Por RR
El peronismo consiguió sentar nuevamente en una misma mesa a Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner, gobernadores y jefes parlamentarios, pero la fotografía de unidad tiene una condición que todos conocen: que sobrevivan las PASO. La dirigencia del PJ admite que las primarias constituyen hoy el mecanismo más viable para contener candidaturas enfrentadas y evitar una fractura electoral en 2027. La Casa Rosada lo sabe y Diego Santilli convirtió la eliminación de ese sistema en una de sus principales negociaciones con gobernadores y aliados. Massa reaparece como articulador de una tregua entre Kicillof y La Cámpora y vuelve a quedar bajo observación como posible candidato presidencial, mientras el encuentro dejó también una advertencia para Osvaldo Jaldo y Raúl Jalil: quien desde el peronismo ayude al Gobierno a voltear las PASO podría enfrentar listas opositoras impulsadas por el propio PJ en su provincia.
Buenos Aires – 14 Agosto 2026 – Total News Agency – TNA.- El peronismo volvió a demostrar una de sus capacidades históricas: cuando el riesgo de perder poder supera el volumen de sus peleas internas, puede sentar en una misma mesa a dirigentes que hasta pocas semanas antes apenas disimulaban sus diferencias. Eso ocurrió en la reservada reunión del Hotel Emperador, donde Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner, José Mayans, Germán Martínez y varios gobernadores comenzaron a construir una tregua cuyo verdadero cemento no es todavía una candidatura, un programa económico ni un liderazgo común, sino la defensa de las PASO.
El problema para el PJ es que esa unidad depende precisamente de una herramienta que Javier Milei quiere eliminar.
El Gobierno envió al Congreso una reforma electoral destinada a terminar definitivamente con las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, después de la suspensión aplicada para los comicios legislativos de 2025. El principal operador oficial es hoy el jefe de Gabinete Diego Santilli, quien viene recorriendo provincias y negociando con gobernadores bajo un argumento que combina ahorro fiscal y simplificación electoral: según sus cálculos, organizar las primarias puede costarle al Estado hasta US$250 millones.
Para el oficialismo, eliminar las PASO significa reducir gastos y evitar que los ciudadanos sean convocados repetidamente a las urnas. Para el peronismo representa algo bastante más urgente: conservar el único mecanismo nacional disponible para enfrentar candidatos, contar votos y ordenar después a los derrotados debajo de una misma boleta.
La diferencia explica por qué la reforma se convirtió inesperadamente en una cuestión de supervivencia partidaria.
Después de dejar el poder en 2023, el peronismo perdió el liderazgo vertical que durante años permitió resolver candidaturas mediante acuerdos concentrados alrededor de una conducción predominante. Cristina Kirchner continúa siendo una referencia central de una parte del espacio, pero su capacidad para ordenar al conjunto quedó reducida, mientras Kicillof construyó desde la provincia de Buenos Aires un proyecto propio mediante el Movimiento Derecho al Futuro, Máximo Kirchner conserva la estructura de La Cámpora, gobernadores reclaman mayor participación federal y el massismo mantiene intacta su maquinaria política.
En ese escenario, eliminar las PASO obligaría a todos esos sectores a encontrar una candidatura única mediante negociación interna o enfrentar el riesgo de competir separados en la elección general.
Ninguna de las dos alternativas resulta sencilla.
Una interna partidaria tradicional tropieza con padrones desactualizados, estructuras provinciales diferentes y el hecho de que el peronismo electoral funciona desde hace años como una coalición de partidos y agrupaciones que exceden al Partido Justicialista. Una interna abierta organizada por cuenta propia demandaría logística, financiamiento y acuerdos sobre quién podría votar. La tercera opción sería directamente concurrir divididos a la elección presidencial, una posibilidad que aumentaría considerablemente las chances de que Milei aproveche la fragmentación opositora.
Por eso el encuentro de esta semana produjo una extraña coincidencia entre dirigentes que hasta ahora discutían casi todo: las PASO deben mantenerse.
La reunión tuvo además un protagonista que vuelve a crecer en la sombra. Sergio Massa no confirmó una nueva candidatura presidencial después de su derrota frente a Milei en 2023, pero comenzó a desplegar movimientos difíciles de separar de una construcción nacional. Dirigentes del peronismo le atribuyen participación en las conversaciones que frenaron la reforma oficial de la ley de tierras y también en la gestación del encuentro que consiguió volver a juntar a Kicillof con Máximo Kirchner.
Massa minimiza ese rol, aunque dentro del PJ pocos dirigentes conservan hoy vínculos simultáneos con gobernadores, legisladores, intendentes, sindicatos y distintos sectores de la interna bonaerense.
La reaparición del líder del Frente Renovador resulta especialmente significativa porque Kicillof ya no oculta sus aspiraciones presidenciales y otros dirigentes peronistas también evalúan competir. Si Massa finalmente decide volver a intentarlo, las PASO podrían ofrecer una salida institucional a una competencia que de otro modo obligaría a construir una síntesis difícilmente imaginable con el actual nivel de desconfianza.
El acercamiento entre Kicillof y Máximo Kirchner debe entenderse dentro de esa necesidad.
Durante meses, el gobernador bonaerense y el jefe de La Cámpora protagonizaron un enfrentamiento que dividió intendentes, legisladores y estructuras territoriales. José Mayans llegó a pedir públicamente que ambos dejaran de “romper las pelotas” y retomaran una relación política razonable, una expresión brutal pero bastante descriptiva del hartazgo que la disputa provocó incluso dentro del propio peronismo.
La cumbre del Emperador consiguió que volvieran a compartir una mesa sin reproches públicos ni incidentes. No significa que la interna haya desaparecido. Significa que ambos empiezan a comprender que mantenerla sin reglas puede terminar beneficiando exclusivamente a Milei.
Cristina Kirchner tampoco ocupó el centro del encuentro. Su representación política quedó en manos de Máximo y, según trascendió, no hubo mensajes de la ex presidente ni se convirtió su situación judicial en eje de la reunión. Para varios gobernadores del interior, las prioridades pasan por recursos federales, presupuesto, coparticipación y obras públicas antes que por las disputas personales que dominan al peronismo bonaerense.
Ese dato también marca un cambio.
La reconstrucción partidaria comienza a mostrar una estructura más horizontal, donde los gobernadores pretenden discutir en igualdad de condiciones y no limitarse a acompañar decisiones adoptadas desde Buenos Aires. Participaron Ricardo Quintela, Gildo Insfrán, Sergio Ziliotto, Gustavo Melella y Gerardo Zamora, aunque este último proviene de una construcción provincial propia aliada históricamente al peronismo.
Quienes quedaron bajo observación fueron Osvaldo Jaldo, de Tucumán, y Raúl Jalil, de Catamarca.
Ambos gobernadores mantuvieron durante la administración Milei una relación considerablemente más cooperativa con la Casa Rosada que otros mandatarios peronistas. Esa conducta generó beneficios políticos y económicos para sus provincias, pero también creciente desconfianza dentro del PJ nacional.
La discusión sobre las PASO elevó esa tensión un escalón.
Durante la cumbre, uno de los participantes advirtió que cualquier gobernador peronista que acompañe la eliminación de las primarias deberá asumir que el partido podría promover una lista alternativa en su distrito para competir contra él. La formulación fue mucho más cruda en privado y dejó claro que la mesa pretende convertir la defensa de las PASO en una prueba de pertenencia política.
El desafío parlamentario, sin embargo, no será sencillo.
Para bloquear una reforma electoral, el peronismo necesita reunir aliados fuera de sus propias bancadas. En el Senado, el número decisivo ronda los 36 votos y en Diputados los 129, cifras que el kirchnerismo y sus aliados sólo alcanzaron durante esta gestión cuando consiguieron sumar gobernadores provinciales, radicales, bloques federales y legisladores desencantados con alguna iniciativa oficial.
La reciente discusión sobre la ley de tierras demostró que esa arquitectura todavía puede funcionar.
Las negociaciones encabezadas por Massa, Mayans, Eduardo “Wado” de Pedro, Juliana Di Tullio, Jorge Capitanich y Máximo Kirchner consiguieron debilitar los apoyos provinciales del oficialismo hasta obligarlo a retirar la iniciativa. En la misma ofensiva parlamentaria también cayó la reforma de la ley de manejo del fuego.
El resultado devolvió confianza a un peronismo que venía acumulando derrotas políticas y electorales y reforzó la idea de que existe una oportunidad para reconstruir capacidad de bloqueo frente a Milei.
Pero el Gobierno también hace sus cuentas.
La Casa Rosada sabe perfectamente que eliminar las PASO no afecta de la misma manera a todas las fuerzas. La Libertad Avanza posee una conducción mucho más concentrada alrededor de Milei y Karina Milei, mientras el peronismo necesita resolver una multiplicidad de aspiraciones presidenciales y liderazgos territoriales. Suprimir las primarias puede por eso producir una ventaja estratégica adicional al ahorro presupuestario que invoca Santilli.
Incluso dentro del PRO y del radicalismo existen resistencias a una eliminación total. Algunos sectores plantean convertir las primarias en optativas o realizar solamente aquellas en las que exista una competencia interna efectiva, una alternativa que podría convertirse en punto de negociación si el Gobierno comprueba que no reúne los votos para la derogación completa.
Para el PJ, aceptar una solución semejante sería preferible a quedarse sin ninguna herramienta.
La paradoja es que las PASO, creadas durante el kirchnerismo y cuestionadas numerosas veces por dirigentes del propio peronismo, terminaron convirtiéndose en el seguro de vida de una coalición que hoy carece de autoridad suficiente para ordenar internamente su sucesión presidencial.
Kicillof necesita las primarias para legitimar una eventual candidatura frente al kirchnerismo. Máximo Kirchner las necesita para evitar que el aparato bonaerense quede subordinado automáticamente al gobernador. Massa podría necesitarlas para regresar a la competencia presidencial sin romper el frente. Los gobernadores las necesitan para preservar capacidad de negociación y evitar que Buenos Aires vuelva a imponer un candidato sin consulta.
Por eso la tregua tiene límites perfectamente identificables.
El peronismo consiguió reagruparse porque encontró un adversario común y una amenaza institucional que afecta simultáneamente a todos sus sectores. Todavía no resolvió quién conducirá, quién será candidato ni cuál será el programa con el que intentará regresar al poder en 2027. Lo que sí descubrió es que, sin PASO, esas discusiones pueden transformarse directamente en fractura.
El próximo movimiento dependerá menos de una nueva fotografía partidaria que de los votos que Santilli consiga reunir en el Congreso. Si el Gobierno logra eliminar las primarias, el PJ deberá inventar en pocos meses un mecanismo alternativo capaz de contener a Kicillof, Massa, La Cámpora y los gobernadores. Si fracasa, las PASO pueden terminar convirtiéndose en el escenario donde el peronismo intente resolver por votos la pelea que durante tres años no consiguió resolver en sus despachos.





