Por Juan Carlos Sánchez Aranu*
No vamos a dar números, pondremos el acento en los conceptos, en hipótesis de trabajo y en escenarios. Comencemos con una breve digresión hacia el pasado. La crisis financiera de 2009/2010 marcó el fin de lo que podríamos denominar la primera gran etapa de la Globalización del siglo XXI. Fue la de la “pax Americana” que comenzó con la implosión de la Unión Soviética. Fueron veinte años de fuerte crecimiento económico caracterizado por el surgimiento de un mundo tecnológico totalmente nuevo, caracterizado por la expansión de la tecnología digital y de Internet.
La etapa que siguió a esa crisis trajo grandes cambios geopolíticos:
- la emergencia de China como potencia económica y con fuertes aspiraciones estratégicas;
- el replanteo de la política económica de Estados Unidos, ahora dirigida a recuperar inversiones y a defender el empleo a costa del debilitamiento del esquema institucional global que dio sustento a la primera etapa de la Globalización;
- el fin de la expansión de los procesos de integración regional (la renegociación del NAFTA, la parálisis del Mercosur, la crisis de la Unión Europea, el Brexit); y
- una sucesión de conflictos vinculados a la expansión de fuertes grupos islámicos radicalizados, cuya máxima expresión fue el Califato de Daesh, que dejó su marca en buena parte de la Humanidad.
La caída del Califato en 2019 coincidió con la aparición de la epidemia de COVID y marca el fin del que consideramos un período de transición entre la Globalización y el mundo actual. Durante esos diez años (2009/2019) el mundo creció a una tasa que fue la mitad del período precedente.
Pero esa etapa y la Pandemia dejaron otros resultados:
- Las economías centrales mejoraron sensiblemente el manejo individual y colectivo de las políticas macro, lo que facilitó una rápida salida de la crisis y la recuperación del nivel de empleo (pero con grandes cambios en su estructura);
- A pesar de ello abundaron los casos de crisis nacionales derivadas en su mayoría de debilidades originadas en déficits fiscales o del sector externo (Grecia, España, Portugal, Islandia, Irlanda);
- La modificación de la estrategia “export oriented” de China hacia una de expansión del mercado interno, por causa de la caída de la demanda internacional y de la insuficiencia del propio aparato productivo y financiero.
- Esto generó una menor demanda internacional y la baja de precios de muchas “commodities”.
- Al mismo tiempo, China lanzó su iniciativa “Belt and Road” dirigida a asegurarle, mediante el control de vías de transporte y especialmente puertos, el abastecimiento regular de materias primas y la posibilidad de colocación de sus productos.
- El surgimiento de nuevos sectores y actividades de gran impacto económico:
- Expansión del teletrabajo
- Consolidación de los sistemas de teleconferencia y reunión a distancia (Zoom, plataformas de Google y You Tube)
- Consolidación de la industria de entretenimiento desde el hogar (Netflix, Flow) y de la ludopatía televisiva y por celular
Por otra parte, este proceso ocultaba los grandes cambios que se estaban produciendo en el sistema global. Había un agotamiento de la etapa previa:
- Ya se habían construido las grandes redes: Internet, fibra óptica, redes satelitales de comunicación; y
- Aparecían fuertes externalidades:
Impacto del cambio climático
Oposición creciente a la explotación indiscriminada de los recursos naturales (en particular los no renovables)
Saturación del consumismo en los grandes centros industriales
Desempleo en los centros de producción que no pudieron evolucionar e integrarse (Detroit), ligados a la declinación secular de las industrias manufactureras.
Al mismo tiempo se detuvo el proceso de puesta en valor de grandes avances tecnológicos que no llegaron a madurar. En algunos casos porque aún no estaban amortizados los sistemas que venían a reemplazar. En otros por demoras en el paso de la etapa tecnológica a la comercial.
La globalización aceleró la difusión del virus del COVID, pero antes de que estallara la pandemia, el Mundo estaba entrando, en una nueva etapa del desarrollo tecnológico que iba a tener importantes consecuencias económicas y sociales y que estaba basada en por lo menos tres grandes factores.
El primero es la aceleración del proceso de robotización de muchas actividades vinculadas a la producción de bienes. En China, en particular, el aumento de salarios y la política de continuo avance científico y tecnológico promovida por el Gobierno, fue reforzada con la introducción de más de un millón de robots. Japón es el principal proveedor de estos equipos. En todo el mundo se prevé una mayor participación del robot en la prestación de servicios, desde el pequeño aspirador de polvo de funcionamiento autónomo al “humanoide” que atiende en un bar o en una tienda.
El segundo factor es la utilización masiva, con fines industriales, de las impresoras 3D, es decir de dispositivos que están en condiciones de producir bienes diseñados a medida desde una computadora, ya sea individualmente o en forma masiva. Esto permite una gran flexibilización en la producción de bienes, dado que facilita la fabricación de bienes “a medida” sin caer en grandes inversiones que requieren de series de producción muy grandes para poder ser amortizadas. El avance ha llegado hasta el ensayo en laboratorio con tejidos humanos y animales con los que se podrían reproducir órganos.
El tercero, es la expansión del “Internet de las cosas”, o sea sistemas que conectan bienes o equipos a través de Internet para el envío mutuo de información recogida por sensores y generan órdenes que permiten una mejor “performance” de aquellos, ya sea en términos de eficiencia, seguridad o de otros objetivos.
Todo esto, a su vez, se da en un contexto de progreso continuo de los procesadores de datos, especialmente en materia de:
- mayor capacidad de almacenamiento de datos;
- mayor velocidad de procesamiento;
- mayor capacidad de resolución de procesos más complejos; y
- mayor capacidad de generación de instrucciones en función de objetivos.
Al mismo tiempo se abrió la mayor puerta hacia el futuro tecnológico: el desarrollo de la Inteligencia Artificial y la explotación de la información acumulada en “la nube”
La IA es el robot del cerebro. El robot es una extensión del brazo: más largo, más rápido, más fuerte, con más movimiento. La IA utiliza todas las facultades del cerebro para generar y procesar información: en mayor cantidad, con mayor velocidad y con mayor capacidad de almacenamiento.
Su objetivo final es lograr que las máquinas puedan replicar capacidades de la mente humana, como razonar o aprender a través del “aprendizaje automatizado”, o sea de programas que le permitan a una máquina, a través de la repetición de procesos, encontrar patrones de conducta a seguir vinculados a objetivos predeterminados. Algoritmo es la palabra clave.
“La nube” está integrada por el conjunto de información que vamos produciendo y que recogen los sistemas digitales: desde las llamadas telefónicas a las compras por Intenet y desde los emoticones a los “me gusta” (o no) que introducimos en WApp, You Tube, Twitter o Instagram (o en Baidu y Tencent en China). Todos estos datos son acumulados en inmensas “bases de datos”, que requieren de una base física, aunque los imaginemos en el éter. Todo está almacenado, clasificado y listo para ser procesado.
Ambos procesos, la IA y la explotación de la “Nube” requieren de:
-el desarrollo y la construcción de supercomputadoras y de redes de supercomputadoras; y
– el desarrollo de algoritmos que permitan la explotación ordenada de los datos con objetivos precisos.
En definitiva, la “globalización” entraba en una nueva etapa. Es el mundo que tenemos por delante.
¿Cómo será el futuro?
Ya tenemos casi todos los elementos para analizarlo. Pero es una situación de extrema complejidad y con elementos que no estuvieron presentes en etapas previas. Incluyendo algunos elementos muy favorables:
a. herramientas tecnológicas nunca conocidas antes
b. un manejo de las políticas económicas mucho más eficiente que en el pasado
c. abundancia de recursos financieros y baratos
El éxito consistirá, entonces, en saber combinarlos y encontrar solución a los grandes problemas pendientes.
Para entender ese futuro, hablemos primero de los grandes cambios que ya tenemos ante nuestros ojos:
1. Grandes cambios en la actividad económica:
-Desaparición o redimensionamiento de muchas actividades (en primer lugar, las registrales: notarios, contadores (con la llegada de programas con capacidad de procesar y archivar millones de palabras o datos por segundo) y los sistemas de litigio: por la creciente mediación y determinación previa del resultado de cualquier litigio en base a la posibilidad de determinar inmediatamente su resultado;
– La continuación del proceso secular de redimensionamiento de la producción manufacturera
– La desaparición del papel moneda y el avance de las monedas y los medios de pago digitales. Transformación del sistema bancario y financiero.
2. La importancia creciente de las “cripto-monedas”
3. La Consolidación de las sociedades digitales (“paper less”), como Estonia o Singapur
4. La expansión de la telemedicina y de los sistemas de despistaje remoto de enfermedades y el progreso de la medicina preventiva en lugar de la curativa (con la expansión el chip subcutáneo portador de información sobre el estado y la historia clínica de cada individuo).
5. Estos cambios, a su vez, requerirán la multiplicación y expansión de las redes de transmisión de datos. Hay que construir una nueva Internet (la actual red ya está obsoleta) y universalizar el 5G (con el que se puede llegar a repetir la experiencia de la convivencia de sistemas, tal como ocurrió con la televisión color). Para ello serán necesarias inmensas inversiones.
6. Cambios espectaculares en el transporte:
- Desarrollo, baja del costo y generalización del automóvil y los ómnibus eléctricos e híbridos.
- Rápido avance del transporte auto comandado: comenzando por los camiones y los automóviles. Amazon y Otto: objetivo 2030.
- Llegada del taxi aéreo urbano (ya están en funcionamiento en Dubai)
- Multiplicación de los usos civiles del dron, incluso como medio de transporte de mercaderías.
7. Continuación de los avances en materia de generación de energía:
- Desarrollo de la producción eólica, solar y biocombustibles. Continuación de la baja acelerada de costos de producción (10% de baja de los equipos por año), baja de costo de la administración de las redes como producto de su expansión.
- El litio reemplazando al gas y al petróleo como combustible del transporte y su eventual aparición en la generación de energía eléctrica.
- Posibilidad de una rápida transición hacia el hidrógeno.
- Aceleración en el proceso de desaparición del carbón, como fuente de energía (China, India). El 2050 se presenta como un horizonte razonable.
- Mayores rendimientos de los combustibles fósiles: mayor energía generada por unidad de combustible
- Desarrollo de sistemas más eficientes de ahorro de energía: menos unidades de energía por unidad de producto. Recordemos el 30% de ahorro en la OCDE después de la crisis de 1973.
8. El surgimiento de la “economía verde” y de la “economía circular”:
- Productos orgánicos
- Acuicultura
- Preferencia por los sistemas de producción sujetos a trazabilidad y que otorguen la opción al consumidor
- Grandes planes de forestación a pesar del menor uso del papel (su reemplazo por soportes digitales) con la finalidad de compensar las emisiones de gas invernadero originadas por las deforestaciones de los decenios anteriores. Impacto sobre el empleo rural.
9. La modificación total de los sistemas educativos con planes de estudio a medida, desarrollados y controlados por la IA.
10. Una nueva etapa de la aventura espacial: la exploración del espacio más allá del sistema solar.
11. El proyecto para la futura colonización de la Luna y de Marte.
12. La exploración de lo infinitamente pequeño. La miniaturización de sistemas ha sido la clave de buena parte de las invenciones e innovaciones tecnológicas de los últimos años.
Esto nos lleva hacia un nuevo mundo, lleno de oportunidades y desafíos, pero también de obstáculos. Veamos los principales de esos obstáculos.
Los riesgos que surgen de los grandes conflictos geopolíticos.
El primero, la confrontación Estados Unidos-China.Los tres escenarios básicos que presenta la relación entre las dos grandes superpotencias de hoy son la cooperación, la competencia o la colisión. A mayor cooperación entre ellas, menores serán los riesgos de colisión y estos aumentarán en la medida en que la competencia sea más marcada. Pero las oportunidades de cooperación y complementación entre ellos son inmensas y cabe esperar que prevalezcan.
Segundo: La subsistencia de Estados depredadores: (algunos como “lobos”, no como “leones”). Rusia (con un PBI menor que Italia y con una economía esencialmente primaria, dependiente del gas y el petróleo, pero con un sector militar y tecnológico-militar desarrollado y con fuerte capacidad nuclear. O Corea del Norte con un potencial indeterminado y una conducción con objetivos difíciles de comprender.
Tercero, el Islam radicalizado y en particular el “shiismo” predominante en un país de la importancia y extensión de Irán, será fuente de enfrentamientos como el que ya vemos entre ese país y los Estados Unidos o como los que generan algunos “proxis” de Irán (Ezbolá, p.e.) en su enfrentamiento con Israel.
Por otra parte, la transición demográfica está avanzando como previsto en muchas regiones del mundo influenciada por dos grandes factores: la baja de las tasas de natalidad y de fecundidad y el aumento de la esperanza de vida. Sin embargo, buena parte del África islamizada y de Medio Oriente y algunos países de Asia Central siguen presentando tasas de fecundidad muy por encima de la media mundial y empujando el crecimiento de la población mundial hacia niveles que plantean serios interrogantes sobre la sustentabilidad de un mundo que, de no modificarse las tendencias actuales, puede llegar a diez u once mil millones de habitantes hacia fines de siglo.
Otro problema surge de la desigualdad entre sociedades y dentro de las sociedades. La desigualdad de hoy es totalmente diferente a la del pasado: no surge de la explotación y la apropiación de la plusvalía, tampoco de la herencia de riqueza (solo el 30% se explicaría por esa vía) sino de dos factores:
- la creación desigual de riqueza entre los sectores, las empresas y los individuos que se han integrado a la “globalización” y aquellos que han quedado al margen (el que tiene Internet y el que no lo tiene; el que recibió educación digital y el que no tuvo acceso). Como producto de ello el crecimiento exponencial de los valores bursátiles en Estados Unidos está concentrado en cinco empresas:
- el fracaso “relativo” del Estado de bienestar surgido después de la II Guerra Mundial: frustración de las aspiraciones de la clase media (los “chalecos amarillos” son su más clara expresión).
La incapacidad de muchos países “en desarrollo” de darles a sus ciudadanos las condiciones de vida que observan cotidianamente en los países más avanzados y las consecuencias del efecto demostración: la búsqueda del “status” o la aceptación de la “tribu” (en el sentido de “grupo social”) por la vía de la posesión de bienes.
Y producto de algunos de los problemas antes citados: el resurgimiento de los conflictos raciales y religiosos. La actual guerra en Palestina; los conflictos a raíz de la emigración desde México y América Central a Estados Unidos; los venezolanos expulsados de su país y refugiados en Colombia, Ecuador o Chile; los subsaharianos que llegan en condiciones infrahumanas a Italia desde Libia; los árabes y africanos endógenos, especialmente los de origen islámico en Francia, pero también los inmigrantes de esos orígenes en Bélgica, Países Bajos o Suecia; las poco conocidas limpiezas étnicas en Sudán, Eritrea, Uganda o Nigeria; la persecución militar a los Tuareg y otros pueblos “azules” del Sahel, cooptados por el fundamentalismo islámico.
Al mismo tiempo vemos el surgimiento de importantes cambios culturales (en el sentido antropológico del término “cultura”, vinculado a valores y pautas de conducta):
-En la incertidumbre la “Seguridad” adquiere una nueva dimensión (que se traduce no solo en la importancia que se otorga a la seguridad personal (ningún valor es superior a la vida misma) y esto se refiere a la seguridad física y a la salud, sino también en la conducta económica (se refleja en una mayor propensión al ahorro, que limita el gasto, lo posterga o nos conduce a una mayor austeridad).
-El abandono de la “cultura “weberiana” del esfuerzo, el mérito y el trabajo como conducta para la realización personal, y su reemplazo por una cultura más propensa al ocio y a la satisfacción personal sin contar con la aprobación o no del medio. La productividad se alcanza por la vía del uso de tecnología y no por el esfuerzo individual. Nos es dada desde afuera y no debemos crearla.
-La puesta en duda del conocimiento científico y en la capacidad de la ciencia para resolver nuestros problemas. La pandemia ha creado un mundo de dudas, pero además condujo a un gran debate que se va a dar en muchas sociedades sobre el rol de los conflictos externos para recuperar su autoestima y superar los problemas internos derivados de su debilidad económica.
– Las conductas extremas dictadas por consideraciones ideológicas o por situaciones complejas: Corea del Norte, que ha encontrado en el chantaje militar el arma para lograr aquello que no consigue por su debilidad económica y que se arriesga hoy a embarcarse en la guerra en Ucrania). Irán, empeñado desde que llegaron los ayatolas en la “Guerra Santa”, con el mundo capitalista, con Israel y con los sunitas moderados. Un peligroso subproducto de su acción y de algunos sectores del fundamentalismo sunita es la persistencia de movimientos islámicos militarizados y adictos al terrorismo. Comenzaron con Al Qaeda y los independentistas chechenos a comienzos de siglo, alcanzaron su máxima expresión con el Califato Daesh, y hoy persisten en el Ezbollah, Amas, en los Huties del Yermen o en el movimiento Boko Haram en Nigeria y países vecinos.
-El cambio climático y su creciente impacto en la vida cotidiana. Hay políticas que pueden atenuarlo, pero solo podrá ser solucionado cuando los costos de la generación de energía y de transporte por medios no convencionales sean inferiores a los actuales.
-El brutal crecimiento demográfico de algunos países asiáticos y africanos y de las ciudades que los albergan. Tema tabú por excelencia y causa principal del cambio climático y del deterioro medioambiental. Todo parece indicar que la urbanización global se acelerará, de modo que en 2050 el mundo será un tercio rural (34 %) y dos tercios urbano (66 % contra el 56% actual) y que en 2035 contaremos con 43 megaciudades de más de 10 millones de habitantes (contra solo diez en la actualidad). Predominarán las asiáticas de más de 35 millones de habitantes (Yakarta, Tokio, New Delhi, Chong King) o las africanas con más de 25 millones (Kinshasa, Lagos, El Cairo). En Europa, las metrópolis con más de 20 millones serán solo cuatro: Moscú, Estambul, Londres y París. En Estados Unidos, New York con 23 millones y Los Ángeles con18 millones.
También observamos el desarrollo de los sistemas de salud, públicos y privados y de las empresas farmacéuticas y del Estado como proveedor de servicios sanitarios.
Y con ello un cierto retorno a la naturaleza, mayor respeto por ella y esfuerzo por evitar su depredación. Las nuevas generaciones parecen tener una mayor conciencia y una actitud más decidida en la materia que las precedentes.
La importancia creciente de las comunicaciones interpersonales basada en la difusión de las redes y los sistemas de comunicación y en el cambio de la estructura del mensaje: del texto al “tweet” y del tweet al “emoticón” (la desaparición de la palabra).
La caducidad del actual sistema institucional internacional. Que nos deja sin marcos de cooperación para enfrentar muchos de los problemas arriba señalados. Naciones Unidas cumplió sus 75 años, un largo ciclo que se agotó. Duró tanto como la Unión Soviética y más del doble de la Sociedad de las Naciones. Cumplió una importante función en el proceso de descolonización y de integración de millones de individuos a un mundo mucho mejor que el del pasado. Pero fracasó como mecanismo para evitar conflictos y especialmente como promotora del desarrollo. Organismos como la UNCTAD, la ONUDI, el Consejo Económico y Social, o las Comisiones Económicas Regionales, no tienen ya ninguna influencia. Fueron por la vía de la creación de derechos y no por aquella de la creación de los medios para alcanzarlos. Se confinaron en lo meramente declarativo y no pudieron romper el cerco de los temas “tabú”, como la necesidad del control de la natalidad o la lucha contra las violaciones de los derechos humanos. Incluso el Grupo de Trabajo sobre Cambio Climático perdió en parte su credibilidad y por ello no ha podido convencer a los dirigentes políticos de la gravedad de la situación. Otro tanto ha sucedido con la mayoría de los organismos especializados. El colmo ha sido el triste rol de la Organización Mundial de la Salud, politizado e incongruente frente a la mayor pandemia de la modernidad.
En lugar de estos mecanismos “onusianos”, el G.7 y el G.20 pasaron a tener un rol más importante. Pero también estos han entrado en un cono de sombra como producto de la actitud de algunos países (Brasil en la última Cumbre del G.20) de llevar allí los mismos problemas que terminaron con la credibilidad de la ONU.
Finalmente, nos enfrentamos a un gran obstáculo: la subsistencia del pensamiento dogmático e ideológico. En medio de tantos cambios e incertidumbres, de frustraciones y resentimientos, vuelven los fantasmas del pasado: el Islam radicalizado y la Jihad; la izquierda más utópica y violenta, el catolicismo transformado en portavoz del “pobrismo”, la reaparición de derechas nacionalista y a veces incluso racistas. Son las grandes rémoras del pasado. La cultura “Woke” es su versión contemporánea.
Al mismo tiempo, nos aqueja la incertidumbre propia de los “tiempos líquidos”, sacudidos por el cambio tecnológico y por la naturaleza de los mensajes que lo acompañan.
Tenemos entonces por delante un mundo muy complicado pero fascinante.
Estamos ante procesos económicos y sociales extremadamente complejos, que no debemos “juzgar” sino tratar de entender. No se puede actuar sobre aquello que no se entiende, que no se comprende. Y para comprender un proceso histórico es necesario alejarnos del contexto desde el que lo analizamos; evitar analizar el pasado con los ojos del presente; o el presente con los del pasado. Desprendernos de los prejuicios que influyen en nuestros juicios cotidianos sobre la realidad. En síntesis: tomar distancia, mirar hacia atrás, y ver el momento que vivimos como un nudo en el hilo de la Historia que va construyendo la Humanidad. Solo así podremos interpretar ajustadamente el presente y, a partir de allí, proyectarnos hacia la incertidumbre del futuro.
Es el primer paso para liberarnos del pensamiento dogmático: tratar de comprender los grandes problemas de la historia como el resultado de un proceso en el que coinciden múltiples factores, o incluso varios procesos convergentes o contradictorios.
El segundo paso consiste en aportar análisis, estudio, conocimiento, desde una óptica libre de dogmas religiosos e ideológicos. Es decir, de un pensamiento liberado de verdades reveladas e indiscutibles (como las de las mayoría de las religiones) y de mecanismos de interpretación de la historia o de los procesos sociales condicionadas por esquemas pre-determinados, basados en presunciones o en valores pre-establecidos por convicciones ideológicas y no en el análisis de procesos históricos o sociales (como la mayoría de las ideologías contemporáneas, desde el marxismo al fascismo pasando por las diversas variantes populistas que conocemos hoy). Llegar al conocimiento por el camino de la ciencia, de los estudios de campo, del conocimiento empírico y no por el de la ideología. Algo muy difícil en el ámbito de las ciencias sociales. Pero imprescindible para construir una sociedad a la altura de los tiempos que nos ha tocado vivir.
Juan Carlos Sánchez Arnau. Ex embajdor en la Federación Rusa
20/06/2026




