Por Daniel Romero
Hay una información que merece ser observada con enorme atención porque puede anticipar el próximo capítulo de la confrontación entre Rusia y Occidente. La hipótesis central es inquietante: Vladimir Putin podría no necesitar invadir convencionalmente un país europeo para atacar a la OTAN. Podría bastarle con una operación limitada, encubierta o suficientemente ambigua como para obligar a la Alianza a preguntarse si llegó realmente el momento de aplicar el Artículo 5. Ese es el interrogante que planteé originalmente al analizar la posibilidad de que Moscú intente avanzar en la medición de la cohesión occidental sin desencadenar abiertamente una guerra general.
No es una conjetura construida únicamente desde el periodismo. Evaluaciones de inteligencia de Estados Unidos sostienen que el cálculo de riesgo del presidente ruso habría cambiado y que estaría más dispuesto que meses atrás a autorizar provocaciones capaces de alcanzar territorio de la OTAN. Entre los escenarios aparecen ciberataques, acciones híbridas y operaciones cuya autoría pueda ser negada por el Kremlin. Según funcionarios estadounidenses citados, el objetivo podría ser precisamente comprobar la unidad de la Alianza y la disposición de la administración de Donald Trump a responder si uno de sus integrantes resulta atacado. No estaríamos entonces ante la búsqueda inmediata de otra conquista territorial, sino frente a algo posiblemente más sofisticado: un examen político de Occidente realizado mediante instrumentos militares, cibernéticos o clandestinos.
Claramente, la guerra en Ucrania tampoco ha producido para Putin la victoria rápida que probablemente imaginó cuando ordenó la invasión de febrero de 2022. Rusia continúa ocupando aproximadamente una quinta parte del territorio ucraniano, pero soporta pérdidas enormes y mantiene una economía crecientemente subordinada al esfuerzo bélico. El peso combinado de la defensa, la seguridad y los sectores vinculados a la producción militar absorbe alrededor del 45% del gasto federal ruso, una magnitud que muestra hasta qué punto el funcionamiento económico del país quedó condicionado por la guerra. En el supuesto que sefrenara abruptamente la guerra, esa producción desapareceria y tendría consecuencias industriales, fiscales, laborales y financieras de enorme dimensión. Tambien ésto es un freno a un acuerdo cercano.

Las propias evaluaciones europeas vienen detectando tensiones crecientes en ese modelo. Un informe de inteligencia distribuido entre autoridades de la Unión Europea advirtió en julio sobre el riesgo de una crisis bancaria relacionada con el peso de la economía de guerra, los créditos subsidiados, el aumento de préstamos problemáticos y el creciente endeudamiento de los hogares rusos. Un conflicto prolongado perjudica a Rusia, pero una paz sin una victoria que pueda ser presentada internamente como tal también plantea enormes dificultades al Kremlin. Putin necesita resultados que pueda exhibir.
Es allí donde aparece la hipótesis de una provocación contra Europa.
Durante más de siete décadas, el escudo psicológico más importante del continente fue el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte: un ataque armado contra un miembro debe ser considerado un ataque contra todos. Pero existe una característica que habitualmente se omite. El Artículo 5 no es un interruptor automático que declara la guerra. Cada aliado adopta las acciones que considere necesarias, que pueden incluir —o no— el uso de la fuerza militar. La propia OTAN establece además que la determinación de qué constituye un ataque armado debe hacerse caso por caso y reconoce expresamente que un ciberataque significativo o determinadas operaciones híbridas podrían alcanzar ese umbral.
Ahí está la zona gris.
Un misil ruso claramente identificado que destruyera una instalación militar polaca dejaría poco espacio para discutir la autoría. Pero supongamos otra situación.
Una central eléctrica deja de funcionar en Lituania. Una línea ferroviaria utilizada para transportar material militar hacia Ucrania es volada en Polonia. Un ataque informático paraliza durante días parte de la infraestructura de Estonia. Drones sin identificación golpean una instalación estratégica. Un cable submarino aparece destruido. Los autores son ciudadanos de terceros países contratados mediante intermediarios y los rastros conducen sólo indirectamente hacia Rusia.
Entonces comenzaría una batalla quizá tan importante como el ataque mismo.
¿Fue realmente Moscú?
¿Existe suficiente evidencia?
¿Fue un acto de guerra?
¿Se invoca el Artículo 4, que abre consultas ante una amenaza, o se cruza el umbral del Artículo 5?
¿Debe responder militarmente Estados Unidos?…algo muy cuestionado hoy.
Mientras los 32 integrantes de la Alianza discuten esas preguntas, Putin ya estaría obteniendo la respuesta que buscaba: cuánto tarda la OTAN en decidir, qué países dudan, cuáles reclaman prudencia, quién exige responder y, especialmente, qué está dispuesto a hacer Washington.
Porque hay otro factor imposible de ignorar: Donald Trump.
La relación de la actual administración estadounidense con Europa no resulta lineal. Trump ha cuestionado reiteradamente la carga económica que asume Washington dentro de la OTAN, ha reclamado un aumento sustancial del gasto militar europeo y ha realizado declaraciones que periódicamente generan dudas sobre hasta dónde llegaría el compromiso norteamericano ante una crisis.
Al mismo tiempo, Estados Unidos continúa siendo la columna vertebral militar de la Alianza y la administración Trump ha reafirmado formalmente el principio de defensa colectiva. Esa combinación de compromiso institucional y presión política sobre los socios europeos introduce precisamente una incertidumbre que Moscú estaría tentado a medir.
Putin no necesitaría demostrar que Estados Unidos abandonó la OTAN. Le bastaría con descubrir cuánto tarda Washington en decidir defenderla y bajo qué circunstancias lo haría.
Los países que más seriamente parecen tomarse esta posibilidad son justamente quienes conocen mejor la proximidad rusa. Polonia, Lituania, Letonia y Estonia reforzaron la seguridad alrededor de represas, centrales eléctricas, instalaciones de gas y otras infraestructuras críticas ante informes sobre posibles operaciones de sabotaje o falsa bandera. Una de las posibilidades evaluadas es la utilización de drones ucranianos capturados para realizar una acción que inicialmente parezca ejecutada por Kiev.
La idea resulta diabólicamente eficaz.
Un drone aparentemente ucraniano destruye una instalación en Polonia. Rusia culpa inmediatamente a Kiev. Ucrania lo niega. Los peritos necesitan estudiar restos, explosivos, sistemas de navegación y comunicaciones. Durante 24, 48 o 72 horas circulan informaciones contradictorias y los gobiernos europeos discuten qué ocurrió. Putin no necesita consultar o compartir deciciones, a lo sumo las informa. Diferencias con las democacias.
Quizás el objetivo militar destruido sea secundario.
El verdadero blanco sería la confianza dentro de la OTAN.
Ese mecanismo tiene además un antecedente conceptual conocido por los servicios de inteligencia: la negación plausible. La operación debe provocar daño suficiente para generar impacto estratégico, pero dejar suficientes interrogantes como para retrasar una atribución inequívoca y, con ella, una decisión política inmediata.
La geografía señala dónde podría desarrollarse esa prueba. Los países bálticos y Polonia constituyen el flanco más sensible, y dentro de ese espacio aparecen dos nombres fundamentales: Kaliningrado y el corredor de Suwałki.
Kaliningrado es territorio ruso enclavado entre Polonia y Lituania, frente al Báltico y separado geográficamente del resto de Rusia. Su ubicación permite a Moscú proyectar poder directamente hacia el corazón del flanco oriental de la Alianza.
El corredor de Suwałki, por su parte, es una franja de aproximadamente 65 kilómetros que comunica Polonia con Lituania y, por lo tanto, conecta territorialmente a los países bálticos con los demás integrantes de la OTAN. A un lado se encuentra Kaliningrado; al otro, Bielorrusia, el principal aliado estratégico ruso en esa región.
Durante años se analizó a Suwałki pensando en tanques, infantería y artillería. Tal vez estemos observándolo con los instrumentos de una guerra anterior.
No es imprescindible ocuparlo.
Puede bastar con interrumpir ferrocarriles, sabotear comunicaciones, introducir drones, atacar infraestructura logística, provocar incidentes fronterizos o generar una sucesión de acontecimientos cuya responsabilidad tarde en ser establecida.
Parte de este enfrentamiento, además, ya está ocurriendo.
La Unión Europea viene denunciando una campaña rusa de guerra híbrida integrada por ciberataques, sabotajes, espionaje, incendios provocados, operaciones clandestinas, interferencia política, campañas de desinformación y acciones contra infraestructura crítica. En el mar Báltico, los daños sufridos durante los últimos años por cables submarinos y conexiones energéticas llevaron a reforzar la vigilancia marítima y a considerar la infraestructura bajo el mar como una nueva línea de defensa.
La propia OTAN admite que las amenazas híbridas incluyen propaganda, engaño, sabotaje y otras tácticas no militares, y advierte que su velocidad, escala e intensidad aumentaron debido al desarrollo tecnológico y la interconexión global.
Es decir: la guerra puede comenzar mucho antes de que alguien admita que comenzó.
¿Qué ganaría Putin?
En primer lugar, descubrir los límites de Occidente.
Realiza una acción y observa.
No existe respuesta.
Avanza un poco.
Produce otra provocación.
Vuelve a observar.
Cada episodio aislado puede parecer insuficiente para iniciar una confrontación entre potencias nucleares. Pero la acumulación de pequeños hechos consumados puede modificar el equilibrio estratégico hasta que aquello que hubiera resultado intolerable cinco años antes comience a aceptarse como una nueva normalidad.
Esta estrategia tiene además antecedentes en el comportamiento ruso. La anexión de Crimea en 2014 comenzó mediante soldados sin insignias oficiales, aquellos famosos “hombrecitos verdes” cuya pertenencia Rusia inicialmente negó. Cuando Occidente consiguió terminar de comprender qué estaba ocurriendo, los principales hechos sobre el terreno ya estaban consumados.
Una eventual prueba sobre territorio de la OTAN no tendría necesariamente la misma forma, pero podría compartir el principio: crear primero la realidad y obligar después al adversario a decidir qué está dispuesto a hacer para revertirla.
En segundo lugar, Putin podría intentar (¿o continuar?) separar a Estados Unidos de Europa.
La pregunta verdaderamente estratégica no es si Estonia defendería a Lituania o si Polonia respondería ante un ataque ruso. Es otra:
¿Estados Unidos arriesgaría una confrontación directa con una potencia nuclear por una operación limitada y deliberadamente confusa contra un pequeño país europeo?
La fortaleza de una alianza militar no se mide exclusivamente por el número de soldados, aviones, portaaviones o misiles.
Se mide por algo intangible pero mucho más decisivo: la convicción del adversario de que esas armas serán utilizadas cuando llegue el momento.
Y aquí aparece justamente la diferencia fundamental entre los artículos 4 y 5.
El Artículo 4 habilita consultas cuando un miembro entiende que su integridad territorial, independencia política o seguridad están amenazadas.
El Artículo 5 plantea la defensa colectiva frente a un ataque armado.
Una operación rusa cuidadosamente diseñada podría buscar instalarse exactamente en el espacio comprendido entre ambos.
Suficientemente grave para generar miedo y demostrar vulnerabilidad.
Pero suficientemente ambigua como para provocar dudas sobre cómo responder.
Algunos aliados reclamarían prudencia.
Otros exigirían una reacción inmediata.
Y durante esa discusión, Moscú estaría confeccionando un mapa político completo de la Alianza.
Por eso debemos evitar dos errores.
No existe hoy evidencia suficiente para afirmar que Putin ya haya decidido atacar a la OTAN.
Pero tampoco deberíamos tranquilizarnos suponiendo que, como una invasión convencional resultaría demasiado peligrosa para Moscú, Europa está a salvo.
Cuando Rusia decidió invadir Ucrania, muchos gobiernos occidentales también consideraban que semejante decisión resultaba demasiado costosa y estratégicamente irracional. Ocurrió igualmente.
La guerra contemporánea permite atacar sin declarar la guerra.
Mediante hackers.
Drones.
Saboteadores.
Explosivos.
Mercenarios.
Agentes reclutados en terceros países.
Operaciones de falsa bandera.
Ataques contra cables submarinos.
Interferencias electrónicas.
Desinformación destinada a paralizar políticamente la respuesta.
A eso debe agregarse un contexto internacional en el que Rusia e Irán, aunque defienden intereses propios y no conforman una alianza militar equivalente a la OTAN, profundizaron notablemente su cooperación estratégica, tecnológica y militar y mantienen una confrontación cada vez más intensa con Estados Unidos y buena parte de Occidente. La guerra en Irán le es muy util a Putin.
Europa debe contemplar, por lo tanto, que la amenaza futura no necesariamente se presentará bajo las categorías tradicionales de una guerra entre Estados.
Durante la Guerra Fría, el escenario era brutal pero comprensible: todos sabían qué significaba que un tanque soviético atravesara una frontera occidental.
Ahora podría no haber tanques.
El próximo gran desafío contra Europa puede llegar en un drone sin identificación, dentro de un contenedor, mediante un virus informático, debajo del mar o ejecutado por una persona cuya nacionalidad nada tenga que ver con quien diseñó la operación.
Y entonces Vladimir Putin no estaría preguntando cuántos aviones, soldados o misiles posee la OTAN.
Estaría planteando una pregunta mucho más peligrosa:
¿El Artículo 5 continúa siendo una garantía política real o se transformó simplemente en una frase escrita en un tratado firmado hace más de 75 años?
Si Moscú alguna vez consigue demostrar que Occidente duda cuando uno de sus miembros es atacado, Putin podría obtener una victoria estratégica extraordinaria sin necesidad de conquistar un solo kilómetro de territorio europeo.
Fuentes consultadas: OTAN; evaluaciones de inteligencia estadounidense; documentación presupuestaria y económica rusa; informes de inteligencia europeos; antecedentes de operaciones híbridas atribuidas a Rusia y documentación sobre infraestructura crítica del flanco oriental de la Alianza.




