Buenos Aires, 10 de abril de 2026-Total News Agency-TNA-. La discusión sobre el tipo de cambio volvió a instalarse con fuerza en la Argentina porque las proyecciones del mercado marcan, otra vez, un sendero incómodo para la economía real: el dólar oficial correría claramente por detrás de la inflación durante todo 2026. El último Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central de la República Argentina estima una inflación mensual de 3% para marzo y proyecta para diciembre un tipo de cambio nominal de 1.700 pesos, equivalente a una suba interanual de 17,4%. En paralelo, distintas estimaciones privadas ubicaron la inflación acumulada de 2026 en torno de 29,1%, un desfasaje que vuelve a encender la alarma sobre el atraso cambiario y sobre el costo que esa estrategia puede tener para la producción.
El dato no es menor porque consolida una idea que ya circula en la city y en buena parte del entramado empresario: el Gobierno parece decidido a seguir usando un dólar muy calmo como ancla antiinflacionaria, aun cuando eso empiece a generar tensiones crecientes en sectores que viven de exportar, sustituir importaciones o competir con bienes del exterior. Hoy, además, el esquema cambiario oficial sigue mostrando una cotización muy por debajo del techo de la banda: el BCRA informó para el 9 de abril un dólar mayorista de referencia de 1.383,23 pesos, mientras que el límite superior de la banda para el 10 de abril quedó en 1.671,07 pesos. En otras palabras, el mercado sigue lejos de cualquier señal de corrección brusca y el equipo económico se mueve con una cautela que revela que no piensa convalidar, por ahora, un salto del tipo de cambio.
La foto de las últimas ruedas refuerza esa lectura. El jueves 9 de abril, el Banco Central compró 281 millones de dólares, la mayor adquisición diaria en más de un año, y llevó el acumulado de 2026 a 4.964 millones. Sin embargo, semejante intervención no alteró de manera significativa el humor cambiario: el dólar mayorista incluso retrocedió y las reservas brutas volvieron a colocarse por encima de los 45.000 millones de dólares. La señal política que deja ese movimiento es clara: al Gobierno le entra oferta, acumula divisas y puede sostener la pax cambiaria. El problema empieza cuando esa calma financiera se vuelve demasiado cara para la economía que produce bienes y empleo.
Ahí es donde los números de la actividad empiezan a hablar por sí solos. El último informe del INDEC sobre la industria manufacturera mostró en febrero una caída interanual de 8,7% y un retroceso desestacionalizado de 4% frente a enero. El golpe fue extendido: catorce de las dieciséis divisiones fabriles exhibieron bajas. Entre los rubros más castigados aparecen Alimentos y bebidas, con una caída de 6,9% interanual; Textiles, prendas de vestir, cuero y calzado, con un derrumbe de 22,6%; y Automotores y otros equipos de transporte, con un desplome de 24%. Son números que pintan una industria bajo presión, no sólo por la debilidad del mercado interno sino también por un tipo de cambio que le quita aire competitivo.
La construcción tampoco aporta, por ahora, una señal de rebote sólido. En febrero, el Indicador sintético de la actividad de la construcción registró una baja interanual de 0,7% y una caída mensual desestacionalizada de 1,3%, según el propio INDEC. El acumulado del primer bimestre apenas mostró un alza de 0,3%, lo que confirma que otro sector clave para el empleo y para el movimiento de la economía sigue avanzando con enorme fragilidad. Si a esto se le suma una presión impositiva que continúa alta y costos internos que no aflojan al ritmo deseado, el cuadro para buena parte del aparato productivo se vuelve todavía más ajustado.
En este punto, el debate sobre las importaciones merece un matiz importante. En el discurso empresario y en buena parte del mercado aparece con fuerza la preocupación por una mayor competencia externa, empujada por la apertura comercial y por un peso apreciado. Pero los últimos datos oficiales de comercio exterior no muestran todavía una explosión general de importaciones: en febrero, las compras al exterior cayeron 11,8% interanual y sumaron 5.174 millones de dólares. Es decir, el temor no pasa tanto por una avalancha ya consumada en los números agregados, sino por el efecto combinado de un dólar barato, una mayor apertura y una economía local que no termina de recuperar musculatura para competir.
La otra variable que ahora mira todo el mercado es la inflación. El BCRA reporta una suba mensual de 2,9% para febrero, mientras que el REM elevó a 3% la expectativa para marzo. El próximo dato oficial del IPC se conocerá el 14 de abril. Si ese número vuelve a ubicarse cerca de 3%, el esquema quedará aún más expuesto: con precios que no bajan tan rápido como esperaba el oficialismo y un dólar nominal corriendo a menor velocidad, la apreciación cambiaria seguirá profundizándose. Y cuanto más dure esa dinámica, más se acentuará el dilema entre desinflación y competitividad.
En la Casa Rosada sostienen que no hay margen para rifar la estabilidad por apuro político y que liberar más el mercado cambiario antes de tiempo sería abrir la puerta a una nueva corrida. Esa cautela explica por qué el Gobierno se siente cómodo con un dólar adormecido, reservas que mejoran y una banda superior que ni siquiera entra en discusión. Pero también deja a la vista el costo de la estrategia: mientras el frente financiero respira, la economía real acumula señales de fatiga. La pregunta ya no es sólo si el dólar seguirá perdiendo contra la inflación. La pregunta de fondo es cuánto tiempo más puede durar ese esquema sin que la industria, la construcción y el turismo receptivo empiecen a pasar una factura política y social más pesada.




