Por Daniel Romero
El video podría pasar por una picaresca de redes sociales si no fuera por el momento, la protagonista y, sobre todo, la canción elegida. Patricia Bullrich apareció en su despacho del Senado escuchando “No me importa”, de Lali Espósito, apenas después de advertir al Gobierno “a mí no me tomen por tonta” por los cambios introducidos en el Presupuesto 2027 sin que ella, presidenta del bloque de La Libertad Avanza e integrante de la mesa política oficialista, estuviera informada. Bullrich asegura pertenencia y acompaña el proyecto de Javier Milei, pero comienza a establecer un límite que otros dentro del oficialismo difícilmente se atreverían a plantear: integración no significa subordinación. Y eso adquiere una dimensión mayor cuando su nombre aparece cada vez con más insistencia entre las alternativas para acompañar a Milei como candidata a vicepresidente en 2027.
Buenos Aires – 18 Septiembre 2026 – Total News Agency – TNA- Patricia Bullrich sabe perfectamente qué significa colocar una canción de Lali Espósito en un video político. También sabe quién es Lali para Javier Milei, conoce la larga confrontación que el Presidente mantuvo con la cantante y comprende que elegir precisamente “No me importa”, después de una semana en la que decidió cuestionar públicamente decisiones del Gobierno, inevitablemente produciría interpretaciones.
Por eso resulta demasiado sencillo aceptar sin más la explicación que salió de su entorno: que la intención fue solamente mostrar a Bullrich activa y aprovechar el estilo de la canción para llamar la atención.
Claro que buscó llamar la atención. La pregunta que debería interesar es sobre qué quería llamar la atención.
El video dura poco más de un minuto y está cuidadosamente construido. Bullrich entra a su despacho, se sienta, abre la tablet, busca la canción, toma café, firma documentos y acompaña la música. No parece el registro casual de alguien escuchando una canción que le gusta sino una pieza producida para redes sociales, grabada además el jueves después de la sesión en la que el Senado aprobó modificaciones al régimen de Inocencia Fiscal.
El contexto termina de darle significado. Horas antes, Bullrich había descubierto que el proyecto de Presupuesto 2027 enviado por el Gobierno incluía modificaciones sobre la ley de emergencia en Discapacidad que ella desconocía, pese a haber participado el día anterior de una reunión de casi tres horas de la mesa política encabezada por Karina Milei.
Su reacción fue inhabitualmente explícita para alguien que ocupa uno de los lugares centrales del dispositivo oficialista: “A mí no me tomen por tonta”.
No fue una frase perdida durante una entrevista. Bullrich explicó que una jefa de bloque que desconoce aquello que el propio Gobierno enviará al Congreso queda colocada frente a sus interlocutores en una situación políticamente imposible: o parece que no sabe qué está negociando o parece que está engañando a quienes negocian con ella.
Después fue todavía más lejos y describió la aparición de los cambios como una “bomba atómica”, y señaló hacia Economía.
“El Presupuesto viene de Economía”, recordó al referirse al ministerio de Luis Caputo, mientras reclamaba que cuestiones de semejante importancia fueran discutidas previamente en la mesa política.
La elección de Lali difícilmente podría haber sido más sugestiva. La cantante fue durante años uno de los blancos culturales predilectos de Milei, que llegó a bautizarla despectivamente “Lali Depósito” al cuestionar contrataciones artísticas financiadas por gobiernos provinciales y municipales.
Bullrich no eligió cualquier canción de Lali. Eligió “No me importa”, una composición construida alrededor de la autonomía personal, la resistencia frente a quienes pretenden condicionar y la decisión de continuar siendo quien uno quiere ser.
No hace falta transformar cada verso en una declaración partidaria para advertir la potencia política de la puesta en escena. Bullrich podría haber elegido miles de canciones, pero eligió esa. Y la eligió ahora.
La interpretación más interesante quizá no sea que Patricia Bullrich esté rompiendo con Milei. No existen elementos para sostener semejante conclusión y ella continúa encabezando el bloque libertario en el Senado, participa de la mesa política y defiende buena parte del programa gubernamental.
El mensaje parece bastante más sofisticado: Bullrich está dentro, pero no está dispuesta a desaparecer dentro de La Libertad Avanza. Esa diferencia puede resultar decisiva hacia 2027.
El oficialismo está poblado de dirigentes cuyo poder deriva fundamentalmente de su proximidad con Javier Milei o Karina Milei. Su capital político depende del Presidente, de la secretaria general o de la estructura libertaria. Bullrich constituye una excepción importante porque llegó al mileísmo con una historia política, una estructura, conocimiento público y votos anteriores a Milei.
Fue ministra de Trabajo, ministra de Seguridad en dos administraciones, presidenta del PRO, candidata presidencial de Juntos por el Cambio en 2023 y obtuvo entonces más de seis millones de votos. Después de quedar tercera, respaldó a Milei frente a Sergio Massa, se incorporó al nuevo Gobierno y terminó transformándose en una de las principales figuras políticas del oficialismo.
El Gobierno se llenó, además, de una suerte de “orilleros” de la política, tomando prestada aquella geografía humana que Jorge Luis Borges convirtió en parte de su Buenos Aires literario: personajes instalados durante años en los bordes, en las orillas, sin terminar de pertenecer al centro. Algunos de los actuales integrantes del organigrama oficial habían transitado previamente por otros partidos, segundas líneas, asesorías o espacios periféricos y encontraron en la irrupción de La Libertad Avanza una vía inesperadamente rápida hacia cargos para los cuales, en algunos casos, exhibían escasa o nula experiencia política o de gestión. Son los nuevos habitantes del centro después de haber orillado durante años la política desde estructuras ajenas. Bullrich representa exactamente lo contrario: puede discutirse cada estación de su extensa trayectoria, pero no su recorrido. Fue diputada, ministra de Trabajo, dos veces ministra de Seguridad, presidenta del PRO, candidata presidencial y obtuvo más de seis millones de votos en 2023. No llegó al poder subida a la ola de Milei ni necesita de los hermanos Javier y Karina Milei para justificar una biografía política construida durante décadas. Mientras muchos dentro del oficialismo deben buena parte de su presente al lugar que les concedió el mileísmo, Bullrich llegó al mileísmo con pasado, votos, nombre y poder propios; y ésa es precisamente la diferencia que le permite hacer algo que para otros resultaría mucho más costoso: discutir.
No nació políticamente en La Libertad Avanza, y ésa es precisamente la diferencia.
Bullrich tiene algo que escasea entre buena parte de quienes rodean actualmente al Presidente: puede discutir porque posee capital político propio.
No necesita construir cada intervención alrededor del “sí, Javi” o el “sí, Karina”. Puede acompañar una política y cuestionar otra; defender al Gobierno y reclamar simultáneamente que no la utilicen para negociar en el Congreso decisiones que ella misma desconoce.
Esa autonomía representa un activo para Milei, pero también un problema.
En el Gobierno circula desde hace meses el nombre de Bullrich como posible compañera de fórmula presidencial para 2027. No existe una candidatura oficializada y Milei ha dicho que mantiene distintas opciones abiertas, pero distintas fuentes oficialistas la ubican entre las alternativas con mayor peso.
La hipótesis tiene lógica electoral.
Bullrich puede aportar una porción del electorado que provino de Juntos por el Cambio, posee conocimiento nacional, experiencia de gestión y un nivel de instalación que no necesitan construir otros posibles candidatos a vicepresidente. Incluso sondeos difundidos durante 2026 probaron fórmulas Milei-Bullrich y mostraron que su nombre conserva capacidad electoral propia.
Pero justamente allí aparece la paradoja.
Si la experiencia con Victoria Villarruel dejó una enseñanza en la Casa Rosada, es que Milei y especialmente su círculo más cercano difícilmente quieran volver a convivir con un vicepresidente que construya poder autónomo.
Villarruel pasó de integrar la fórmula presidencial de 2023 a ser expulsada del dispositivo político oficialista. La ruptura con Milei terminó siendo pública y el Gobierno comenzó a considerar para 2027 perfiles caracterizados, entre otras cosas, por una alineación mucho más estrecha con el Presidente.
Bullrich no parece pertenecer naturalmente a esa categoría. Más aún: ella misma declaró recientemente que después de una eventual reelección de Milei quiere ser presidenta.
Ese dato modifica todo.
Una Bullrich vicepresidente no necesariamente sería una figura destinada a esperar cuatro años detrás del Presidente. Podría convertirse, desde el primer día de un eventual segundo mandato, en una dirigente con expectativas sucesorias para 2031.
Y un vicepresidente con proyecto propio siempre constituye una pieza incómoda en cualquier sistema presidencialista. Mucho más dentro de una estructura política extremadamente verticalizada alrededor de dos hermanos y sobre todo si el Presidente suele refugiarse durante dias en la Quinta de Olivos y según algunos, bajo un “stress” incontrolable..
De allí surge una hipótesis que merece ser considerada sin convertirla en hecho: la vicepresidencia podría funcionar simultáneamente como reconocimiento y mecanismo de contención.
Ofrecerle a Bullrich integrar la fórmula permitiría incorporar su capital electoral, mantener dentro del oficialismo a una dirigente con capacidad para expresar diferencias y evitar que ese espacio político autónomo se transforme eventualmente en una corriente crítica por fuera de La Libertad Avanza.
Pero Bullrich también conoce el precedente Villarruel. Sabe que la vicepresidencia argentina tiene escasas herramientas ejecutivas propias y que su función constitucional central se encuentra en la presidencia del Senado. Sabe además que estar en una fórmula presidencial no garantiza participar de las decisiones reales del Gobierno.
Por eso su dilema no es solamente electoral, la pregunta es qué poder efectivo tendría.
El episodio del Presupuesto ofreció una pequeña demostración del problema. Bullrich está sentada en la mesa política del Gobierno, preside el bloque oficialista del Senado y debe conseguir votos para aprobar proyectos enviados por el Ejecutivo. Sin embargo, una modificación políticamente sensible llegó al Congreso sin que ella supiera que había sido incorporada.
Eso explica mejor su enojo que cualquier disputa ideológica.
**No reclamó necesariamente cambiar la política; reclamó que no pretendan que la defienda sin siquiera informársela. **Y después puso “No me importa”.
Milei comprendió rápidamente el riesgo de sobreactuar la confrontación. Este viernes decidió quitarle combustible al episodio y sorprendió al afirmar que no veía ningún problema en que Bullrich escuchara a Lali. Incluso sostuvo que era una “tontería mayúscula” politizar el arte y reveló que, después de las polémicas con la cantante, escuchó algunos de sus temas y le gustaron.
La respuesta presidencial fue políticamente inteligente: convertir la provocación en una discusión musical impedía transformar el video en una rebelión. Pero no elimina aquello que ocurrió antes de la canción.
Bullrich cuestionó públicamente el funcionamiento de la mesa política, admitió que desconocía una decisión importante, señaló al Ministerio de Economía y advirtió que no aceptará quedar expuesta ante el Congreso defendiendo modificaciones que nadie le comunicó.
El video puede ser leído entonces menos como una ruptura que como una delimitación territorial.
Bullrich continúa dentro de La Libertad Avanza, pero parece decidida a recordar que conserva identidad propia. No necesita abandonar el oficialismo para demostrarlo. Le alcanza con marcar diferencias en determinados asuntos, sostener posiciones propias y obligar a la Casa Rosada a negociar con ella de una manera diferente a la utilizada con dirigentes cuya supervivencia política depende enteramente de los Milei.
Esa característica explica al mismo tiempo por qué podría ser atractiva como vicepresidente y por qué podría resultar incómoda.
La Casa Rosada necesita una compañera de fórmula capaz de sumar votos, ampliar el oficialismo y ayudar a garantizar gobernabilidad. Pero después de Villarruel seguramente preferiría que esa persona careciera de incentivos para construir una agenda independiente.
Con Bullrich posiblemente no pueda obtener ambas cosas.
Porque su principal valor electoral es precisamente aquello que podría convertirla después en una vicepresidente difícil de disciplinar: tiene vuelo propio.
Quizá allí se encuentre la verdadera importancia política de un video aparentemente trivial. No se trata de Lali. Ni siquiera se trata solamente del Presupuesto.
Se trata de establecer quién puede decir que no dentro de un oficialismo acostumbrado a que las decisiones centrales bajen verticalmente.
Bullrich parece estar comunicando que seguirá jugando dentro del equipo de Milei, pero no está dispuesta a ocupar el banco de suplentes ni a enterarse por los diarios de aquello que después deberá defender en el Senado. La discusión sobre la vicepresidencia de 2027 tendrá que resolver precisamente esa contradicción: Milei puede encontrar en Bullrich una compañera de fórmula con votos propios, experiencia y capacidad para ampliar su coalición, pero esos mismos atributos impedirían convertirla en una vicepresidente meramente decorativa.
Hay, finalmente, un detalle que permite medir hasta dónde llegó el mensaje. Después de años de enfrentamientos públicos con Lali Espósito, Milei terminó respondiendo al video de Bullrich diciendo que escuchó canciones de la artista y que algunas le gustaron. Por una vez, no fue Bullrich quien tuvo que retroceder para adaptarse al discurso presidencial: fue el Presidente quien decidió correr el límite de su propio discurso para evitar que una canción se transformara en el himno accidental de una interna que, a poco más de un año de 2027, nadie en la Casa Rosada parece interesado en acelerar.
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