Washington – 13 Junio 2026 – Total News Agency – TNA-. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, adelantó este sábado que el acuerdo de paz con Irán está previsto para ser firmado este domingo y que, de manera inmediata, quedará reabierto el estratégico estrecho de Ormuz, paso clave para el comercio energético mundial y uno de los puntos más sensibles de la crisis en Medio Oriente.
“Está planeado que se firme el acuerdo mañana, e inmediatamente después de eso, el estrecho de Ormuz estará abierto para todos”, publicó Trump en Truth Social, en una nueva demostración de su estilo diplomático: anunciar primero, presionar después y dejar que los detalles técnicos lleguen más tarde.
El mensaje del mandatario norteamericano llegó luego de que el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, mediador central entre Washington y Teherán, afirmara que el acuerdo podría firmarse en las próximas 24 horas. Según Sharif, las partes están “más cerca que nunca” de un entendimiento y Pakistán se prepara para una firma electrónica inmediata, seguida por conversaciones técnicas durante la próxima semana.
El eventual pacto sería presentado como un acuerdo inicial o memorando de entendimiento para consolidar el alto el fuego, abrir Ormuz y establecer un período de negociación de 60 días sobre el programa nuclear iraní. Sin embargo, desde Teherán surgieron señales de cautela: funcionarios iraníes evitaron confirmar que la firma vaya a concretarse este domingo y advirtieron que aún existen cuestiones pendientes.
El punto más delicado sigue siendo el programa nuclear. Trump afirmó que Irán renunció a sus ambiciones de desarrollar un arma atómica y sostuvo que no habrá “intercambio de dinero” entre ambos países. El presidente buscó diferenciarse de la política de Barack Obama, a quien acusó de haber entregado “cientos de miles de millones de dólares” a Teherán, incluidos US$1.700 millones en efectivo.
“Ya no quieren un arma nuclear, ni la tendrán, ya sea mediante compra, desarrollo o cualquier otra forma de adquisición”, aseguró Trump, quien insistió en que la relación entre Estados Unidos e Irán es ahora “muy diferente y mucho mejor” que la de administraciones anteriores.
La Casa Blanca pretende que el acuerdo incluya mecanismos de verificación y avances concretos sobre el stock de uranio enriquecido. Trump adelantó que las autoridades estadounidenses ingresarán en territorio iraní “cuando todo esté en calma” para recuperar el uranio y destruirlo de manera definitiva, ya sea en Irán o en Estados Unidos. Esa frase, más que diplomática, sonó como una advertencia operacional.
Irán, en cambio, busca preservar capacidad de negociación. Fuentes diplomáticas citadas por medios internacionales señalaron que Teherán pretende retener parte del material nuclear en forma diluida y exige garantías sobre el levantamiento de sanciones, exportaciones petroleras y desbloqueo de activos. Allí aparece una de las principales diferencias de relato: mientras Trump promete que no habrá pagos ni concesiones económicas directas, versiones iraníes y de mediadores regionales hablan de alivio financiero condicionado.
El estrecho de Ormuz ocupa el centro del tablero. Por esa vía marítima transita una parte decisiva del petróleo mundial y su cierre o bloqueo parcial impacta directamente sobre precios energéticos, seguros marítimos, transporte global y estabilidad de los mercados. La reapertura inmediata prometida por Trump busca enviar una señal de alivio a las economías occidentales, pero también confirmar que la presión militar y naval de Estados Unidos logró condicionar a Irán.
El posible acuerdo llega después de semanas de máxima tensión, con choques militares, amenazas cruzadas, presión sobre el comercio marítimo y temor a una escalada regional. Pakistán, junto con otros actores como Qatar, Egipto y Turquía, aparece como pieza clave en una mediación que busca evitar una guerra abierta de consecuencias imprevisibles.
El rol paquistaní no es menor. Islamabad mantiene canales de diálogo con Teherán, vínculos funcionales con Washington y una posición geopolítica sensible en el mundo islámico. La intervención de Sharif permitió construir un puente indirecto entre dos gobiernos que, pese a las señales públicas de acercamiento, siguen atrapados en décadas de desconfianza.
Trump, fiel a su fórmula de negociación, combinó optimismo con amenaza. Dijo que espera trabajar con Irán y con todo Medio Oriente durante muchos años, pero al mismo tiempo advirtió que Estados Unidos cuenta con una “alternativa definitiva” si el acuerdo no se firma. La frase fue interpretada como una alusión directa a una nueva ofensiva militar contra objetivos iraníes.
La advertencia apunta a mantener bajo presión a Teherán en las horas previas a la firma. El mensaje es claro: o acuerdo bajo condiciones norteamericanas, o escalada. Para los mercados y las cancillerías europeas, esa estrategia abre una ventana de oportunidad, pero también conserva un margen de riesgo extremo.
La posición de Israel agrega otra capa de complejidad. Aunque no forma parte directa del entendimiento entre Estados Unidos e Irán, el gobierno de Benjamin Netanyahu observa con recelo cualquier fórmula que permita a Teherán conservar capacidad nuclear, misilística o de influencia regional. También preocupa la conexión entre el frente iraní y la actividad de Hezbolá en Líbano, socio terrorista de Irán, cuya continuidad operativa amenaza cualquier promesa de estabilización.
La discusión no se limita al uranio. Incluye sanciones, rutas marítimas, puertos, bases militares extranjeras en la región, milicias aliadas a Irán y el futuro de la arquitectura de seguridad en el Golfo. Un acuerdo mal cerrado puede ser sólo una pausa; uno verificable y con garantías reales podría convertirse en el primer paso de una distensión histórica.
El problema es que, hasta ahora, el anuncio más fuerte provino de Trump y de los mediadores paquistaníes, mientras que Irán mantiene reservas públicas sobre los tiempos. Esa diferencia obliga a tratar la firma del domingo como una posibilidad avanzada, no como un hecho consumado.
Para Trump, el beneficio político sería inmediato: presentarse como el líder que obligó a Irán a retroceder, reabrió Ormuz, frenó la amenaza nuclear y evitó una guerra regional mayor. Para Irán, en cambio, el desafío es no aparecer como derrotado ante su propia opinión pública ni ante sus aliados regionales.
La jornada del domingo será decisiva. Si el acuerdo se firma, el mundo mirará primero a Ormuz, luego a los inspectores y finalmente al calendario de verificación nuclear. Si fracasa, la “alternativa definitiva” mencionada por Trump volverá a colocar a Medio Oriente al borde de una nueva fase militar.
El anuncio abre una esperanza, pero no despeja la desconfianza. Entre la promesa de paz y la amenaza de guerra, el acuerdo con Irán todavía debe pasar la prueba más difícil: dejar de ser una publicación en Truth Social y convertirse en un compromiso verificable, firmado y cumplido.





