Buenos Aires, 1 de junio de 2026-Total News Agency-TNA- La renuncia de Néstor Marcelo Lamboglia a la presidencia del flamante Ente Nacional Regulador del Gas y la Electricidad (ENRGE) dejó al descubierto una fuerte interna en el organismo que debe controlar dos sectores estratégicos de la economía: el gas y la electricidad. El funcionario había asumido hace menos de un mes y este lunes comunicó su salida en medio de una disputa creciente con Marcelo Nachón, vocal primero del directorio y hasta mayo interventor del Ente Nacional Regulador del Gas (ENARGAS).
La salida sorprendió por la velocidad, pero no por el clima interno. La tensión entre ambos funcionarios venía siendo advertida desde abril, incluso antes de que el nuevo ente terminara de constituirse formalmente. El organismo, creado para unificar las funciones del ENRE y el ENARGAS, debía ser una pieza central de la reconfiguración regulatoria del Gobierno de Javier Milei. Sin embargo, su nacimiento quedó marcado por peleas de poder, diferencias administrativas, nombramientos cuestionados, disputas salariales y hasta quejas por las condiciones edilicias de las oficinas.
Lamboglia comunicó su renuncia este lunes por la mañana al resto de los miembros del directorio y luego formalizó la decisión mediante un memo en el sistema GEDO. En su lugar quedó al frente del organismo el vicepresidente Vicente Serra, con el objetivo de evitar una vacancia en la conducción de un ente clave para la política energética y tarifaria.
El ENRGE había formalizado sus autoridades el 12 de mayo, tras las designaciones establecidas por el Decreto 318/2026. El directorio quedó integrado por Lamboglia como presidente, Serra como vicepresidente, Nachón como vocal primero, Griselda Lambertini como vocal segunda y Héctor Falzone como vocal tercero. Apenas unas semanas después, el esquema ya sufrió su primera implosión.
La interna tuvo un capítulo decisivo el 8 de abril, cuando los futuros integrantes del organismo mantuvieron una reunión informal para ordenar la transición entre el viejo esquema de entes separados y el nuevo regulador unificado. Según reconstrucciones del sector, Lamboglia, que venía de intervenir el Ente Nacional Regulador de la Electricidad (ENRE), propuso no renovar contratos en los entes hasta que el ENRGE estuviera plenamente en funciones.
Nachón, que en ese momento conducía el ENARGAS, avanzó en sentido contrario. Pocos días después renovó por seis meses 73 contratos del organismo gasífero que vencían el 30 de junio. Además, había promovido el pase de planta transitoria a permanente de Marcela Paula Valdez, integrante del cuerpo asesor del exinterventor Carlos Casares. Esa decisión fue leída por el sector de Lamboglia como una señal de autonomía política y administrativa dentro de un proceso que, en teoría, debía ser coordinado.
Las diferencias también se extendieron al funcionamiento del nuevo ente. Nachón pretendía conservar un cuerpo de asesores externos dentro del ENRGE, mientras que Lamboglia sostenía que esas tareas debían ser realizadas por personal de línea del organismo. La discusión no era menor: detrás de los asesores, contratos y estructuras técnicas se juega buena parte del control real de un regulador que define tarifas, revisiones quinquenales, obras, normas y criterios de fiscalización sobre empresas de peso económico.
Otro foco de conflicto fueron las nuevas oficinas. El ENRGE se instaló en la histórica sede del ENRE, ubicada en Madero al 1000, en Buenos Aires. Nachón, sin embargo, se resistía a trasladarse con el argumento de que el edificio no reunía las condiciones necesarias para trabajar. Lo que en cualquier organismo podría parecer un debate menor terminó funcionando como síntoma de una pelea más profunda: dos equipos, dos culturas regulatorias y dos formas de entender quién debía mandar en la transición.
El punto de quiebre llegó el jueves pasado, durante una reunión del directorio destinada a aprobar los aumentos tarifarios de junio. Nachón no asistió. Ese faltazo terminó de colmar la paciencia de Lamboglia, quien además arrastra una condición de salud —es diabético— y, según fuentes del sector, no quería que la tensión interna afectara su estado físico. La renuncia fue, en los hechos, un portazo temprano frente a una convivencia que se había vuelto inviable.
La cuestión salarial agregó otro ingrediente explosivo. La fusión entre el ENRE y el ENARGAS dejó al descubierto diferencias muy marcadas entre las escalas de ambos organismos. En el viejo ENARGAS hay funcionarios con remuneraciones que llegan a los 32 millones de pesos brutos, mientras que en el ENRE los salarios más altos rondan los 8,5 millones de pesos brutos. La intención de Lamboglia era recomponer ingresos del personal proveniente del ENRE, pero dentro de un plan integral de adecuación para toda la plantilla. El enfrentamiento con Nachón volvió casi imposible avanzar en esa coordinación.
La figura de Nachón queda ahora en el centro de la escena. Economista, con paso reciente por el ENARGAS como integrante del Consejo Asesor y luego como interventor, fue designado vocal primero del nuevo ente en medio de una transición cargada de intereses. En el sector energético lo describen como un hombre de diálogo con distintas empresas, especialmente del universo gasífero e industrial. Entre esas compañías, fuentes del mercado destacan su interlocución con Techint, uno de los grupos privados de mayor peso en la infraestructura energética, el transporte de gas, los ductos, la siderurgia y los grandes proyectos vinculados a Vaca Muerta.
Ese dato agrega sensibilidad política al conflicto. El nuevo regulador no será un organismo decorativo: tendrá incidencia sobre tarifas, inversiones, fiscalización, revisiones regulatorias, transporte de gas, distribución eléctrica, expansión de redes y reclamos empresariales. En ese tablero, la capacidad de diálogo con compañías puede ser presentada como una virtud técnica, pero también abre interrogantes sobre el equilibrio que debe mantener un ente regulador frente a grupos económicos que tienen intereses directos en las decisiones del Estado.
Techint, liderado por Paolo Rocca, viene de mantener una relación tensa con el Gobierno por licitaciones energéticas y obras vinculadas al gas. La disputa por la provisión de tubos para proyectos de infraestructura, las críticas oficiales a los precios y la competencia de empresas extranjeras dejaron al grupo en el centro del debate energético. Por eso, cualquier mención a vínculos o canales de diálogo entre funcionarios regulatorios y grandes empresas del sector adquiere peso político inmediato.
La renuncia de Lamboglia también golpea el relato oficial de ordenamiento institucional. El ENRGE fue presentado como parte de una modernización del Estado, con reducción de estructuras duplicadas, simplificación regulatoria y búsqueda de estándares más eficientes. Pero su debut exhibe lo contrario: un directorio fracturado, un presidente que se va antes de cumplir un mes, un vicepresidente que debe asumir de urgencia y un organismo que todavía no logra ordenar ni su funcionamiento interno.
El Gobierno de Milei necesita que el regulador funcione con previsibilidad. Las tarifas de gas y electricidad son una variable clave para la inflación, las cuentas públicas, los subsidios, las empresas distribuidoras, las transportistas, los usuarios residenciales y la competitividad industrial. Si el ente encargado de arbitrar ese universo arranca con una guerra de poder puertas adentro, la señal hacia el mercado y los usuarios es preocupante.
La crisis también deja una pregunta sobre la conducción política de la Secretaría de Energía, a cargo de María Tettamanti, y del Ministerio de Economía, bajo la órbita de Luis Caputo. La fusión de entes no consiste únicamente en firmar decretos y nombrar directores. Requiere alinear equipos, ordenar contratos, resolver escalas salariales, definir criterios técnicos, evitar superposición de asesores y garantizar que el regulador no quede capturado por internas personales o intereses sectoriales.
La salida de Lamboglia no clausura la disputa. Al contrario, abre una nueva etapa. Serra deberá conducir un directorio donde Nachón conserva peso político y conocimiento del sector gasífero. La incógnita es si el vicepresidente logrará ordenar la transición o si el nuevo ente seguirá funcionando bajo una lógica de bloques internos, con funcionarios que responden a historias, intereses y redes distintas.
El caso muestra además una tensión de fondo dentro del Gobierno: la promesa de achicar el Estado convive con organismos donde los contratos, asesores, salarios altos y cargos técnicos siguen siendo parte de una disputa intensa. La motosierra, en este caso, no llegó a cortar la interna; apenas iluminó sus bordes.
La renuncia de Néstor Marcelo Lamboglia deja una señal inquietante para el sector energético. El regulador que debía nacer para dar previsibilidad debutó con una crisis. En un país donde las tarifas, el gas, la electricidad y las obras energéticas son temas centrales para la economía, el nuevo ENRGE no puede darse el lujo de convertirse en una mesa de pelea permanente. Menos aún cuando debe controlar empresas poderosas, resolver reclamos millonarios y tomar decisiones que impactan sobre cada boleta que pagan hogares, comercios e industrias.





