Por Daniel Romero
Después de casi nueve años sin submarinos operativos, la Armada Argentina tiene ante sí la posibilidad de reconstruir una capacidad fundamental para la defensa del Atlántico Sur. Alemania y Francia respaldan el financiamiento del 100% de las propuestas para incorporar tres unidades de última generación. La decisión del gobierno de Javier Milei podría iniciar una nueva etapa de modernización naval, recuperación tecnológica y fortalecimiento de la industria nacional.
Buenos Aires – 11 de octubre de 2026 – Total News Agency – TNA. La Argentina se encuentra ante una oportunidad estratégica para recuperar una de las capacidades militares más importantes de su historia naval: volver a disponer de submarinos operativos capaces de desarrollar misiones de vigilancia, inteligencia, reconocimiento y defensa en el Atlántico Sur. Los gobiernos de Alemania y Francia han ofrecido respaldar el financiamiento del 100% de la adquisición de tres submarinos convencionales, una alternativa que permitiría comenzar a revertir el prolongado deterioro de la Fuerza de Submarinos de la Armada Argentina.
La novedad fue expuesta por el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas (EMCO), almirante Marcelo Dalle Nogare, durante una presentación ante el Rotary Club de Buenos Aires. Según explicó, las propuestas técnicas fueron evaluadas y elevadas al Gobierno nacional, que deberá adoptar la decisión final. La posibilidad de contar con financiamiento respaldado por dos potencias industriales europeas constituye un elemento relevante para avanzar en una operación que, por su magnitud y complejidad, exige planificación presupuestaria de largo plazo.
Las alternativas consideradas son los submarinos Scorpène, desarrollados por la empresa francesa Naval Group, y los Tipo 209NG, ofrecidos por la alemana ThyssenKrupp Marine Systems (TKMS). Ambos modelos responden a las necesidades de una fuerza naval que requiere unidades convencionales modernas, capaces de operar discretamente, detectar amenazas y proporcionar información estratégica sobre los movimientos marítimos.
La adquisición permitiría recuperar una capacidad perdida tras la tragedia del ARA San Juan, ocurrida en noviembre de 2017. Desde entonces, la Argentina no dispone de submarinos operativos para realizar patrullas de combate, una situación particularmente sensible para un país con extensos espacios marítimos, importantes recursos pesqueros y energéticos y responsabilidades permanentes de vigilancia en el Atlántico Sur.
La incorporación de tres unidades representaría, por lo tanto, mucho más que una renovación de material. Significaría reconstruir la capacidad submarina argentina, recuperar conocimientos operativos, actualizar la formación de tripulaciones y volver a disponer de un instrumento de disuasión que durante décadas integró el dispositivo de defensa nacional.
Los submarinos convencionales poseen una característica militar especialmente valiosa: pueden operar de manera discreta y obligar a una fuerza adversaria a desplegar importantes recursos para detectarlos. Esa capacidad resulta relevante para la vigilancia de espacios marítimos extensos, la protección de rutas de navegación y la obtención de información estratégica.
Para la Argentina, su recuperación también adquiere importancia en relación con la cuestión Malvinas, donde el Reino Unido mantiene una presencia militar permanente. El fortalecimiento de la Armada es compatible con la política argentina de solución pacífica de la controversia de soberanía y con las resoluciones de las Naciones Unidas, particularmente la 2065 (XX) y la 31/49, que constituyen referencias fundamentales del reclamo diplomático nacional.
La iniciativa encuentra antecedentes en una historia naval considerablemente más importante de lo que suele recordarse. La Fuerza de Submarinos nació formalmente el 3 de septiembre de 1933, cuando la Armada incorporó tres unidades construidas en Italia por el astillero Franco Tosi, de Taranto. Los submarinos ARA Santa Fe, ARA Salta y ARA Santiago del Estero, conocidos como los tarantinos, inauguraron una capacidad militar que la Argentina mantendría durante más de ocho décadas.
Posteriormente, el país recurrió a los Estados Unidos, que transfirieron submarinos de la clase Balao y luego unidades modernizadas mediante el programa GUPPY. Aquellas incorporaciones permitieron mantener la continuidad de las operaciones submarinas y preparar al personal para la transición hacia sistemas de mayor complejidad tecnológica.
El siguiente avance se produjo con la cooperación de Alemania Occidental, mediante la incorporación de los submarinos Tipo 209 ARA Salta (S-31) y ARA San Luis (S-32). Sus componentes fueron fabricados en Alemania y posteriormente ensamblados en Tandanor, en Buenos Aires, lo que permitió desarrollar experiencia industrial y técnica vinculada con la construcción y el mantenimiento de submarinos.
Durante la Guerra de Malvinas de 1982, el ARA San Luis realizó patrullas de combate frente a la flota británica y consiguió eludir los dispositivos de búsqueda antisubmarina. Aunque problemas técnicos impidieron obtener impactos confirmados con sus torpedos, su desempeño demostró el valor estratégico de estas unidades y la capacidad de las tripulaciones argentinas para operar en condiciones de elevada exigencia.
La modernización alcanzó posteriormente una dimensión todavía mayor con el programa de submarinos TR-1700, desarrollado con tecnología alemana. Los ARA Santa Cruz (S-41) y ARA San Juan (S-42) fueron construidos por Thyssen Nordseewerke e incorporados a mediados de la década de 1980. El proyecto original contemplaba seis unidades, de las cuales cuatro debían construirse en la Argentina.
Para concretar ese objetivo se desarrolló el Astillero Ministro Manuel Domecq García, una instalación destinada a fabricar submarinos de alta complejidad. Allí comenzó la construcción de los futuros ARA Santa Fe (S-43) y ARA Santiago del Estero (S-44), que quedaron inconclusos debido a restricciones presupuestarias y decisiones políticas posteriores.
Ese programa constituye un antecedente especialmente importante para la negociación actual. La Argentina no solamente compró submarinos en el exterior: también ensambló unidades y desarrolló infraestructura para construirlas en su propio territorio. La experiencia demuestra que una adquisición de esta magnitud puede acompañarse de transferencia tecnológica, capacitación de personal y participación de la industria naval nacional.
La posibilidad de incorporar nuevos submarinos franceses o alemanes abre, precisamente, la oportunidad de recuperar parte de ese conocimiento. La participación de Tandanor, la formación de ingenieros y técnicos argentinos y el establecimiento de capacidades locales de mantenimiento podrían convertirse en componentes relevantes de una negociación que no debería limitarse a la entrega de tres unidades terminadas.
La tragedia del ARA San Juan constituye el episodio más doloroso de la historia reciente de la fuerza. El 15 de noviembre de 2017, el submarino desapareció mientras navegaba desde Ushuaia hacia Mar del Plata, con 44 tripulantes a bordo. Antes de perder contacto había comunicado problemas relacionados con el ingreso de agua y fallas eléctricas en su sistema de baterías.
La búsqueda movilizó recursos nacionales e internacionales durante meses. Finalmente, en noviembre de 2018, la empresa Ocean Infinity localizó los restos a aproximadamente 907 metros de profundidad. Las investigaciones posteriores abordaron las condiciones de mantenimiento, los problemas técnicos y las responsabilidades institucionales relacionadas con la tragedia.
El recuerdo de aquellos 44 marinos permanece profundamente ligado a la necesidad de reconstruir una fuerza submarina moderna, equipada con sistemas adecuados y respaldada por programas de mantenimiento, entrenamiento y supervisión técnica sostenidos en el tiempo. La recuperación de esta capacidad también representa una forma de dar continuidad a una tradición profesional que marcó la historia de la Armada.
La comparación con otros países sudamericanos muestra que la Argentina cuenta con antecedentes tecnológicos y humanos sobre los cuales podría desarrollar una nueva etapa. Brasil avanzó en la construcción local de submarinos mediante cooperación con Francia, Chile incorporó unidades Scorpène y Perú mantiene submarinos alemanes sometidos a programas de modernización.
La experiencia brasileña resulta especialmente interesante porque combina la adquisición de tecnología extranjera con instalaciones industriales propias, formación de personal especializado y desarrollo de capacidades nacionales. Ese modelo demuestra que los programas submarinos pueden generar beneficios que trascienden el ámbito militar y alcanzan a la ingeniería, la metalurgia, la electrónica y los sistemas de alta precisión.
La oferta financiera europea constituye otro aspecto destacado. La posibilidad de cubrir mediante crédito el costo total de la adquisición permitiría estructurar una operación de largo plazo, aunque las condiciones concretas deberán ser negociadas. El Gobierno tendrá que analizar tasas, vencimientos, garantías y costos de sostenimiento, además de definir qué participación industrial podría obtener la Argentina.
En este punto, la decisión también adquiere carácter geopolítico. Francia ofrece una plataforma con presencia internacional y antecedentes de cooperación tecnológica en América Latina, mientras Alemania mantiene una relación histórica con la Fuerza de Submarinos argentina. Ambas alternativas presentan oportunidades de cooperación militar e industrial que deberán ser consideradas junto con los aspectos estrictamente operativos.
El proceso se inscribe, además, en una agenda de modernización de las Fuerzas Armadas que incluye la incorporación de aviones de combate F-16 para la Fuerza Aérea Argentina y otros programas destinados a recuperar capacidades materiales. En el caso de la Armada, los submarinos permitirían restablecer un componente particularmente complejo, cuya reconstrucción exige años de preparación.
La decisión final permanece en manos del presidente Javier Milei y de las autoridades nacionales competentes. Todavía no se ha anunciado la firma de un contrato ni un cronograma definitivo de entregas, pero la existencia de dos propuestas técnicamente evaluadas y respaldadas financieramente por sus respectivos gobiernos permite avanzar hacia una definición que la institución naval espera desde hace años.
La incorporación de tres submarinos modernos podría convertirse en el punto de partida de una recuperación más amplia, siempre que el programa incluya formación de tripulaciones, infraestructura de apoyo, mantenimiento y continuidad presupuestaria. El antecedente de los TR-1700 demuestra que la Argentina llegó a desarrollar instalaciones y conocimientos para participar en la fabricación de estas unidades; aprovechar esa experiencia permitiría que la futura adquisición no solamente restituya una capacidad operativa indispensable, sino que también contribuya a reconstruir una base tecnológica nacional vinculada con la defensa marítima.
Fuentes consultadas: Armada Argentina, antecedentes históricos de la Fuerza de Submarinos; Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas; Ministerio de Defensa de la Nación; Cámara de Diputados de la Nación, informe de la Comisión Bicameral Investigadora del ARA San Juan; Naval Group; ThyssenKrupp Marine Systems (TKMS); antecedentes de Tandanor y del Astillero Ministro Manuel Domecq García.
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