Por Daniel Romero
Buenos Aires – 18 Julio 2026 – Total News Agency – TNA-. La exhibición de una bandera con la inscripción “Las Malvinas son argentinas” por parte de integrantes de la Selección nacional, después de la victoria sobre Inglaterra en la semifinal del Mundial 2026, no constituyó una agresión contra el pueblo británico ni una incitación a la violencia. Fue una expresión pacífica de una posición histórica, jurídica y constitucional sostenida por la República Argentina. El gobierno debería medir sus absurdas críticas hacia la defensa hecha por la selección, sobre todo cuando desde la Casa Blanca le dan el ejemplo y la aplauden.
Los argentinos tenemos derecho a reclamar la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes en cualquier ámbito internacional: ante las Naciones Unidas, en una universidad, durante un encuentro cultural o en el marco de un acontecimiento deportivo.
Ese derecho debe ejercerse sin agresiones, amenazas ni actos violentos, pero no puede quedar condicionado por el malestar de quienes pretenden que la cuestión desaparezca del debate público.
Mostrar una bandera al finalizar un partido no modifica un resultado deportivo, no lesiona físicamente a ninguna persona y no desconoce a los habitantes de las islas. Expresa una reivindicación nacional que la propia Constitución argentina define como permanente e irrenunciable, con el compromiso de recuperar el ejercicio pleno de la soberanía por medios pacíficos y respetando el modo de vida de quienes actualmente habitan el archipiélago.
El reclamo está reconocido internacionalmente
La cuestión de las Malvinas no es una invención propagandística ni un asunto cerrado por la guerra de 1982. Las Naciones Unidas reconocen formalmente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido.
La Resolución 2065, aprobada por la Asamblea General en 1965 sin votos negativos, identificó expresamente a los dos gobiernos como partes de la controversia y los invitó a negociar una solución pacífica.
El Comité Especial de Descolonización reiteró el 25 de junio de 2026 que la cuestión continúa pendiente y volvió a reclamar la reanudación de las conversaciones bilaterales. Seis décadas después de aquella resolución, Londres sigue negándose a discutir la soberanía, pese a los reiterados llamados de la comunidad internacional.
El conflicto armado de 1982 no extinguió los derechos soberanos de la Argentina. Las propias Naciones Unidas volvieron a pronunciarse después de la guerra mediante la Resolución 37/9, que instó a ambos países a retomar las negociaciones.
Por lo tanto, sostener que una bandera argentina, o leyenda, constituye una provocación inadmisible equivale a pretender que solamente una de las partes de la disputa pueda expresar su posición.
El intento británico de silenciar la bandera
Las reacciones de comentaristas, exfutbolistas y sectores políticos británicos, que reclamaron sanciones contra los jugadores o contra la Asociación del Fútbol Argentino, exhibieron una conocida estrategia: presentar el reclamo de soberanía como una ofensa, en lugar de responder a sus fundamentos.
Desde el Reino Unido se insinuó que la bandera podía violar las normas de la FIFA contra las manifestaciones políticas. Sin embargo, convertir una reivindicación pacífica reconocida por las Naciones Unidas en una conducta punible plantearía un precedente peligroso para la libertad de expresión.
No se trató de una bandera partidaria, de propaganda electoral ni de un mensaje de odio. La leyenda reproducía una posición oficial del Estado argentino, compartida por gobiernos de diferentes orientaciones políticas y respaldada por la cláusula transitoria primera de la Constitución Nacional.
Quienes exigen el silencio argentino pretenden que la ocupación británica sea presentada como un hecho natural e irreversible, mientras toda mención a la soberanía es calificada de provocación.
Esa asimetría favorece exclusivamente a la potencia que ejerce el control efectivo de las islas desde la ocupación por la fuerza de 1833.
Un enclave a 14.000 kilómetros de Londres
El Reino Unido enfrenta una dificultad cada vez mayor para justificar, en pleno siglo XXI, la conservación de un territorio situado a aproximadamente 14.000 kilómetros de Londres y a pocos cientos de kilómetros de la costa patagónica.
Las Malvinas forman parte del Atlántico Sur y se encuentran geográfica, histórica y jurídicamente vinculadas con el territorio argentino, está dentro de su plataforma continental. La ocupación británica interrumpió en 1833 el ejercicio efectivo de la autoridad argentina y expulsó a sus representantes, consolidando posteriormente una administración colonial e implantando habitantes.
Londres intenta presentar la disputa exclusivamente como una cuestión de autodeterminación. La Argentina sostiene, en cambio, que la población implantada después de la ocupación no puede convertir en legítimo un acto previo de fuerza ni quebrar el principio de integridad territorial reconocido en el proceso de descolonización.
La posición argentina no exige desconocer derechos individuales ni alterar el modo de vida de los isleños. Reclama una negociación de soberanía que incluya garantías amplias sobre su cultura, idioma, propiedades y organización cotidiana.
Los territorios que todavía conserva Gran Bretaña
El Reino Unido mantiene oficialmente 14 territorios de ultramar: Anguila; Bermudas; Territorio Antártico Británico; Territorio Británico del Océano Índico; Islas Vírgenes Británicas; Islas Caimán; Malvinas; Gibraltar; Montserrat; Pitcairn, Henderson, Ducie y Oeno; Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña; Georgias del Sur y Sandwich del Sur; Islas Turcas y Caicos; y las áreas de soberanía de Akrotiri y Dhekelia, estas últimas administradas militarmente en Chipre.
Varios de esos territorios permanecen incluidos por las Naciones Unidas en la lista de territorios no autónomos, es decir, lugares cuyos pueblos todavía no alcanzaron una plena medida de gobierno propio. La ONU mantiene actualmente 17 casos bajo examen del proceso de descolonización.
Gran Bretaña denomina a esas posesiones “territorios de ultramar”, pero el cambio de vocabulario no elimina su origen colonial ni las controversias de soberanía que rodean a algunas de ellas.
Las recientes gestiones de la Comunidad del Caribe para reclamar la descolonización de las Islas Vírgenes Británicas demostraron que el debate no se limita al Atlántico Sur. Líderes caribeños volvieron a cuestionar en julio la permanencia de estructuras coloniales británicas en la región.
Diego García, expulsiones y una base estratégica
El caso del archipiélago de Chagos, donde se encuentra la isla de Diego García, representa uno de los antecedentes más contundentes sobre las prácticas coloniales británicas.
El Reino Unido separó Chagos de Mauricio en 1965 y expulsó durante las décadas de 1960 y 1970 a entre 1.500 y 2.000 habitantes chagosianos para permitir la instalación de una gigantesca base militar conjunta británico-estadounidense en Diego García.
La base fue utilizada en operaciones militares desde la Guerra de Vietnam hasta los conflictos en Irak, Afganistán y Medio Oriente. Su ubicación en el océano Índico le otorga un enorme valor estratégico para controlar rutas marítimas y proyectar fuerzas hacia Asia, África y el Golfo Pérsico.
En 2019, la Corte Internacional de Justicia concluyó en una opinión consultiva que la separación del archipiélago no había completado legalmente la descolonización de Mauricio y que el Reino Unido debía terminar su administración lo antes posible.
Londres firmó en mayo de 2025 un acuerdo para reconocer la soberanía de Mauricio sobre Chagos, pero conservar el uso de Diego García mediante un arrendamiento de 99 años. El convenio, sin embargo, quedó paralizado en 2026 después de que el gobierno de Donald Trump retirara su apoyo y la legislación necesaria perdiera estado parlamentario.
El caso demuestra que Gran Bretaña puede negociar la transferencia de soberanía cuando sus intereses estratégicos quedan protegidos. También revela que los argumentos sobre autodeterminación no siempre fueron aplicados con la misma intensidad: en Chagos, la población originaria fue directamente expulsada para construir una base militar.
Hasta un diario británico admite que el esquema no es eterno
Total News Agency recordó recientemente la columna publicada por el periodista británico Simon Jenkins en The Guardian, bajo el título “Las Malvinas son argentinas: no exactamente, pero las Falkland no pueden seguir siendo británicas para siempre”.
Jenkins sostuvo que la permanencia indefinida del control británico es geopolíticamente insostenible y recordó que, antes de la guerra de 1982, Londres y Buenos Aires habían analizado fórmulas de negociación que incluían un eventual reconocimiento de la soberanía argentina con administración británica temporaria.
El columnista comparó el caso con otros restos del imperio y señaló que, tarde o temprano, el Reino Unido deberá volver a una negociación, posiblemente bajo supervisión de las Naciones Unidas.
Que esa reflexión aparezca en uno de los principales diarios británicos confirma que el debate no puede ser silenciado ni siquiera dentro del Reino Unido.
Una bandera no es una agresión
La bandera mostrada por los jugadores argentinos no atacó a los ciudadanos británicos, no celebró la guerra ni desconoció a sus víctimas. Recordó que existe una controversia colonial sin resolver.
El deporte no vive aislado de la historia. Los estadios han sido escenario de campañas contra el racismo, mensajes por la paz, homenajes a víctimas de guerras y expresiones vinculadas con derechos humanos. Resultaría contradictorio aceptar esas manifestaciones y pretender sancionar una declaración pacífica sobre un caso de descolonización reconocido por la ONU.
La Argentina debe sostener el reclamo en todos los foros disponibles, con firmeza, continuidad y argumentos, pero siempre por vías diplomáticas y pacíficas.
Malvinas no debe ser utilizada para promover violencia ni revanchismo. Tampoco puede quedar confinada al silencio que pretende imponer quien ocupa el territorio.
Una bandera que afirma “Las Malvinas son argentinas” es una expresión legítima de la memoria histórica y de una política de Estado. El verdadero anacronismo no consiste en exhibirla, sino en pretender que una potencia europea pueda conservar indefinidamente uno de sus últimos enclaves coloniales en el Atlántico Sur sin aceptar siquiera sentarse a negociar. Las soberbias caen.





