Buenos Aires, 17 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El mercado petrolero reaccionó con fuerza este viernes después de que se confirmara la reapertura comercial del estrecho de Ormuz en el marco del actual entendimiento entre Estados Unidos e Irán, y el Brent se hundió más de 10%, perforó la barrera de los US$ 90 y llegó a operar en la zona de US$ 88-89 por barril. En la misma línea, el West Texas Intermediate estadounidense cayó alrededor de 12% y se movió cerca de los US$ 83. La baja reflejó, ante todo, el desarme abrupto del premio de guerra que el mercado había cargado sobre los precios desde que el conflicto puso en jaque una de las rutas energéticas más sensibles del planeta.
La reacción no fue menor porque Ormuz concentra alrededor del 20% del comercio mundial de crudo y gas natural licuado. Durante las semanas de bloqueo, la sola amenaza sobre ese paso estratégico había disparado un shock energético de alcance global y empujado al Brent hasta la zona de los US$ 120, un nivel que reavivó temores de inflación importada, recesión y presión sobre combustibles, transporte y costos logísticos en todo el mundo. La reapertura parcial o condicionada del corredor, por eso, era el dato que el mercado necesitaba para empezar a desarmar esa sobretasa de riesgo.
En ese contexto, la frase de Donald Trump sobre un estrecho “completamente abierto” funcionó como una señal política de distensión, pero también como un intento de apropiarse del resultado. El presidente norteamericano celebró la caída del crudo y buscó instalar que la presión militar, el bloqueo y la negociación acelerada con Teherán están empezando a rendir. Del lado iraní, el canciller Abbas Araqchi confirmó que el paso está habilitado para la navegación comercial durante el actual cese del fuego, aunque con rutas determinadas por la autoridad marítima iraní. El problema es que ese alivio, por ahora, está atado a una tregua frágil y no a una paz cerrada.
Eso explica por qué, pese al derrumbe del precio, nadie en el mercado se anima todavía a cantar victoria. Los analistas señalaron que el petróleo venía reaccionando con enorme sensibilidad a cualquier noticia de escalada o distensión, y que la reapertura de Ormuz despeja el peor escenario inmediato, pero no garantiza una normalización estable. La tregua entre Israel y Líbano sigue siendo temporaria, las conversaciones entre Washington e Irán todavía no desembocaron en un acuerdo definitivo y el bloqueo estadounidense sobre puertos iraníes continúa vigente hasta que se firme un entendimiento de fondo. En otras palabras, bajó la fiebre, pero la infección regional sigue ahí.
La caída del barril también tuvo un correlato inmediato en los activos financieros. Las bolsas repuntaron, los bonos soberanos subieron y el dólar perdió algo de fuerza frente a otras monedas, en una reacción clásica de alivio geopolítico. El mercado leyó que, si la circulación de crudo por Ormuz vuelve a fluir sin sobresaltos, disminuye el riesgo de una nueva ola de inflación energética y se descomprime la presión sobre bancos centrales, tasas de interés y crecimiento global. Para economías importadoras de energía, el movimiento fue recibido casi como una bocanada de oxígeno.
Ahora bien, el retroceso del petróleo no borra el daño acumulado ni resuelve por sí solo el conflicto de fondo. Durante más de un mes, la guerra alteró flujos marítimos, dañó infraestructura, desordenó el tablero regional y dejó claro hasta qué punto Irán puede usar el estrecho como palanca estratégica. Por eso, aun con la baja de este viernes, el mercado sigue mirando dos cosas al mismo tiempo: si el fin de semana avanza una nueva ronda de negociaciones en Pakistán y si la reapertura de Ormuz se sostiene más allá de la actual tregua. De esa respuesta dependerá si el desplome del Brent es el comienzo de una normalización o apenas un rebote aliviado dentro de una crisis todavía abierta.




