Una investigación de The New York Times revela que una sucesión de despidos y renuncias impulsada por el secretario de Defensa Pete Hegseth dejó al Ejército estadounidense sin jefe de Estado Mayor y con apenas cinco generales de cuatro estrellas, la mitad que al comienzo de 2025. La crisis de conducción coincide con el desgaste de las reservas de interceptores Patriot, la evolución de los misiles iraníes, el apoyo militar a Ucrania y la necesidad de adaptar rápidamente las fuerzas terrestres a una guerra dominada por drones baratos y ataques de precisión.
Washington – 25 de agosto de 2026 – Total News Agency – TNA – El Ejército de Estados Unidos, la mayor fuerza de las Fuerzas Armadas norteamericanas, atraviesa una inusual crisis en su conducción después de una sucesión de destituciones, renuncias y vacantes generadas durante la gestión del secretario de Defensa Pete Hegseth, mientras enfrenta simultáneamente la amenaza de los misiles iraníes en Medio Oriente, el desafío tecnológico de los drones y la creciente presión militar rusa sobre Europa.
Una investigación publicada por The New York Times, elaborada por Greg Jaffe, Eric Schmitt, Helene Cooper y Adam Entous, describe una estructura militar cuya primera línea de conducción quedó profundamente reducida después de que Hegseth apartara o forzara la salida de al menos media docena de oficiales superiores con extensa experiencia de combate. El periódico reconstruyó la situación mediante entrevistas con funcionarios actuales y anteriores del Pentágono y miembros del Congreso.
La vacante más significativa está en la propia jefatura del Ejército. El general Randy George fue destituido por Hegseth en abril, sin que públicamente se informara una razón concreta, y cuatro meses después todavía no existe un reemplazante confirmado. Tres oficiales considerados posibles sucesores de George también fueron obligados a dejar sus cargos, según los funcionarios consultados por el diario.
El vacío puede medirse en estrellas. Cuando Hegseth asumió el Pentágono en enero de 2025, el Ejército tenía diez generales de cuatro estrellas en actividad. Actualmente quedan cinco, la cifra más baja registrada en décadas, mientras algunos comandos regionales debieron ser cubiertos por oficiales procedentes de otras fuerzas y otros puestos directamente permanecen vacantes.
La crisis no se produce durante un período de repliegue militar. Por el contrario, el Ejército atraviesa uno de sus ciclos de mayor actividad desde las guerras de Irak y Afganistán. Sus unidades de defensa aérea constituyen una pieza fundamental en la protección de las bases estadounidenses frente a los ataques iraníes y el comando terrestre estadounidense en Europa continúa proporcionando inteligencia, logística y capacidades esenciales para el sostenimiento de Ucrania frente a Rusia.
El punto más delicado aparece actualmente en las defensas antimisiles. Las baterías Patriot se convirtieron en una de las principales barreras contra los misiles balísticos utilizados por Irán contra posiciones estadounidenses y aliadas en Medio Oriente. El problema es que el volumen y sofisticación de los ataques obligaron a consumir una cantidad considerable de interceptores, cuyo proceso industrial de reposición es mucho más lento y costoso que la fabricación de muchas de las armas ofensivas que deben destruir.
Según la información recogida por The New York Times, las reservas estadounidenses de interceptores Patriot se encuentran sometidas a una presión severa después de sucesivas operaciones defensivas. El Ejército es precisamente la fuerza responsable de entrenar y equipar las unidades que emplean esos sistemas, tarea que se vuelve más compleja mientras varios de los mandos vinculados con modernización y preparación permanecen vacantes o fueron reemplazados.
La experiencia reciente mostró además que Irán está modificando sus procedimientos. El 17 de julio, un misil iraní consiguió impactar contra instalaciones utilizadas por personal norteamericano en Jordania, causando tres muertos y más de un centenar de heridos, según la reconstrucción del periódico. El desafío no consiste solamente en disponer de suficientes interceptores, sino en enfrentar misiles capaces de realizar maniobras que dificultan su detección y destrucción.
Los drones introdujeron otra transformación igualmente profunda. Al comenzar la reciente escalada regional, Irán lanzó oleadas de aeronaves no tripuladas Shahed, similares a las utilizadas extensamente por Rusia contra Ucrania. En uno de aquellos ataques, seis soldados estadounidenses murieron en una base de Kuwait, de acuerdo con la información recopilada por el diario.
El Ejército había comenzado precisamente a incorporar las lecciones ucranianas para responder a esa amenaza. El general Christopher Donahue, entonces comandante del Ejército de Estados Unidos en Europa y África, impulsó entrenamiento y equipamiento específico para equipos antidrones, algunos de los cuales pudieron ser rápidamente enviados a Medio Oriente.
En julio, sin embargo, Hegseth rebajó ese comando de cuatro a tres estrellas, una decisión que dejó a Donahue ante la necesidad de obtener otro destino de cuatro estrellas o retirarse. El movimiento eliminó de esa posición a uno de los oficiales estadounidenses con mayor experiencia en las transformaciones tácticas surgidas de la guerra en Ucrania.
Una situación similar alcanzó al Comando de Transformación y Entrenamiento del Ejército, responsable de preparar y equipar unidades terrestres. El general David Hodne, elegido por Hegseth para conducir esa estructura, fue apartado ocho meses después sin explicación pública, dejando vacante otro puesto directamente relacionado con la adaptación del Ejército a nuevos escenarios tecnológicos.
El deterioro de la relación entre el secretario de Defensa y los generales tiene antecedentes personales y políticos. Hegseth, veterano de Irak y Afganistán, llegó al Pentágono con una profunda desconfianza hacia sectores de la conducción militar. En un libro publicado en 2024 recordó amargamente su propia experiencia con el Ejército y escribió que la institución a la que había amado y por la que había combatido “me escupió”.
Esa desconfianza se trasladó posteriormente a numerosos oficiales. Antes de la salida de George, Hegseth ya había apartado en octubre al general James Mingus, subjefe del Estado Mayor, aproximadamente un año antes de que terminara su mandato. La Casa Blanca y el Pentágono propusieron para reemplazarlo al general Christopher LaNeve, principal asesor militar del secretario.
La nominación abrió incluso una grieta entre republicanos. LaNeve no consiguió hasta ahora el respaldo suficiente en el Senado, pese a que tradicionalmente los candidatos a los principales puestos militares suelen ser aprobados por amplias mayorías.
Entre quienes objetaron su promoción figura la senadora republicana Joni Ernst, quien sirvió durante 22 años en la Guardia Nacional de Iowa. Tras el despido de George, Ernst llamó personalmente al presidente Donald Trump para protestar y le dijo que se trataba de uno de los mejores oficiales del Ejército. Según una fuente del Congreso citada por el diario, Trump respondió que la decisión había sido de Hegseth y pidió que transmitieran al general que lo lamentaba.
La dimensión institucional de la controversia trasciende a los oficiales desplazados. Legisladores y militares consultados por el periódico advierten que una secuencia prolongada de despidos puede enviar una señal peligrosa hacia toda la cadena de mando: que ofrecer asesoramiento profesional contrario a las preferencias políticas del Pentágono puede tener consecuencias para una carrera militar.
El representante demócrata Pat Ryan, veterano del Ejército y ex oficial de inteligencia, advirtió que apartar a los mandos “más experimentados, letales y probados en combate” durante un período de guerra reduce la seguridad de las tropas y las posibilidades de obtener una victoria. También planteó que la percepción de unas Fuerzas Armadas políticamente neutrales podría sufrir un “daño generacional”.
El Ejército rechaza ese diagnóstico. Su vocera Cynthia O. Smith aseguró que los mandos mantienen los mayores estándares profesionales, que los programas de modernización continúan y que la preparación global de la fuerza no se encuentra comprometida. La institución evitó, en cambio, pronunciarse sobre las versiones que anticipan la salida del secretario del Ejército Daniel Driscoll.
La posible partida de Driscoll abre otro problema. Durante meses trabajó junto con George en programas destinados a acelerar la adaptación a campos de batalla saturados de drones y posteriormente la Casa Blanca le encargó un papel relevante en los intentos de impulsar negociaciones para terminar la guerra en Ucrania. Actualmente, según las fuentes consultadas, casi no mantiene diálogo con Hegseth y se espera que abandone la administración antes de finalizar el año.
El resultado es una combinación excepcionalmente delicada: menos generales experimentados precisamente cuando Estados Unidos debe sostener simultáneamente defensa antimisiles en Medio Oriente, operaciones de disuasión en Europa, asistencia a Ucrania y una transformación doctrinaria acelerada frente a la proliferación de drones y municiones baratas.
El verdadero impacto de la reorganización impulsada por Hegseth probablemente no pueda medirse únicamente por las vacantes actuales. El Ejército estadounidense forma a sus generales durante décadas y los oficiales capaces de comandar estructuras de cientos de miles de soldados, manejar programas multimillonarios y conducir operaciones conjuntas no pueden reemplazarse inmediatamente mediante una decisión administrativa.
Mientras los campos de batalla de Ucrania y Medio Oriente demuestran que una aeronave no tripulada de algunos miles de dólares puede obligar a utilizar interceptores que cuestan millones, Washington enfrenta simultáneamente una discusión interna sobre quién debe conducir la transformación de sus fuerzas terrestres. Esa contradicción convierte la disputa entre Hegseth y la cúpula militar en algo mucho más profundo que una pelea burocrática en el Pentágono: ocurre cuando los adversarios estadounidenses están aprendiendo a explotar precisamente las vulnerabilidades que el Ejército intenta corregir.
Fuentes consultadas: investigación de The New York Times, firmada por Greg Jaffe, Eric Schmitt, Helene Cooper y Adam Entous; documentación y declaraciones públicas del Departamento de Defensa de Estados Unidos; información del Ejército de Estados Unidos; antecedentes del Senado estadounidense sobre nominaciones militares; datos públicos sobre los sistemas Patriot, operaciones antidrones y despliegues estadounidenses en Europa y Medio Oriente.




