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Wall Street observa a Milei entre el riesgo Adorni y el horroroso fantasma de Kicillof 2027

10 mayo, 2026
Wall Street observa a Milei entre el riesgo Adorni y el horroroso fantasma de Kicillof 2027
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Por Daniel Romero

Buenos Aires, 10 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- El mercado financiero volvió a dejar una señal incómoda para el Gobierno: aun con compras de dólares del Banco Central, una mejora en la calificación de Fitch y emisiones exitosas como la de la Ciudad de Buenos Aires, el riesgo país argentino se resiste a perforar con claridad la barrera de los 500 puntos básicos. La lectura en Wall Street es cada vez más política: la Argentina se debate entre el capricho —o el temor— del presidente Javier Milei a ponerle un límite a la sangría que provoca el caso Manuel Adorni, y el dantesco panorama que representaría para los inversores una eventual candidatura presidencial de Axel Kicillof en 2027. Las encuestas muestran hasta un 15% en la caída de la imagen.

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La economía muestra señales que, en otro contexto, deberían haber alcanzado para empujar una baja más contundente del riesgo argentino. El BCRA compró miles de millones de dólares en lo que va del año, el Tesoro volvió a conseguir financiamiento en dólares, la inflación empieza a mostrar una tendencia descendente y las calificadoras internacionales comenzaron a reconocer el cambio de régimen macroeconómico. Sin embargo, el mercado no termina de comprar la historia completa.

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La razón es simple: los inversores ya no miran solo el balance del Banco Central o la curva de bonos. También miran la gobernabilidad, las encuestas, el deterioro de la imagen presidencial, los escándalos internos y el calendario electoral. En ese tablero, el caso Adorni se convirtió en un factor de riesgo político que el propio Gobierno parece decidido a subestimar.

El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, continúa bajo presión por denuncias y cuestionamientos vinculados a su situación patrimonial, sus viajes y presuntas inconsistencias que alimentan sospechas de enriquecimiento ilícito. Hasta el momento, rige la presunción de inocencia y será la Justicia la que determine si hubo o no delito, pero los dichos y acciones de Adorni no lo ayudan, precisamente. En política y en mercados, muchas veces el daño se mide antes de la sentencia: se mide en confianza, en percepción y en la capacidad del Presidente para poner orden.

Ese es el punto que inquieta a Wall Street. Milei parece atrapado entre sostener a uno de sus funcionarios más visibles o pagar el costo de reconocer que el caso se volvió una hemorragia política. Cuanto más se prolonga el blindaje, más se instala la idea de que el Presidente, que llegó al poder prometiendo terminar con la “casta”, puede quedar prisionero de los mismos reflejos defensivos que criticaba en sus adversarios.

La sangría Adorni no es solamente judicial. Es reputacional. Y pega en el corazón del relato libertario: transparencia, austeridad, meritocracia y ruptura con los privilegios. Si el Gobierno no logra cerrar esa crisis con explicaciones claras, documentación pública y una decisión política firme, el caso seguirá funcionando como un agujero negro que absorbe autoridad presidencial.

La preocupación se amplifica porque las encuestas muestran una baja en la confianza hacia el Gobierno, mientras la recuperación económica todavía no llega con la misma fuerza a los hogares. La inflación da señales de baja, pero el poder de compra aún arrastra meses de deterioro. La actividad muestra rebotes sectoriales, pero no una recuperación homogénea. El agro, la energía y los sectores exportadores aparecen mejor posicionados, mientras los grandes centros urbanos, especialmente el Conurbano bonaerense, siguen golpeados por ingresos deprimidos, empleo frágil y cierre de fábricas.

Ese cuadro es observado con lupa por los fondos internacionales. La exitosa colocación de deuda de la Ciudad de Buenos Aires por US$500 millones a diez años y una tasa de 7,375%, la más baja de su historia, mostró que hay apetito por activos argentinos cuando hay orden fiscal, previsibilidad y administración razonable. La operación recibió ofertas por más de US$3.000 millones, con fuerte participación de inversores internacionales. Pero también dejó una advertencia: en las reuniones previas en Nueva York, la pregunta repetida fue qué rumbo tomará la Argentina después de 2027.

El ministro de Hacienda porteño, Gustavo Arengo, fue claro al transmitir el mensaje de los fondos: nadie quiere una nueva marcha atrás. En lenguaje financiero, eso significa que el mercado reconoce avances, pero todavía no cree que el cambio argentino sea irreversible. El recuerdo de 2019 sigue fresco: una elección que disparó una caída histórica de acciones y bonos, abrió otra renegociación de deuda y devolvió al país al circuito de cepo, controles, default selectivo, brecha cambiaria y desconfianza.

La mejora de Fitch, que elevó la nota argentina de CCC+ a B- con perspectiva estable, fue un respaldo importante al programa económico de Milei. La calificadora destacó avances en la corrección fiscal, mejoras en el frente externo y perspectivas de acumulación de reservas. Pero también advirtió que la Argentina conserva debilidades relevantes: baja liquidez internacional, inflación todavía elevada, historial de inestabilidad macroeconómica y vencimientos importantes hacia 2027.

Esa fecha es la clave. La curva de bonos lo dice con más frialdad que cualquier discurso. Mientras los títulos más cortos muestran rendimientos más bajos, los bonos que cruzan el calendario electoral de 2027 pagan un castigo mayor. El mercado está marcando una línea política: confía más en que el Gobierno pague antes de la elección que en el escenario posterior. No es un rechazo pleno a Milei, pero sí una advertencia sobre el riesgo de continuidad.

El propio ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, lo resumió con una frase directa: sigue pesando el “riesgo kuka”. Para el funcionario, el mercado se equivoca porque no habría chances reales de regreso del kirchnerismo. Sin embargo, los fondos no operan con fe, sino con escenarios. Y en esos escenarios, la figura de Axel Kicillof empieza a aparecer como la hipótesis más inquietante para la City y para los inversores internacionales.

El gobernador bonaerense ya se mueve como candidato nacional. Su presentación en la Feria del Libro -aunque habia asegurado que jamás leyo un libro- tras una gira por Europa, y el lanzamiento de su libro “De Smith a Keynes” fueron leídos como parte de una construcción presidencial. En ese acto, Kicillof cuestionó con dureza el modelo económico de Milei y reivindicó una mirada más intervencionista del Estado, en línea con la tradición keynesiana.

Para el mercado, el problema no es solo ideológico. Es histórico. Kicillof carga con el recuerdo de cepos, controles de capitales, tensiones con acreedores, cierre de la economía, brecha cambiaria, subsidios desbordados y un Estado que en nombre de la regulación terminó destruyendo confianza. Si aspira a la Presidencia, deberá convencer a Wall Street de que no repetirá la experiencia fallida de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, ni volverá a un esquema de emisión, controles y renegociaciones forzadas.

El desafío del gobernador es casi imposible en términos políticos: necesita seducir al peronismo duro y al kirchnerismo para ser candidato de unidad, pero al mismo tiempo debería calmar a los mercados prometiendo superávit fiscal, respeto por la deuda, reglas estables y ausencia de aventuras intervencionistas. Si dice demasiado hacia el centro, puede perder a su base. Si habla solo para su base, espanta a los inversores.

Por eso, el Gobierno de Milei tiene una ventaja estructural que no debería desperdiciar. Aun con errores, tensiones internas y costos sociales, sigue siendo la opción que el mercado identifica con equilibrio fiscal, baja de inflación, acumulación de reservas y normalización de precios relativos. Pero esa ventaja puede erosionarse si el Presidente permite que los escándalos internos lo arrastren a una discusión moral que no necesita.

El caso Adorni aparece entonces como un error autoinfligido. Milei enfrenta a una oposición que todavía no ofrece garantías de racionalidad económica, pero en lugar de capitalizar esa diferencia se enreda en la defensa de un funcionario cuestionado. El Presidente parece temer que entregar a Adorni sea leído como una concesión a la prensa, a la oposición o a sectores internos. Pero el riesgo mayor es que no actuar sea leído como debilidad.

En la política argentina, los casos no siempre explotan por su volumen judicial, sino por la incapacidad del poder para administrarlos. Si el Gobierno hubiese exigido desde el primer día una declaración patrimonial clara, documentación completa y explicaciones públicas consistentes, probablemente el impacto habría sido menor. En cambio, el blindaje prolongado transformó el caso en símbolo: la promesa anticasta chocando contra la protección de los propios.

Mientras tanto, el mercado espera señales. La baja de la inflación de abril, que se conocerá en los próximos días, podría marcar una mejora importante después de meses de presión sobre los precios. El Relevamiento de Expectativas de Mercado, conocido como REM, proyecta que la inflación podría perforar el 2% hacia agosto, lo que permitiría recuperar poder adquisitivo si los salarios empiezan a acompañar. Ese dato sería clave para recomponer la imagen presidencial y mejorar el clima social.

También juega a favor la liquidación de la cosecha gruesa, que debería aportar una nueva lluvia de dólares y permitir al Banco Central acelerar la acumulación de reservas. La baja de tasas es otro dato positivo: el descuento de cheques para empresas se ubica en niveles muy inferiores a los del año pasado, lo que puede mejorar el financiamiento de capital de trabajo para pymes y comercios.

Pero los inversores ven la otra mitad del vaso. La industria y la construcción mostraron rebotes luego de caídas previas, aunque todavía sin una tendencia firme. La economía se recupera de manera despareja, con sectores dinámicos pero poco intensivos en empleo. El interior productivo, la energía, el agro y la minería pueden mostrar mejores perspectivas, mientras los cordones urbanos siguen sintiendo el ajuste con mayor crudeza.

Ese es el terreno donde Kicillof puede intentar construir su candidatura. El gobernador bonaerense conoce el peso electoral del Conurbano y sabe que allí se define buena parte de la política nacional. Si la recuperación no llega al bolsillo de los trabajadores urbanos, el discurso opositor encontrará combustible. Y si el oficialismo llega a 2027 con desgaste, escándalos y economía partida entre sectores ganadores y perdedores, el riesgo político aumentará.

La Argentina está, una vez más, frente a una paradoja. Tiene mejores fundamentos macroeconómicos que hace un año, una calificación crediticia en ascenso, reservas en recuperación y señales de acceso gradual al crédito. Pero mantiene una prima de desconfianza que no se explica solo por números. Se explica por la memoria. Los mercados recuerdan 2019. Recuerdan el cepo. Recuerdan los defaults. Recuerdan la facilidad con la que la Argentina destruye credibilidad cuando cambia el signo político.

Por eso el riesgo país no baja lo suficiente. No porque los inversores ignoren los avances de Caputo, sino porque todavía dudan de la capacidad de Milei para sostener el rumbo, ordenar su coalición, disciplinar escándalos y llegar competitivo a 2027. El Presidente tiene una oportunidad histórica: demostrar que la Argentina puede estabilizarse sin volver al populismo fiscal ni al intervencionismo kirchnerista. Pero para eso debe entender que la confianza también se defiende con decisiones políticas.

Las encuestas:

La preocupación de Wall Street no aparece en el vacío. En los últimos días se acumularon mediciones que muestran un deterioro sensible en la imagen del Presidente y en la confianza hacia el Gobierno. El Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella había marcado en marzo una caída por tercer mes consecutivo, con un retroceso acumulado de 6,5% desde diciembre y un nivel de 2,30 puntos, el más bajo desde el inicio de la gestión de Javier Milei hasta ese momento.

El dato de abril profundizó la alarma: distintos relevamientos periodísticos sobre el informe de Di Tella señalaron que el índice cayó otro 12,1% contra marzo, hasta ubicarse en torno a 2,02 puntos, consolidando cuatro meses seguidos de deterioro y una baja acumulada cercana al 17,9% desde diciembre. Para los fondos, esa secuencia no es menor: muestra que el desgaste no es un episodio aislado, sino una tendencia que empieza a cruzarse con la pelea electoral de 2027.

A ese cuadro se sumó una encuesta de Management & Fit, difundida en los últimos días, que ubicó la desaprobación de la gestión de Milei en 54,3%, contra 37,2% de aprobación y 8,5% de indecisos. Según ese sondeo, la aprobación cayó desde 46,8% en febrero a 37,2% en abril, mientras que la imagen positiva personal del Presidente bajó a 29,8%, su piso en las mediciones de esa consultora desde 2024.

También el informe Latam Pulse, elaborado por AtlasIntel y Bloomberg, reflejó una señal de deterioro: la aprobación presidencial se ubicó en torno al 35,5%, con una evaluación negativa en aumento y un clima social más adverso. Esa fotografía coincide con la inquietud que transmiten los inversores: la economía puede mostrar corrección fiscal, compra de reservas y baja gradual de la inflación, pero si la imagen presidencial se erosiona al ritmo de los escándalos y del bolsillo golpeado, el riesgo político vuelve a pesar sobre los bonos.

En ese contexto, el caso Manuel Adorni aparece como un acelerador del desgaste. Para el mercado, el problema ya no es solo la denuncia en sí, sino la decisión de Milei de sostener el blindaje mientras las encuestas muestran pérdida de confianza. La lectura en la City es incómoda: el Presidente todavía conserva la ventaja de representar el rumbo fiscal y anti kirchnerista que los inversores prefieren, pero empieza a pagar costos por no ponerle un límite rápido a una crisis que golpea directamente su promesa de transparencia.

El dilema es claro. Si Milei corta la sangría Adorni, muestra autoridad y recupera iniciativa. Si la deja correr, regala a sus adversarios una bandera moral y a los mercados una razón adicional para dudar. Enfrente, el fantasma de Kicillof ofrece a Wall Street una postal conocida y temida: regreso del kirchnerismo económico, presión sobre la deuda, controles, brecha cambiaria y un Estado que vuelve a ponerse por encima del mercado.

La elección de 2027 todavía parece lejana, pero para los bonos ya empezó. Para los fondos internacionales, el calendario se adelantó. Cada encuesta, cada escándalo, cada dato de inflación y cada movimiento de Kicillof pesa sobre la curva de deuda argentina. El país puede tener dólares, cosecha, baja de tasas y mejora de calificación. Pero si no despeja el riesgo político, seguirá pagando caro su propia historia.

En definitiva, Wall Street no le está pidiendo milagros a Milei. Le pide algo más básico: que no se deje devorar por un caso que puede resolver con transparencia y autoridad, y que llegue a 2027 en condiciones de impedir que la Argentina vuelva a girar hacia el modelo que la dejó sin crédito, sin reservas y sin confianza. La economía puede empezar a ordenar los números; ahora falta que la política deje de desordenarlos.

Tags: ADORNICORRUPCIONENCUESTAS NEGATIVASKICILLOFMILEIRIESGO PAISTNTOTAL NEWSWALL SREET
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