Buenos Aires-05 junio 2026-Total News Agency-TNA-Murió Carlos Alberto “Indio” Solari, una de las figuras más influyentes, veneradas y también controvertidas del rock argentino. El ex líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota falleció esta mañana a los 77 años en su hogar, según el parte, un cuadro vinculado al mal de Parkinson que padecía desde hacía años.
La UFI 2 de Ituzaingó se presentó en su domicilio para constatar el deceso del artista, un procedimiento habitual cuando la muerte ocurre en una vivienda particular. La noticia sacudió de inmediato al mundo de la música, la cultura popular y la política, donde Solari ocupó durante décadas un lugar singular: fue mucho más que un cantante de rock, fue el jefe simbólico de una liturgia masiva, una figura de culto y un referente cultural con llegada transversal.
Nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, Solari construyó su leyenda desde La Plata, donde a mediados de los años setenta fue parte del nacimiento de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, junto a Skay Beilinson y Carmen “La Negra” Poli. Lo que empezó como una experiencia artística marginal terminó convertido en uno de los fenómenos más poderosos de la música argentina.
Los Redondos no fueron sólo una banda. Fueron una cultura propia. Con letras cargadas de ironía, poesía urbana, marginalidad, política, delito, deseo, desencanto y épica de barrio, Solari le dio voz a varias generaciones que encontraron en sus canciones un idioma distinto para nombrar la Argentina del desencanto. Discos como Gulp!, Oktubre, Un baión para el ojo idiota, Bang! Bang! Estás liquidado, La mosca y la sopa, Lobo suelto, cordero atado y Luzbelito marcaron una época.
Su figura se agigantó también por el misterio. Durante años evitó la exposición tradicional, rechazó la lógica televisiva, dosificó entrevistas y convirtió cada recital en una peregrinación. El llamado “público ricotero” fue parte decisiva del mito: miles primero, decenas de miles después, y finalmente multitudes capaces de alterar la vida completa de una ciudad.
Tras la separación de Los Redondos en 2001, Solari continuó su carrera con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, con quienes editó discos como El tesoro de los inocentes, Porco Rex, El perfume de la tempestad, Pajaritos, bravos muchachitos y El ruiseñor, el amor y la muerte. Aunque ya no tenía a Skay a su lado, conservó intacta una convocatoria que pocos artistas argentinos pudieron sostener.
Pero su historia pública también estuvo marcada por zonas oscuras, tensiones políticas y episodios judiciales. El capítulo más grave fue el recital de Olavarría, el 11 de marzo de 2017, en el predio La Colmena, donde murieron Juan Francisco Bulacio y Javier León, y decenas de personas resultaron heridas o extraviadas en medio de un evento desbordado por una multitud muy superior a la prevista.
La causa judicial por Olavarría investigó responsabilidades por organización, habilitación, seguridad, capacidad del predio y asistencia sanitaria. La Justicia elevó a juicio oral el expediente contra productores del espectáculo, entre ellos Marcos Peuscovich, Matías Peuscovich y Gustavo Zurita, acusados por homicidio y lesiones culposas, mientras que Solari quedó exento de cargos y sólo fue convocado como testigo.
Aun así, la tragedia quedó pegada para siempre a su nombre. El predio había sido habilitado para una capacidad determinada y, según pericias citadas en el expediente, ingresó una cantidad de público muy superior. Hubo denuncias por falta de controles, deficiencias de seguridad, exceso de asistentes y problemas graves en la organización. Fue el último recital presencial del Indio como figura central sobre un escenario.
Ese episodio también abrió una discusión incómoda sobre el consumo de alcohol y drogas en espectáculos masivos. Las pericias toxicológicas practicadas a las víctimas indicaron presencia de alcohol y estupefacientes, mientras la investigación debía determinar si las muertes se vincularon a intoxicación, empujones, asfixia, avalanchas o fallas de asistencia. El dato no convirtió a Solari en acusado penal, pero sí expuso el costado más problemático de una cultura de recitales multitudinarios donde la mística, el descontrol y el negocio convivían con controles muchas veces insuficientes.
El propio Solari intentó tomar distancia de la responsabilidad organizativa, al sostener que su función era artística y que las decisiones de seguridad, logística, entradas, controles y asistencia estaban en manos de la productora. Para sus seguidores, fue víctima de una operación mediática. Para sus críticos, quedó como símbolo de una forma de espectáculo que convocaba multitudes imposibles de administrar con los estándares reales de seguridad disponibles.
La política también atravesó su figura. Solari nunca fue un militante partidario tradicional, pero sus declaraciones, gestos y vínculos lo acercaron de manera notoria al universo kirchnerista. En los últimos años manifestó respeto por Cristina Kirchner, a quien definió como una dirigente de enorme capacidad política, y mantuvo contactos con Máximo Kirchner y otros referentes del peronismo duro. Esa cercanía fue usada por el kirchnerismo como activo cultural, especialmente en momentos de desgaste judicial y electoral.
La foto de Cristina Kirchner junto al Indio Solari y su esposa Virginia se convirtió en una postal política de alto impacto para el peronismo. Máximo Kirchner la difundió como parte de una estrategia simbólica para movilizar al electorado, presentando a la ex presidente como una figura conectada con la cultura popular y con uno de los mitos más potentes del rock argentino.
Desde una mirada crítica, esa relación también exhibió cómo el kirchnerismo buscó apropiarse de símbolos culturales para sostener legitimidad popular aun en medio de causas de corrupción, condenas judiciales y pérdida de centralidad política. Solari, con su aura de artista rebelde y antiburocrático, terminó orbitando cerca de un espacio político que gobernó durante años y que hizo del Estado una maquinaria de poder.
Su enfermedad lo fue apartando de los escenarios. En 2016 blanqueó públicamente que padecía Parkinson y, con el paso del tiempo, reconoció que la enfermedad progresaba. En entrevistas posteriores admitió que no estaba en condiciones de volver a cantar en vivo y que prefería seguir vinculado a la música desde el estudio, como compositor, consejero y figura espiritual de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.
La muerte del Indio Solari cierra una etapa de la cultura argentina. Fue un artista enorme, un letrista excepcional y el creador de una liturgia popular difícil de comparar. Pero también fue una figura atravesada por contradicciones: el hombre que evitaba la política convencional y terminó convertido en emblema simbólico de una facción; el músico que rechazaba el sistema y movía multitudes; el mito que proclamaba independencia y convivía con estructuras de producción, seguridad y poder que, en Olavarría, quedaron bajo la lupa judicial. Tambien se recuerda fue un hombre muy cercano a Anibal Fernández, quien siempre lo distinguió.
Su legado musical está fuera de discusión. Su influencia en el rock argentino, tampoco. La discusión más profunda será otra: cómo se recuerda a un artista que marcó a millones, pero cuya historia pública también quedó atravesada por tragedias, silencios, fanatismos, apropiaciones políticas y una devoción popular que muchas veces no admitió matices.
El Indio Solari murió a los 77 años, pero la marca ricotera seguirá circulando en canciones, banderas, paredes, estadios, militancias y memorias personales. Para muchos será siempre el poeta mayor del rock argentino. Para otros, una figura poderosa que nunca terminó de hacerse cargo del peso social de su propia convocatoria. En ambos casos, su muerte deja un vacío enorme en la cultura popular argentina.





