo mide un plazo diplomático: mide también el riesgo de que la guerra entre Estados Unidos e Irán entre en una fase todavía más destructiva, con impacto directo sobre la economía mundial y sobre la seguridad de todo el Golfo.





