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Arabia Saudita gira hacia Turquía y pone en duda el corredor India-Israel-Europa

23 agosto, 2026
Arabia Saudita gira hacia Turquía y pone en duda el corredor India-Israel-Europa
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Por Daniel Romero

La profundización de la alianza entre Arabia Saudita y Turquía, el creciente peso militar de Pakistán y las dudas saudíes sobre el corredor IMEC obligan a mirar Medio Oriente más allá de Gaza. En juego están las futuras rutas entre India y Europa, la seguridad de Israel, el control de puertos y redes estratégicas, la capacidad de contención del terrorismo y una arquitectura regional que puede redefinir el equilibrio entre Occidente, China, Irán y las nuevas potencias islámicas.

Buenos Aires – 23 de agosto de 2026 – Total News Agency – TNA – Una declaración del general saudí Mohammed Saleh Al Harbi puede parecer, a primera vista, un episodio menor dentro de la enorme sucesión de noticias que produce Medio Oriente. No lo es. Cuando un militar saudí destaca la expansión de los vínculos de su país con Turquía, pondera los grandes proyectos conjuntos y la cooperación de defensa alrededor de los drones Bayraktar, mientras descalifica los avances del Corredor Económico India-Medio Oriente-Europa (IMEC) como “propaganda inútil”, lo que aparece detrás de esas palabras es una discusión mucho más profunda: quién organizará la arquitectura económica y de seguridad de la región durante las próximas décadas.

El IMEC fue concebido para conectar a India con Europa mediante puertos del Golfo, ferrocarriles que atravesarían la península arábiga, conexiones terrestres hacia Jordania e Israel y, finalmente, puertos mediterráneos desde los cuales la mercadería continuaría hacia Europa. No es simplemente una vía comercial. Es un proyecto geopolítico destinado a reducir vulnerabilidades logísticas, ofrecer una alternativa parcial a corredores dominados o condicionados por China y convertir a India, los países del Golfo, Israel y Europa en partes de una misma cadena estratégica.

Por esa razón, cualquier enfriamiento saudí hacia el corredor merece atención.

Arabia Saudita es demasiado importante para que el IMEC pueda desarrollarse como fue imaginado sin su participación activa. Su territorio constituye una pieza física central del trazado y su poder financiero puede determinar qué proyectos ferroviarios, energéticos, digitales y portuarios avanzarán y cuáles quedarán congelados. Pero Riad está demostrando que ya no quiere depender de una única arquitectura de seguridad.

La aproximación con Turquía es una muestra clara. Los saudíes encontraron en Ankara un proveedor militar que ofrece algo más que armamento. Turquía desarrolló durante los últimos años una industria de defensa capaz de fabricar drones de combate, misiles, vehículos blindados, sistemas electrónicos y, progresivamente, plataformas aéreas cada vez más sofisticadas. La familia Bayraktar convirtió sus vehículos no tripulados en una de las cartas de presentación internacional del poder turco.

Para Arabia Saudita, adquirir esa tecnología significa diversificar proveedores y reducir dependencias. Para Recep Tayyip Erdogan, significa ampliar la penetración política de Turquía dentro del mundo árabe.

Pero existe una segunda capa que resulta todavía más importante: Pakistán.

La coordinación creciente entre saudíes, turcos y paquistaníes incorpora al sistema a la única potencia nuclear del mundo islámico. Pakistán aporta fuerzas armadas numerosas, experiencia operacional y un factor de disuasión imposible de ignorar. Esa combinación empieza a dibujar un eje que, aunque sus participantes eviten definirlo como bloque, posee objetivamente una capacidad militar considerable.

Y allí aparece la primera contradicción estratégica.

India es el extremo oriental del IMEC y mantiene una rivalidad histórica con Pakistán. Al mismo tiempo, Nueva Delhi desarrolló una relación política, tecnológica y militar extraordinariamente estrecha con Israel. Ambos países comparten experiencias de lucha contra organizaciones terroristas, atentados, amenazas transfronterizas y estructuras armadas que operan con apoyo o tolerancia desde terceros territorios.

Ese vínculo India-Israel no es accesorio. Constituye uno de los componentes de seguridad que podrían dar estabilidad a una futura ruta euroasiática.

Para que un corredor comercial de esa magnitud funcione, no basta con construir vías ferroviarias y terminales portuarias. Hay que proteger puertos, oleoductos, gasoductos, cables submarinos, centros de datos, estaciones ferroviarias, sistemas energéticos y redes digitales frente a sabotajes, misiles, drones, terrorismo y ataques cibernéticos.

Es precisamente aquí donde el análisis económico se encuentra con la seguridad.

Durante años se intentó presentar la amenaza terrorista en Medio Oriente como un fenómeno localizado. La realidad demostró exactamente lo contrario. Hamás, Hezbolá, los hutíes de Yemen, las milicias proiraníes en Irak y Siria, las células jihadistas y los distintos brazos de la Guardia Revolucionaria iraní pueden afectar en pocas horas intereses que se encuentran a miles de kilómetros.

Los ataques hutíes contra la navegación en el Mar Rojo constituyeron una demostración perfecta. Una organización armada asentada en Yemen consiguió alterar rutas comerciales internacionales, elevar costos de seguros marítimos, obligar a grandes navieras a rodear África y afectar cadenas logísticas europeas y asiáticas.

Ese es el verdadero significado global de la seguridad en Medio Oriente.

Europa puede considerar lejana una guerra en Gaza, un misil disparado desde Yemen o una crisis en el estrecho de Ormuz, pero sus industrias, su sistema energético y sus consumidores sienten las consecuencias casi inmediatamente.

El IMEC, precisamente, pretendía responder parcialmente a esa vulnerabilidad.

Pero la viabilidad del corredor depende también de una cuestión que todavía no fue resuelta: la normalización entre Arabia Saudita e Israel.

Sin un acuerdo político entre ambos países, el componente israelí del corredor se vuelve mucho más difícil de desarrollar. Durante los últimos años, Estados Unidos intentó avanzar hacia una ampliación de los Acuerdos de Abraham que incluyera a Riad, pero la guerra iniciada después de la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023 congeló buena parte de aquel proceso.

La organización terrorista asesinó alrededor de 1.200 personas y secuestró a centenares. A partir de allí se abrió una guerra cuyas consecuencias estratégicas excedieron ampliamente a Israel y Gaza.

Uno de los objetivos indirectos de Hamás y de sus patrocinadores era precisamente impedir una transformación del mapa regional que pudiera aislar todavía más a Irán.

La normalización entre Arabia Saudita e Israel habría creado un eje formidable: capital saudí, tecnología israelí, poder militar estadounidense, mercados indios y acceso europeo.

Para Teherán, semejante estructura habría representado un fracaso estratégico.

Esa realidad permite comprender por qué terrorismo, infraestructura y comercio están íntimamente relacionados.

Los grupos terroristas no atacan solamente personas. Atacan sistemas. Una terminal petrolera, un gasoducto, un puerto, una planta eléctrica o una ruta marítima pueden tener un valor estratégico superior al de numerosos objetivos militares convencionales.

Desde esta perspectiva, la discusión sobre el futuro del IMEC debe abordarse también como un problema de seguridad antiterrorista.

Existe, además, otra cuestión delicada: Turquía.

Ankara es miembro de la OTAN, mantiene relaciones militares con Occidente y posee uno de los ejércitos más poderosos de la región. Sin embargo, su relación con Hamás ha sido históricamente mucho más tolerante que la de otros aliados occidentales.

Esa ambigüedad representa un problema.

Un país no puede aspirar simultáneamente a convertirse en gran garante de seguridad regional y mantener relaciones políticas demasiado permisivas con organizaciones que recurren al terrorismo.

Israel observa con creciente preocupación el aumento de la influencia turca en Siria. La desaparición del régimen de Bashar al-Assad modificó profundamente el equilibrio de poder, pero no eliminó las amenazas. El territorio sirio continúa siendo un espacio donde convergen milicias, restos jihadistas, fuerzas extranjeras y estructuras armadas de difícil control.

Para Jerusalén, permitir que su frontera norte vuelva a transformarse en una plataforma de ataque sería repetir errores que tuvieron consecuencias dramáticas.

Por eso la relación entre Turquía e Israel merece seguimiento permanente. Ambos son aliados de Estados Unidos, pero poseen intereses divergentes en Siria, Gaza y el Mediterráneo oriental.

Una colisión entre ellos sería desastrosa para cualquier proyecto destinado a estabilizar las rutas entre Asia y Europa.

A esta complejidad se suma China.

Beijing construyó durante años la Iniciativa de la Franja y la Ruta, financiando puertos, ferrocarriles, centrales eléctricas y corredores comerciales en decenas de países. El IMEC fue interpretado desde su nacimiento como una alternativa occidental e india frente a esa expansión.

Pero Arabia Saudita mantiene excelentes relaciones económicas con China.

Riad vende petróleo a Beijing, recibe inversiones chinas, compra tecnología asiática y no tiene intención de quedar atrapada en una lógica rígida de bloques.

Esa es probablemente la clave del comportamiento saudí.

El reino está construyendo una política exterior de múltiples apoyos. Coopera militarmente con Estados Unidos, compra tecnología turca, mantiene vínculos con China, profundiza relaciones con India, trabaja con Pakistán y conserva abierta la posibilidad de normalizar sus relaciones con Israel.

No es una contradicción. Es una estrategia.

Mohammed bin Salman quiere convertir a Arabia Saudita en una potencia autónoma capaz de negociar simultáneamente con todos.

La pregunta es hasta qué punto esa estrategia puede sostenerse cuando las alianzas comienzan a exigir definiciones.

Si Pakistán entra en conflicto con India, ¿qué lugar ocuparía Arabia Saudita?

Si Turquía profundiza su enfrentamiento con Israel, ¿cuál sería la posición saudí?

Si Estados Unidos exige limitar la expansión tecnológica china, ¿hasta dónde estará dispuesto Riad a acompañarlo?

Y si el IMEC finalmente avanza, ¿podrá Arabia Saudita participar en un corredor cuya lógica estratégica termina fortaleciendo a Israel?

Son interrogantes que todavía no tienen respuesta.

Europa debería observar esta transformación con mucha mayor atención.

Su seguridad económica depende de corredores que atraviesan regiones profundamente inestables. Ormuz, Bab el-Mandeb, el Mar Rojo, Suez y el Mediterráneo oriental forman parte de una misma cadena.

Cuando uno de esos puntos se bloquea, las consecuencias llegan a Rotterdam, Hamburgo, Marsella, Barcelona o Génova.

La seguridad de Israel tampoco puede ser separada de esa ecuación.

Un Israel debilitado o permanentemente amenazado por organizaciones terroristas no constituye únicamente un problema israelí. Significa que uno de los principales nodos tecnológicos, militares y logísticos del Mediterráneo oriental permanece sometido a una situación de guerra constante.

Y eso afecta cualquier corredor que pretenda conectar Asia con Europa.

El futuro del IMEC dependerá, por eso, mucho menos de las ceremonias diplomáticas que de la capacidad regional para establecer reglas de seguridad claras.

Habrá que impedir que organizaciones terroristas controlen territorios o rutas. Será necesario garantizar la libertad de navegación. Las redes ferroviarias deberán estar protegidas. Los puertos necesitarán sistemas de defensa. Las infraestructuras digitales requerirán niveles elevados de ciberseguridad.

Y los Estados deberán decidir finalmente si aceptan que organizaciones armadas paralelas condicionen la política regional.

Ese es quizá el punto central de toda la discusión.

Durante demasiado tiempo, distintas potencias toleraron en Medio Oriente la existencia de ejércitos privados, milicias y organizaciones terroristas que operaban junto o por encima de los Estados.

Hezbolá construyó un ejército dentro del Líbano.

Hamás transformó Gaza en una infraestructura militar subterránea.

Los hutíes desarrollaron capacidades misilísticas capaces de amenazar el comercio mundial.

Las milicias respaldadas por Irán penetraron estructuras estatales en Irak y Siria.

Ningún gran corredor económico puede desarrollarse de manera segura mientras esa realidad persista.

La declaración del general Al Harbi, por lo tanto, merece ser observada con atención, aunque no deba confundirse automáticamente con una decisión oficial de la monarquía saudí.

Puede ser simplemente la opinión de un militar, o un sondeo del reino.

También puede anticipar algo más profundo: que Arabia Saudita está reconsiderando qué arquitectura regional le ofrece mayores ventajas.

Si finalmente prioriza su alianza con Turquía y Pakistán sobre la integración económica con India, Israel y Europa, el mapa estratégico de Medio Oriente podría comenzar a dividirse en estructuras competitivas.

Si, en cambio, utiliza esa aproximación para mejorar su posición negociadora y termina incorporándose al IMEC y normalizando relaciones con Israel, podría producirse una de las transformaciones geopolíticas más importantes del siglo XXI.

En cualquiera de los dos escenarios, el terrorismo seguirá siendo el gran enemigo de toda arquitectura de integración.

Porque detrás de los trenes, los puertos, los oleoductos y los cables de datos hay una cuestión mucho más elemental: quién garantiza que puedan funcionar.

Y esa respuesta determinará no solamente el futuro de Medio Oriente, sino también buena parte de la seguridad económica y estratégica de Europa, India y el resto del mundo.

Daniel Romero
Director de Total News Agency – TNA

Fuentes consultadas: gobiernos de Arabia Saudita y Turquía, Reuters, Associated Press, Consejo Europeo, Ministerio de Asuntos Exteriores de India, MEMRI, documentación oficial vinculada al IMEC y antecedentes de cooperación militar y económica entre Arabia Saudita, Turquía, Pakistán, India, Israel, Estados Unidos y la Unión Europea.

Tags: ARABIA SUADITACHINAGAZAhamasHEZBOLLAHIMECIRANIsraelMEDIO ORIENTEPAKISTANTNTOTAL NEWSTURQUIA
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