Marruecos consolida en África Occidental un nuevo eje diplomático con Guinea-Bisáu mientras se amplía el respaldo al Plan de Autonomía para el Sáhara
Por Adalberto Agozino
La reafirmación del apoyo de Guinea-Bisáu al Plan de Autonomía propuesto por Marruecos para el Sáhara constituye mucho más que un nuevo pronunciamiento diplomático. Expresa la consolidación de una alianza política construida durante décadas, sustentada en una intensa cooperación Sur-Sur, en proyectos estratégicos para el desarrollo del África atlántica y en una visión compartida sobre la integración regional. El entendimiento entre Rabat y Bissau refleja, además, la creciente capacidad de Marruecos para convertir su política africana en uno de los principales instrumentos de su proyección internacional.
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Buenos Aires – Durante los últimos años la política exterior marroquí ha experimentado una profunda transformación. Sin abandonar sus tradicionales vínculos con Europa y el Mediterráneo, Rabat ha situado al continente africano en el centro de su estrategia diplomática, económica y geopolítica. El Reino ha buscado consolidar una extensa red de alianzas que trascienden el ámbito estrictamente bilateral para convertirse en un proyecto de integración regional basado en inversiones, cooperación técnica, conectividad, seguridad alimentaria, infraestructura y desarrollo económico.
En ese amplio entramado diplomático, Guinea-Bisáu ocupa un lugar de creciente importancia. Aunque se trata de uno de los países de menor dimensión económica del África occidental, su posición geográfica sobre el Atlántico, su pertenencia activa a la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), su participación en la Unión Africana y su condición de interlocutor en los principales foros continentales le otorgan un valor estratégico que Marruecos ha sabido reconocer y cultivar.
La visita oficial realizada a Rabat por la ministra de Asuntos Exteriores, Cooperación Internacional y Comunidades de Guinea-Bisáu, Fatumata Jau, culminó con una declaración política de considerable alcance. Tras reunirse con el ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Cooperación Africana y Marroquíes Residentes en el Extranjero, Nasser Bourita, la responsable de la diplomacia bisauguineana reiteró de manera explícita la posición “constante e inquebrantable” de su país en favor de la integridad territorial de Marruecos y de su soberanía sobre el Sáhara. El pronunciamiento confirmó igualmente el respaldo de Bissau al Plan de Autonomía presentado por Rabat como la única solución creíble, seria y realista para resolver el diferendo existente.
La importancia de esta declaración trasciende el plano simbólico. En la diplomacia africana las posiciones expresadas públicamente por los gobiernos suelen responder a procesos prolongados de construcción de consensos políticos. El respaldo de Guinea-Bisáu no constituye una reacción coyuntural, sino la continuación de una línea diplomática sostenida durante varios años y materializada mediante decisiones concretas que han fortalecido progresivamente la relación bilateral.
Uno de los hitos más significativos fue la apertura, en octubre de 2020, del Consulado General de Guinea-Bisáu en Dajla. Desde la perspectiva de Rabat, la presencia de representaciones diplomáticas extranjeras en esa ciudad constituye un reconocimiento efectivo de la administración marroquí sobre el territorio. Para Bissau, aquella decisión representó un compromiso político de largo plazo con la posición defendida por Marruecos en torno al Sáhara. Durante su reciente visita, Fatumata Jau volvió a subrayar que la apertura del consulado simboliza la solidez de la asociación entre ambos Estados y se inscribe dentro de la dinámica internacional impulsada por el rey Mohammed VI para fortalecer el respaldo al Plan de Autonomía.
El lenguaje empleado por la canciller bisauguineana tampoco pasó inadvertido para los observadores internacionales. Al referirse al litigio sobre el Sáhara como un “diferendo artificial”, Bisáu adoptó una formulación coincidente con la narrativa diplomática desarrollada desde hace años por Marruecos. Del mismo modo, la ministra sostuvo que el Plan de Autonomía constituye la única alternativa viable para alcanzar una solución política duradera, reforzando así la posición que Rabat defiende de forma sistemática en los foros internacionales.
El respaldo expresado durante las conversaciones en Rabat también incluyó una valoración positiva de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, considerada por Guinea-Bisáu como un elemento que contribuye al proceso político impulsado bajo los auspicios de la ONU. La canciller destacó la importancia de dicho marco para avanzar hacia una solución negociada y mutuamente aceptable, reafirmando la confianza de su país en los mecanismos multilaterales de resolución de controversias.
Sin embargo, reducir las relaciones entre Marruecos y Guinea-Bisáu únicamente a la cuestión del Sáhara supondría ignorar la amplitud de una asociación que se ha ido consolidando durante décadas. Ambos países han desarrollado una cooperación multidimensional que abarca desde la agricultura hasta la formación de recursos humanos, pasando por la salud pública, la educación superior, la pesca, la seguridad alimentaria, las infraestructuras, la banca y el fortalecimiento institucional.
Desde la llegada al trono del rey Mohammed VI, la política africana de Marruecos ha descansado sobre un principio constante: sustituir la lógica tradicional de la ayuda por una estrategia de asociación entre iguales basada en beneficios recíprocos. Esa concepción, definida por Rabat como cooperación Sur-Sur, ha encontrado en Guinea-Bisáu un interlocutor especialmente receptivo debido a las necesidades de desarrollo del país y a la convergencia de intereses en materia de integración regional.
Las relaciones diplomáticas entre ambos Estados, establecidas poco después de la independencia de Guinea-Bisáu, atravesaron diversas etapas marcadas por las transformaciones políticas africanas posteriores a la Guerra Fría. Durante los últimos veinte años, sin embargo, el vínculo adquirió una intensidad inédita gracias al incremento de las visitas oficiales, la firma de acuerdos sectoriales y la creciente presencia de empresas e instituciones marroquíes en África occidental.
Esa evolución se explica, en buena medida, por la estrategia desplegada por Mohammed VI desde comienzos de este siglo para reforzar la presencia económica y diplomática del Reino en el continente. A diferencia de otros actores externos que centran su acción en la explotación de recursos naturales o en la competencia geopolítica con potencias rivales, Marruecos ha procurado construir una red de asociaciones estables apoyadas en inversiones de largo plazo, programas de formación, cooperación financiera e iniciativas de integración regional.
Guinea-Bisáu ha encontrado en ese modelo una oportunidad para diversificar sus alianzas internacionales, reducir su dependencia de la ayuda tradicional y acceder a nuevos instrumentos de cooperación orientados al fortalecimiento institucional y al desarrollo económico. Esta convergencia de intereses explica que la dimensión política de la relación haya evolucionado paralelamente a una creciente cooperación económica y técnica, generando un nivel de confianza mutua poco frecuente entre Estados de dimensiones tan diferentes.
La reciente reunión de Rabat confirmó precisamente esa evolución. Las declaraciones oficiales no se limitaron al respaldo sobre el Sáhara, sino que pusieron de manifiesto la voluntad de ambas capitales de profundizar una asociación estratégica concebida como parte de una visión más amplia del futuro del continente africano, donde la estabilidad política, la conectividad atlántica y la integración económica aparecen como objetivos inseparables del desarrollo regional.
Una sólida asociación estratégica
La profundidad alcanzada por las relaciones entre Marruecos y Guinea-Bisáu resulta aún más evidente cuando se examina la agenda de cooperación que ambos gobiernos han venido construyendo durante los últimos años. Lejos de limitarse a la tradicional asistencia técnica o al intercambio protocolar entre cancillerías, Rabat ha procurado integrar a Bisáu en una estrategia africana mucho más ambiciosa, concebida para fortalecer las capacidades económicas del continente mediante proyectos de conectividad, infraestructura, seguridad energética y cooperación institucional.
Esta política responde a una concepción que el Reino ha convertido en uno de los pilares de su acción exterior. Desde el inicio del reinado de Mohammed VI, Marruecos ha defendido la necesidad de que África impulse su propio desarrollo mediante mecanismos de cooperación entre Estados africanos, reduciendo la dependencia de los tradicionales esquemas de ayuda internacional. Esa visión ha encontrado una recepción favorable en numerosos países del África occidental, entre ellos Guinea-Bisáu, cuya economía continúa enfrentando importantes desafíos estructurales relacionados con la modernización de sus instituciones, la diversificación productiva y la atracción de inversiones.
Durante las conversaciones celebradas en Rabat, la ministra Fatumata Jau expresó de manera explícita el respaldo de su gobierno a las principales iniciativas impulsadas por el monarca marroquí para favorecer la emergencia económica del continente. Las declaraciones conjuntas pusieron de relieve que Bisáu considera esos proyectos instrumentos destinados a reforzar la integración regional y a generar nuevas oportunidades de crecimiento para África occidental.
Uno de los ejes centrales de esa estrategia es el denominado Proceso de los Estados Africanos Atlánticos, una iniciativa concebida para articular un espacio permanente de concertación entre los países africanos con fachada sobre el océano Atlántico. El proyecto persigue objetivos que van mucho más allá de la cooperación diplomática tradicional. Pretende desarrollar mecanismos conjuntos para fortalecer la seguridad marítima, facilitar el comercio regional, mejorar las comunicaciones portuarias, coordinar políticas pesqueras y promover inversiones que permitan aprovechar el enorme potencial económico de la costa atlántica africana.
Para Guinea-Bisáu, cuya economía mantiene una estrecha dependencia de sus recursos marítimos y de las actividades portuarias, esta iniciativa posee una relevancia estratégica evidente. La extensa fachada atlántica del país constituye uno de sus principales activos geopolíticos, razón por la cual las autoridades bisauguineanas consideran que una mayor coordinación regional puede traducirse en nuevas oportunidades comerciales y en una mejora de las condiciones de seguridad frente a fenómenos como la pesca ilegal, el crimen organizado transnacional y el narcotráfico marítimo.
La ministra Jau destacó precisamente que este proceso abre importantes posibilidades de sinergia y cooperación entre los Estados participantes, al ofrecer un marco institucional estable para coordinar políticas de desarrollo en sectores considerados esenciales para el crecimiento africano.
La importancia concedida por Guinea-Bisáu a esta iniciativa refleja una tendencia cada vez más visible dentro de la diplomacia africana contemporánea. Numerosos gobiernos consideran que la integración regional ya no puede limitarse exclusivamente a la eliminación de barreras comerciales, sino que debe incorporar una dimensión geoestratégica capaz de convertir al Atlántico africano en un verdadero espacio de desarrollo compartido.
Esa misma lógica inspira otra de las propuestas impulsadas por Mohammed VI que recibió un respaldo particularmente enfático por parte de Bisáu: la iniciativa destinada a facilitar el acceso de los países del Sahel al océano Atlántico.
La región saheliana atraviesa desde hace años una compleja combinación de crisis políticas, conflictos armados, terrorismo y limitaciones estructurales para el desarrollo económico. A ello se suma una desventaja geográfica que condiciona severamente sus posibilidades comerciales: varios de sus Estados carecen de salida al mar y dependen de corredores terrestres vulnerables para acceder a los mercados internacionales.
Frente a esa realidad, Marruecos ha promovido una propuesta destinada a facilitar la conexión logística entre los países sahelianos y los puertos atlánticos, favoreciendo el comercio, la circulación de mercancías y la integración económica regional.
Guinea-Bisáu interpretó esta iniciativa como una expresión concreta de solidaridad africana. Durante la reunión bilateral celebrada en Rabat, Fatumata Jau subrayó el alcance estratégico del proyecto y valoró especialmente el compromiso asumido por Marruecos para contribuir al desarrollo de los países hermanos del continente mediante mecanismos de cooperación mutuamente beneficiosos.
La dimensión económica de esta política encuentra quizás su máxima expresión en el proyecto del gran gasoducto África-Atlántico, concebido para unir Nigeria con Marruecos a través de una extensa infraestructura que recorrerá buena parte de la costa occidental africana.
Se trata de una de las iniciativas energéticas más ambiciosas actualmente proyectadas en el continente. Además de favorecer el abastecimiento regional de gas natural, el corredor energético aspira a estimular inversiones industriales, mejorar la seguridad energética de numerosos países africanos y fortalecer la integración económica entre las distintas regiones del África occidental.
Aunque Guinea-Bisáu no constituye uno de los principales productores energéticos de la región, el desarrollo de este corredor representa para su economía una oportunidad potencial para incorporarse a nuevas cadenas regionales de inversión y logística.
No resulta casual, por ello, que la ministra bisauguineana alabara expresamente el avance del proyecto, calificándolo como un símbolo ejemplar de la cooperación Sur-Sur promovida por Marruecos. La definición posee un importante contenido político. Al describir el gasoducto bajo esa fórmula, Bisáu reconoce que la infraestructura trasciende el ámbito energético para convertirse en una manifestación del nuevo modelo de integración africana que Rabat procura impulsar desde hace más de una década.
La cooperación bilateral también incorpora una dimensión política menos visible, pero igualmente significativa. Durante las conversaciones entre ambas delegaciones quedó de manifiesto el respaldo marroquí a la candidatura de Guinea-Bisáu para representar a África en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un gesto que pone de relieve el elevado nivel de confianza alcanzado entre ambos gobiernos.
Este tipo de apoyos recíprocos constituye una práctica habitual dentro de la diplomacia africana contemporánea. Los Estados buscan coordinar posiciones en organismos multilaterales no solo para fortalecer sus respectivas candidaturas, sino también para construir redes permanentes de cooperación política que incrementen su capacidad de influencia dentro del sistema internacional.
En el caso de Marruecos, esa estrategia forma parte de una política mucho más amplia destinada a consolidar una masa crítica de aliados africanos que respalden sus posiciones en los principales organismos internacionales. Para Guinea-Bisáu, el apoyo diplomático de Rabat representa igualmente una oportunidad para aumentar su visibilidad internacional y fortalecer su presencia en espacios donde tradicionalmente las pequeñas potencias africanas disponen de un margen de actuación limitado.
Las relaciones económicas acompañan este proceso político. Ambos gobiernos han manifestado su voluntad de estimular las inversiones bilaterales y favorecer una mayor participación del sector privado en áreas consideradas prioritarias para el desarrollo. Aunque el volumen comercial continúa siendo relativamente modesto en comparación con otras asociaciones africanas de Marruecos, las perspectivas de crecimiento aparecen vinculadas al desarrollo de los grandes corredores logísticos y energéticos que Rabat promueve en el África atlántica.
Desde esta perspectiva, el respaldo expresado por Guinea-Bisáu al Plan de Autonomía para el Sáhara no constituye un episodio aislado, sino una pieza más dentro de una asociación política que combina cooperación económica, coordinación diplomática e integración regional. La cuestión del Sáhara aparece así estrechamente vinculada a una visión compartida sobre el futuro del continente, en la que ambos gobiernos defienden un modelo de desarrollo sustentado en la estabilidad política, la conectividad atlántica y el fortalecimiento de las capacidades africanas para impulsar su propio crecimiento.
Un nuevo paradigma geopolítico
La creciente sintonía entre Marruecos y Guinea-Bisáu debe interpretarse, además, en el contexto de una transformación mucho más amplia de la geopolítica africana respecto del Sáhara. Durante las dos últimas décadas, y con especial intensidad desde el regreso de Marruecos a la Unión Africana en 2017, Rabat ha desplegado una política exterior orientada a consolidar un entramado de alianzas continentales sustentadas en la cooperación económica, el desarrollo compartido y una presencia diplomática constante en África subsahariana. El objetivo ha consistido en sustituir la lógica de la confrontación ideológica que caracterizó buena parte del debate africano durante la Guerra Fría por una estrategia basada en intereses comunes y beneficios tangibles para los Estados asociados.
Ese cambio de paradigma explica que numerosos gobiernos africanos hayan optado por profundizar sus relaciones con Marruecos al mismo tiempo que manifiestan un respaldo cada vez más explícito al Plan de Autonomía para el Sáhara. En la visión de Rabat, la propuesta presentada en 2007 constituye el marco más adecuado para conciliar la preservación de la soberanía nacional con un amplio régimen de autogobierno destinado a garantizar la gestión de los asuntos locales por parte de la población sahariana. La diplomacia marroquí sostiene que esa fórmula representa una solución pragmática, compatible con la estabilidad regional y con las resoluciones impulsadas por las Naciones Unidas.
Guinea-Bisáu se ha convertido en uno de los exponentes más consistentes de esa corriente diplomática. La reciente reafirmación de su posición no introdujo novedades doctrinales respecto de la política seguida por Bisáu durante los últimos años, pero sí consolidó una imagen de continuidad institucional particularmente relevante en un continente donde los cambios de gobierno suelen traducirse en modificaciones de la orientación exterior. La canciller Fatumata Jau insistió en que el respaldo de su país responde a una política de Estado y no a una decisión circunstancial derivada del contexto internacional. Esa continuidad constituye precisamente uno de los elementos que Rabat busca proyectar como prueba de la solidez de sus alianzas africanas.
No resulta casual que, durante las conversaciones celebradas en Rabat, ambas delegaciones evitaran circunscribir el diálogo exclusivamente al ámbito bilateral. La declaración conjunta puso de manifiesto una visión compartida acerca de los desafíos que enfrenta el continente africano en un escenario internacional caracterizado por la creciente competencia entre potencias globales, la inestabilidad en el Sahel, las tensiones derivadas de las transformaciones energéticas y la necesidad de desarrollar nuevas infraestructuras que permitan incrementar la conectividad entre las distintas regiones africanas.
Desde esa perspectiva, las iniciativas impulsadas por Mohammed VI adquieren una dimensión que trasciende el interés nacional de Marruecos. El Proceso de los Estados Africanos Atlánticos, la apertura de corredores logísticos hacia el océano Atlántico para los países del Sahel y el desarrollo del gran gasoducto que conectará Nigeria con Marruecos forman parte de una misma arquitectura estratégica destinada a fortalecer la autonomía económica del continente y reducir los costes derivados de la fragmentación regional. Guinea-Bisáu ha respaldado expresamente esa visión, interpretándola como una contribución al fortalecimiento de la integración africana y al desarrollo de mecanismos permanentes de cooperación entre Estados que comparten intereses geográficos y económicos comunes.
La cooperación entre ambos países también ilustra una característica distintiva de la política africana de Marruecos: la combinación de instrumentos diplomáticos, económicos y simbólicos. La apertura del Consulado General de Guinea-Bisáu en Dajla constituye un ejemplo particularmente ilustrativo de esa estrategia. Más allá de sus funciones consulares, la representación diplomática se ha convertido en un elemento de alto valor político para Rabat, al expresar de manera visible el reconocimiento de la administración marroquí sobre el Sáhara por parte de un Estado africano. La decisión adoptada en 2020 continúa siendo evocada por ambas cancillerías como una prueba tangible de la profundidad alcanzada por la relación bilateral.
Para Guinea-Bisáu, el acercamiento a Marruecos responde igualmente a consideraciones de política exterior que trascienden el debate sobre el Sáhara. El país busca ampliar su margen de maniobra internacional mediante asociaciones capaces de favorecer inversiones, mejorar las capacidades institucionales y facilitar el acceso a redes de cooperación técnica. Marruecos, convertido en una de las economías más diversificadas del continente y en un actor financiero de creciente influencia en África occidental, aparece para Bissau como un socio capaz de aportar experiencia en sectores estratégicos como la agricultura, la gestión portuaria, la banca, la formación profesional y el desarrollo de infraestructuras.
Ese componente económico adquiere una relevancia especial en un momento en que África occidental intenta responder simultáneamente a múltiples desafíos. La inestabilidad política registrada en varios países del Sahel, la expansión de organizaciones extremistas, las dificultades derivadas del cambio climático, la presión migratoria y la necesidad de acelerar la industrialización obligan a numerosos gobiernos africanos a buscar nuevas fórmulas de cooperación regional. La propuesta marroquí de impulsar una integración basada en grandes proyectos de infraestructura responde precisamente a ese contexto.
Desde una perspectiva geopolítica más amplia, la relación entre Marruecos y Guinea-Bisáu constituye también un indicador de la progresiva reconfiguración de las alianzas africanas. Durante décadas, las posiciones respecto del Sáhara estuvieron condicionadas por los alineamientos heredados de la Guerra Fría y por las rivalidades ideológicas que atravesaban el continente. En la actualidad, sin embargo, numerosos gobiernos tienden a evaluar sus relaciones exteriores en función de criterios vinculados al desarrollo económico, la estabilidad institucional y las oportunidades de inversión.
Ese cambio explica que el respaldo africano a Marruecos se encuentre hoy estrechamente asociado a una percepción favorable de su capacidad para actuar como motor de iniciativas continentales. Rabat ha procurado presentarse no solo como un interlocutor político, sino también como un promotor de proyectos concretos destinados a mejorar la conectividad regional, ampliar las infraestructuras energéticas y fortalecer la cooperación económica entre países africanos. Las declaraciones formuladas por Guinea-Bisáu durante la visita de Fatumata Jau reflejan precisamente esa visión al vincular el apoyo al Plan de Autonomía con el reconocimiento del liderazgo desempeñado por Mohammed VI en favor del desarrollo del continente.
En última instancia, la evolución de las relaciones entre Rabat y Bissau pone de manifiesto que la cuestión del Sáhara continúa siendo uno de los principales ejes estructurantes de la política exterior marroquí, pero revela al mismo tiempo una transformación de mayor alcance. Lejos de descansar exclusivamente sobre argumentos jurídicos o diplomáticos, Marruecos ha procurado insertar su posición en una estrategia continental mucho más amplia, en la que la cooperación económica, la integración africana y la promoción de grandes proyectos de infraestructura constituyen elementos inseparables de su acción internacional.
La reafirmación del apoyo de Guinea-Bisáu al Plan de Autonomía constituye, por tanto, mucho más que una declaración de solidaridad política. Refleja la consolidación de una alianza estratégica construida sobre intereses compartidos y sobre una concepción común del desarrollo africano, en la que la cooperación Sur-Sur se presenta como el instrumento privilegiado para afrontar los desafíos del siglo XXI. Al mismo tiempo, confirma la capacidad de Marruecos para convertir su política africana en uno de los principales vectores de su influencia internacional y para proyectar, a través de una diplomacia sostenida y de iniciativas de integración regional, una imagen de socio estable, comprometido con el crecimiento del continente y decidido a situar al África atlántica en el centro de las nuevas dinámicas geopolíticas internacionales.





