Buenos Aires, 17 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El dato de inflación de marzo no sólo sacudió al equipo económico. También abrió una semana de pases de factura, dudas estratégicas y ruido interno en la cúpula del poder. El 3,4% informado por el INDEC, el registro mensual más alto en un año, cayó en la Casa Rosada como una mala noticia difícil de disimular y reavivó una discusión que en el Gobierno ya no se esconde del todo: si hay que sostener a rajatabla el torniquete monetario que impulsa Javier Milei o si hace falta darle más aire a una economía que sigue sin arrancar y empieza a mostrar signos visibles de fatiga.
El propio Presidente dejó ver el malestar. A diferencia de Luis Caputo, que intentó una justificación técnica del salto inflacionario, Milei eligió asumir el golpe y hablar en un tono mucho más visceral. Dijo que el dato “le repugna” y que es malo, pero a la vez volvió a reafirmar su fe en la ortodoxia más dura. En la intimidad del oficialismo, esa reacción se tradujo en una idea cada vez más clara: el jefe de Estado quiere volver a cerrar la canilla monetaria y mira con desconfianza cualquier gesto de flexibilización del Banco Central orientado a reactivar el crédito o aliviar la actividad.
Ese es hoy uno de los nudos de la discusión interna. Mientras el Presidente y figuras como Federico Sturzenegger empujan una línea de mayor dureza, en el universo de los llamados “Totoboys” gana espacio otra lectura: que la economía real está demasiado empantanada como para seguir apretando sin costo. En esa tensión se inscribe la decisión del BCRA de volver a flexibilizar encajes bancarios para dar más liquidez al sistema y empujar una baja de tasas, una medida que fue leída en el mercado como una señal para intentar reactivar el crédito y evitar que la parálisis se profundice. El problema para el Gobierno es que esa búsqueda de alivio convive con la obsesión presidencial por no ceder un milímetro en la pelea contra la inflación.
Las señales de enfriamiento económico, además, ya no son sólo una sensación. En despachos oficiales y empresarios circulan informes sobre caída de actividad, problemas de empleo y tensión financiera en empresas de distintos sectores. También en la UIA hay inquietud por la pérdida de puestos formales y por la falta de reacción de una demanda que no termina de recomponerse. Esa radiografía choca con la narrativa triunfalista del oficialismo y explica por qué dentro del propio gabinete se discute cada vez más si el ajuste puro alcanza o si, aun sin decirlo en voz alta, el modelo necesita algún correctivo para evitar que la economía se siga secando.
El malhumor en Olivos creció todavía más porque el dato de inflación llegó cuando el Gobierno intentaba recuperar iniciativa con noticias que, en otro contexto, habrían sido capitalizadas con mucha más fuerza. El acuerdo técnico con el FMI por la segunda revisión del programa, que habilita otro desembolso de USD 1.000 millones sujeto a aprobación del directorio, le dio aire a Caputo y un respaldo importante a la administración libertaria. También se sumó el aval de Kristalina Georgieva y el acompañamiento explícito de Estados Unidos, que volvió a dejar en claro que considera al caso argentino distinto al del resto de la región. Pero ni siquiera ese espaldarazo logró borrar del todo el cuadro de desorientación por la persistencia inflacionaria.
Esa mezcla de fatiga económica y ruido político explica por qué el caso Adorni se volvió todavía más corrosivo para la Casa Rosada. Mientras el Gobierno intenta retomar la agenda con el apoyo del FMI y con señales hacia los mercados, la causa por presunto enriquecimiento ilícito del jefe de Gabinete sigue agregando capítulos y tapando cualquier otra novedad. En el oficialismo ya no todos lo ocultan: el escándalo del funcionario complica la recuperación política del Gobierno justo cuando más necesitaría mostrar resultados. Sin embargo, Adorni sigue siendo blindado por el núcleo duro del poder y, por ahora, no hay señales de salida.
Según reconstrucciones periodísticas y versiones que circulan cerca del oficialismo, la tregua precaria entre el sector de Karina Milei y el de Santiago Caputo no resolvió la interna, pero al menos contuvo por ahora una escalada mayor. En ese esquema, el jefe de Gabinete se prepara para su presentación en el Congreso del 29 de abril, donde deberá responder miles de preguntas en una sesión que ya se anticipa áspera. La estrategia en preparación, según esas versiones, incluiría salir a embarrar la cancha con cuestionamientos patrimoniales y de estilo de vida a legisladores opositores, en un intento por convertir la sesión en una pelea política más que en una rendición de cuentas ordenada.
Todo eso deja a Milei frente a un punto de inflexión. La teoría económica oficial sigue siendo la misma: ancla fiscal, rigidez monetaria, dólar contenido y paciencia. Pero la práctica empieza a mostrar fisuras. La inflación no termina de bajar, la actividad no despega con la velocidad prometida y el costo político de sostener a Adorni crece en paralelo. El Gobierno todavía conserva poder, respaldo internacional y una base de apoyo importante. Lo que ya no tiene es margen para fingir que nada cruje. En la Quinta de Olivos lo saben: después del 3,4%, el problema ya no es sólo técnico. También es político.





