Por Ricardo Auer
Es muy probable que la guerra en Ucrania impacte sobre la naturaleza de las relaciones interestatales, generando nuevos equilibrios de poder entre ellos, mientras la globalización irrestricta entraría en una fase más “restringida”
Es evidente que las antiguas alianzas estratégicas están sufriendo un proceso de transformación, que irá evolucionando hacia un nuevo orden global. Desde hace 30 años el mundo occidental (EEUU y sus aliados) intentan expandir la globalización con un modelo cultural único o predominante, descripto ideológicamente como una batalla entre “democracia y autocracia”. Otras potencias, sobre la base de sus intereses nacionales y antecedentes históricos, lo rechazan y lo enfrentan. El etnocentrismo anglosajón, con aires de superioridad cultural sobre otros pueblos, formula estos ambiguos conceptos dialécticos, para enmascarar en realidad una despiadada lucha por el poder global, que se desarrolla entre diversas tecnocracias político-empresariales, cada una con sistemas de valores culturales diferenciados, que existen en las esferas de cada superpotencia. En ello radica el fundamento de las actuales tensiones, guerras y conflictos, de variada intensidad. Muchos de ellos hasta podrían seguir escalando, peligrosamente, a otros niveles.
Nadie olvida que la Guerra Fría trajo mucho sufrimiento humano, subdesarrollo y problemas a muchas naciones en todo el planeta. Ni hablar de las más recientes intervenciones de la EEUU/OTAN en Irak, Afganistán y Libia; nadie podría alegar que dichas intervenciones han logrado mejorar la situación interna de esos países; por el contrario, provocaron mayor inseguridad global. Los vietnamitas y otros países de Asia siempre han sido muy recelosos, por experiencia, de China y temen su expansión. Tampoco Rusia podrá alegar, en relación a Ucrania, que ha contribuido a la Paz Mundial. Por las experiencias vividas a lo largo del último siglo, la desconfianza del resto de los países hacia las superpotencias se ha incrementado en las últimas décadas y ya comienzan a prevenirse.
El globalismo mercantilista, con base en el pensamiento único, parece que ha alcanzado su máxima expansión. Es muy probable que la guerra en Ucrania impacte sobre la naturaleza de las relaciones interestatales, generando nuevos equilibrios de poder entre ellos, mientras la globalización irrestricta entraría en una fase más “restringida”. Se vislumbra en el escenario futuro una reconfiguración del orden global, por el despertar de mayores grados de independencia por parte de numerosos países que no quieren proseguir siendo “aliados exclusivos” de alguna superpotencia. Esto se expresaría incipientemente como una “Cuarta Posición Internacional”, establecida por países que desearían tener relaciones simultáneas y múltiples con EEUU, Rusia y China, sin pertenecer a ninguna zona de influencia de aquellas; su principal política internacional sería proclamada como una “autonomía estratégica”. Esto haría sinergia con la idea de una Globalización Restringida, en el sentido de proseguir lo más que se pueda con la preexistente libertad de comercio internacional, pero con restricciones entre las grandes potencias para la producción y el comercio de aquellos sectores estratégicos (5G, I.A., big-data, comunicaciones espaciales, plataformas cibernéticas, armas estratégicas, chips y semiconductores y sus materias primas (tierras raras, neón, paladio), que solo se desarrollarían dentro de las esferas de cada bloque, o por acuerdos muy específicos con los demás países. De hecho, eso ya está ocurriendo con algunos productos y servicios, con las reestructuraciones de las cadenas de suministros y con las diversas plataformas digitales controladas por cada potencia.
Los países que están ya esbozando abiertamente una “Cuarta Posición Internacional”, y a los cuales se podrían sumar otros en el futuro, son: India, Vietnam, Tailandia, Indonesia y otros del Sudeste asiático, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Brasil, México, Israel, Sudáfrica, Nigeria, Tanzania, y otros africanos, que podrían llegar a representar más de la mitad de la población mundial. Son países muy diversos, sin un patrón ideológico o económico en común, que quieren sostener mayores grados de soberanía y así poder elegir su propio camino hacia el desarrollo, manteniendo sus respectivas identidades nacionales. En lugar de ser “No alineados”, que revelaría una actitud defensiva anticolonial, o de cierta falsa neutralidad, bien podrían ellos sostener posiciones proactivas en cuanto a las reglas de juego internacional, para hacer un mundo más inclusivo, descartando descalificaciones ideológicas, como “democracia o autocracias”, y restituyendo el principio clásico del derecho internacional, consagrado en el artículo 2.7. de la Carta de las Naciones Unidas, que indica que ningún país puede intervenir en los asuntos internos de otros. La consolidación de esa “Cuarta Posición Internacional” promovería una mayor multipolaridad geopolítica. Por estar esos países más interesados en la Paz que en la Guerra, seguramente promoverán la disminución de conflictos en territorios extra-potencias, y un mayor grado de cooperación entre ellos para poder recuperar más equilibrio tecnológico y macroeconómico entre las naciones, que así podrían desarrollarse más rápidamente.
Es importante destacar que los cambios globales y los conflictos inter-potencias están siendo empujados principalmente por la aceleración del cambio tecnológico y por el aumento constante de las diferencias sociales, que no encuentran apropiados canales de expresión y de resolución política. Para atender la creciente conflictividad social en la mayoría de los países, los gobiernos de turno, en lugar de promover mayor equidad económica y educativa, han comenzado a aplicar fuertes controles sociales, altamente tecnificados y gestionados por tecnocracias elitistas, que utilizan las modernas herramientas cibernéticas (algoritmos, big-data, fake news, creación de circuitos cerrados de opinión) con apoyo de las cinco grandes High Tech GAMAM (Google, Apple, Meta, Amazon, Microsoft) o sus equivalentes en China o Rusia, aplicando las técnicas sociales del dataísmo, el “capitalismo de la emoción”, el “Yo cuantificado” (cuantifican la vida recopilando información sobre hábitos cotidianos), bien descriptas por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Son procesos que fraccionan cualquier tipo de representatividad social, aumentando el individualismo exacerbado, contrario a la tradicional cultura solidaria de los pueblos, mientras el gran capital financiero, asociado a las élites políticas, se sigue concentrando.
En ese marco, la política termina distanciándose del pueblo y no encuentra representatividad básica, por lo que reiteradamente fracasa su administración, haciendo que la disconformidad ciudadana sea permanente. La proporción de desencantados con los políticos tradicionales en Europa aumenta año tras año; Le Pen sacó ya el 42 % de los votos en el ballotage de Francia. Trump es la expresión del mismo fenómeno en EEUU. Estos votantes, residentes en el interior profundo y alejados de las grandes urbes cosmopolitas, parece ser invisibles, olvidados, sin ninguna prioridad para los gobiernos, excepto en lo declamativo. Un fenómeno similar ocurre en China. Este proceso de prioridades tecnocráticas y economicistas está provocando una deshumanización de los procesos sociales a escala global. Basta ilustrar que ese sistema global está más interesado en la Internet de las Cosas (IdC: interconexión digital de objetos cotidianos con internet), que promover la auténtica comunicación entre los humanos, aunque promueva una falsa conectividad por las plataformas, que aísla aún más al ser humano. El centro de atención de la política, con cualquier ideología, ya no se focaliza en lo social, en atender las necesidades de los individuos o de los pueblos, sino que pivotea en los requerimientos de los procesos materiales, los sistemas, la “correcta” administración del estado, la economía, las finanzas; en resumen, se ocupa del poder, en sus diversas escalas.
El moderno control social, manipulado por esas élites político-empresariales, está provocando la instalación y la consolidación de “democracias de baja intensidad”, con rumbo hacia un “gran hermano orwelliano”, bien visible en China, aunque también observable, más disimuladamente, en casi todo Occidente. La falta de perspectivas y de esperanza, de la defensa de valores en común, de patriotismo, está haciendo mella en las nuevas generaciones, que son las más numerosas. Si sólo se les ofrece una perspectiva de vida mecanicista, con consumos homogéneos y prácticas culturales determinadas por algún algoritmo; y no se les ofrece un destino en el cual soñar, la humanidad no tiene destino. Si no hay perspectivas de debate libre y democrático, los conflictos y las guerras terminarán resolviendo las discordancias de intereses y de valores.
Fuente Infobae





