Por Sandra Mossayebeh
La crisis del Golfo Pérsico mostró que la energía mundial depende de corredores físicos vulnerables. El ascenso chino en el ciberespacio revela que la circulación digital también puede convertirse en presión estratégica. En ambos planos, la globalización se vuelve frágil allí donde concentra sus flujos.

Ormuz y Malaca muestran la vulnerabilidad física de la globalización. El ciberespacio revela su nueva capa invisible.
Cada crisis en el Golfo Pérsico devuelve al centro de la escena una verdad que la globalización prefirió disimular durante décadas. La energía mundial no depende solamente de quién produce petróleo o gas, sino de quién puede garantizar que esa energía circule. El Estrecho de Ormuz condensa ese riesgo en un punto preciso. Un corredor angosto, una región militarizada, una potencia con capacidad de disrupción y millones de barriles condicionados por una geografía que no puede reemplazarse con discursos sobre eficiencia o innovación tecnológica.
La fragilidad no termina allí. Cuando el petróleo logra salir del Golfo Pérsico, todavía debe llegar a los centros de consumo que sostienen la maquinaria industrial asiática. En ese tramo aparece el Estrecho de Malaca, no como solución, sino como otro embudo de la misma cadena. Ormuz marca el punto donde la energía puede quedar atrapada antes de salir del Golfo. Malaca, en cambio, muestra la vulnerabilidad del trayecto posterior hacia Asia. No son pasos intercambiables, sino eslabones distintos de una misma cadena: uno condiciona la salida y el otro expone la fragilidad del tránsito. Leer a Malaca como alternativa a Ormuz supone imaginar la circulación energética como una ruta continua, cuando en realidad funciona como una secuencia de puertas estrechas, cada una capaz de convertirse en presión estratégica.
Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, por Malaca circularon unos 23,2 millones de barriles diarios de petróleo y otros líquidos durante el primer semestre de 2025, equivalentes al 29% del comercio marítimo mundial de petróleo. Ormuz registró alrededor de 20 millones de barriles diarios en 2024, cerca de una quinta parte del consumo mundial de líquidos petroleros, además de una porción decisiva del comercio global de gas natural licuado, principalmente desde Qatar.
Si el petróleo no logra salir del Golfo, ningún corredor de llegada puede resolver el problema. Las alternativas reales a Ormuz solo podrían venir de oleoductos, puertos fuera del Golfo o corredores terrestres capaces de mover grandes volúmenes sin atravesar ese estrecho. La EIA estima que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos cuentan con cierta capacidad para desviar crudo, aunque la capacidad disponible ronda los 2,6 millones de barriles diarios, una cifra insuficiente frente al volumen que normalmente pasa por Ormuz.
El tramo asiático pertenece a otra etapa de la cadena. Una vez que la energía logró circular desde Medio Oriente, el corredor entre el Índico y el Pacífico ordena su ingreso hacia China, Japón, Corea del Sur y el Sudeste Asiático. Puede evitarse mediante rutas más largas alrededor de Indonesia, como Lombok o Sunda, pero el desvío implica más distancia, más tiempo, mayor consumo de combustible, seguros más caros y presión adicional sobre cadenas logísticas ya tensionadas. Una ruta no necesita cerrarse para adquirir valor estratégico: alcanza con hacerla más lenta, más cara o menos confiable.
La globalización se presentó como un sistema abierto, pero funciona sobre pasos muy concretos. Una ruta marítima, un puerto, un canal, un estrecho o una póliza de seguro pueden adquirir peso estratégico cuando la circulación se vuelve vulnerable. Ormuz concentra la atención porque combina petróleo, guerra y amenaza regional. El corredor asiático parece menos dramático, aunque su poder reside justamente en esa normalidad: funciona sin ruido hasta que una crisis revela cuánto dependía el sistema de su continuidad.
La lógica de los pasos críticos ya no pertenece solo al mar. También organiza el ciberespacio. Las infraestructuras digitales funcionan como corredores invisibles por donde circulan datos, pagos y servicios esenciales. No transportan barriles ni contenedores, pero sostienen la confianza operativa del sistema global.
El informe de Nikita Shah publicado por CSIS sostiene que China ya alcanzó a Estados Unidos como potencia cibernética. No se trata solo de herramientas avanzadas, sino de una evolución sostenida durante al menos quince años, con mayor sofisticación técnica, escala operativa, sigilo y claridad estratégica. El punto central es que Beijing habría integrado Estado, universidades, empresas, legislación, inteligencia y fuerzas armadas en una lógica de competencia nacional.
Ese argumento obliga a mirar el ciberespacio como algo más que un dominio técnico. China no estaría compitiendo solo por robar información o ejecutar operaciones aisladas, sino por ubicarse dentro de los sistemas que sostienen la vida material del adversario. CSIS advierte que China habría logrado acceder a sistemas sensibles de infraestructura estadounidense, incluidos sectores esenciales como energía, transporte, agua y telecomunicaciones. El objetivo ya no consistiría únicamente en observar desde afuera, sino en instalar presencia dentro de las capas que permiten que una sociedad funcione.
Salt Typhoon y Volt Typhoon muestran esa transición. La preocupación ya no se limita al acceso a información sensible, sino a la posibilidad de permanecer dentro de redes estratégicas. Telecomunicaciones, infraestructura crítica, nodos militares e incluso dispositivos aparentemente secundarios pueden convertirse en puntos de acceso persistente y presión operativa ante una crisis.
Ormuz, Malaca y el ciberespacio concentran distintas formas de circulación. Energía, comercio, datos y servicios esenciales pasan por corredores que no necesitan cerrarse por completo para volverse estratégicos. Basta con introducir incertidumbre, degradar confianza o hacer que el adversario dude de la integridad de su propia infraestructura.
China entiende esa lógica porque también la sufre. Su dependencia de Malaca alimentó durante años una preocupación estratégica que Beijing intentó reducir con reservas, nuevos corredores, inversión portuaria y expansión naval. La vulnerabilidad no desapareció, pero dejó una enseñanza decisiva: la dependencia propia se reduce; la ajena se mapea, se penetra o se convierte en presión.
La competencia con Estados Unidos se vuelve más incómoda cuando se mira desde las capas críticas. Washington conserva ventajas decisivas, pero muchas dependen de eslabones que no controla por completo. Puede liderar en inteligencia artificial, chips, finanzas globales o poder militar y, al mismo tiempo, quedar expuesto en rutas marítimas, cadenas de suministro, redes críticas y vulnerabilidades digitales. El problema no es el declive automático, sino la fragilidad operativa que aparece debajo de la superioridad visible.
La lectura fragmentada es cómoda, pero engañosa. Ormuz no es solo una amenaza petrolera, Malaca no es solo un corredor comercial y Salt Typhoon o Volt Typhoon no son simples episodios de ciberseguridad. Son manifestaciones de una misma arquitectura: la globalización concentra su circulación en puntos críticos y después descubre que esos puntos también concentran poder.
Allí se juega la soberanía del siglo XXI. Producir energía no alcanza si no se controla su circulación. Liderar tecnología no alcanza si las redes que la sostienen pueden ser comprometidas. Defender mercados abiertos no alcanza si rutas, cables, puertos, sistemas y componentes quedan expuestos a presión externa. La interdependencia deja de ser neutral cuando una potencia aprende a convertir la dependencia ajena en ventaja estratégica.
Ormuz no es solo un estrecho, Malaca no es solo una ruta y el ciberespacio no es solo un dominio técnico. Son expresiones de una misma estructura de poder, donde la circulación se vuelve el punto de máxima vulnerabilidad. La globalización prometió interdependencia, pero dejó una advertencia más incómoda: quien depende de rutas que no controla, redes que no puede auditar y sistemas que no puede reemplazar a tiempo, ya cedió soberanía antes de que empiece la crisis.





