El orden internacional no parece encaminado a sustituir una hegemonía por otra. China obliga a competir, Rusia a disuadir e India a negociar. Mientras los BRICS amplían su peso político y económico, emerge un sistema en el que varias potencias buscan participar en la definición de las reglas sin quedar subordinadas a un único centro de poder.
Por Sandra Mossayebeh
Durante buena parte de las últimas tres décadas, la discusión sobre el futuro del poder mundial se organizó alrededor de una pregunta aparentemente inevitable. Qué país reemplazaría a Estados Unidos. China parecía reunir las condiciones para convertirse en la respuesta. Su crecimiento económico, expansión industrial, desarrollo tecnológico y fortalecimiento militar ofrecían la imagen de una potencia preparada para disputar la cúspide del sistema. Sin embargo, esa interpretación comienza a resultar insuficiente. El cambio que atraviesa el orden internacional puede ser más profundo que una simple sustitución de hegemonías. El mundo no necesariamente está pasando de Washington a Pekín. Está pasando de un centro predominante a varios centros capaces de condicionarse entre sí.
La expansión de los BRICS debe interpretarse dentro de esa transformación. El grupo nacido alrededor de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica dejó de ser solamente un mecanismo de coordinación entre grandes economías emergentes. Su ampliación, el fortalecimiento de instrumentos financieros propios y la insistencia en reformar las instituciones internacionales expresan una aspiración política más amplia. Una parte creciente del mundo pretende participar en la elaboración de las reglas y no limitarse a adaptarse a ellas.

La cumbre celebrada en Nueva Delhi en septiembre de 2026 volvió a demostrarlo. Los BRICS reclamaron una mayor representación de los países emergentes en Naciones Unidas y en las instituciones financieras internacionales, cuestionaron determinadas sanciones económicas unilaterales y continuaron estudiando mecanismos para facilitar pagos transfronterizos y operaciones en monedas nacionales. Nada de esto permite afirmar que exista un sistema financiero alternativo plenamente desarrollado. Tampoco significa que el dólar esté próximo a perder su posición central. Lo relevante es que comienza a ampliarse el número de opciones disponibles.
Para Estados Unidos, el desafío adquiere características diferentes según la potencia que tenga enfrente. China obliga a competir. Rusia obliga a disuadir. India obliga a negociar. Esa distinción permite comprender mejor el sistema emergente que una división simplificada entre Occidente y los BRICS.
China constituye el desafío más completo. No porque pueda desplazar inmediatamente a Estados Unidos, sino porque combina escala económica, capacidad industrial, desarrollo tecnológico, poder militar y proyección comercial suficientes para competir simultáneamente en múltiples dimensiones. Washington puede restringir el acceso chino a determinadas tecnologías, reforzar sus alianzas en Asia y reorganizar cadenas de suministro consideradas estratégicas, pero tampoco puede tratar a China como una economía susceptible de ser simplemente aislada.
La relación entre Donald Trump y Xi Jinping durante 2026 refleja esa paradoja. Washington y Pekín continúan compitiendo por tecnología, minerales críticos, capacidad industrial, comercio e influencia en el Indo-Pacífico, mientras ambos gobiernos han debido mantener negociaciones económicas y crear mecanismos para administrar una relación cuya ruptura tendría consecuencias globales. Estados Unidos necesita limitar determinadas capacidades estratégicas chinas sin desconocer el peso de una economía profundamente integrada al comercio mundial.
Rusia plantea un problema diferente. No posee la dimensión económica necesaria para disputar a Estados Unidos el liderazgo global ni la capacidad industrial de China, pero conserva poder nuclear, recursos energéticos, capacidad militar y voluntad de utilizar la fuerza para modificar su entorno estratégico. La guerra en Ucrania demostró que la diferencia de tamaño económico no elimina la posibilidad de alterar profundamente el cálculo de seguridad de Estados Unidos y Europa.
Moscú no necesita superar a Washington para reducir su libertad de acción. Le alcanza con obligarlo a mantener atención y recursos vinculados a la seguridad europea mientras aumenta simultáneamente la competencia con China en Asia. El acercamiento entre Moscú y Pekín profundiza esa dificultad. No constituye una alianza idéntica a las estructuras occidentales y persisten diferencias entre ambos países, pero su coordinación económica, política y militar ha aumentado. Para Estados Unidos, el problema no es solamente la capacidad de cada rival por separado, sino el costo de responder a ambos en escenarios diferentes.
India introduce una variable mucho más compleja porque no es un adversario estadounidense. Tampoco es un aliado dispuesto a subordinar su política exterior a Washington. Precisamente por eso puede convertirse en uno de los actores decisivos del nuevo equilibrio.
Nueva Delhi mantiene una relación estratégica y económica relevante con Estados Unidos. En 2026 ambos gobiernos avanzaron en un nuevo marco comercial y profundizaron la cooperación en tecnología, inversiones y cadenas de suministro. Washington necesita a India como contrapeso al crecimiento del poder chino en Asia. India, a su vez, encuentra en Estados Unidos mercados, tecnología, capital y una asociación útil para evitar una excesiva concentración del poder regional en manos de Pekín.
Esa convergencia, sin embargo, no ha eliminado la histórica búsqueda india de autonomía estratégica. Nueva Delhi participa en los BRICS junto con China y Rusia, preserva su relación con Moscú y mantiene un proceso prudente de recomposición con Pekín después de años de fuertes tensiones. Al mismo tiempo, las diferencias fronterizas y la competencia estratégica con China continúan limitando cualquier posibilidad de alineamiento pleno entre las dos mayores potencias asiáticas.
Lo que puede parecer una contradicción constituye en realidad el centro de la estrategia india. India no quiere tener que elegir de manera definitiva entre Estados Unidos, China y Rusia porque su margen de maniobra aumenta mientras pueda relacionarse con los tres. Puede cooperar con Washington en tecnología y seguridad, mantener vínculos históricos con Moscú, compartir instituciones con Pekín y simultáneamente competir con China por influencia regional.
Por eso India puede resultar más determinante para la configuración del próximo orden mundial de lo que indica su posición actual. No porque pretenda confrontar con Estados Unidos, sino porque representa una conducta que muchas potencias emergentes pueden considerar atractiva. Cooperar con distintos centros de poder sin subordinarse completamente a ninguno.
Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Brasil y otras potencias medias muestran, con diferencias importantes entre ellas, una lógica semejante. Mantienen relaciones con Washington mientras amplían sus vínculos económicos y diplomáticos con China, India y otros actores. La multipolaridad puede avanzar menos mediante la construcción de bloques rígidos que mediante la proliferación de países decididos a conservar varias opciones simultáneamente.
Esta realidad explica por qué sería incorrecto imaginar una alianza entre China, Rusia e India destinada a reemplazar a Estados Unidos. Sus intereses no coinciden plenamente. India no desea una Asia dominada por China. Rusia necesita crecientemente a Pekín, pero intenta conservar su propia autonomía. China comparte con Moscú el cuestionamiento de determinados aspectos del predominio occidental, aunque sus capacidades y objetivos no sean idénticos.
El verdadero desafío para Washington sería otro. Que China aporte una masa económica e industrial capaz de reducir ciertas dependencias de Occidente, Rusia conserve suficiente capacidad militar y estratégica para desafiar sus límites e India otorgue legitimidad a una concepción de la orden basada en la autonomía de las potencias emergentes sin que eso implique incorporarse a un frente antiestadounidense.
Los BRICS adquieren importancia precisamente allí. No necesitan convertirse en una alianza militar ni alcanzar posiciones idénticas sobre cada conflicto para producir efectos sobre el sistema. Su relevancia puede encontrarse en la creación gradual de espacios diplomáticos, instrumentos financieros y mecanismos de cooperación que amplíen las alternativas disponibles para sus miembros.
El debate monetario es un buen ejemplo. La creación de una moneda común de los BRICS continúa siendo una posibilidad remota y enfrenta enormes obstáculos políticos y económicos. Nueva Delhi tampoco la presenta como un objetivo inmediato. Lo que sí existe es una discusión concreta sobre el uso de monedas nacionales y sobre sistemas de pagos transfronterizos más eficientes.
Eso no equivale a una desdolarización acelerada. El dólar representaba algo más del 57 por ciento de las reservas oficiales internacionales durante el primer trimestre de 2026 y continúa dominando numerosas operaciones financieras mundiales. Su reemplazo no aparece cercano. La transformación sería mucho más gradual y consistiría en que determinadas operaciones puedan realizarse sin recurrir necesariamente al dólar, reduciendo dependencia sin eliminar su centralidad.
Estados Unidos conserva además ventajas extraordinarias. Mantiene una capacidad militar global, mercados financieros de enorme profundidad, liderazgo tecnológico, universidades, empresas innovadoras y una red de alianzas que China y Rusia no han conseguido reproducir. Presentarlo como una potencia en retirada sería confundir redistribución del poder con desaparición del poder.
Lo que está cambiando es la capacidad de Washington para convertir esas ventajas en reglas aceptadas automáticamente por el resto.
China puede obligarlo a competir. Rusia puede elevar el costo de la disuasión. India puede negarse a elegir un campo. Otras potencias pueden aprovechar esa competencia para aumentar su autonomía. La batalla por el nuevo orden mundial, por lo tanto, probablemente no se decidirá solamente entre Washington y Pekín. Puede depender de la capacidad de India y de otras grandes potencias emergentes para evitar tener que elegir entre ambos.
Durante años se buscó al país destinado a reemplazar a Estados Unidos. Tal vez ésa nunca haya sido la pregunta correcta. El principal problema de Washington no es que esté apareciendo otra superpotencia capaz de ocupar su lugar. Es que están apareciendo suficientes potencias capaces de impedir que vuelva a decidir solo.
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