Por Nicolás J. Portino González
En la fascinante kermés libertaria, donde se celebra la recesión como si fuera un campeonato del mundo y se predica el ascetismo monacal para los de afuera, los muchachos de las Fuerzas del Cielo suelen tropezar con el archivo. Es una patología clásica del poder: la distancia sideral entre el dogma que se escupe desde el atril y la prolijidad de los propios bolsillos.
Hoy nos convoca la parábola milagrosa del atildado Criptovocero, un orfebre de la retórica diaria que, según parece, maneja números de vanguardia con la misma soltura con la que gambetea las preguntas de la acreditada prensa de Casa Rosada.
Para entender el tamaño de la conmoción, la Consultora invita a repasar una ingeniería financiera que envidiaría el mismísimo lobo de Wall Street. Pasen y vean la bitácora del éxito:
La siembra (2013/2014): En aquellos años de cepo y relatos alternativos, una inversión inicial de USD 200.000 a un precio promedio de USD 16 por Bitcoin permitía capturar la friolera de 12.500 Bitcoins. Una jugada de audaces.
La cosecha (Mediados de 2014): Con el timing perfecto de los elegidos, esos 12.500 Bitcoins se liquidaron a un promedio de USD 610. La cuenta trepó, de repente, a la galáctica cifra de USD 7.625,000.
El botín neto: Restando la inversión inicial, la ganancia neta se clavó en USD 7.425.000. En la cotización de aquel 2014, significaban unos $66.600.000 pesos. Traído a los valores de la castigada economía de hoy, esa montaña de dinero equivale a $10.766.250.000 pesos.
Una fortuna colosal, digna de un genio de las finanzas o de un bendecido por la providencia de la tecnología blockchaneana.
Ante semejante despliegue de opulencia inadvertida, a este cronista —y a cualquier ciudadano de a pie que todavía conserve dos dedos de frente— le brotan, naturalmente, dos interrogantes de manual:
A. ¿La amnesia del campeón?
¿Es técnicamente posible olvidarse de declarar o transparentar semejante Cordillera de los Andes de billetes? ¿Se le pasó? ¿Un bache en la memoria de quien tiene el chip programado para recordar cada coma del gasto público ajeno, pero sufre de un tierno letargo cognitivo cuando se trata del patrimonio propio? Entrañable.
B. El rigor de la ley… ¿es solo para los giles?
Aquí radica el nudo gordiano de la hipocresía nacional. Mientras el olimpo oficialista se hamaca en la benevolencia del olvido, ARCA (el flamante maquillaje de la temible e histórica AFIP) opera abajo con la velocidad de un comando de élite.
Para la PyME asfixiada, para el comerciante que estira los pesos para llegar a fin de mes, el Estado no tiene amnesia. No transcurren más de 48 horas de un retraso impositivo o de una presentación trunca para que caiga la guadaña: embargos exprés, ejecuciones fiscales y cuentas congeladas. Un terrorismo administrativo implacable.
La asimetría es tan obscena que asusta. El rigor prusiano y la persecución implacable se reservan, como siempre, para los boludos que legítimamente pusieron el voto esperando un cambio de música, pero terminaron bailando la misma milonga.
Para los que habitan el decorado del poder, en cambio, rige la amnistía del silencio y la distracción.
Pregunto nomás. Simple curiosidad analítica de este consultor antes de que caiga el telón de otra jornada de adoctrinamiento matutino.
Nota al pie: Será que habrá pensado tanto Adorni que se distrajo y también olvidó que no era conveniente inventar una excusa con una CRIPTONOMEDA!?




