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El rey Mohammed VI describe el horizonte de un Marruecos industrial y diplomático en un mundo en reconfiguración

30 julio, 2026
El rey Mohammed VI describe el horizonte de un Marruecos industrial y diplomático en un mundo en reconfiguración
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Por Adalberto Agozino

El discurso del Trono de 2026 no se limita a un balance de gestión: el monarca presenta la estabilidad institucional como activo estratégico, la industrialización como instrumento de soberanía y una diplomacia diversificada como proyección natural de un proyecto de Estado de largo alcance, en un contexto internacional marcado por la fragmentación y la competencia tecnológica.

Contenido:

Buenos Aires – Pocas intervenciones de un jefe de Estado logran condensar con tanta nitidez una visión de país como la que pronunció el rey Mohammed VI con motivo de la Fiesta del Trono de 2026. Más allá del ritual protocolario y del recuento de logros del último año, el mensaje se erige en una reflexión profunda sobre el modelo de desarrollo construido durante casi tres décadas y sobre las bases que sustentan la creciente proyección económica y diplomática del Reino. En un escenario global atravesado por la fragmentación geopolítica, la rivalidad entre grandes potencias y la incertidumbre económica, el soberano presenta a Marruecos como un Estado decidido a convertir la continuidad institucional en ventaja competitiva y la industrialización en principal instrumento de su inserción internacional.

Existe una diferencia sustancial entre los discursos concebidos para responder a las urgencias de la coyuntura y aquellos que pretenden fijar las coordenadas de un proyecto histórico. La alocución del vigésimo séptimo aniversario de la ascensión al Trono pertenece inequívocamente a esta segunda categoría. No se trata únicamente de celebrar avances recientes ni de exponer los resultados de un gobierno concreto. El texto ofrece una interpretación del proceso de transformación experimentado por Marruecos desde finales del siglo XX y, al mismo tiempo, una declaración de principios sobre el papel que el Reino aspira a desempeñar en el sistema internacional durante las próximas décadas.

Desde el punto de vista político, el discurso representa uno de los textos más significativos del reinado de Mohammed VI. En él confluyen tres narrativas que han marcado la evolución del país en los últimos años: la consolidación de un modelo de gobernanza centrado en la continuidad institucional, la construcción de una economía cada vez más industrializada y tecnológicamente sofisticada, y el fortalecimiento de una política exterior orientada a convertir a Marruecos en actor de referencia entre Europa, África y el espacio atlántico. El tono evita deliberadamente el triunfalismo. Aunque el balance es positivo, el monarca sitúa los logros dentro de una lógica de continuidad histórica más que de éxito personal. Resulta especialmente reveladora su afirmación de que nunca fue su objetivo buscar la gloria personal o el reconocimiento por un papel de liderazgo continental o internacional, sino cumplir fielmente con el deber de servir al pueblo.

Más allá de su dimensión retórica, esta declaración cumple una función política precisa: sitúa el proceso de modernización por encima de la figura individual del monarca y lo vincula a la continuidad del Estado. Las transformaciones económicas e institucionales no aparecen como resultado de decisiones aisladas o coyunturales, sino como consecuencia de una estrategia nacional sostenida durante casi tres décadas. Esta idea se refuerza en una de las frases más densas de la intervención: todo lo logrado no fue fruto del azar, sino el resultado de una visión estratégica clara y de un enfoque de gobernanza basado en la iniciativa, el seguimiento minucioso y la autocrítica constructiva. Probablemente esta afirmación constituya la auténtica tesis del discurso. El resto del mensaje puede leerse como una demostración de esa premisa. La transformación económica, el fortalecimiento institucional, la expansión industrial, el aumento de las exportaciones y la creciente influencia diplomática se presentan como manifestaciones concretas de un mismo principio organizador: la existencia de un proyecto de Estado concebido para desarrollarse a largo plazo.

Desde el análisis político, esta concepción reviste particular interés porque rompe con una característica frecuente en numerosos países emergentes: la discontinuidad de las políticas públicas. Mientras que en buena parte del mundo en desarrollo los cambios de gobierno suelen implicar modificaciones profundas de las prioridades económicas y administrativas, el discurso reivindica precisamente la estabilidad de las orientaciones estratégicas como uno de los principales activos nacionales. No es casual que Mohammed VI recurra reiteradamente al concepto de gobernanza. El término se emplea en un sentido mucho más amplio que el habitual en los organismos internacionales. No se limita a describir procedimientos administrativos eficientes, sino que engloba la capacidad del Estado para formular objetivos nacionales, coordinar instituciones, movilizar recursos y mantener políticas coherentes durante largos periodos.

Esta visión resulta especialmente visible cuando el Rey afirma que Marruecos atraviesa una etapa decisiva en el proceso de desarrollo, en la cual el espíritu de confianza y optimismo debe prevalecer sobre los discursos de desesperanza y frustración. El mensaje introduce aquí un elemento poco habitual en los discursos económicos: la confianza colectiva se presenta como un recurso estratégico tan importante como las inversiones o las infraestructuras. Numerosos estudios sobre crecimiento sostenido han demostrado que las expectativas compartidas por la sociedad, la previsibilidad institucional y la confianza en la continuidad de las políticas públicas constituyen factores esenciales para atraer inversiones y estimular la innovación. El discurso incorpora explícitamente esa lógica al presentar el optimismo social como condición indispensable para consolidar el proceso de modernización.

La estabilidad ocupa, en consecuencia, el centro de toda la arquitectura argumental. Sin embargo, el concepto se define de manera particularmente amplia. No equivale simplemente a la ausencia de conflictos internos ni se identifica exclusivamente con el mantenimiento del orden público. En el razonamiento del soberano, la estabilidad representa la capacidad del Estado para preservar la continuidad institucional en un entorno internacional crecientemente incierto. La formulación es inequívoca: la estabilidad política e institucional constituye un activo excepcional, de incalculable valor, y representa el capital estratégico del que Marruecos se enorgullece.

Esta afirmación adquiere especial relevancia cuando se observa el entorno geopolítico inmediato. El norte de África y el Sahel continúan enfrentando desafíos asociados al terrorismo, los conflictos armados, la inestabilidad política, los golpes de Estado y las crisis económicas. En Oriente Medio persisten múltiples focos de tensión, mientras que Europa atraviesa un periodo de desaceleración económica y creciente incertidumbre estratégica. En ese contexto, el discurso presenta a Marruecos como una excepción regional caracterizada por la continuidad institucional y la capacidad del Estado para ejecutar políticas públicas complejas. No se trata únicamente de una afirmación destinada al consumo interno. También constituye un mensaje dirigido a los mercados internacionales, a los inversores extranjeros y a los socios diplomáticos. En un contexto global donde el riesgo político se ha convertido en una variable determinante para la localización de inversiones, la estabilidad aparece transformada en auténtico recurso económico.

La lógica del razonamiento es clara: allí donde existe previsibilidad institucional resulta posible planificar inversiones industriales que requieren horizontes temporales de veinte o treinta años; allí donde las reglas permanecen relativamente estables pueden desarrollarse sectores tecnológicamente complejos; allí donde las instituciones funcionan de manera coordinada es posible construir cadenas de valor capaces de competir internacionalmente. El discurso vincula además la estabilidad con la eficacia institucional. Mohammed VI sostiene que Marruecos constituye una nación ancestral cuyas instituciones actúan en un espíritu de armonía y complementariedad, permitiendo consolidar logros y afrontar desafíos incluso en circunstancias adversas. Lejos de presentar a las instituciones como estructuras burocráticas independientes, el texto las describe como componentes de un mismo proyecto nacional. La coordinación institucional aparece así como requisito indispensable para sostener el proceso de modernización económica.

Resulta igualmente significativa la referencia a la capacidad demostrada por Marruecos para organizar grandes acontecimientos internacionales y gestionar situaciones de emergencia, como las recientes inundaciones que afectaron distintas regiones del país. El soberano interpreta ambos ejemplos como evidencias de una administración pública capaz de responder eficazmente tanto a desafíos ordinarios como extraordinarios. Estos ejemplos cumplen una función argumentativa más amplia: no buscan únicamente destacar la eficacia administrativa, sino reforzar la idea de que el desarrollo económico depende inseparablemente de la fortaleza institucional. La organización de grandes eventos, la gestión de desastres naturales, la atracción de inversiones industriales y la construcción de infraestructuras aparecen integradas dentro de una misma narrativa sobre la capacidad del Estado para ejecutar políticas complejas.

Una vez establecida la existencia de una gobernanza estable, de instituciones eficaces y de una visión estratégica de largo plazo, el discurso desplaza el centro de gravedad hacia la economía. No lo hace mediante una simple exposición de indicadores macroeconómicos ni recurriendo al habitual catálogo de cifras. El mensaje persigue un objetivo más ambicioso: demostrar que Marruecos ha dejado atrás un modelo de crecimiento apoyado fundamentalmente en sectores tradicionales para convertirse en una economía industrial integrada en las grandes cadenas globales de producción. Durante buena parte del siglo XX, la estructura productiva marroquí estuvo fuertemente condicionada por la agricultura, la minería de fosfatos y un turismo en expansión. Aunque esos sectores continúan desempeñando un papel importante, la intervención del soberano revela que la estrategia nacional se ha concentrado en actividades intensivas en tecnología, conocimiento e innovación industrial.

El dato relativo al crecimiento económico ilustra esa evolución, aunque no constituye el núcleo del mensaje. Mohammed VI recuerda que la economía alcanzó una tasa cercana al 4,9 por ciento durante 2025 y anticipa que ese ritmo podrá mantenerse o incluso incrementarse. Más allá de la cifra, el interés reside en la interpretación que el discurso realiza de ese crecimiento. No se presenta como un fenómeno coyuntural derivado de circunstancias internacionales favorables, sino como la consecuencia de un proceso de transformación estructural cuidadosamente planificado. En este sentido, el soberano atribuye especial importancia a la recuperación del sector agrícola tras un periodo de condiciones climáticas adversas. La referencia a una campaña agrícola exitosa y a la mejora de la seguridad hídrica y alimentaria trasciende el mero balance estacional. En un país donde el agua constituye uno de los principales condicionantes del desarrollo, la gestión de los recursos hídricos adquiere dimensión estratégica.

El verdadero corazón económico del discurso aparece cuando Mohammed VI afirma que Marruecos ha logrado consolidarse como polo de inversión industrial, turística y financiera. Esta frase resume una estrategia iniciada hace más de dos décadas orientada a convertir al Reino en plataforma industrial capaz de conectar los mercados europeos, africanos y atlánticos. La importancia de esta afirmación resulta evidente cuando el Rey identifica los sectores que hoy constituyen los pilares del aparato productivo nacional: la automoción, la industria aeronáutica, las energías renovables y la industria agroalimentaria. Todas ellas comparten tres características fundamentales: requieren elevados niveles de inversión tecnológica, generan empleo altamente calificado y se encuentran estrechamente integradas en cadenas internacionales de suministro.

Desde una perspectiva comparada, esta evolución representa uno de los cambios más significativos registrados por una economía africana durante las últimas décadas. Marruecos no ha optado por competir exclusivamente mediante bajos costos laborales o ventajas fiscales, sino que ha procurado insertarse en segmentos industriales donde la competitividad depende crecientemente de la calidad tecnológica, de la logística y de la estabilidad institucional. El caso de la industria automotriz constituye el ejemplo más elocuente. El discurso recuerda que Marruecos se ha convertido en el principal exportador de automóviles del continente africano, alcanzando una capacidad anual cercana al millón de vehículos. Más significativo aún resulta el hecho de que las exportaciones combinadas de los sectores automotor y aeronáutico ya representen más del cuarenta por ciento del total exportado por el Reino, superando incluso el peso histórico de los fosfatos.

Esta referencia encierra una profunda transformación estructural. Durante décadas, los fosfatos simbolizaron la principal riqueza exportable del país. Que hoy las manufacturas industriales hayan superado ese protagonismo constituye un indicador de la profundidad del cambio experimentado. Exportar materias primas implica participar en los mercados internacionales desde posiciones generalmente subordinadas a la evolución de los precios de los productos básicos. Exportar vehículos, componentes aeronáuticos o equipamiento industrial significa, por el contrario, integrarse en redes productivas donde el valor agregado, la innovación tecnológica y la especialización industrial adquieren una importancia mucho mayor.

Todavía más reveladora resulta la referencia a la inauguración de nuevas plantas industriales destinadas a la fabricación de motores aeronáuticos y sistemas de aterrizaje. La industria aeronáutica figura entre las actividades industriales más complejas existentes. Su desarrollo exige elevados estándares de calidad, mano de obra altamente especializada, transferencia tecnológica, integración logística internacional y una estrecha cooperación con empresas multinacionales. El hecho de que Marruecos aspire a producir componentes críticos para aeronaves constituye una evidencia de la creciente sofisticación alcanzada por su aparato industrial. Desde una perspectiva estratégica, el mensaje transmite una idea clara: el Reino no pretende limitarse a ensamblar productos diseñados en otros países, sino avanzar progresivamente hacia actividades con mayor contenido tecnológico y mayor capacidad para generar innovación nacional.

Esta lógica aparece con mayor nitidez cuando Mohammed VI aborda el desarrollo del sector de las baterías eléctricas. El discurso afirma que dicha industria demuestra la capacidad de Marruecos para anticipar las transformaciones tecnológicas e integrarse en las nuevas cadenas de producción vinculadas a industrias estratégicas. La transición hacia la movilidad eléctrica constituye uno de los procesos industriales más relevantes del siglo XXI. Las baterías representan uno de los componentes de mayor valor agregado y concentran actualmente una intensa competencia tecnológica entre Estados Unidos, Europa y Asia. Al destacar este sector, el discurso sugiere que Marruecos pretende ocupar un lugar significativo en esa transformación global.

La misma lógica inspira el desarrollo de las energías renovables. El soberano sostiene que estos proyectos no deben entenderse únicamente como iniciativas ambientales, sino como instrumentos de política económica capaces de reforzar simultáneamente la seguridad energética y la competitividad industrial. Mientras numerosos países continúan abordando la transición energética principalmente desde una perspectiva climática, Marruecos la presenta como herramienta destinada a fortalecer su posición competitiva. La disponibilidad de electricidad limpia y a costos competitivos aparece concebida como un factor capaz de atraer industrias intensivas en consumo energético, especialmente aquellas sometidas a crecientes exigencias medioambientales por parte de los mercados europeos. Dentro de esta estrategia, la denominada oferta de Marruecos en materia de hidrógeno verde ocupa un lugar especialmente destacado. El anuncio de la autorización de una primera serie de grandes proyectos constituye uno de los pasajes más relevantes del discurso. Gracias a sus recursos solares y eólicos, Marruecos reúne condiciones geográficas particularmente favorables para producir hidrógeno mediante fuentes renovables, circunstancia que el discurso incorpora como una oportunidad estratégica de largo plazo.

En realidad, la referencia al hidrógeno verde trasciende la cuestión energética. Representa una manifestación de una estrategia nacional orientada a identificar con anticipación las industrias llamadas a dominar la economía mundial durante las próximas décadas. Esta capacidad de anticipación constituye precisamente uno de los rasgos que el soberano reivindica cuando habla de una gobernanza basada en la visión estratégica y en la planificación de largo plazo. Desde esta perspectiva, la industrialización descrita no debe interpretarse únicamente como una política destinada a incrementar el producto interno bruto. Se presenta como un proceso mucho más amplio de transformación estructural mediante el cual Marruecos aspira a incrementar simultáneamente su autonomía económica, su capacidad tecnológica y su influencia internacional. En esa lógica, la economía deja de ser considerada exclusivamente un ámbito de generación de riqueza para convertirse en un instrumento de poder nacional.

Uno de los aspectos más novedosos del discurso reside en la estrecha relación que establece entre el desarrollo económico y la seguridad nacional. A diferencia de las concepciones tradicionales, que durante décadas consideraron ambos ámbitos como esferas relativamente independientes, el mensaje del monarca los integra dentro de una misma arquitectura estratégica. La industrialización deja de aparecer exclusivamente como instrumento para incrementar el crecimiento o generar empleo; pasa a convertirse en elemento esencial de la autonomía del Estado y, en consecuencia, de su capacidad para defender sus intereses en un entorno internacional cada vez más competitivo. Las profundas transformaciones geopolíticas registradas desde la pandemia de COVID-19, agravadas por las tensiones comerciales entre las grandes potencias, la guerra en Ucrania y la creciente fragmentación de las cadenas internacionales de suministro, han modificado sustancialmente la manera en que numerosos Estados conciben su seguridad. La dependencia excesiva de proveedores externos en sectores críticos ha dejado de ser vista como una simple cuestión económica para convertirse en un problema de soberanía.

Es precisamente dentro de ese contexto donde adquiere especial relevancia uno de los pasajes centrales del discurso. Mohammed VI afirma que, frente al retorno del proteccionismo y a la necesidad de asegurar las cadenas de producción, Marruecos ha situado el fortalecimiento de la soberanía nacional y de la autosuficiencia estratégica como uno de los ejes fundamentales de su desarrollo industrial. La formulación resulta particularmente significativa porque incorpora al lenguaje político marroquí conceptos que hasta hace pocos años aparecían asociados principalmente a las grandes potencias industriales. La autosuficiencia estratégica ya no constituye únicamente una preocupación de Estados Unidos, China o la Unión Europea; pasa a ser presentada como una prioridad también para un Estado de renta media que aspira a incrementar progresivamente su margen de autonomía.

La estrategia se articula alrededor de una idea sencilla pero de gran profundidad: un país depende menos de las decisiones de otros cuanto mayor sea su capacidad para producir internamente aquellos bienes considerados esenciales para el funcionamiento de su economía y para la protección de su población. En ese sentido, el discurso destaca que las industrias alimentaria y farmacéutica ya satisfacen aproximadamente el ochenta por ciento de las necesidades nacionales. La pandemia puso de manifiesto hasta qué punto incluso economías altamente desarrolladas podían enfrentar dificultades para acceder a medicamentos, insumos médicos o determinados productos alimentarios cuando las cadenas globales sufrían interrupciones. La autosuficiencia en estos sectores aparece así presentada como una garantía adicional de estabilidad frente a futuras crisis internacionales.

Probablemente el anuncio más relevante desde una perspectiva estratégica sea la decisión de desarrollar una base industrial y tecnológica vinculada a las industrias de defensa y a la seguridad cibernética. Aunque el discurso no proporciona detalles específicos sobre el alcance de estos proyectos, la sola incorporación de este objetivo dentro de la planificación nacional resulta altamente significativa. Las industrias de defensa constituyen uno de los sectores donde convergen innovación tecnológica, investigación científica, desarrollo industrial y autonomía estratégica. Al mismo tiempo, el creciente protagonismo de la ciberseguridad refleja la adaptación de Marruecos a un escenario internacional en el que las amenazas ya no se limitan al ámbito militar convencional, sino que incluyen ataques contra infraestructuras críticas, sistemas financieros, redes energéticas y plataformas digitales. Desde una perspectiva geopolítica, esta decisión puede interpretarse como parte de una tendencia más amplia observada en numerosos países durante los últimos años. La competencia tecnológica internacional ha convertido determinadas capacidades industriales en auténticos instrumentos de poder nacional.

En este punto, el discurso deja entrever una transformación profunda de la manera en que Marruecos concibe su inserción internacional. Durante décadas, el Reino fue considerado principalmente como un socio comercial, un destino turístico y un importante productor agrícola y minero. Hoy la narrativa oficial aspira a presentar un país capaz de desarrollar industrias avanzadas, producir tecnologías complejas y participar activamente en sectores vinculados con la defensa, la aeronáutica, la transición energética y la economía digital. La referencia a las industrias de defensa posee, además, otra dimensión menos explícita pero igualmente relevante. Supone reconocer que el fortalecimiento económico y el fortalecimiento militar constituyen procesos complementarios. Ninguna potencia regional puede sostener una política exterior ambiciosa si carece de una base industrial capaz de respaldar su autonomía estratégica.

Sin embargo, Mohammed VI evita presentar la industrialización como un fin en sí mismo. A lo largo de toda su intervención insiste en que el crecimiento económico sólo adquiere legitimidad política cuando se traduce en una mejora efectiva de las condiciones de vida de la población. El soberano recuerda que el Reino continúa desarrollando numerosos programas de desarrollo humano y avanzando en la generalización de la protección social con el propósito de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y fortalecer la justicia social y territorial. La inclusión de este pasaje resulta especialmente importante porque evita que el discurso sea interpretado exclusivamente como una defensa del crecimiento económico. Mohammed VI procura construir una narrativa donde el desarrollo industrial y la cohesión social aparecen estrechamente vinculados. Especial interés reviste la insistencia en la necesidad de que los programas de desarrollo territorial integrado alcancen todas las regiones del Reino sin excepción. Esta referencia pone de manifiesto una preocupación recurrente en numerosos procesos de modernización: evitar que los beneficios del crecimiento se concentren exclusivamente en los grandes centros urbanos o en las regiones más desarrolladas.

La cuestión financiera ocupa igualmente un espacio relevante. Mohammed VI reconoce que la transformación económica y social del país exige recursos de una magnitud inédita y afirma que buena parte de ellos deberá obtenerse mediante mecanismos de financiación interna. Esta afirmación constituye un indicador adicional de la creciente madurez de la economía marroquí. Durante muchos años, el desarrollo de numerosos países emergentes dependió ampliamente del financiamiento internacional o de la ayuda exterior. El discurso plantea ahora un enfoque diferente: fortalecer la capacidad nacional de ahorro, movilizar los recursos de las instituciones financieras marroquíes y ampliar significativamente el acceso al crédito para las pequeñas y medianas empresas, la innovación tecnológica, la industrialización y las exportaciones. Ningún proceso sostenido de industrialización puede depender indefinidamente del capital extranjero. La consolidación de un sistema financiero capaz de canalizar el ahorro interno hacia proyectos productivos constituye uno de los requisitos fundamentales para sostener el crecimiento durante largos periodos.

El discurso transmite así una imagen coherente del modelo económico que Marruecos pretende consolidar. No se trata simplemente de atraer inversiones internacionales, sino de construir progresivamente un ecosistema financiero e industrial capaz de sostener con recursos propios una parte creciente del proceso de modernización. En esta concepción, el Estado desempeña un papel de coordinador estratégico antes que de sustituto del sector privado. El Rey no plantea una expansión del aparato estatal como motor exclusivo del desarrollo. Por el contrario, hace un llamamiento explícito al sistema financiero para que amplíe su capacidad de acompañar la inversión privada, facilite la innovación y acelere la creación de empresas exportadoras. La modernización aparece así como el resultado de una interacción permanente entre políticas públicas, iniciativa empresarial y estabilidad institucional.

Si la primera mitad del discurso está dedicada a demostrar que la estabilidad institucional constituye el fundamento del desarrollo económico y que la industrialización representa el principal instrumento de transformación nacional, el tramo final desplaza el foco hacia la creciente influencia internacional de Marruecos. No se trata de un cambio temático, sino de la culminación lógica del razonamiento. La proyección exterior del Reino aparece presentada como la consecuencia natural de la consolidación de un modelo de Estado que ha logrado combinar continuidad política, modernización económica y capacidad institucional. Durante décadas, numerosos países en desarrollo intentaron incrementar su peso internacional mediante una intensa actividad diplomática que no siempre encontraba respaldo en una base económica sólida. El discurso del Trono propone una lógica inversa: antes de aspirar a desempeñar un papel relevante en la escena internacional, el Estado debe construir internamente las capacidades económicas, industriales e institucionales que hagan creíble esa aspiración.

La frase elegida por Mohammed VI para sintetizar esa evolución resulta particularmente significativa: se ha logrado consolidar la posición de Marruecos como actor internacional fiable, respetado e influyente. Cada uno de esos tres calificativos responde a una dimensión distinta de la política exterior contemporánea. La condición de actor fiable remite a la previsibilidad de la acción internacional del Reino. En un escenario caracterizado por la creciente volatilidad de las alianzas y por la aceleración de los cambios geopolíticos, la credibilidad se ha convertido en uno de los principales activos diplomáticos. El calificativo de respetado hace referencia a una legitimidad internacional que trasciende el tamaño demográfico o económico del país. Finalmente, la noción de actor influyente introduce una dimensión cualitativamente distinta. La influencia implica capacidad para moldear decisiones, generar consensos y participar activamente en la configuración de los grandes procesos internacionales.

La siguiente afirmación del Rey profundiza esa idea al sostener que Marruecos se ha convertido en un actor económico clave y en un socio solicitado en el marco de nuevas asociaciones equilibradas y orientadas hacia el futuro. La expresión “nuevas asociaciones equilibradas” refleja una de las principales transformaciones registradas en la política exterior marroquí durante los últimos años. Tradicionalmente, las relaciones entre Europa y numerosos países africanos estuvieron marcadas por una fuerte asimetría política y económica. El discurso sugiere que Marruecos considera superada esa lógica y aspira a establecer vínculos basados en intereses compartidos y beneficios recíprocos. Esta concepción se inserta plenamente en la evolución del sistema internacional hacia un orden crecientemente multipolar. El debilitamiento relativo de las estructuras heredadas de la posguerra y el ascenso de nuevas potencias económicas han ampliado significativamente el margen de maniobra de los Estados intermedios.

En ese contexto adquiere especial relevancia otra de las frases centrales: Marruecos puede dirigirse con confianza y claridad a todos sus socios para proponer iniciativas de cooperación sobre las principales cuestiones bilaterales e internacionales. Desde una perspectiva diplomática, esta afirmación constituye una declaración de autonomía. No significa neutralidad ni equidistancia entre las grandes potencias, sino la voluntad de desarrollar una política exterior suficientemente flexible para mantener relaciones constructivas con actores internacionales diversos sin renunciar a sus propios intereses estratégicos. Este aspecto resulta especialmente visible cuando Mohammed VI subraya que el Reino ha optado por diversificar sus asociaciones con el propósito de fortalecer las capacidades nacionales e incrementar el valor estratégico del país en múltiples ámbitos. La diversificación constituye probablemente uno de los rasgos más característicos de la diplomacia marroquí contemporánea. En lugar de concentrar su política exterior en un reducido número de alianzas tradicionales, Rabat ha procurado ampliar simultáneamente sus relaciones con Europa, Estados Unidos, África, el mundo árabe, los países del Golfo y un número creciente de socios en Asia y América Latina.

La lógica que inspira esta política guarda una estrecha relación con la evolución de la economía marroquí descrita en la parte anterior del discurso. Una economía diversificada requiere igualmente una diplomacia diversificada. Las nuevas industrias manufactureras, la expansión de las exportaciones, el desarrollo de las energías renovables y la consolidación de Marruecos como plataforma logística internacional exigen una red cada vez más amplia de acuerdos económicos, financieros y tecnológicos. En consecuencia, la política exterior deja de concebirse exclusivamente como un instrumento de representación internacional para transformarse en una extensión de la estrategia nacional de desarrollo. Desde esta perspectiva, el Reino procura posicionarse como uno de los principales puntos de articulación entre espacios geopolíticos tradicionalmente separados. Su ubicación geográfica le permite proyectarse simultáneamente hacia Europa, el Atlántico, el Mediterráneo, África occidental y el mundo árabe. Sin embargo, el discurso deja claro que la geografía, por sí sola, no basta para garantizar esa centralidad. Resulta imprescindible acompañarla mediante infraestructuras modernas, estabilidad institucional, capacidad industrial y una diplomacia activa.

En los párrafos finales de su intervención, Mohammed VI abandona definitivamente el terreno del balance coyuntural para situar el debate en una dimensión mucho más amplia: la del tiempo histórico. El monarca ya no habla únicamente de crecimiento económico, de inversiones industriales o de relaciones internacionales; reflexiona sobre la manera en que un Estado construye su desarrollo a lo largo de varias décadas mediante la acumulación progresiva de decisiones estratégicas. En una época dominada por la inmediatez política y por la presión constante de los ciclos electorales, el discurso reivindica la importancia de mantener orientaciones estratégicas capaces de trascender gobiernos, legislaturas y circunstancias económicas temporales. La frase elegida resume con claridad esta concepción: los logros económicos y sociales alcanzados trascienden el marco temporal de una legislatura gubernamental o parlamentaria; son, más bien, el resultado de una sucesión de cúmulos positivos, realizados durante años, gracias a la orientación estratégica y a las grandes decisiones acertadamente adoptadas por el país.

Desde la perspectiva del análisis institucional, esta afirmación posee una importancia considerable. Introduce una visión acumulativa del desarrollo. El progreso no aparece presentado como el resultado de medidas aisladas ni como consecuencia de un único programa de gobierno. Surge, por el contrario, de una secuencia continua de políticas públicas que, mantenidas durante largos periodos, terminan modificando estructuralmente las capacidades del Estado y de la economía. El pasaje pone de relieve una concepción del liderazgo basada en la continuidad antes que en la ruptura. Mientras numerosos sistemas políticos tienden a identificar el cambio con la sustitución de políticas anteriores, el discurso sostiene que las grandes transformaciones nacionales requieren precisamente preservar determinadas orientaciones fundamentales con independencia de las alternancias políticas.

No menos relevante resulta la referencia a las próximas elecciones legislativas y a la formación de un nuevo gobierno. Lejos de presentar ese proceso como un punto de inflexión, el soberano expresa su deseo de que la nueva etapa política esté orientada a la consolidación de los logros y la continuación de los grandes proyectos y reformas. Desde un punto de vista institucional, esta formulación reafirma la idea de que las transformaciones estratégicas deben sobrevivir a las alternancias gubernamentales. Las elecciones aparecen integradas dentro de un marco de continuidad donde los cambios políticos no implican necesariamente una redefinición de los grandes objetivos nacionales.

Vista en conjunto, la intervención ofrece también una determinada concepción del liderazgo. Mohammed VI presenta la conducción del Estado como un ejercicio permanente de anticipación estratégica. Gobernar significa identificar con suficiente antelación las transformaciones tecnológicas, económicas y geopolíticas capaces de modificar el entorno internacional, preparando al país para aprovechar esas oportunidades antes de que se materialicen plenamente. La reiterada referencia a la planificación, al seguimiento minucioso, a la autocrítica constructiva y a la visión estratégica adquiere así una dimensión mucho más amplia que la mera descripción de un método de gestión. Se convierte en la explicación del modelo mediante el cual el Reino pretende afrontar un siglo caracterizado por cambios acelerados y por una competencia internacional crecientemente compleja.

Todo discurso político aspira a interpretar el presente. Muy pocos consiguen, además, formular una visión coherente del futuro. El mensaje pronunciado por Mohammed VI con motivo de la Fiesta del Trono de 2026 pertenece a esta última categoría. Su importancia no reside exclusivamente en el balance económico presentado ni en la enumeración de los proyectos actualmente en ejecución. Su verdadera trascendencia radica en ofrecer una narrativa integral acerca del lugar que Marruecos pretende ocupar en un mundo sometido a profundas transformaciones geopolíticas, tecnológicas y económicas. Leído en perspectiva, el texto constituye mucho más que una exposición de logros gubernamentales. Se trata de una formulación estratégica destinada a explicar cómo un Estado de dimensiones medias puede incrementar progresivamente su influencia internacional mediante la combinación de estabilidad institucional, modernización económica, diversificación productiva y una política exterior pragmática.

A lo largo de toda la intervención, el Rey desarrolla una idea que aparece reiteradamente bajo diferentes formas: la fortaleza exterior de un país depende, en última instancia, de la solidez de sus instituciones y de la capacidad de su economía para generar innovación, riqueza y cohesión social. Esta relación entre estabilidad interna y proyección internacional constituye probablemente el principal hilo conductor del discurso. En este sentido, el mensaje se distancia de aquellas concepciones tradicionales que identificaban el poder internacional exclusivamente con la dimensión militar o con el tamaño demográfico. La influencia internacional aparece definida mediante parámetros mucho más complejos. La capacidad para atraer inversiones, participar en industrias tecnológicamente avanzadas, asegurar cadenas de suministro, desarrollar energías renovables, fortalecer la resiliencia económica y construir asociaciones equilibradas adquiere un protagonismo equivalente —e incluso superior— al de los instrumentos clásicos del poder estatal.

Desde esa perspectiva, el discurso pronunciado con motivo de la Fiesta del Trono trasciende ampliamente el significado de una ceremonia nacional. Constituye una declaración de intenciones acerca del papel que Marruecos aspira a desempeñar en las próximas décadas y una síntesis de la visión estratégica que ha orientado buena parte de las transformaciones impulsadas durante los veintisiete años del reinado de Mohammed VI. Más que un punto de llegada, el mensaje presenta esos logros como la base sobre la cual el Reino pretende construir una nueva etapa de desarrollo, caracterizada por una mayor capacidad industrial, una autonomía económica más sólida y una presencia internacional cada vez más influyente en un orden mundial en plena reconfiguración.

Tags: AGOZINOGEOPOLITICAMARRUECOSMohammed VIMONARCAREY MARRUECOSTNTOTAL NEWS
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