Miami – 7 junio 2026 – Total News Agency – TNA-. A pocos días del inicio del Mundial 2026, la FIFA quedó en el centro de una fuerte polémica por su nuevo esquema de venta y reventa de entradas, un modelo que combina precios dinámicos, una plataforma oficial de mercado secundario y comisiones que podrían convertir al torneo de Estados Unidos, México y Canadá en el más rentable de la historia del fútbol.
La entidad que conduce Gianni Infantino habilitó, junto al sistema tradicional de venta, una plataforma propia de reventa en la que los aficionados pueden ofrecer sus boletos. Allí, la FIFA cobra una comisión del 15% al vendedor y otro 15% al comprador, mientras los precios fluctúan según la demanda, la sede, el partido y las condiciones regulatorias de cada país anfitrión.
El mecanismo representa un cambio de fondo. Durante décadas, la FIFA combatió públicamente la reventa no autorizada, pero ahora decidió ingresar de lleno a ese negocio bajo el argumento de ofrecer un canal “oficial y seguro” para los fanáticos. En la práctica, el organismo busca capturar una parte de los ingresos que antes quedaban en manos de revendedores particulares o plataformas externas.
La controversia no es menor. El Mundial 2026 será el primero con 48 selecciones, 104 partidos y sedes distribuidas en tres países. El volumen de demanda es extraordinario: según estimaciones citadas en el mercado internacional, hubo más de 500 millones de solicitudes frente a una disponibilidad aproximada de 7,1 millones de localidades. Ese desequilibrio le otorgó a la FIFA un poder de fijación de precios inédito.
El problema es que ese poder empieza a dejar fuera de la cancha a buena parte de los hinchas tradicionales. En Qatar 2022, una entrada de Categoría 1 para fase de grupos costaba alrededor de US$ 220, mientras que los residentes locales podían acceder a boletos de menor precio desde unos US$ 11 para algunos partidos. Para la final, las localidades de Categoría 1 rondaban los US$ 1.600.
En cambio, para 2026, los precios iniciales de Categoría 1 comenzaron cerca de los US$ 600 cuando salieron a la venta, pero en muchos casos ya superan los US$ 1.000 y, para partidos de alta demanda, trepan mucho más. En el encuentro inaugural en Ciudad de México, las entradas premium superan los US$ 2.500, mientras que incluso localidades de menor categoría aparecen por encima de los US$ 1.000 en determinados tramos del mercado.
El caso más impactante es la final en el área de Nueva York-Nueva Jersey, donde las entradas de Categoría 1 partieron en valores superiores a los US$ 6.000 y, en la reventa, llegaron a ubicarse en niveles varias veces superiores, con referencias de mercado que superan los US$ 30.000 para los mejores sectores.
La FIFA introdujo por primera vez en un Mundial masculino un sistema de precios dinámicos, una práctica muy utilizada en eventos deportivos y espectáculos en Estados Unidos, pero resistida por los consumidores porque vuelve opaco el valor final. El precio ya no depende sólo de una grilla fija, sino de algoritmos que ajustan la tarifa según demanda, disponibilidad, etapa de venta y atractivo del partido.
Ese esquema golpea de lleno sobre la promesa histórica del fútbol como espectáculo popular. Incluso el presidente Donald Trump, aliado político de Infantino y anfitrión central del torneo por el peso de las sedes estadounidenses, llegó a admitir que no pagaría determinados valores de entradas. La frase expuso la incomodidad política de un Mundial que se presenta como global, inclusivo y popular, pero que en la práctica se encarece a niveles de lujo.
La FIFA intentó moderar las críticas con la creación de las llamadas entradas para aficionados, con valores desde US$ 60, distribuidas a través de federaciones nacionales. Sin embargo, ese cupo es limitado y representa una porción menor del total. Para la mayoría de los hinchas, especialmente familias o simpatizantes que deben sumar vuelos, hoteles, traslados y alimentos, asistir al Mundial se convirtió en una experiencia de varios miles de dólares.
El negocio, en cambio, luce formidable para la entidad rectora. La FIFA había proyectado originalmente ingresos por US$ 11.000 millones para el ciclo 2023-2026, luego elevó su presupuesto revisado a unos US$ 13.000 millones, y diversos cálculos privados ya estiman que el resultado final podría superar los US$ 15.000 millones, e incluso acercarse a una franja de entre US$ 14.000 millones y US$ 19.000 millones si la venta de entradas, hospitalidad y reventa oficial mantiene el ritmo actual.
La comparación con ciclos anteriores muestra la magnitud del salto. En el ciclo de Qatar 2022, los ingresos de la FIFA alcanzaron aproximadamente US$ 7.570 millones, por encima de lo presupuestado. Buena parte de ese crecimiento provino de derechos de transmisión y marketing. Para 2026, el factor diferencial es la boletería: estadios más grandes, más partidos, más selecciones, más paquetes de hospitalidad y un mercado secundario administrado por la propia organización.
En términos económicos, la jugada es racional: si existe una demanda dispuesta a pagar más, la FIFA busca capturar esa renta antes que dejarla en manos de revendedores. En términos políticos y sociales, el mensaje es mucho más delicado: el organismo que declara como objetivo “desarrollar el fútbol, impactar al mundo y construir un futuro mejor” aparece priorizando la maximización de ingresos por encima de la accesibilidad.
El debate también reabre viejas sospechas sobre la gobernanza de la FIFA, una institución registrada como entidad sin fines de lucro en Suiza, pero con reservas multimillonarias y antecedentes de escándalos por corrupción, sobornos y falta de transparencia. Las reformas posteriores a la salida de Joseph Blatter buscaron ordenar la casa, pero el estilo expansivo y fuertemente comercial de Infantino volvió a colocar el foco en el uso real de los recursos.
El presupuesto de la entidad muestra otro punto sensible. Mientras los costos de competiciones y eventos crecen con fuerza, la proporción destinada al desarrollo del fútbol pierde peso relativo en el total. Para los críticos, ese dato contradice el argumento de que cada dólar adicional recaudado en boletería se traducirá automáticamente en más inversión social o deportiva.
El Mundial norteamericano será, sin duda, el más grande de la historia. También puede convertirse en el más caro para los hinchas y en el más rentable para la FIFA. La pelota empezará a rodar, pero el verdadero partido económico ya comenzó: la entidad que regula el fútbol mundial decidió jugar también en la reventa, controlar la demanda, fijar precios en tiempo real y quedarse con una porción cada vez mayor del negocio.
La pregunta que queda abierta es incómoda: si el fútbol pertenece a los aficionados, ¿hasta dónde puede llegar una organización que, en nombre de la seguridad y la eficiencia, transforma la pasión popular en un producto financiero de alta gama?





