Buenos Aires – 17 Agosto 2026 – Total News Agency – TNA | A 176 años de la muerte del general José Francisco de San Martín, la figura del Libertador conserva una dimensión que excede largamente la iconografía escolar: fue un militar profesional formado durante más de dos décadas en los campos de batalla europeos, combatió contra fuerzas de Francia, Gran Bretaña, Portugal y tropas musulmanas del norte de África, alcanzó el grado de teniente coronel en el Ejército español y abandonó una carrera consolidada para regresar a la tierra donde había nacido y participar de una revolución cuyo desenlace era todavía incierto. Desde allí organizó ejércitos, cruzó una de las cordilleras más difíciles del mundo, utilizó espionaje y desinformación contra sus adversarios, contribuyó decisivamente a liberar Argentina, Chile y Perú y terminó alejándose del poder sin utilizar sus ejércitos para intervenir en las guerras civiles. El video que acompaña esta nota realizado por Infobae muestra desde la IA un encuentro entre San Martin y Domingo Faustino Sarmaiento, realmente atrapante.
Tambien recordamos algunos de esos momentos de una vida atravesada por el valor, la austeridad, la disciplina y una concepción del deber que convirtió a San Martín en una de las figuras militares más importantes de la historia americana.
Nacido el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, actual provincia de Corrientes, San Martín llegó con su familia a España durante su infancia. En 1789, cuando tenía apenas once años, ingresó como cadete al Regimiento de Murcia. Aquella decisión marcaría los siguientes 22 años de su vida. Antes de regresar a América había participado en numerosas campañas y acumulado una experiencia militar excepcional para un oficial nacido en el Río de la Plata. Fuentes oficiales argentinas contabilizan hasta 31 acciones bélicas durante su servicio europeo.
Su bautismo de fuego llegó muy joven en el norte de África. Estuvo destinado en Orán, donde las tropas españolas combatían contra fuerzas musulmanas de la región, y posteriormente participó en las guerras europeas en las que la monarquía española enfrentó sucesivamente a franceses, británicos y portugueses. Aquellos años le permitieron conocer directamente la infantería, la caballería, la artillería, el movimiento de grandes unidades y, sobre todo, la importancia de la disciplina y de la logística antes de una batalla.
Su carrera alcanzó uno de sus momentos decisivos durante la invasión napoleónica de la península ibérica. El 19 de julio de 1808 participó en la batalla de Bailén, donde el ejército español obtuvo una de las primeras grandes derrotas de las fuerzas de Napoleón Bonaparte en Europa. Por su actuación fue condecorado y ascendido. Continuó combatiendo durante la Guerra de la Independencia española y participó también en Albuera, en mayo de 1811. Al finalizar aquella etapa había alcanzado el grado de teniente coronel.
Ese dato resulta central para comprender al hombre que desembarcó en Buenos Aires el 9 de marzo de 1812. No regresaba un aventurero ni un improvisado, sino un oficial veterano formado en uno de los conflictos militares más duros de comienzos del siglo XIX. Abandonó una carrera que podía haber continuado en Europa para colocarse al servicio de la emancipación americana cuando todavía no existía certeza alguna de victoria.
El gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata le encargó organizar un cuerpo de caballería profesional: nació así el Regimiento de Granaderos a Caballo, construido bajo reglas estrictas de disciplina y conducta. El 3 de febrero de 1813, en San Lorenzo, San Martín comandó su primera acción militar en suelo americano. Con unos 120 granaderos derrotó a una fuerza realista que había desembarcado desde el río Paraná. Allí estuvo a punto de morir cuando su caballo cayó durante el combate y el granadero Juan Bautista Cabral intervino para salvarlo.
Después de las derrotas de Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma, San Martín asumió en enero de 1814 el mando del Ejército del Norte. Sin embargo, comprendió que insistir sobre el camino del Alto Perú significaba continuar chocando frontalmente con un sistema defensivo realista difícil de quebrar. Concibió entonces un plan mucho más audaz: atravesar la Cordillera de los Andes, liberar Chile, conquistar el control del Pacífico y desde allí atacar Perú, centro político y militar del poder español en América del Sur.
El plan exigió algo más que soldados. Como gobernador de Cuyo, San Martín convirtió a Mendoza en una enorme retaguardia militar. Reunió armas, animales, alimentos, talleres, médicos, herreros y transportes, mientras entrenaba al futuro Ejército de los Andes. Miles de hombres, caballos y mulas debían atravesar pasos situados a miles de metros de altura en condiciones extremas. La preparación constituyó por sí misma una extraordinaria operación logística.
Pero hubo otra guerra que comenzó antes de dispararse los primeros cañones: la inteligencia.
San Martín organizó una estructura de espionaje, contraespionaje, propaganda, rumores y engaño que sería conocida como la “guerra de zapa”. Agentes atravesaban la cordillera, se infiltraban en territorio chileno, recogían información sobre movimientos realistas y transmitían noticias falsas destinadas a confundir al gobernador español Casimiro Marcó del Pont. Entre los colaboradores fundamentales apareció el chileno Manuel Rodríguez, quien realizó tareas clandestinas, promovió movimientos guerrilleros y ayudó a mantener a los realistas en permanente incertidumbre.
San Martín hizo circular deliberadamente versiones contradictorias acerca de los pasos cordilleranos que utilizaría. Incluso sus conversaciones con comunidades pehuenches formaron parte de aquella operación de engaño: sabía que determinados comentarios llegarían finalmente a los españoles. Cuando comenzó la ofensiva, varias columnas menores avanzaron por diferentes pasos mientras el esfuerzo principal utilizó Los Patos y Uspallata. El enemigo tuvo que dispersar sus fuerzas sin saber con certeza dónde recibiría el golpe principal.
El resultado llegó el 12 de febrero de 1817 en Chacabuco. El ejército libertador derrotó a las fuerzas realistas y abrió el camino hacia Santiago de Chile. La independencia chilena, sin embargo, todavía debía ser asegurada. Después del duro revés sufrido por los patriotas en Cancha Rayada, San Martín reorganizó en pocos días un ejército que muchos consideraban destruido y el 5 de abril de 1818 consiguió en Maipú una victoria decisiva.
Con Chile asegurado, comenzó la segunda parte del plan continental. San Martín organizó el Ejército Libertador del Perú, apoyado por fuerzas argentinas y chilenas y por una escuadra que permitió transportar la expedición por el Pacífico. Partió en agosto de 1820 y desembarcó en Paracas. La combinación de operaciones militares, presión política y bloqueo terminó llevando a San Martín a Lima, donde proclamó la independencia peruana el 28 de julio de 1821. Allí asumió el título de Protector de la Libertad del Perú, organizó instituciones estatales, creó fuerzas militares nacionales y avanzó sobre estructuras heredadas del régimen colonial.
Sus enemigos, sin embargo, no fueron únicamente españoles.
Durante su trayectoria mantuvo fuertes enfrentamientos políticos con figuras como Carlos María de Alvear, Bernardino Rivadavia y sectores del poder porteño. También existieron graves disputas con los hermanos Carrera en Chile y posteriormente con otros actores de la revolución americana. Las luchas internas acompañaron permanentemente una campaña que requería recursos extraordinarios y unidad política que rara vez existió.
Uno de los episodios que mejor define su concepción militar ocurrió cuando desde Buenos Aires se pretendió utilizar al Ejército de los Andes en las guerras civiles contra las provincias del Litoral. San Martín se negó a convertir las armas destinadas a combatir a los realistas en instrumentos de una guerra entre compatriotas. Esa decisión, posteriormente conocida como su “desobediencia”, terminó alejándolo todavía más del poder político central.
En julio de 1822 se reunió en Guayaquil con Simón Bolívar. Lo conversado entre ambos continúa siendo motivo de debate histórico, pero el resultado es conocido: San Martín decidió apartarse del escenario político y militar y dejó a Bolívar la continuación de la guerra contra los últimos bastiones realistas. En lugar de disputar el liderazgo de la revolución, renunció al poder.
Ese gesto fue coherente con una conducta que atravesó buena parte de su vida. San Martín podía ejercer el mando con enorme severidad, pero mostró una marcada resistencia a utilizar la victoria militar para construir un poder personal permanente. Su idea de disciplina comenzaba por el propio jefe y quedó reflejada también en las Máximas para Merceditas, escritas para su hija Mercedes Tomasa: amor a la verdad, respeto por las personas, sensibilidad hacia los pobres, desprecio por el lujo excesivo y capacidad de guardar un secreto.
Su austeridad convivió con una notable comprensión de la guerra moderna. Antes de que existieran los actuales conceptos de operaciones psicológicas, inteligencia estratégica o desinformación organizada, San Martín ya los utilizaba para obtener ventajas antes de entrar en combate. Para él, derrotar al enemigo comenzaba por conocer sus movimientos, confundir sus mandos, dividir sus fuerzas y elegir el terreno donde librar la batalla.
En 1824 abandonó definitivamente América junto con su hija. Intentó regresar en 1829, pero cuando llegó al Río de la Plata encontró al país nuevamente sumergido en una guerra civil después del derrocamiento y fusilamiento de Manuel Dorrego. Decidió no desembarcar en Buenos Aires y regresó a Europa. Murió el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia, a los 72 años. Sus restos fueron trasladados a la Argentina en 1880 y descansan en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, custodiados por los granaderos del cuerpo que él mismo creó.
Este homenaje permite recorrer algunos de esos momentos, desde el soldado formado en las guerras europeas hasta el estratega que cruzó los Andes y llevó la campaña emancipadora hasta el corazón del poder español en Perú. La dimensión de José de San Martín se comprende mejor cuando se observa esa trayectoria completa: antes de convertirse en estatua había sido soldado durante décadas, conocía la derrota y el sacrificio, había combatido contra varios de los ejércitos más poderosos de su tiempo y decidió poner toda esa experiencia al servicio de una causa resumida en una frase que terminaría definiendo su proyecto continental: “Seamos libres, que lo demás no importa nada”.
Fuentes consultadas: Instituto Nacional Sanmartiniano, Ministerio de Defensa de la Nación, Argentina.gob.ar, Educ.ar, documentación histórica sobre el Ejército de los Andes, estudios sobre la Guerra de Zapa y antecedentes historiográficos de las campañas militares del general José de San Martín.




