La amenaza de Donald Trump de “aniquilar” a la República Islámica si fracasa la negociación reabrió una pregunta que durante décadas permaneció confinada a la doctrina estratégica: si Estados Unidos podría llegar a emplear un arma nuclear contra Irán. Washington no descarta doctrinariamente el primer uso en circunstancias extremas, pero la decisión quebraría un tabú vigente desde 1945 y tampoco garantizaría eliminar los complejos excavados bajo montañas donde Teherán protege instalaciones nucleares, misiles y centros de mando. En una crisis existencial, incluso podría suponerse que integrantes de la conducción iraní buscaran refugio en esas redes. Frente a ese sistema defensivo existe además otra alternativa militar: no intentar destruir toda la montaña, sino bloquear sus accesos y sistemas vitales para convertir el refugio en una fortaleza aislada.
Por Equipo de Redacción TNA
Washington – 22 Septiembre 2026 – Total News Agency – TNA- Cuando Donald Trump planteó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas la alternativa entre alcanzar un acuerdo con Irán o “aniquilar rápidamente” a la República Islámica, no anunció el empleo de armas nucleares. Pero eligió una formulación deliberadamente extrema en el mismo discurso en que reiteró que Estados Unidos no permitirá que Teherán adquiera una bomba atómica. La combinación volvió a instalar una cuestión que normalmente permanece encerrada en los documentos de planificación estratégica: qué ocurriría si Washington considerara insuficientes sus medios convencionales y evaluara cruzar el umbral nuclear.
La doctrina estadounidense no contiene una política de “no primer uso”. Estados Unidos mantiene desde hace décadas una deliberada ambigüedad y contempla armas nucleares únicamente en “circunstancias extremas” para defender intereses vitales propios, de sus aliados o socios. El presidente posee un papel central en la autorización de su empleo y el propio aparato de defensa estadounidense considera que el umbral político para semejante decisión debe ser extraordinariamente elevado.
El problema que explica siquiera la aparición de ese escenario se encuentra literalmente bajo tierra. Irán convirtió el subsuelo en una extensión de su aparato militar y nuclear, excavando durante décadas depósitos de misiles, instalaciones industriales, centros de mando y redes de galerías capaces de dificultar su localización y, sobre todo, la evaluación posterior de los daños.
El ejemplo más visible es Pickaxe Mountain, próximo al complejo nuclear de Natanz, donde durante 2026 Irán aceleró obras, reforzó accesos y continuó ampliando infraestructura interior. Las estimaciones disponibles sitúan sectores del complejo aproximadamente entre 80 y 100 metros bajo una montaña de granito. Teherán ha exhibido además sus llamadas “ciudades de misiles” y atribuido a algunas instalaciones profundidades de varios cientos de metros, cifras que no han podido verificarse independientemente. Lo esencial desde el punto de vista militar es que la enorme masa de roca convierte esos complejos en objetivos extraordinariamente difíciles de destruir mediante un impacto directo.
A partir de allí surge una hipótesis inevitable en un escenario de máxima escalada. Si la conducción iraní interpretara que enfrenta una operación destinada a destruir al régimen, sería razonable suponer que parte de sus máximos responsables políticos, militares y de inteligencia buscaría protección dentro de instalaciones endurecidas y centros de mando subterráneos. No existe información pública que permita conocer la ubicación actual de la dirigencia ni identificar una determinada instalación como refugio gubernamental. Se trata de una hipótesis estratégica, pero coherente con la función fundamental de este tipo de infraestructura: mantener continuidad del mando después de un ataque devastador.
La montaña actuaría entonces como un gigantesco blindaje natural. Las cámaras interiores podrían sobrevivir mientras las instalaciones exteriores son destruidas. Sin embargo, sus ocupantes continuarían dependiendo de elementos mucho más vulnerables: energía, comunicaciones, ventilación, agua, refrigeración, accesos y vínculos con las fuerzas que permanecen en superficie.
Ahí aparece una distinción fundamental: destruir una fortificación no es lo mismo que dejarla fuera de servicio. Un complejo puede conservar buena parte de sus galerías y, simultáneamente, perder utilidad militar porque quedó incomunicado, sin electricidad, sin circulación de aire o sin posibilidad de mover personal y equipos.
Las armas penetrantes convencionales estadounidenses fueron desarrolladas precisamente para atacar instalaciones endurecidas, pero ninguna elimina la ventaja proporcionada por una montaña. Su lógica consiste en aproximar la explosión al objetivo y transmitir la energía al terreno, produciendo fracturas, derrumbes y daños indirectos. Un arma nuclear multiplicaría extraordinariamente ese efecto, pero tampoco supondría una garantía automática de destrucción integral de una red extensa y compartimentada.
Eso conduce a una segunda posibilidad: golpear las zonas donde el complejo subterráneo vuelve a conectarse con la superficie. Las bocas de los túneles son vulnerabilidades inevitables porque permiten el movimiento de personas, vehículos, equipos y suministros y porque cerca de ellas se concentran numerosos sistemas imprescindibles para mantener operativa la instalación.
El colapso de un portal podría llenar el acceso con roca, hormigón y estructuras deformadas, impedir el tránsito de vehículos y obligar a utilizar rutas alternativas. Si una parte de la conducción estuviera refugiada dentro, la destrucción simultánea de varios accesos podría reducir drásticamente su movilidad y dificultar una evacuación.
Pero cerrar una puerta no significa destruir aquello que existe detrás de ella. Irán conoce esa vulnerabilidad y sus complejos más modernos muestran precisamente medidas destinadas a compensarla. En Pickaxe Mountain se han identificado varios portales distribuidos en sectores diferentes y accesos con geometrías curvas que dificultan la propagación directa de una explosión hacia las galerías interiores.
La existencia de múltiples entradas proporciona además redundancia. Un acceso sepultado no necesariamente inutilizaría toda la instalación y, si los daños fueran limitados a la superficie, podrían iniciarse trabajos para retirarlos. Por eso el resultado de un ataque dependería menos de destruir una puerta determinada que de la capacidad para aislar simultáneamente al complejo de sus funciones esenciales.
Ahí estaría el daño potencialmente más grave. Una fortaleza enterrada necesita mantener funcionando sistemas de aire, electricidad, refrigeración, bombeo y comunicaciones. Si varios de ellos desaparecieran al mismo tiempo, aquello que inicialmente servía como protección podría empezar a transformarse en una prisión.
En el escenario hipotético de una cúpula iraní refugiada bajo tierra, la consecuencia estratégica inmediata podría ser de mando y control. Una conducción que continúe viva pero quede parcialmente incomunicada puede perder capacidad de transmitir órdenes, coordinar defensas y controlar fuerzas dispersas por el territorio. Desde el punto de vista militar, esa degradación puede resultar tan importante como la destrucción física de determinadas dependencias.
No existe, sin embargo, certeza de que cortar las comunicaciones paralizara inmediatamente las operaciones iraníes. Un Estado que durante décadas se preparó para una confrontación de gran escala presumiblemente dispone de líneas de sucesión, centros de mando alternativos y procedimientos de emergencia destinados a permitir que determinadas unidades continúen actuando aunque pierdan contacto con la conducción superior.
Eso introduce un peligro adicional: la fragmentación del control. Si el mando central desaparece o queda aislado mientras sobreviven fuerzas misilísticas y unidades regionales, algunas podrían actuar de acuerdo con instrucciones previas. Una operación destinada a paralizar al régimen podría generar durante un período crítico un adversario menos centralizado y, por esa misma razón, potencialmente más imprevisible.
Una explosión nuclear elevaría radicalmente la magnitud de los daños. La energía transmitida al terreno podría provocar fracturas, derrumbes y destrucción de infraestructura a una escala muy superior a la producida por explosivos convencionales. El efecto sobre entradas, galerías próximas, servicios y sistemas tecnológicos podría ser devastador, aunque seguiría existiendo incertidumbre acerca del estado de sectores protegidos por grandes masas de roca.
A ello se sumaría una consecuencia imposible de controlar completamente: el fallout radiactivo. Una detonación nuclear contra una instalación enterrada vaporizaría y pulverizaría enormes cantidades de roca y suelo, parte de las cuales podrían ser expulsadas a la atmósfera cargadas de material radiactivo. El alcance de la contaminación dependería de la potencia utilizada, la geología y las condiciones meteorológicas.
Por eso la noción de una pequeña bomba nuclear que elimine exclusivamente un refugio y deje intacto su entorno resulta engañosa. El aumento del poder destructivo también aumenta el riesgo humanitario y ambiental fuera del objetivo militar.
Tampoco existen porcentajes públicos rigurosos que permitan asignar una probabilidad determinada de destrucción a un complejo iraní específico. Las variables decisivas —geometría interna, composición de la roca, ubicación de cámaras, compartimentación, redundancia y resistencia de los sistemas— son incompletas, desconocidas o clasificadas. Cualquier cifra cerrada aparentaría una precisión que ningún análisis abierto puede ofrecer.
La evolución reciente de los complejos iraníes muestra además una adaptación permanente. Nuevos refuerzos de accesos, obras internas y mayor compartimentación sugieren que Teherán analiza los resultados de ataques anteriores e introduce modificaciones para aumentar la supervivencia de sus instalaciones.
Ese aprendizaje refuerza una idea central: un complejo militar no necesita ser pulverizado para perder valor estratégico. Si queda aislado, incomunicado o sin los sistemas necesarios para cumplir su función puede permanecer físicamente bajo la montaña y, sin embargo, quedar neutralizado durante un período decisivo.
Pero trasladar esa lógica a la conducción política vuelve mucho más peligroso el escenario. Si una parte de la cúpula sobreviviera aislada, podría interpretar el ataque como un intento de decapitación del régimen y ordenar una represalia máxima. Si una porción sustancial del liderazgo muriera, la incertidumbre sobre quién controla misiles, fuerzas de seguridad y organizaciones aliadas podría inicialmente aumentar en lugar de disminuir. En ese caso, una reaccion adecuada de la oposicion irani marcaria la diferencia.
La reacción internacional ante el primer empleo nuclear en combate desde 1945 sería igualmente extraordinaria. China y Rusia denunciarían la ruptura del tabú nuclear, mientras los aliados europeos y asiáticos de Washington quedarían ante el dilema de respaldar a Estados Unidos o marcar distancia frente a una escalada de consecuencias globales. Moscú podría además intentar utilizar el precedente para justificar una mayor flexibilidad respecto de su propia doctrina nuclear.
El sistema internacional de no proliferación también podría sufrir un efecto contrario al buscado. Algunos Estados de Medio Oriente podrían concluir que la posesión de una capacidad nuclear propia constituye la única garantía definitiva frente a otra potencia atómica, debilitando precisamente el régimen que Washington pretende preservar.
Dentro de Estados Unidos, una decisión semejante provocaría una batalla política y constitucional de enormes proporciones. La amplitud de las facultades presidenciales sobre el arsenal nuclear y los límites impuestos por el Congreso volverían a quedar en el centro de la discusión en momentos en que la propia guerra contra Irán ya genera divisiones internas.
Por eso existe todavía una distancia enorme entre la amenaza de Trump de “aniquilar” al régimen y una orden efectiva de utilización nuclear. Washington conserva numerosas herramientas convencionales para degradar instalaciones, bloquear accesos, destruir infraestructura superficial, interrumpir comunicaciones y mantener presión constante sobre los complejos subterráneos sin cruzar ese límite.
La verdadera fortaleza del sistema de túneles iraní reside precisamente en esa ecuación. No vuelve al régimen invulnerable ni hace imposible un ataque, pero obliga al adversario a aumentar el poder destructivo mientras disminuye la certeza sobre los resultados.
Si los principales responsables iraníes buscaran refugio bajo una montaña durante una crisis extrema, Estados Unidos podría intentar aislarlos atacando accesos y servicios esenciales antes que intentar destruir físicamente todo el complejo. La conducción podría quedar atrapada o incomunicada, aunque también podría conservar rutas alternativas, centros redundantes y fuerzas capaces de continuar combatiendo.
Ese es el dilema estratégico fundamental. Los túneles no eliminan la vulnerabilidad iraní; la transforman. Y si alguna vez Trump decidiera cruzar el umbral nuclear, la incógnita decisiva ya no sería únicamente cuánto daño podría producir bajo tierra, sino qué dimensión adquiriría la guerra que comenzaría inmediatamente después en la superficie.
Fuentes consultadas: Departamento de Defensa de Estados Unidos, National Nuclear Security Administration, Fuerza Aérea de Estados Unidos, Naciones Unidas, Agencia Internacional de Energía Atómica, CSIS, Reuters, Associated Press, Financial Times, The Wall Street Journal y documentación pública sobre instalaciones nucleares, complejos subterráneos y capacidades estratégicas iraníes.
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