Por Autor anónimo
Las letras del Indio Solari no reflejaban el barrio desde afuera con mirada antropológica. La habitaban con lujo de detalle: pasta base en los pipazos, transas de mala muerte, noches que nunca terminan y pibes que se desangran en un zanjón. Pero el problema no es que lo contara. El problema es que lo contaba con la épica del que te invita a ese mundo como si fuera el único lugar donde vale la pena estar vivo.
Los personajes oscuros no eran advertencia. Eran héroes rotos pero héroes al fin. El transa era un filósofo de la noche. El adicto, un guerrero espiritual. El caco, un justiciero del submundo. Y los pibes —los pibes reales, los que después se desmayaban en los recitales o morían aplastados— se compraban ese relato como un pasaje de ida.
Porque después venían los recitales. Y ahí ya no había metáforas.
El consumo masivo de drogas no era un exceso aislado. Era el rito. Parte del mandato: si vas a ver al Indio, tenés que estar roto, pasado, al borde del desmayo. La violencia entre patotas no era ruido de fondo. Era coreografía. Las avalanchas no fueron accidentes. Fueron la consecuencia lógica de una cultura que construyó su identidad en el desborde, la irresponsabilidad colectiva y el “total, después vemos”.
Olavarría 2000. El Parque de la Ciudad 2017. Muertos. Heridos. Gente que entró viva y salió en bolsa. Y los Redondos y el Indio ¿qué hicieron? Seguir tocando. Seguir vendiendo esa mística de la piña, la falopa y el descontrol como si fuera un trofeo.
No hubo un mensaje de cuidado. No hubo “tomá agua”. Hubo silencio. Hubo una banda que construyó una maquinaria perfecta donde la narco cultura no era un accidente, sino el combustible. Los transas se forraban en plata en la puerta de los recitales. Los pibes se morían. Y afuera, los adultos seguían cantando “Juguetes perdidos” como un himno.
Eso no es arte. Eso es complicidad pasiva con una masacre anunciada.
Los que defienden a Solari dicen: “él no puede controlar lo que hace su público”. Falso. Podría haber frenado la máquina. Podría haber roto el pacto tácito. Podría haber dicho una sola vez “esto se fue al carajo”. Nunca lo hizo. Porque el mito se alimentaba de eso: del peligro, del exceso, de la muerte como espectáculo.
Así que no, no es romantización. Es más crudo que eso: es lucrar —primero con fama, después con culto— con la autodestrucción de toda una generación. Y que las letras sean brillantes no perdona ni una sola de esas muertes.





