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Argentina-España siguió fuera de la cancha: política, prejuicios y viejas disputas alimentaron una ofensiva contra la Selección

22 julio, 2026
Argentina-España siguió fuera de la cancha: política, prejuicios y viejas disputas alimentaron una ofensiva contra la Selección
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Por Dario Rosatti

Buenos Aires – 22 Julio 2026 – Total News Agency – TNA-. La final del Mundial 2026 terminó con España levantando la Copa en el estadio MetLife, pero el enfrentamiento con Argentina continuó fuera de la cancha y derivó en una controversia internacional atravesada por acusaciones de racismo, disputas ideológicas, campañas de boicot, viejos resentimientos británicos y hasta episodios de violencia callejera.

El gol de Ferran Torres durante el tiempo suplementario frustró el sueño del bicampeonato argentino y consagró merecidamente a una selección española que fue superior durante gran parte del encuentro. Sin embargo, el resultado deportivo quedó rápidamente desplazado por una batalla cultural y política en la que distintos actores intentaron convertir a la Scaloneta, al gobierno de Javier Milei y, por extensión, a la sociedad argentina en partes de una misma representación negativa.

Las imágenes de los incidentes posteriores al pitazo final —con cruces protagonizados por Leandro Paredes, Gavi, Eric García, Nahuel Molina y Rodri— recorrieron el mundo y fueron utilizadas para consolidar la caracterización de Argentina como un equipo violento, provocador y carente de deportividad.

La intervención de Lionel Scaloni para separar a los futbolistas y evitar que el conflicto escalara recibió mucha menos atención que los empujones y forcejeos. También quedó relegada la despedida de Lionel Messi, quien abandonó su último Mundial entre lágrimas.

De la admiración en Qatar al papel de “villano”

Menos de cuatro años antes, gran parte del público internacional había acompañado a Argentina en Qatar 2022, impulsado por el deseo de ver a Messi levantar la Copa del Mundo.

En 2026 esa simpatía se redujo considerablemente. Argentina comenzó a ser presentada como el antagonista del campeonato mediante una sucesión de denuncias sobre supuestos favores arbitrales, juego desleal y conductas discriminatorias.

Antes de la final, el capitán español Aymeric Laporte ya había cuestionado el comportamiento argentino al señalar que durante el torneo se habían dejado pasar acciones llamativas.

“Hemos visto cosas que nos han extrañado muchísimo, acciones que se dejan pasar. Sobre todo con Argentina, que es un equipo que deja muchos recados”, afirmó el defensor, quien contrapuso esa conducta con la supuesta nobleza deportiva de España.

No se presentaron pruebas de una intervención de la FIFA destinada a favorecer a Argentina. Aun así, la repetición de sospechas, videos recortados, teorías arbitrales y contenidos manipulados terminó instalando un clima de desconfianza.

Un análisis publicado durante el Mundial describió precisamente cómo las teorías sobre partidos “arreglados”, imágenes generadas o alteradas mediante inteligencia artificial y contenidos destinados a provocar indignación construyeron una conversación digital dominada por la desinformación, el racismo y la xenofobia.

“Argentina Out”: la campaña para expulsarla comenzó antes de la final

Argentina también abre sus universidades de excelencia, sus hospitales prestigiosos y su sistema de derechos a quienes eligen vivir acá. Nuestra historia no es la de cerrar puertas. Es la de abrirlas y reconocer derechos.

— Amnistía Internacional Argentina (@amnistiaar) July 20, 2026

Uno de los antecedentes más reveladores fue la aparición de una campaña digital destinada directamente a conseguir la expulsión de Argentina del Mundial.

La petición denominada “Kick Argentina Out” fue creada el 7 de julio, el mismo día en que la Selección derrotó por 3-2 a Egipto en los octavos de final. Es decir, comenzó ocho días antes de la semifinal contra Inglaterra y doce días antes de los incidentes registrados después de la final frente a España.

El dato temporal resulta decisivo: la iniciativa no fue una reacción al forcejeo entre Paredes y los futbolistas españoles, a la conducta argentina durante la premiación ni a la bandera sobre Malvinas exhibida después de eliminar a Inglaterra. Todos esos episodios ocurrieron posteriormente y fueron incorporados después como justificaciones adicionales de una campaña que ya estaba en marcha.

El texto original de la petición no aportaba pruebas sobre corrupción, manipulación deportiva o acuerdos clandestinos. Afirmaba simplemente que era “obvio” que la FIFA y los árbitros tenían una inclinación favorable hacia Messi y Argentina.

“¿Por qué debería competir el resto del mundo si el ganador ya está decidido? Expulsen a Argentina del Mundial y denles a todos los demás una oportunidad justa”, sostenía la presentación.

La consigna estaba asociada además con una cuenta de TikTok, lo que facilitó su circulación entre usuarios jóvenes y su transformación en contenido viral. La petición publicada originalmente en Change.org registraba este miércoles poco más de 3.300 firmas verificadas, una cifra muy inferior a los millones difundidos por otras páginas y publicaciones.

También apareció el 8 de julio una segunda campaña, iniciada desde Egipto por un usuario identificado como Omar Tamer, que solicitaba investigar supuestos patrones de decisiones arbitrales favorables a Argentina y contemplaba su eventual descalificación.

Esa segunda petición había superado las 9.800 firmas verificadas. Su argumento se basaba en penales cuestionados, faltas supuestamente ignoradas y un presunto favoritismo recurrente, aunque tampoco acompañaba pruebas de una colusión institucional entre Argentina, los árbitros y la FIFA.

El pedido surgió inmediatamente después de la eliminación egipcia, lo que permite advertir otro componente de la campaña: cada adversario derrotado aportaba nuevas audiencias dispuestas a incorporar sus reclamos particulares a una acusación más amplia contra la Selección.

La llamativa cifra de 23 millones

La campaña adquirió una dimensión mucho mayor cuando apareció el sitio independiente ArgentinaOut.com, que aseguraba haber reunido 23.316.108 firmas de personas provenientes de 170 países en menos de una semana.

La cifra fue reproducida por medios internacionales, entre ellos Euronews, que señaló que la petición habría quedado a aproximadamente un millón de firmas del récord mundial registrado por Guinness para una campaña internacional.

Sin embargo, esa cantidad exige cautela. El sitio mostraba un contador propio, separado del sistema de firmas verificadas de Change.org, y no exhibía públicamente un padrón auditable, una metodología de validación independiente ni información suficiente para determinar si cada adhesión correspondía a una persona real y única.

La comparación es considerable: mientras las dos campañas visibles en Change.org acumulaban conjuntamente alrededor de 13.000 firmas verificadas, el portal independiente aseguraba haber superado los 23 millones.

La diferencia no demuestra por sí misma que la cifra mayor sea falsa, pero impide presentarla como un dato plenamente comprobado. El número fue difundido masivamente sin que la mayoría de los medios aclarara las diferencias entre adhesiones verificadas, visitas a una página, interacciones sociales y registros contabilizados por una plataforma administrada por los propios promotores.

Aun así, medios argentinos ya informaban antes de la final que la campaña se acercaba a los 20 millones de adhesiones declaradas. El texto publicado entonces indicaba claramente que el argumento central era un supuesto favoritismo arbitral y no los incidentes que ocurrirían posteriormente en Nueva Jersey.

Tras la derrota argentina, el sitio cerró la campaña con una frase que expuso su verdadero propósito emocional: “La FIFA nos ignoró, pero España cumplió. Gracias, España”.

De esta manera, una solicitud que decía defender la integridad de la competencia terminó celebrando que un adversario hubiera realizado dentro de la cancha lo que la campaña no pudo conseguir por presión digital.

Una condena redactada antes de los hechos

La cronología debilita el argumento de que el movimiento “Argentina Out” fue provocado por el supuesto mal comportamiento argentino en la final.

Cuando la petición comenzó:

  • Argentina todavía no había enfrentado a Inglaterra.
  • No se había exhibido la bandera “Las Malvinas son argentinas”.
  • Paredes no se había enfrentado con Gavi y Eric García.
  • Molina no había discutido con Rodri.
  • La Selección no había participado de la ceremonia de premiación.
  • Bardem, Pérez-Reverte y Samuel L. Jackson todavía no habían realizado sus principales intervenciones públicas.

La campaña, por lo tanto, no surgió como consecuencia de esos episodios. Los hechos posteriores fueron adaptados a una conclusión que ya había sido formulada: Argentina debía ser castigada, descalificada o derrotada.

Esto no significa que los incidentes de la final deban ser minimizados ni que la conducta de determinados jugadores quede exenta de sanciones. Significa que fueron utilizados para validar retrospectivamente una narrativa previa.

La secuencia muestra un mecanismo habitual en las campañas digitales: primero se construye al adversario y luego se seleccionan los hechos que permiten justificar esa caracterización.

Del supuesto favoritismo al racismo y Malvinas

La acusación inicial fue estrictamente deportiva: árbitros parciales y una FIFA supuestamente decidida a beneficiar a Messi.

Después se añadieron otros componentes.

Tras el partido contra Inglaterra apareció la controversia por la bandera de Malvinas. Paralelamente se reactivaron acusaciones de racismo vinculadas con cánticos anteriores de hinchas y futbolistas argentinos.

Después de la final se sumaron las peleas, el supuesto mal perder y la discusión por la conducta durante la premiación.

La campaña fue mutando así desde una denuncia sobre arbitrajes hasta una impugnación más amplia contra la legitimidad deportiva, moral y cultural de Argentina.

La acumulación de acusaciones, aun cuando no estuvieran relacionadas entre sí, permitió que la Selección fuera presentada como favorecida por los árbitros, violenta, racista, nacionalista y políticamente alineada con figuras rechazadas por determinados sectores internacionales.

El sitio “Argentina Out” reunió todos esos elementos después de comenzada la campaña. Euronews, al reconstruir la polémica, incluyó entre los motivos los cánticos racistas, las decisiones arbitrales contra Egipto y la bandera de Malvinas. Pero esta última ni siquiera existía públicamente cuando se inició la primera recolección de firmas.

Pérez-Reverte y la condena sobre Argentina

No seamos injustos, no nos equivoquemos. Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina. pic.twitter.com/T9reohEeSf

— Arturo Pérez-Reverte (@perezreverte) July 21, 2026

Después de la final, el escritor español Arturo Pérez-Reverte criticó duramente a los futbolistas argentinos.

“Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso”, escribió.

El autor aseguró que esas conductas reflejaban a la parte “más violenta e irracional” de la sociedad argentina. Posteriormente matizó su posición y reconoció que comportamientos semejantes también existen en España.

Aunque Pérez-Reverte procuró separar al equipo del conjunto de la población, su mensaje introdujo una dimensión cultural: lo ocurrido dentro de un campo de juego dejó de analizarse como una reacción de futbolistas sometidos a una competencia extrema y empezó a utilizarse como una supuesta muestra del carácter nacional argentino.

Bardem convirtió la final en un plebiscito ideológico

El actor español Javier Bardem, presente en Nueva Jersey, celebró inicialmente la victoria de España como un ejemplo de diversidad, integración y juego limpio.

Luego trasladó la discusión hacia la política internacional y afirmó que la relación de Milei con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había influido en el rechazo que Argentina despertó durante la competencia.

“Cuando un presidente apoya a un criminal de guerra, querés apoyar al otro equipo”, sostuvo el actor, quien vinculó la imagen argentina con el respaldo del Gobierno a Israel.

Bardem reconoció que numerosos argentinos no apoyan a Milei. Sin embargo, su razonamiento convirtió al seleccionado nacional en una representación indirecta de la política exterior del Poder Ejecutivo.

La construcción resulta especialmente discutible porque dentro del propio plantel conviven distintas posiciones políticas. Cristian “Cuti” Romero, por ejemplo, evitó estrechar la mano del presidente estadounidense Donald Trump durante la ceremonia de premiación, una actitud que difícilmente pueda asociarse con una adhesión uniforme al alineamiento internacional de Milei.

La intervención de Bardem apareció además en espacios vinculados con la izquierda internacional y el activismo propalestino, donde la final fue presentada como una confrontación simbólica entre una España multicultural y una Argentina supuestamente identificada con Trump, Milei y Netanyahu.

El medio estadounidense Zeteo, conducido por el periodista Mehdi Hasan, ya había relacionado durante el Mundial al seleccionado argentino con la posición del Gobierno sobre Israel e Irán. En uno de sus artículos incluso planteó, de forma irónica, que el capitán argentino podría ser interrogado sobre las posiciones políticas de Milei, dentro de una crítica más amplia a los dobles estándares aplicados a las selecciones nacionales.

Los hilos provenientes de sectores de izquierda

No existe hasta ahora evidencia pública suficiente para afirmar que las declaraciones de Bardem, las publicaciones sobre racismo, la campaña “Argentina Out” y las críticas culturales hayan sido parte de una operación centralizada.

Sí puede observarse, en cambio, una convergencia de discursos provenientes de sectores de la izquierda cultural, del activismo antirracista y de organizaciones contrarias a la política israelí.

El primer hilo conductor fue la identificación de la Selección con el gobierno de Milei. Esa asociación permitió que las críticas al Presidente, a Trump o a Netanyahu fueran trasladadas al equipo argentino, aunque los futbolistas no hayan participado en la definición de la política exterior nacional.

El segundo fue la presentación de la final como un choque de valores: de un lado, una España diversa, progresista y multicultural, representada por jugadores como Lamine Yamal y Nico Williams; del otro, una Argentina supuestamente homogénea, racista, nacionalista y alineada con la derecha internacional.

Una columna publicada por el diario británico The Guardian sostuvo que parte de la comunidad afroamericana no había alentado a España por simpatía deportiva, sino como una forma de rechazar lo que Argentina había pasado a representar. El artículo relacionó episodios discriminatorios protagonizados por hinchas, cánticos contra futbolistas franceses, el silencio atribuido a Messi y el respaldo de Milei a Israel.

El tercer hilo fue la utilización de episodios discutibles de racismo para formular una condena general sobre toda la sociedad argentina. En lugar de analizar hechos, responsables y contextos concretos, parte de la conversación pasó a caracterizar al país como uno de los más racistas del mundo.

Ese mecanismo no busca solamente cuestionar a determinados hinchas o jugadores: convierte a una nación completa en objeto de una acusación moral.

La campaña para expulsar a la Selección se integró después a ese discurso. Lo que había comenzado como una teoría sobre árbitros parciales adquirió una cobertura moral e ideológica mucho más amplia.

Samuel L. Jackson y la generalización racial

El actor estadounidense Samuel L. Jackson compartió una publicación que pedía a las personas negras que no alentaran a Argentina y sostenía que el país era “uno de los más racistas, si no el más racista, del mundo”.

El mensaje incluía una imagen de Stephen, el personaje interpretado por Jackson en la película Django sin cadenas, con una camiseta argentina. La comparación sugería que una persona negra que apoyara a la Selección actuaría como un cómplice de su propia opresión.

La publicación fue repudiada por miles de usuarios, entre ellos argentinos que señalaron la historia de segregación racial de Estados Unidos y rechazaron que problemas sociales concretos fueran utilizados para descalificar a todo un país.

Argentina no está exenta de racismo ni de prácticas discriminatorias. Pero la afirmación absoluta compartida por Jackson prescindió de matices históricos, sociales y demográficos y reprodujo precisamente el procedimiento que decía combatir: atribuir características negativas a una población entera.

El hilo británico: fútbol, Malvinas y revancha política

Otro eje claramente identificable provino de Inglaterra y tuvo un origen diferente. No estuvo impulsado principalmente por la izquierda, sino por la histórica rivalidad futbolística, la derrota inglesa en semifinales y la disputa de soberanía sobre las Islas Malvinas, donde el Reino Unido aprovechó la jugada y se montó sobre ella.

Después del triunfo argentino por 2-1, algunos futbolistas recibieron de los hinchas una bandera con la inscripción “Las Malvinas son argentinas” y la exhibieron durante los festejos.

La reacción británica fue inmediata. El gobierno del primer ministro Keir Starmer respaldó un pedido para que la FIFA investigara a los futbolistas argentinos. Un ministro calificó la conducta como “completamente inapropiada” y distintos medios británicos reclamaron sanciones.

La controversia permitió que una derrota deportiva fuera trasladada al terreno diplomático. La exhibición de una consigna que forma parte de la posición constitucional y diplomática permanente de Argentina fue presentada como una provocación ofensiva, sin considerar que el reclamo argentino sostiene la recuperación de las islas mediante negociaciones pacíficas.

La reacción británica también debe leerse dentro de una rivalidad construida durante décadas: el Mundial de 1966, la Guerra de Malvinas de 1982, los goles de Diego Maradona en México 1986 y los posteriores enfrentamientos deportivos.

La semifinal de 2026 reactivó todos esos antecedentes. Algunos medios analizaron el partido desde días antes como una reedición de la confrontación histórica y destacaron cánticos argentinos que mencionaban a Malvinas, Maradona y Messi.

La prensa británica reconoció que Inglaterra se había replegado excesivamente y que Argentina había terminado dominando el partido. Entre el gol inglés y el empate argentino, el equipo de Thomas Tuchel apenas tuvo un 12 por ciento de posesión.

Sin embargo, tras la eliminación, gran parte de la conversación se desplazó desde los errores tácticos ingleses hacia la bandera, la conducta argentina y las acusaciones de juego sucio.

La campaña “Argentina Out”, que había nacido antes de la semifinal, ofreció una plataforma ya instalada sobre la cual sectores británicos pudieron añadir después el reclamo por Malvinas. El movimiento digital no nació en Inglaterra por la bandera, pero el conflicto diplomático permitió ampliarlo y dotarlo de una nueva justificación.

Enzo Fernández como blanco previo

La hostilidad británica también encontró un protagonista ideal en Enzo Fernández, futbolista del Chelsea, ya cuestionado en Inglaterra por antecedentes extradeportivos y por cánticos discriminatorios registrados después de la Copa América.

Su expulsión en la final y sus actuaciones decisivas contra Inglaterra lo colocaron en el centro de las críticas. Medios y comentaristas británicos lo presentaron como uno de los “villanos” del torneo e incluso utilizaron expresiones como “niño malcriado del Mundial”.

Así, el resentimiento por la eliminación, la disputa de Malvinas y la condena previa sobre Fernández confluyeron con las acusaciones impulsadas desde sectores progresistas y antirracistas.

Los puntos de partida eran diferentes, pero el destinatario terminó siendo el mismo: Argentina.

Una coincidencia útil, pero no necesariamente coordinada

Los sectores de izquierda que cuestionaron a Milei por Israel, los promotores iniciales de la campaña contra supuestos favores arbitrales y los medios o dirigentes británicos que reaccionaron por Malvinas no forman necesariamente una estructura común.

Incluso mantienen diferencias profundas entre sí. El gobierno laborista británico criticó políticas israelíes y convocó diplomáticos de Israel durante 2026, mientras que parte de la prensa conservadora inglesa rechaza abiertamente posiciones de la izquierda cultural.

No obstante, durante el Mundial se produjo una coincidencia funcional.

Para una parte de la izquierda internacional, Argentina representó a Milei, Trump, Netanyahu, el nacionalismo y una supuesta falta de diversidad racial.

Para sectores británicos, representó la reivindicación de Malvinas, la eliminación de Inglaterra, Maradona, la “mano de Dios” y una rivalidad deportiva nunca completamente resuelta.

Para quienes denunciaban supuestos favores arbitrales, Argentina representó a una FIFA dispuesta a garantizarle a Messi un segundo campeonato consecutivo.

Las tres narrativas se retroalimentaron en las redes sociales. Las acusaciones de racismo daban legitimidad moral al rechazo británico; la polémica por Malvinas aportaba difusión política; y las teorías arbitrales ofrecían una explicación deportiva para desacreditar cualquier victoria argentina.

No es necesario que exista una conducción común para que discursos diferentes terminen amplificándose mutuamente.

Pero tampoco puede ignorarse la secuencia: la junta de firmas comenzó antes de que ocurrieran los principales hechos utilizados posteriormente para justificarla. La conclusión apareció antes que las pruebas.

Rosalía, los boicots y la lógica de las redes

La cantante española Rosalía quedó involucrada después de compartir un video de Mia Khalifa que celebraba la derrota argentina utilizando su canción La Perla.

El contenido fue interpretado por muchos seguidores como una burla y generó una campaña para vender o devolver entradas de sus conciertos programados en Buenos Aires.

La reacción mostró cómo el conflicto pasó del deporte al consumo cultural. Los usuarios ya no discutían únicamente el resultado: pretendían premiar o castigar a artistas según sus posicionamientos o publicaciones.

Ese comportamiento reprodujo la misma lógica de simplificación utilizada contra Argentina: una acción puntual fue considerada suficiente para definir completamente a una persona y justificar un boicot.

De las redes a la violencia

El punto más grave se produjo en la estación Sol del Metro de Madrid, donde un hincha argentino que vestía la camiseta de la Selección fue atacado por un grupo de españoles durante los festejos.

El episodio demostró que la hostilidad digital podía trasladarse a la calle. La identificación de un individuo por su camiseta fue suficiente para convertirlo en blanco de una agresión colectiva.

Mientras tanto, carteles y memes propusieron un combate de boxeo entre Paredes y Gavi en la denominada Velada del Año, banalizando la pelea y transformando la violencia en entretenimiento viral.

La respuesta de Lisandro Martínez

Frente a las críticas, Lisandro Martínez reconoció el mérito deportivo de España, defendió el recorrido argentino y difundió una frase que se convirtió en la respuesta más contundente del plantel.

“Recuerden que la caída de los grandes es la felicidad de los mediocres”, escribió el defensor.

España fue legítimamente campeona y Argentina debe revisar tanto su rendimiento como los excesos cometidos por algunos futbolistas. Pero esos hechos no justifican convertir una final en un juicio sumario sobre 46 millones de personas.

El Mundial dejó así dos resultados. Uno deportivo, incuestionable, que consagró a España. Otro político y cultural, donde sectores ideológicos, medios británicos, figuras internacionales, promotores de teorías arbitrales y usuarios de redes aprovecharon episodios concretos para reactivar prejuicios y disputar el significado de Argentina ante el mundo.

No existen pruebas suficientes para hablar de una conspiración organizada. Sí aparecen hilos conductores, intereses diferentes y narrativas que encontraron un adversario común y se potenciaron entre sí.

La campaña para expulsar a Argentina constituye uno de los indicios más claros: comenzó antes de la semifinal, antes de la bandera de Malvinas, antes de la final y antes de los incidentes utilizados posteriormente como fundamento.

No existen pruebas suficientes para hablar de una conspiración organizada. Sí aparecen hilos conductores, intereses diferentes y narrativas que encontraron un adversario común y se potenciaron entre sí, pero tampoco podemos dejar todo en el campo de las casualidades

Fuentes consultadas: Change.org; Argentina Out; Euronews; The Guardian; Gobierno británico; Reuters; Cadena SER; AS España; Zeteo; The Times of India; LM Neuquén; medios argentinos y publicaciones públicas en redes sociales.

Tags: argentinaCOPA MUNDIALespañafifaMUNDIAL 2026OFENSIVASELECCIONTNTOTAL NEWS
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