Un decreto firmado por Vladimir Putin permite al Estado asumir sin intervención judicial la administración de empresas privadas consideradas críticas si se juzga que no protegieron adecuadamente sus instalaciones de ataques con drones o demoraron su reparación. Abogados y empresarios rusos lo describen como una posible “nacionalización híbrida”. La medida llega mientras Ucrania multiplica sus golpes contra refinerías, Rusia vuelve a sufrir escasez de combustibles, el crecimiento proyectado para 2026 se derrumba y un informe de inteligencia europeo advierte sobre riesgos crecientes dentro del sistema bancario.
Moscú – 26 de agosto de 2026 – Total News Agency – TNA – El presidente Vladimir Putin acaba de dotar al Kremlin de una herramienta extraordinaria para intervenir empresas privadas bajo argumentos de seguridad nacional: el Estado ruso podrá asumir temporalmente el control de sus bienes, participaciones accionarias y derechos patrimoniales si considera que sus propietarios no protegieron suficientemente instalaciones estratégicas de ataques ucranianos o demoraron su reconstrucción después de ser alcanzadas.
El Decreto Presidencial 604, firmado el 24 de agosto y publicado oficialmente este miércoles, entró inmediatamente en vigor y alcanza sectores tan amplios como combustibles, energía —incluidas instalaciones nucleares—, industria, comunicaciones, servicios públicos, transporte y logística, además de cualquier activo considerado de “particular importancia” para la seguridad, la estabilidad económica o el abastecimiento de la población rusa. La norma permite colocar esos bienes bajo administración temporal mediante una decisión del Gobierno adoptada por instrucción presidencial.
El instrumento introduce un cambio particularmente sensible para la propiedad privada rusa. No exige previamente una sentencia judicial y permite intervenir no solamente instalaciones físicas, sino también acciones, participaciones societarias y derechos patrimoniales. La administración quedará normalmente en manos de la Agencia Federal de Gestión de la Propiedad Estatal, salvo que el Gobierno designe a otro administrador por instrucciones del propio Putin.
El decreto establece como causales la falta o demora en adoptar medidas de seguridad, el incumplimiento de requisitos establecidos por las autoridades, la adopción de defensas consideradas “ineficaces” contra drones y hasta la demora en reconstruir instalaciones dañadas. El problema señalado por abogados y empresarios es que la norma deja un margen extraordinariamente amplio para determinar cuándo una empresa hizo lo suficiente y quién establece que sus precauciones resultaron insuficientes.
En sectores empresarios rusos comenzó a circular inmediatamente una definición inquietante: “nacionalización híbrida”.
El analista político ruso Abbas Gallyamov, antiguo redactor de discursos de Putin, describió el mecanismo en términos particularmente gráficos: una empresa puede ser bombardeada y después perder su control porque el Estado determine que no se defendió correctamente. Un representante de uno de los mayores conglomerados agroindustriales rusos expresó a Forbes Rusia un temor similar y sostuvo que la medida podría convertirse en una herramienta para apropiarse de grandes activos bajo la acusación de incumplimiento de normas de seguridad.
El abogado Sergei Uchitel advirtió además que el carácter “temporal” de una intervención no necesariamente garantiza que los dueños recuperen posteriormente el manejo efectivo. Una administración externa puede impedirles definir la estrategia de la compañía y terminar conduciendo a ventas realizadas en condiciones que difícilmente puedan considerarse voluntarias.
El viceprimer ministro primero Denis Manturov salió rápidamente a contener el temor empresarial. Aseguró que la norma “no se trata de una nacionalización” ni modifica formalmente la propiedad y afirmó que será utilizada selectivamente mediante decisiones tomadas “al más alto nivel”. La explicación oficial sostiene que el Estado solamente ingresará a la administración cuando los propietarios no adopten medidas suficientes para proteger instalaciones y trabajadores. Pero precisamente esa aclaración expone otra característica del sistema: la decisión queda concentrada en la cúspide del poder político.
La semejanza histórica con las nacionalizaciones impulsadas por el ex dictador venezolano Hugo Chávez no reside en que ambos mecanismos sean jurídicamente idénticos. Chávez utilizó leyes, decretos y adquisiciones forzosas para transferir directamente al Estado sectores completos de la economía. Putin introduce ahora una administración “temporal” basada en razones de seguridad. El punto común aparece en otra parte: la expansión del poder presidencial para desplazar propietarios privados de compañías consideradas estratégicas mediante causales suficientemente amplias como para dejar al Ejecutivo un enorme margen discrecional.
Durante el gobierno de Chávez, Venezuela comenzó en 2007 una ofensiva explícita para nacionalizar sectores considerados estratégicos. Petróleo, electricidad, telecomunicaciones, siderurgia, cemento, bancos, alimentos, agricultura, transporte y otras actividades fueron progresivamente incorporados al control estatal. Documentos del Departamento de Estado estadounidense contabilizaron solamente durante 2010 al menos 234 empresas y 301 propiedades expropiadas, después de 138 compañías intervenidas el año anterior. El paralelismo cobra fuerza porque Putin tampoco comienza desde cero.
Desde la invasión de Ucrania en 2022, el Estado ruso amplió significativamente su participación económica, tomó bajo administración temporal activos de empresas extranjeras y promovió transferencias de compañías cuyos propietarios quedaron atrapados entre las sanciones occidentales y las exigencias del Kremlin. Numerosas empresas rusas y extranjeras terminaron vendiendo activos con fuertes descuentos para evitar congelamientos o posibles confiscaciones. Ahora la herramienta puede alcanzar directamente a propietarios rusos.
La explicación inmediata se encuentra en la guerra de drones que Ucrania consiguió trasladar cada vez más profundamente hacia territorio enemigo. Durante los primeros seis meses de 2026, drones ucranianos alcanzaron exitosamente refinerías rusas al menos 194 veces, once veces más que durante el mismo período de 2025, según cálculos del Financial Times recogidos esta semana. Los ataques dejaron de afectar únicamente infraestructura energética: depósitos de Wildberries fueron golpeados 21 veces desde mediados de julio y Ozon, su principal competidor, sufrió ataques contra seis instalaciones logísticas en apenas tres días. El daño sobre las refinerías ya comenzó a producir consecuencias visibles para la población rusa.
En Moscú reaparecieron durante agosto largas colas en estaciones de servicio, algunas de hasta un kilómetro, y las principales petroleras establecieron límites de compra. Gazprom Neft, Rosneft, Lukoil y Tatneft aplicaron distintas restricciones mientras el Gobierno prohibió exportaciones de combustibles y comenzó incluso a importar productos refinados para compensar la falta de oferta interna, algo extraordinario para una de las mayores potencias petroleras del mundo.
La crisis todavía no fue resuelta. Rusia se prepara ahora para prolongar durante septiembre la prohibición de exportar diésel y evalúa extenderla incluso hasta fin de año, mientras varias refinerías continúan fuera de servicio después de sucesivos ataques. Las exportaciones de nafta permanecerán restringidas hasta enero de 2027 y las de combustible de aviación hasta noviembre.
Tres días antes del decreto, el viceprimer ministro Alexander Novak ordenó a las compañías petroleras revisar sus cronogramas de mantenimiento precisamente para impedir que la escasez se agravara. Esa secuencia permite interpretar la nueva norma desde dos ángulos que no necesariamente se excluyen.
El primero es estrictamente militar: Rusia posee un territorio gigantesco y sus sistemas de defensa aérea no pueden cubrir simultáneamente miles de instalaciones industriales. El Kremlin intenta trasladar parte del costo de protección hacia los propietarios privados y obligarlos a invertir en defensas antidrones, reconstrucciones y medidas de seguridad.
El segundo es económico: el Estado necesita mantener funcionando activos esenciales mientras dispone de recursos crecientemente condicionados por una guerra que ya transita su quinto año.
Incluso Associated Press observó que la medida aparece como otro indicio de las presiones que la guerra está ejerciendo sobre la economía rusa. Putin enfrenta gastos militares extraordinarios, mayores impuestos, creciente endeudamiento estatal y ahora una infraestructura industrial que debe repararse repetidamente después de los ataques ucranianos. Las cifras macroeconómicas empiezan a mostrar ese deterioro.
El Ministerio de Economía ruso redujo su previsión de crecimiento del PBI para 2026 del 1,3% a apenas 0,4%, mientras para 2027 recortó la expectativa desde 2,8% hasta 1,4%. El fuerte gasto militar continúa sosteniendo actividad, empleo y producción industrial vinculada a la defensa, pero al mismo tiempo desplaza recursos, genera inflación y obliga al sistema financiero a mantener créditos subsidiados hacia sectores considerados prioritarios.
Un informe de inteligencia elaborado para gobiernos de la Unión Europea fue todavía más preocupante y advirtió en julio sobre el riesgo de una crisis bancaria “explosiva”. Según esa evaluación, aproximadamente 10% de los préstamos corporativos rusos podrían encontrarse ya en una categoría dudosa, mientras algunos grandes bancos registraron hasta 15% de créditos minoristas problemáticos. Más de 500.000 ciudadanos rusos se declararon en bancarrota durante 2025, alrededor de un tercio más que un año antes.
El efectivo que los rusos mantienen fuera de los bancos aumentó además más de 17% interanual, hasta superar los 19 billones de rublos, unos US$243.000 millones, una señal compatible con una creciente búsqueda de liquidez fuera del sistema financiero. El Banco Central de Rusia rechaza que exista una crisis inmediata y sostiene que las entidades conservan niveles adecuados de capital, mientras economistas especializados describen una economía estancada pero todavía sostenida por el dominio estatal y el gasto bélico.
El segundo banco del país, VTB, anunció entretanto que aumentará sus reservas frente al riesgo de mayores pérdidas crediticias y reconoció que los elevados precios internos del combustible están alimentando nuevamente presiones inflacionarias. Las altas tasas de interés golpean especialmente a empresas que acumularon préstamos con tasas variables para sostener inversiones y producción. Es aquí donde el decreto de Putin adquiere una dimensión que excede ampliamente a los drones.
Una compañía petrolera cuya refinería es atacada repetidamente enfrenta un dilema económico elemental: invertir miles de millones para reconstruir una instalación que puede volver a ser bombardeada pocos días después o reducir gastos y esperar mejores condiciones. El Kremlin acaba de eliminar buena parte de esa opción y si el empresario no reconstruye con la velocidad que el Estado considere necesaria, puede perder el control de su empresa.
Gallyamov resumió esa lógica como un ultimátum: si los propietarios no financian la restauración de las refinerías, el Estado puede quedarse con su administración.
Pero la amplitud del decreto permite ir mucho más allá del petróleo. La referencia a cualquier infraestructura indispensable para la “estabilidad económica” y el “sustento de la población” abre la puerta a industrias, transportistas, operadores logísticos, empresas tecnológicas y grandes distribuidores. Eso explica el nerviosismo empresarial.
La historia económica rusa demuestra que la frontera entre intervención estatal temporal y transferencia definitiva de activos puede volverse extraordinariamente difusa cuando el Kremlin considera que existe un interés estratégico superior.
La comparación con Chávez aparece entonces menos como una equivalencia ideológica que como una advertencia sobre el método. El venezolano comenzó justificando nacionalizaciones por soberanía económica, interés público, abastecimiento o incumplimientos empresariales y terminó colocando amplios sectores productivos bajo el control directo del Estado. Putin utiliza ahora la seguridad en tiempos de guerra como puerta jurídica para intervenir compañías privadas.
Existe, sin embargo, una diferencia decisiva: Rusia no está implementando esta política durante un ciclo de abundancia petrolera, sino cuando los costos del conflicto aumentan, el crecimiento se aproxima al estancamiento, las refinerías son golpeadas repetidamente, reaparecen faltantes de combustibles y el sistema bancario muestra tensiones crecientes.
Por eso, detrás del argumento oficial de protección contra drones comienza a aparecer otra pregunta: si Putin está creando simplemente una herramienta excepcional para preservar infraestructura estratégica o si el Kremlin prepara un nuevo ciclo de concentración estatal de activos para administrar una economía que empieza a sentir cada vez con mayor fuerza el costo acumulado de la guerra.
El verdadero alcance podrá comenzar a medirse cuando se conozca la primera empresa sometida al Decreto 604. Allí se sabrá si Moscú pretendía simplemente obligar a los empresarios a financiar su propia defensa o si la palabra “temporal” se convierte en el mecanismo mediante el cual el Estado ruso comienza a apropiarse del control efectivo de compañías privadas bajo la excepcionalidad permanente de la guerra.
Fuentes consultadas: Decreto Presidencial ruso 604/2026; Rossiyskaya Gazeta; Reuters; Associated Press; Euronews; Financial Times; Banco Central de Rusia; informes de inteligencia europeos sobre el sistema bancario ruso; Departamento de Estado de Estados Unidos y antecedentes históricos sobre las nacionalizaciones realizadas durante el gobierno de Hugo Chávez.




