Buenos Aires-5 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA– La campaña aérea conjunta de Estados Unidos e Israel sobre Irán entró en una fase que, en términos militares, marca un punto de inflexión: la erosión sostenida de la defensa aérea iraní y de su red de mando y control permitió ampliar el abanico de aeronaves empleadas —incluidos bombarderos estratégicos como los B-52— y multiplicar ataques de precisión sobre infraestructura crítica, bases y nodos vinculados al aparato misilístico. El mensaje que transmiten los reportes de los últimos días es consistente: Teherán conserva capacidad de represalia, pero cada hora de operación conjunta le cuesta sensores, enlaces, lanzaderas y margen de maniobra.
El indicador más contundente, citado por fuentes militares estadounidenses, es la caída del volumen de lanzamientos. El presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, aseguró que desde el inicio de las operaciones las salidas de misiles balísticos de teatro se redujeron un 86% y los lanzamientos de drones de ataque un 73%, al tiempo que describió que la ofensiva facilitó una “superioridad aérea localizada” en sectores clave —en particular, a lo largo de la costa sur— y la ejecución de golpes “precisos y potentes” que penetran defensas iraníes. La traducción práctica: menos salvas, menos saturación y más oportunidades para que la coalición mantenga presión sin exponerse al mismo nivel de riesgo inicial.
Esa degradación se ve reflejada en imágenes satelitales y análisis de daños sobre el “sistema de soporte” del poder misilístico iraní. Un eje de la campaña apunta a lo que Occidente describe como “ciudades de misiles” subterráneas: complejos de túneles donde Irán resguarda arsenal, logística y parte de su movilidad operativa. Lo que antes era una ventaja —ocultar y endurecer— aparece ahora como una vulnerabilidad: la coalición vigila, detecta movimientos y golpea cuando las lanzaderas emergen o cuando la infraestructura de acceso queda expuesta, con el objetivo de destruir equipos o, incluso, “atrapar” armamento bajo tierra al inutilizar entradas y zonas de apoyo.
La dimensión física del daño aparece en dos puntos señalados por analistas citados en reportes recientes: en Tabriz, se describió destrucción de múltiples estructuras, incluida infraestructura de comunicaciones y áreas asociadas a accesos endurecidos; en Kermanshah, se observaron estructuras aplanadas cerca de entradas de túneles a instalaciones subterráneas. Ese tipo de impacto no necesariamente destruye todo lo almacenado bajo tierra, pero sí afecta la capacidad de operar: reduce ritmo, limita salidas, complica reabastecimiento, reparaciones y rotación de lanzaderas.
En paralelo, Reuters informó que imágenes comerciales de alta resolución muestran daños extensos en sitios gubernamentales y militares relevantes, en lo que describió como la campaña conjunta más ambiciosa en décadas. En términos operativos, esa dispersión geográfica sugiere que la coalición no se limita a “golpear símbolos”, sino que busca degradar el esqueleto que sostiene la respuesta: instalaciones, depósitos, enlaces, nodos de mando y estructuras necesarias para coordinar fuego.
Con ese terreno preparado, llega el elemento que más impresiona al público, pero que en realidad es consecuencia del proceso anterior: el uso más amplio de bombarderos estratégicos. Reportes especializados en aviación militar señalaron que los tres tipos de bombarderos de Estados Unidos —B-1, B-2 y B-52— realizaron ataques contra objetivos iraníes en el marco de la operación, y que parte de esas misiones fueron descriptas como golpes “no contestados” sobre instalaciones de misiles y puestos de mando y control. Que un B-52 —plataforma emblemática, grande, pensada para “persistencia” y volumen— pueda emplearse en un teatro así no significa ausencia total de amenaza, pero sí habla de una ventana operativa creada por la supresión de defensas y la degradación de la respuesta integrada.
Detrás de esa “puerta abierta” está la combinación clásica de campañas modernas: primero, neutralizar sensores y enlaces; luego, castigar baterías antiaéreas y radares; después, sostener vigilancia permanente para cazar lanzaderas y golpear infraestructura. La señal que emerge de los reportes es que Irán pasó de un escenario donde podía intentar saturar y disuadir con volumen, a otro en el que debe administrar munición, dispersión y supervivencia, con menos capacidad de coordinar.
Sin embargo, afirmar que Irán “ya no puede responder” sería exagerar. La propia evidencia visual y periodística muestra represalias que alcanzaron distintos puntos de la región. Lo que sí parece consolidarse es que responder se volvió más costoso y menos eficiente: menos lanzamientos, más riesgo de perder lanzaderas al salir, más presión sobre la cadena de mando y sobre la infraestructura que permite sostener el fuego. En esa ecuación, cada nueva salida de misiles o drones implica revelar posiciones, encender sensores, mover vehículos y exponerse a un “ciclo de ataque” más rápido de la coalición.
Para Argentina, el cuadro deja dos lecturas complementarias. La primera es estrictamente militar: cuando una potencia —o una coalición— logra degradar la defensa aérea y el aparato misilístico de un Estado, la escalada puede intensificarse porque el atacante amplía opciones y reduce riesgo relativo. La segunda es política y de seguridad: en un mundo donde Teherán pierde margen de acción convencional, crece el incentivo de recurrir a recursos asimétricos, redes externas o proyecciones indirectas para demostrar capacidad de daño. En ese marco, cualquier mensaje tranquilizador que pretenda “normalizar” la situación regional debe leerse con frialdad, mirando capacidades reales y antecedentes.





