Por RR
La Habana – 9 de junio de 2026 – Total News Agency – TNA-. Cuba enfrenta una de las crisis más graves de su industria turística en décadas. La salida parcial o total de grandes cadenas hoteleras internacionales, la presión regulatoria de Estados Unidos, el vínculo de buena parte del negocio con el conglomerado militar GAESA, la caída del turismo extranjero y los apagones recurrentes golpean de lleno a uno de los pocos sectores capaces de generar divisas para la isla.
En números concretos, el impacto alcanza por ahora a tres grandes operadores internacionales y a al menos 42 hoteles: 15 hoteles de Blue Diamond Resorts/Royalton International, 12 hoteles de Iberostar y 15 hoteles de Meliá Hotels International. La cifra puede variar según se mida por hoteles desafiliados, habitaciones afectadas o contratos de gestión transferidos a operadores estatales cubanos, pero el dato político y económico es contundente: el régimen pierde, de manera simultánea, a tres pilares de su red hotelera extranjera.
El repliegue de operadores como Iberostar, Blue Diamond Resorts y Meliá Hotels International marca un punto de quiebre en el modelo turístico cubano, construido durante años sobre una sociedad incómoda: capital, marcas y gestión extranjera, por un lado; propiedad estatal, control militar y captura de divisas por parte del régimen, por el otro.
La situación se aceleró luego de que la administración de Donald Trump endureciera las sanciones contra entidades vinculadas al aparato militar cubano. La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro estableció el 5 de junio de 2026 como fecha límite para que personas y empresas extranjeras cerraran operaciones ordinarias necesarias para desvincularse de GAESA o de entidades donde el conglomerado tuviera una participación directa o indirecta igual o superior al 50%.
GAESA, el Grupo de Administración Empresarial S.A., es el holding controlado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. Aunque el régimen evita transparentar su verdadero peso, analistas internacionales estiman que administra una porción central de la economía cubana, incluyendo hoteles, tiendas, remesas, servicios financieros, logística, comercio exterior y activos turísticos premium. Para Washington, ese conglomerado no es una empresa estatal más: es el corazón económico de la élite militar que sostiene al régimen.
La primera señal fuerte del éxodo llegó con Iberostar, que desde el 1° de junio dejó de gestionar y comercializar 12 de los 18 hoteles que operaba en Cuba. Entre los establecimientos afectados aparece el Iberostar Selection La Habana, inaugurado este año y presentado como el edificio más alto del país, un símbolo de la apuesta turística del régimen aun en medio del deterioro social y energético de la isla.
La cadena española explicó su decisión como parte de un proceso de adaptación a las normativas internacionales. Mantendrá apenas una operación limitada en destinos como La Habana, Varadero y Trinidad, pero el recorte confirma que el mercado cubano dejó de ser una plaza segura para empresas expuestas al sistema financiero occidental.
El golpe más drástico provino de Blue Diamond Resorts, grupo canadiense asociado a marcas como Royalton, Memories, Starfish, Mystique y Resonance. La compañía decidió suspender de manera total e inmediata sus operaciones en la isla. Los reportes más recientes atribuyen a su salida un impacto directo sobre 15 hoteles, aunque otras versiones habían señalado que el grupo llegó a administrar un volumen mucho mayor de establecimientos y más de 11.000 habitaciones en el mercado cubano.
También Meliá Hotels International, históricamente la mayor operadora extranjera en Cuba, comunicó el cese inmediato de la operación, comercialización y uso de marca en 15 hoteles gestionados a través de su filial portuguesa Ilha Bela Gestão e Turismo. La empresa atribuyó la decisión a circunstancias externas que escapan a su control, en un contexto de presión legal, deterioro económico, baja ocupación, problemas de suministro y escasa previsibilidad operativa.
La salida de Meliá tiene un peso simbólico especial. La cadena española está presente en Cuba desde 1990 y fue una de las columnas vertebrales del desarrollo turístico internacional de la isla. Su repliegue muestra que incluso compañías acostumbradas a navegar el complejo entramado cubano empiezan a considerar que el riesgo legal, reputacional y económico supera los beneficios de permanecer.
El régimen cubano intentó responder con una defensa pública de GAESA. Funcionarios de La Habana sostienen que el conglomerado militar fue clave para resistir el embargo estadounidense y sostener sectores estratégicos. Pero la explicación oficial no logra ocultar una realidad evidente: el aparato económico de las Fuerzas Armadas es uno de los principales beneficiarios de los dólares turísticos, mientras la población enfrenta apagones, desabastecimiento, salarios pulverizados y una migración masiva.
El turismo, que durante años fue presentado como tabla de salvación de la economía cubana, está en caída libre. Entre enero y abril de 2026, la isla recibió 328.608 visitantes internacionales, menos de la mitad que en el mismo período de 2025. La baja ronda el 55,8%, un derrumbe que no puede explicarse sólo por las sanciones estadounidenses. La crisis energética, la falta de combustible, la escasez de alimentos, los problemas de conectividad aérea, el deterioro hotelero y la pérdida de calidad del servicio también espantan a los viajeros.
El dato de abril fue particularmente alarmante: apenas 30.551 visitantes llegaron durante todo el mes, una cifra incompatible con el tamaño de la infraestructura hotelera que el régimen construyó o promovió en los últimos años. La paradoja cubana es brutal: mientras se levantaron hoteles de lujo, buena parte de la población no consigue alimentos básicos ni electricidad estable.
Los apagones son uno de los factores más corrosivos para el turismo. La isla atraviesa cortes frecuentes y prolongados de electricidad, fallas en su sistema termoeléctrico, restricciones de combustible y dificultades para sostener servicios esenciales. Para un turista europeo o canadiense, la promesa de playas caribeñas compite hoy con hoteles a media operación, aire acondicionado incierto, transporte limitado, falta de insumos y problemas de pago.
A esa crisis se suma un golpe financiero directo: la suspensión de operaciones de Visa y Mastercard en Cuba, anunciada tras las nuevas sanciones estadounidenses. La medida afecta la capacidad de cobro a visitantes extranjeros y profundiza el aislamiento del sistema financiero cubano, especialmente porque muchas transacciones estaban vinculadas a circuitos procesados a través de entidades relacionadas con Fincimex, también asociada al universo de GAESA.
Desde la Unión de Agencias de Viajes de España y operadores del sector se advierte que vender Cuba se volvió cada vez más difícil. Muchos turistas optan por destinos alternativos del Caribe y el Atlántico, como Riviera Maya, Punta Cana, Cabo Verde o incluso circuitos más estables en República Dominicana y México. La competencia regional ofrece mejor conectividad, mayor previsibilidad, infraestructura más confiable y menos riesgo operativo.
El problema para La Habana es que la salida de las cadenas no implica necesariamente el cierre formal de los hoteles. En varios casos, los establecimientos podrían pasar a ser gestionados por empresas estatales cubanas como Gaviota, también vinculada al conglomerado militar. Pero esa sustitución no resuelve el problema principal: sin marcas internacionales, sin redes de comercialización global, sin confianza financiera y sin flujo turístico suficiente, los edificios se convierten en activos devaluados.
El régimen anunció que buscará abrir la gestión hotelera a cubanos residentes en la isla y en el exterior, una respuesta improvisada frente al retiro de operadores internacionales. Pero la medida luce más defensiva que estratégica. Administrar hoteles requiere capital, insumos, reservas, proveedores, conectividad, reputación internacional y acceso a sistemas de pago. Ninguno de esos elementos sobra hoy en Cuba.
La crisis también golpea a España y Canadá, países cuyas empresas tuvieron durante años una presencia dominante en el turismo cubano. Meliá, Iberostar y otros grupos españoles invirtieron cientos de millones de dólares en la isla y ahora enfrentan el dilema de retirarse, litigar, negociar o exponerse a sanciones estadounidenses. El Gobierno cubano, según reportes de prensa, podría intentar demandas o arbitrajes por rupturas contractuales, aunque las cadenas alegan fuerza mayor, cambios regulatorios y condiciones económicas extraordinarias.
La administración Trump encontró en GAESA un punto de presión eficaz. A diferencia de sanciones simbólicas contra funcionarios, golpear al conglomerado militar afecta la caja real del régimen. El mensaje de Washington es claro: cualquier empresa extranjera que opere con estructuras controladas por las Fuerzas Armadas cubanas puede quedar expuesta a sanciones, restricciones financieras y riesgos reputacionales.
El secretario de Estado Marco Rubio viene sosteniendo una línea dura contra La Habana, con foco en el rol regional del régimen cubano, su apoyo a aliados autoritarios y su control interno sobre la sociedad. Para la Casa Blanca, el turismo no es una actividad neutral cuando sus beneficios terminan en manos del aparato militar que sostiene al castrismo.
El régimen, en cambio, denuncia una ofensiva de asfixia económica y atribuye la crisis a las sanciones estadounidenses. Pero esa explicación omite el fracaso interno de un sistema que durante décadas concentró poder, reprimió libertades, expulsó talento, bloqueó la iniciativa privada real y convirtió a las Fuerzas Armadas en administradoras de hoteles, tiendas y divisas.
El éxodo hotelero deja una imagen contundente: las cadenas internacionales no abandonan una isla paradisíaca por falta de belleza natural, sino por exceso de riesgo político, jurídico y económico. Cuba tiene playas, historia, cultura y ubicación estratégica; lo que no tiene es libertad económica, seguridad jurídica, energía suficiente ni un sistema financiero confiable.
La salida simultánea de Iberostar, Blue Diamond y Meliá representa uno de los cambios más significativos del turismo cubano en décadas. También expone el agotamiento de un modelo que dependía de captar divisas extranjeras sin modificar la estructura autoritaria que las administra.
La isla entra así en una fase más dura de aislamiento. Menos turistas, menos cadenas, menos vuelos, menos pagos internacionales, más apagones y más sanciones. Para el régimen, el golpe no es sólo económico: es político. El escaparate turístico que durante años intentó mostrar una Cuba abierta al mundo empieza a quedarse sin operadores, sin clientes y sin relato.




