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El carro del imperio

23 junio, 2026
El carro del imperio
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Por Sandra Mossayebeh.

Benjamin Netanyahu creyó que podía conducir el poder de Estados Unidos hasta completar los objetivos de Israel, mientras Donald Trump le permitió avanzar en la medida en que la guerra coincidía con sus propios intereses. Cuando el conflicto comenzó a amenazar el petróleo, el estrecho de Ormuz, las monarquías del Golfo y la agenda política estadounidense, el presidente recuperó las riendas.

La escena recuerda el mito de Faetón, el joven que recibió permiso para conducir el carro del Sol y confundió el acceso a una fuerza extraordinaria con la capacidad de dominarla. Incapaz de controlar los caballos, se desvió de su curso, comenzó a incendiar la Tierra y terminó superado por el poder que había creído conducir.

Netanyahu repitió el error de Faetón. No por falta de experiencia, sino porque confundió la participación militar de Washington con la adopción irreversible de toda la estrategia israelí. Supuso que, una vez iniciado el ataque conjunto contra Irán, Trump quedaría obligado a continuar hasta destruir el programa nuclear, debilitar definitivamente a la Guardia Revolucionaria, eliminar la capacidad misilística de Teherán y quebrar su red regional de aliados.

Pero acceder al poder estadounidense no significaba dirigirlo. Netanyahu podía influir sobre la guerra, impulsar su escalada y definir parte de sus objetivos, aunque nunca tuvo autoridad para decidir hasta dónde llegaría Washington ni cuándo debía detenerse.

La guerra debía concluir con un nuevo orden en Medio Oriente, con Israel en posición de superioridad e Irán reducido en su capacidad de proyectar poder. Netanyahu buscaba presentarse como el dirigente que finalmente había cumplido la misión que sostuvo durante décadas.

Trump, sin embargo, no compartía por completo ese horizonte. Estaba dispuesto a impedir que Teherán avanzara hacia un arma nuclear y a utilizar la fuerza para aumentar la presión, pero no necesariamente a prolongar el conflicto hasta reconstruir toda la región según las prioridades israelíes.

Mientras los ataques parecieron eficaces, esa divergencia quedó disimulada. Las instalaciones iraníes fueron dañadas, las defensas aéreas degradadas y parte de la infraestructura militar e industrial recibió golpes severos. Pero el éxito operativo no produjo la rendición de Teherán ni convirtió la superioridad militar en una victoria estratégica.

Teherán conservó su estructura política, parte de su capacidad misilística y el conocimiento científico necesario para reconstruir su programa nuclear. Los ataques podían destruir instalaciones y retrasar capacidades, pero no borrar décadas de experiencia ni resolver por sí solos el conflicto.

Esa limitación abrió una divergencia decisiva. Netanyahu necesitaba prolongar la campaña hasta convertir los logros militares en un cambio regional duradero. Trump, en cambio, comenzó a considerar que la continuidad de la guerra amenazaba intereses estadounidenses más amplios.

La respuesta iraní había trasladado el conflicto fuera del campo de batalla. El estrecho de Ormuz se convirtió en la principal herramienta de presión de Teherán, al alterar el tránsito marítimo y repercutir sobre el petróleo, los seguros, el transporte y las cadenas de suministro. La ofensiva concebida por Israel para modificar el equilibrio regional comenzaba a transformarse en un problema para la economía mundial.

Irán no necesitaba derrotar militarmente a Estados Unidos. Le bastaba con demostrar que podía distribuir los costos de la escalada entre gobiernos, empresas y sociedades ajenos al enfrentamiento directo.

Las monarquías del Golfo comenzaron a presionar cuando comprendieron que la prolongación de la guerra amenazaba sus instalaciones, sus inversiones y sus proyectos de desarrollo. Arabia Saudita y Qatar impulsaron una salida diplomática a la que también se sumaron Pakistán y Turquía, desplazando gradualmente la política regional desde la escalada militar hacia la contención.

Trump advirtió que continuar la ofensiva podía permitir nuevos ataques, pero también aumentar el riesgo de quedar atrapado en un conflicto sin una definición posible de victoria. La campaña concebida para exhibir la fuerza estadounidense amenazaba con revelar, en cambio, la incapacidad de Washington para imponer un desenlace político. Ante ese escenario, recuperó la iniciativa y abrió una negociación directa con Teherán.

El entendimiento preliminar extendió la tregua durante sesenta días y vinculó las restricciones al programa nuclear iraní con alivio de sanciones, exenciones petroleras, acceso a activos congelados y un plan de reconstrucción económica. Esa fórmula estaba lejos de las exigencias israelíes, que incluían el desmantelamiento definitivo del enriquecimiento, la eliminación de las reservas de uranio, límites estrictos sobre los misiles y el abandono de los aliados regionales de Teherán.

Como el memorando no resolvía ninguno de esos puntos de manera irreversible, dentro de la dirigencia israelí fue calificado como un acuerdo “terrible”.

El problema, sin embargo, no estaba solamente en sus cláusulas. La verdadera derrota política residía en el procedimiento. Estados Unidos e Irán habían negociado una salida sin conceder a Israel el poder de veto sobre el resultado.

Netanyahu había participado en la guerra, pero no controlaba la salida. El memorando de catorce puntos remitido al Congreso estadounidense establecía un período de sesenta días para negociar el acuerdo definitivo e incluía un plan de al menos 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo de Irán. La reapertura progresiva del estrecho de Ormuz ocupaba un lugar central y había producido alivio en los mercados, aunque la normalización del tránsito continuaba condicionada por riesgos operativos y políticos.

La divergencia se hizo todavía más visible en el Líbano. Israel pretendía conservar libertad de acción contra Hezbollah y sostenía que no estaba obligado por un entendimiento alcanzado entre Washington y Teherán. Trump, en cambio, necesitaba contener ese frente porque la continuidad de los ataques podía hacer fracasar la negociación con Irán. Su pedido público de moderación reveló que Estados Unidos comenzaba a considerar las operaciones israelíes no como una prolongación automática de su estrategia, sino como un posible obstáculo para ella.

Esto no significaba que Washington hubiera abandonado a Israel ni que Trump se hubiera convertido en aliado de Teherán. El respaldo militar, diplomático y tecnológico estadounidense continuaba, mientras el acuerdo conservaba mecanismos de presión y la posibilidad de retomar los ataques ante un incumplimiento iraní. Lo que había quedado expuesto era el límite de la alianza. Estados Unidos podía acompañar a Israel en la ofensiva sin aceptar que Netanyahu determinara su duración, sus objetivos finales o las condiciones para detenerla.

Trump no le quitó una victoria que estuviera asegurada. Le quitó la posibilidad de convertir la fuerza estadounidense en una herramienta permanente de su proyecto regional. Netanyahu había supuesto que la entrada de Washington volvía irreversibles los objetivos israelíes, pero cuando la escalada amenazó intereses más amplios, el presidente estadounidense redefinió sus prioridades y negoció directamente con Teherán.

Israel pudo intervenir en la elección de los blancos, pero no decidir por sí solo el final. Como Faetón, Netanyahu confundió el permiso para conducir una fuerza extraordinaria con la capacidad de dominarla.

Quiso conducir el carro del imperio, pero las riendas nunca fueron suyas.

Tags: CARRO DEL IMPERIOERROR DE FAETONGuardia RevolucionariaORMUZTENTANYAHUTRUMP
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