Bucarest – 16 Agosto 2026 – Total News Agency – TNA – La crisis energética europea encontró este verano un enemigo menos visible que la guerra, la política o el precio de los combustibles: la falta de agua. La histórica caída del caudal del Danubio, combinada con temperaturas extremas y ríos cada vez más calientes, obligó a Rumanía a desconectar sus dos reactores nucleares de Cernavodă, redujo drásticamente la producción de la central húngara de Paks, afectó reactores en Francia y forzó restricciones en Eslovenia, mientras industrias intensivas en energía comenzaron a reducir o suspender actividad. El fenómeno expone una vulnerabilidad creciente de las centrales que dependen directamente de cursos fluviales para refrigerar sus sistemas y plantea una discusión estratégica sobre la adaptación de la infraestructura energética europea a períodos de sequía más largos y extremos.
El caso más crítico es Rumanía. La empresa estatal Nuclearelectrica desconectó el jueves 13 de agosto el único reactor que todavía funcionaba en Cernavodă, después de haber detenido previamente la otra unidad a fines de julio. Los dos reactores, de 706 megavatios cada uno, aportan normalmente alrededor del 20% de la electricidad rumana. El motivo no fue una falla nuclear sino la imposibilidad de garantizar suficiente agua del Danubio para los sistemas de refrigeración utilizados durante la producción eléctrica.
Las autoridades llegaron a recurrir a medidas extraordinarias para evitarlo. El 3 de agosto detonaron una formación rocosa del río, dragaron sectores del lecho y hundieron barcazas cargadas con piedras para intentar redireccionar agua hacia la central. Nada alcanzó. El caudal cayó hasta unos 1.370 metros cúbicos por segundo, frente a valores medios cercanos a 3.900 metros cúbicos por segundo para ese período, de acuerdo con los datos reunidos en el material consultado y los reportes de Reuters.
La crisis obligó al gobierno de Ilie Bolojan a declarar una emergencia energética durante agosto, pedir reducciones voluntarias del consumo y reactivar una central de lignito de 330 megavatios para compensar parcialmente la producción perdida. La menor generación hidroeléctrica agravó el problema porque el mismo fenómeno que dejó sin suficiente agua de refrigeración a Cernavodă también redujo el rendimiento de las centrales hidroeléctricas.
El efecto ya llegó a la industria. Las plantas de Dacia, perteneciente al grupo francés Renault, y Ford suspendieron temporalmente operaciones hasta el 19 de agosto, con un ahorro aproximado de 200 megavatios de consumo eléctrico, según informó el gobierno rumano. Reuters aclaró posteriormente que en el caso de Ford parte de la pausa ya estaba programada, aunque ambas instalaciones quedaron incorporadas al esquema de reducción de demanda provocado por la emergencia energética.
El problema tampoco termina en la frontera rumana. Moldavia, que depende en determinados momentos de importaciones de electricidad procedentes de Rumanía, quedó más expuesta a cortes o a la necesidad de comprar energía más cara desde otros mercados europeos a medida que Bucarest perdió capacidad exportadora.
Más arriba sobre el Danubio, Hungría estuvo a centímetros de enfrentar una situación similar. La central nuclear de Paks, que suministra cerca de la mitad de la electricidad del país, llegó a operar a poco más del 10% de su capacidad a comienzos de agosto y actualmente continúa alrededor del 25%. El nivel del río cayó tanto que el gobierno decidió hundir dos barcazas de 80 metros cerca de la central para elevar temporalmente el agua unos 20 centímetros mientras construye una estructura transversal sumergida destinada a aumentar el nivel hasta aproximadamente un metro.
La gravedad del episodio obligó además a revisar aspectos del proyecto Paks II, la futura ampliación nuclear húngara, precisamente para reducir su vulnerabilidad frente a caudales extremadamente bajos. La discusión ya no gira sólo alrededor de cuánto reactor construir, sino de cómo garantizar que una central diseñada para funcionar durante décadas conserve suficiente capacidad de refrigeración en un clima diferente al existente cuando fue concebida.
La explicación técnica es relativamente sencilla. Una central nuclear es, desde el punto de vista termodinámico, una central térmica: utiliza el calor producido por la fisión para generar vapor y mover turbinas, pero necesita posteriormente eliminar parte de ese calor mediante un “foco frío”. Ese foco puede ser un río, un lago, el mar o sistemas cerrados y torres de refrigeración. Cuando el caudal disminuye y el agua llega además con mayor temperatura, la capacidad para absorber calor se reduce.
No significa que el reactor quede automáticamente en una situación insegura. Los sistemas de seguridad disponen de mecanismos alternativos para refrigerar una unidad detenida; el problema principal es de producción eléctrica y cumplimiento ambiental. En numerosos países existen límites estrictos sobre la temperatura del agua que puede devolverse a los ríos para evitar daños a los ecosistemas, lo que obliga a reducir potencia o apagar temporalmente reactores cuando el agua de entrada ya está demasiado caliente.
Francia ofrece el ejemplo más importante por escala. Aproximadamente dos tercios de su electricidad proceden de la energía nuclear y la ola de calor de esta semana obligó a EDF a prever una reducción de alrededor del 15% de la capacidad nuclear francesa, con seis reactores completamente fuera de servicio por las restricciones asociadas a las elevadas temperaturas y otros funcionando con limitaciones. En el momento de máxima afectación, los recortes podían alcanzar unos 9,4 gigavatios en nueve reactores.
La menor generación nuclear francesa coincidió además con poca producción eólica en otros mercados europeos y disparó los precios de la electricidad. El contrato francés para entrega al día siguiente llegó a subir hasta 154,50 euros por megavatio hora, mientras Alemania debió recurrir en mayor medida a generación térmica.
En Eslovenia, la única central nuclear del país, Krško, comenzó también a reducir generación debido a las altas temperaturas y al bajo caudal del río Sava, afluente del Danubio. La instalación disminuyó inicialmente su producción hasta aproximadamente el 80% de capacidad, una medida que afecta además a Croacia, que recibe parte de la electricidad generada allí.
El contraste europeo muestra que no todas las centrales enfrentan el mismo riesgo. Sistemas que utilizan torres de refrigeración, circuitos cerrados o agua marina pueden ser más resistentes frente a caídas bruscas de los ríos. España, por ejemplo, dispone de siete reactores y aproximadamente una quinta parte de su electricidad procede de la energía nuclear, pero sus diferentes configuraciones de refrigeración han permitido atravesar episodios severos de sequía y calor sin reproducir hasta ahora el escenario rumano.
El debate también alcanza al almacenamiento. Bulgaria, cuya central nuclear de Kozloduy continuó funcionando a plena potencia, dispone además de una capacidad de baterías estimada entre 14 y 15 GWh, muy superior a los menos de 2 GWh señalados para Rumanía, lo que proporciona más margen para absorber excedentes de producción renovable y devolver esa energía al sistema cuando cae la generación solar.
La paradoja rumana ilustra precisamente esa necesidad: durante determinadas horas del día puede existir excedente de electricidad fotovoltaica y capacidad para exportar, pero al caer el sol desaparece rápidamente esa generación mientras la producción hidroeléctrica está deprimida por la sequía y los reactores nucleares permanecen desconectados. Sin almacenamiento suficiente, el superávit del mediodía no puede trasladarse a la demanda nocturna.
La crisis del Danubio dejó así de ser solamente un problema ambiental o de navegación. El río atraviesa diez países, abastece industrias, genera electricidad, permite transportar mercancías y refrigera centrales que sostienen una parte relevante de los sistemas eléctricos de Europa central y oriental. Cuando su caudal cayó a mínimos históricos, todas esas funciones comenzaron a deteriorarse simultáneamente, obligando a gobiernos que apostaban por energía nuclear e hidroeléctrica de bajas emisiones a recurrir nuevamente a importaciones, carbón, lignito o gas para mantener el equilibrio de sus redes.
Fuentes consultadas: Reuters; Nuclearelectrica; EDF; autoridades energéticas de Rumanía, Hungría y Eslovenia; Foro Nuclear; CIEMAT; material especializado aportado a Total News Agency (TNA).





