Buenos Aires-4 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El AMBA volvió a pasar en pocas horas de la alerta meteorológica al paisaje de siempre: avenidas anegadas, autos bajo el agua, filtraciones en infraestructura clave, viviendas afectadas y vecinos esperando asistencia mientras la política corre detrás del desastre. El fuerte temporal que golpeó entre la noche del viernes y la madrugada de este sábado dejó otra vez postales de una Buenos Aires vulnerable, con focos severos en Escobar, Lomas de Zamora y el aeropuerto internacional de Ezeiza, donde incluso hubo sectores señalizados por filtraciones de agua. Las lluvias dejaron acumulados de entre 50 y 80 milímetros en pocas horas, con ráfagas intensas y daños materiales que volvieron a desnudar una realidad incómoda: cada tormenta fuerte reactiva el mismo problema, y la respuesta estatal sigue siendo más de emergencia que de prevención.

Las imágenes que circularon durante la madrugada mostraron calles intransitables, techos dañados, árboles caídos, agua dentro de viviendas y complicaciones en uno de los principales nodos de transporte del país. En Lomas de Zamora, el propio municipio admitió que cayeron 80 milímetros en una hora, “lo que llueve en casi todo el mes”. En Escobar, las autoridades locales reconocieron daños por una ráfaga breve pero de gran intensidad. Es decir, no se trató de un fenómeno menor ni de una exageración de redes sociales. Fue un episodio meteorológico fuerte, sí, pero también una nueva prueba de que buena parte del conurbano y del área metropolitana sigue sin la infraestructura suficiente para absorber eventos que, lejos de ser excepcionales, se repiten con inquietante frecuencia.
Y ahí aparece la cuestión política de fondo. Porque cuando Buenos Aires vuelve a inundarse una y otra vez, ya no alcanza con invocar la intensidad de la lluvia ni con mostrar cuadrillas trabajando una vez que el agua ya entró en las casas. La secuencia empieza a revelar otra cosa: la persistencia de una deuda estructural en materia de obras hidráulicas, desagües y planificación urbana que compromete tanto al gobernador Axel Kicillof como a varios intendentes del conurbano. La reacción municipal existió, por supuesto, pero volvió a ser la de siempre: Defensa Civil, bomberos, tránsito, limpieza y asistencia posterior. Todo necesario, pero todo posterior. El problema es que la provincia más grande del país no puede seguir administrando las tormentas como si cada una fuera una sorpresa.

Lo más incómodo para el oficialismo bonaerense es que ni siquiera puede alegar desconocimiento del problema. En distintos puntos de la provincia se vienen anunciando y ejecutando obras hidráulicas, pero los propios registros oficiales muestran que varias intervenciones clave siguen en marcha, incompletas o recién en etapa de relicitarse. En la cuenca del Río Luján, por ejemplo, la provincia informaba este año avances parciales todavía no concluidos en distintos tramos. En Escobar, hace apenas unos días se anunció la reactivación de la obra hidráulica del arroyo Bedoya, una obra considerada estructural para reducir inundaciones. Y en Lomas de Zamora el municipio venía difundiendo trabajos sobre desagües y conductos pluviales. El dato político es evidente: si las obras fueran suficientes, o si llegaran a tiempo, la región no seguiría reaccionando con esta fragilidad cada vez que caen 70 u 80 milímetros en un puñado de horas.
Por eso el temporal de anoche no fue sólo un episodio climático. Fue, otra vez, una radiografía del atraso en infraestructura y de una forma de gobernar que muchas veces administra el daño en vez de anticiparlo. Kicillof suele atribuir a la paralización nacional parte de los problemas de obra pública, y es cierto que existe una discusión abierta por financiamiento y continuidad de proyectos. Pero aun aceptando ese argumento, la reiteración de anegamientos, filtraciones, colapsos viales y escenas de improvisación ya no permite esconder la insuficiencia de la respuesta bonaerense. Porque gobernar también es priorizar, exigir, ejecutar y llegar antes de que el agua vuelva a ganar la calle.
El resultado está a la vista. Buenos Aires volvió a inundarse. Y con ella volvió la sensación de que en la provincia más poblada del país la desidia sigue corriendo tan rápido como el agua. Mientras los vecinos sacan barro, los aeropuertos contienen filtraciones y los municipios despliegan operativos de urgencia, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: cuántas tormentas más harán falta para que la política bonaerense deje de naturalizar que la lluvia fuerte termine, casi siempre, en la misma postal de abandono.





