Por Nicolás J. Portino González
Para la “claque” de la corrección política, para los “muchachos” de la consultoría sueca y la vanguardia iluminada que habita en las oficinas climatizadas de la Capital, la realidad siempre fue un estorbo. Un detalle menor que debe ser podado, con la tijera del dogma, hasta que encaje en el manual. Pero cuando el manual —ese transplante ideológico de la socialdemocracia globalista y el Foro de San Pablo— chorrea sangre, el decorado se cae. Y lo que queda atrás no es justicia, es el vacío. Es el cuerpo de un pibe.
Hablemos de Ángel. Pobre ángel, sacrificado en el altar de la “perspectiva de género”, esa entelequia jurídica que llegó para reemplazar el derecho romano por la teología de la identidad. En la Argentina del simulacro, un juez no mira el expediente, no mira el antecedente de maltrato, no mira el peligro inminente. El magistrado, convertido en un comisario político de la moral de turno, mira la “identidad”. Y si la identidad encaja en el casillero de la víctima teórica, el verdugo real recibe el beneficio de la duda. O peor: recibe la custodia.
Es la continuidad jurídica del espanto. Un modelo que, bajo la máscara del progresismo berreta, ha decidido que la igualdad ante la ley es una antigüedad burguesa. Ahora rige la desigualdad según el mapa genético o la autopercepción de la conveniencia. El proyecto de Francisco Sánchez para barrer con esta porquería no es una iniciativa legislativa; es un acto de supervivencia. Es el intento desesperado de devolverle la vista a una Justicia que se arrancó los ojos para no ver cómo el plan desestabilizador nos convierte en una colonia de experimentos sociales.
Estamos ante una “internacional del disparate”. La socialdemocracia global —esa que no resuelve un bache pero te explica cómo hablar en inclusivo— ha inoculado en nuestras instituciones un virus que desactiva el sentido común. La perspectiva de género no es un criterio; es un fusil ideológico. Y dispara contra los más vulnerables. Lo vimos con Lucio, lo vemos ahora con Ángel. Se trata de una maquinaria de desintegración familiar diseñada en los laboratorios del Foro de San Pablo, donde la desestabilización es la moneda de cambio para el control social.
Qué frustración, qué enojo profundo produce ver a los “teóricos del género” guardar un silencio sepulcral ante el cajoncito de un niño. Allí no hay pancartas. Allí no hay fondos de la ONU. Allí solo hay el silencio de una Justicia que prefirió ser “moderna” a ser justa.
La ideología de género no vino a liberar a nadie. Vino a romper. A romper el vínculo, a romper la ley y, finalmente, a romper la vida. Es hora de terminar con el simulacro. Es hora de quemar el manual y volver a la única verdad que la política se empeña en olvidar: la realidad es la única verdad. Y la realidad hoy tiene el nombre de un chico asesinado por la desidia de los que juegan a ser Dios con el presupuesto público.
Basta de literatura barata. O sacamos la ideología de los tribunales, o los tribunales seguirán siendo la morgue de nuestras esperanzas




