Por RR
Buenos Aires – 14 Julio 2026 – Total News Agency – TNA-. El hallazgo del cuerpo calcinado de un hombre dentro de un carro de mano en Fuerte Apache, con una presunta herida de bala en la cabeza, volvió a exponer el avance de las disputas territoriales vinculadas con el narcotráfico y la dificultad de las fuerzas de seguridad para sostener una presencia permanente dentro de algunos de los barrios más complejos del conurbano bonaerense y la Ciudad de Buenos Aires.
El cadáver fue encontrado éste lunes por la tarde en las inmediaciones del Nudo 6 del barrio Ejército de los Andes, en la localidad bonaerense de Ciudadela, partido de Tres de Febrero.
Una dotación de los Bomberos Voluntarios de Ciudadela acudió alrededor de las 15.30 para extinguir un incendio junto a un sector de contenedores y descubrió que las llamas envolvían el cuerpo de un hombre colocado dentro de un carro de dos ruedas.
La víctima todavía no había sido identificada. Las primeras estimaciones indicaban que tendría entre 25 y 30 años, aunque la destrucción provocada por el fuego obligó a ordenar estudios forenses y comparaciones genéticas para determinar su identidad.
La causa quedó a cargo de la Unidad Funcional de Instrucción N°7 de San Martín y fue caratulada inicialmente como averiguación de causales de muerte —homicidio—. También intervinieron la DDI de San Martín y peritos de la Policía Científica.
Las cámaras de seguridad aportaron uno de los primeros indicios relevantes. Los registros mostrarían a dos personas con los rostros cubiertos empujando el carro hasta el lugar donde apareció el cadáver y prendiéndolo fuego antes de escapar.
Los investigadores todavía no lograron identificar a los sospechosos y mantienen abiertas distintas líneas. Una de ellas es que la víctima haya sido ejecutada en otro sector del complejo y trasladada posteriormente para destruir evidencias, dificultar su reconocimiento y enviar un mensaje intimidatorio.
Fuentes policiales señalaron inicialmente que el cuerpo presentaría un disparo en la cabeza. Sin embargo, esa circunstancia deberá ser confirmada por la autopsia, debido al deterioro causado por las llamas.
También circuló la versión de que durante la madrugada previa al hallazgo se había producido una intensa balacera entre grupos que disputaban el control de puntos de venta de drogas. Investigadores consultados por distintos medios pidieron cautela y aclararon que todavía no se estableció una relación directa entre aquel supuesto enfrentamiento y la muerte del hombre.
El procedimiento utilizado para deshacerse del cadáver —ejecución, traslado en un carro e incineración en la vía pública— reforzó la hipótesis de un ajuste de cuentas. No obstante, la Justicia todavía no confirmó que el crimen esté relacionado con el narcotráfico.
El episodio ocurrió apenas dos meses después de un operativo desplegado en Fuerte Apache tras otro enfrentamiento armado entre bandas que se disputaban los búnkeres y los puntos de venta de estupefacientes.
El 14 de mayo, más de 500 policías, unos 30 patrulleros y un helicóptero participaron de 14 allanamientos dentro del complejo. La intervención fue ordenada después de una balacera de más de 30 disparos que dejó tres personas heridas, entre ellas un vecino de 68 años que no tenía vinculación con el conflicto. Como siempre, la policía llega después. No hay investigaciones que busquen eliminar a las bandas narco.
Las organizaciones investigadas no estaban señaladas únicamente por la comercialización de drogas. También se les atribuían secuestros extorsivos, entraderas y otros delitos cometidos dentro y fuera de Tres de Febrero.
El nuevo homicidio muestra que los despliegues masivos no necesariamente producen un control duradero del territorio. Una vez retirados los cientos de efectivos, las estructuras criminales pueden reorganizarse, reabrir puntos de venta y retomar sus enfrentamientos.
Un vecino resumió ese fracaso después del operativo de mayo: recordó que ya se habían realizado intervenciones similares en 2023, 2024 y 2025, pero sostuvo que la situación no había cambiado y que los habitantes terminaron acostumbrándose a escuchar disparos.
La situación tiene puntos de contacto con lo ocurrido en barrios vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires, entre ellos el Barrio Padre Carlos Mugica —Villa 31— y la Villa 1-11-14 del Bajo Flores, donde durante años se consolidaron redes de venta minorista, acopio y distribución de cocaína, marihuana, pasta base y drogas sintéticas.
En mayo, la Policía de la Ciudad realizó la operación “Tormenta Negra”, un despliegue simultáneo con más de 1.500 agentes en 15 villas y barrios populares porteños.
El procedimiento terminó con 27 detenidos, cinco búnkeres cerrados, drogas y armas secuestradas. En la Villa 31 hubo seis arrestos, cinco de ellos por infracción a la ley de estupefacientes, mientras que en la 1-11-14 se registraron cuatro detenciones.
La magnitud del operativo demostró la existencia de numerosos puntos activos de venta, pero también evidenció una modalidad que suele ser cuestionada por los vecinos: grandes despliegues concentrados durante algunas horas, seguidos por períodos en los que disminuye la presencia uniformada dentro de los pasillos.
En junio, la administración porteña volvió a realizar un operativo de saturación en la Villa 1-11-14. Fueron detenidas tres personas, se secuestraron 160 dosis de cocaína y pasta base y se clausuraron cinco comercios. Además, fueron retenidos 36 automóviles y seis motocicletas.
Un año antes, una investigación había descubierto una red con domicilios en Villa Lugano y la Villa 31. La Policía secuestró casi tres kilos de cocaína, dosis de tusi, una prensa hidráulica, máquinas contadoras de dinero, balanzas, vehículos y etiquetas utilizadas para identificar los paquetes de droga.
En una vivienda de la calle Arequipa al 2000, dentro de la Villa 31, los agentes encontraron cocaína, tusi y elementos utilizados para el fraccionamiento.
Estos antecedentes impiden sostener que no existan procedimientos policiales en esos barrios. Los operativos se realizan y, en algunos casos, incluyen centenares o miles de agentes.
El problema central es su carácter intermitente, reactivo y difícil de sostener en el tiempo. Con frecuencia, el Estado despliega grandes cantidades de policías después de una balacera, un homicidio o la difusión pública de imágenes violentas, pero no consigue mantener un dominio permanente que impida a las bandas recuperar los puntos de venta. Hoy dia la tecnología permite mantener una vigilancia activa, inclusive investigativa, pero permanecería ausente.
Los búnkeres desmantelados suelen ser reemplazados por otros, las organizaciones modifican sus horarios y sistemas de vigilancia, y los vendedores utilizan viviendas, pasillos y comercios como estructuras móviles.
A esa situación se suma el temor de los vecinos a denunciar. En barrios donde los integrantes de las bandas conocen a las familias, controlan accesos y tienen capacidad para ejercer represalias, las denuncias anónimas y los testimonios judiciales resultan difíciles de sostener.
El cuerpo quemado en Fuerte Apache aparece en ese contexto como una advertencia extrema. Si se confirma el ajuste narco, el objetivo de los asesinos no habría sido solamente matar, sino exhibir capacidad territorial, sembrar miedo y demostrar que podían trasladar e incendiar un cadáver a plena luz del día.
La investigación deberá establecer ahora quién era la víctima, dónde fue asesinada, si el disparo ocurrió durante la balacera denunciada por los vecinos y qué organización tenía interés en destruir el cuerpo.
Mientras tanto, el crimen vuelve a plantear una discusión incómoda: los megaoperativos producen detenciones y secuestros, pero no alcanzan cuando son intervenciones aisladas. Sin presencia sostenida, inteligencia criminal, investigación financiera y protección efectiva para los denunciantes, las bandas regresan y los barrios quedan nuevamente sometidos a su propia ley.




