Buenos Aires, 25 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, aprovechó el tradicional Tedeum por el 25 de Mayo para dejar un mensaje directo a la dirigencia política argentina y reclamar el fin de la lógica de confrontación permanente. Frente al presidente Javier Milei, ministros del Gabinete nacional y autoridades presentes en la Catedral Metropolitana, el prelado pidió abandonar la división, recuperar el diálogo y desarmar los discursos de odio que contaminan la vida pública.
“Basta de arengar la división y la polarización”, planteó García Cuerva durante la homilía, en una ceremonia cargada de contenido político por el contexto nacional y por la fuerte interna que atraviesa al oficialismo. El arzobispo completó la idea con una referencia al papa Francisco: “Nadie se salva solo”, una frase que utilizó para advertir que la Argentina no puede seguir funcionando como una suma de individualidades enfrentadas, sino que necesita reconstruir una idea mínima de comunidad.
El mensaje tuvo un peso especial por el escenario. Milei llegó a la Catedral Metropolitana acompañado por funcionarios de su administración, en una fecha patria que suele funcionar como vidriera institucional. Sin embargo, la ceremonia quedó atravesada por las tensiones internas del poder libertario y por la ausencia de la vicepresidenta Victoria Villarruel, quien no fue invitada al acto por decisión del entorno presidencial, con la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, en el centro de esa definición política.
La ausencia de Villarruel volvió a exhibir la fractura entre la vicepresidenta y la Casa Rosada, una relación que pasó de la cercanía inicial a una convivencia institucional cada vez más fría. En 2024, Milei y Villarruel habían caminado juntos hacia la Catedral; dos años después, la imagen fue diametralmente distinta: el oficialismo llegó al Tedeum sin su vicepresidenta, en otra señal de que la interna no sólo existe, sino que ya se expresa incluso en los rituales institucionales más tradicionales de la República.
En ese marco, García Cuerva pidió una dirigencia con mayor disposición al encuentro. “Nos faltan dirigentes que se animen al diálogo y a la reconciliación”, señaló, y vinculó esa necesidad con el sufrimiento de quienes padecen la falta de trabajo, de educación y de oportunidades. El planteo del arzobispo no fue una apelación abstracta a la concordia: fue un llamado a que la política deje de encerrarse en sus disputas de palacio y mire con mayor seriedad el deterioro social que afecta a millones de argentinos.
La homilía también apuntó contra una de las formas más agresivas de la política contemporánea: la violencia en redes sociales. García Cuerva habló de los “odiadores” y del “terrorismo de las redes”, en una referencia que cayó en medio de la escalada pública entre el titular de la Cámara de Diputados, Martín Menem, y el asesor presidencial Santiago Caputo, cuya disputa volvió a exponerse a través de mensajes, operaciones y cruces en X.
El arzobispo comparó a quienes descalifican desde la comodidad de una pantalla con aquellos que, en el relato evangélico, critican desde la distancia a quienes intentan sanar y ayudar. La frase tuvo una lectura inevitable en la Argentina actual, donde la comunicación política se volvió muchas veces una guerra de trincheras digitales, con militancias rentadas, cuentas anónimas, agravios personales y campañas destinadas más a destruir adversarios que a construir consensos.
“Empecemos a desarmar el lenguaje”, reclamó García Cuerva, al pedir que se abandonen las palabras hirientes, el juicio inmediato, la calumnia y el hábito de hablar mal de quienes no están presentes para defenderse. El mensaje alcanzó a la política, los medios, las redes sociales, los lugares de trabajo, las familias y las comunidades cristianas. En otras palabras, el arzobispo no limitó su advertencia al poder, pero sí dejó claro que la dirigencia tiene una responsabilidad mayor porque marca el clima público.
La intervención del prelado fue leída como una advertencia institucional en una fecha cargada de simbolismo. El 25 de Mayo recuerda el inicio del camino de autogobierno argentino, pero también interpela a una dirigencia que, más de dos siglos después, sigue mostrando dificultades para construir acuerdos básicos. La Nación que comenzó a gobernarse a sí misma en 1810 todavía necesita perfeccionar esa tarea, y el mensaje desde la Catedral apuntó precisamente a esa deuda: sin diálogo, sin reconciliación y sin responsabilidad pública, la libertad política se vacía de contenido.
El clima interno del Gobierno agregó tensión al mensaje. La disputa entre Caputo, Menem, distintos sectores de La Libertad Avanza y el rol cada vez más determinante de Karina Milei instaló una pelea por espacios de poder en el corazón del oficialismo. En ese contexto, la homilía de García Cuerva funcionó como una interpelación directa a una administración que hizo de la confrontación una herramienta de construcción política, pero que ahora enfrenta el riesgo de que esa misma lógica termine devorando su propia gobernabilidad.
Desde una mirada institucional, el reclamo del arzobispo no puede interpretarse como una defensa de la tibieza ni como una invitación a renunciar a las ideas. La Argentina necesita debate, firmeza y reformas profundas. Pero el debate público no puede degradarse en insulto permanente, ni la firmeza puede convertirse en desprecio por el otro, ni las reformas pueden sostenerse únicamente sobre la lógica amigo-enemigo. Un país no se ordena sólo con diagnósticos duros; también requiere conducción, grandeza y capacidad de convocar más allá del propio núcleo de poder.
El Tedeum dejó así una escena elocuente: un Presidente presente, una vicepresidenta ausente, una interna oficialista en expansión y una Iglesia que, en la fecha patria más simbólica del calendario argentino, pidió bajar el tono de la pelea política. García Cuerva habló de esperanza, pero no desde la ingenuidad. Su mensaje fue claro: una Argentina partida por la polarización, los odios digitales y la incapacidad de reconciliación difícilmente pueda construir el destino propio que comenzó a buscar aquel 25 de Mayo de 1810.




