Por Guillermo Dietrich
Nuestro país tiene muchísimos problemas. ¿Y soluciones? Podrá haber muchas. Pero creo que la única válida es la que se lleva adelante.
Vengo viendo a economistas, analistas y periodistas que critican “la licuadora” vs. “la motosierra”, la eventual falta de un plan económico o las disidencias frente a la política cambiaria o monetaria y tiendo a sentirme incómodo con la displicencia de los tribuneros hacia los que están trabajando para transformar la realidad, que arriesgan su piel (algo que viví y entiendo lo que se siente).
El partido es supercomplejo y los jugadores que están en la cancha, el equipo económico, no solo tuvo las agallas de agarrar la papa caliente, sino que es realmente muy bueno.
Mientras, veo a algunos que, desde la comodidad de la tribuna, se ponen en observadores críticos, marcando con liviandad cada paso que, según ellos, está mal dado y sentencian lo que se debería hacer.
Más allá de esa cuestión actitudinal, que la vimos y sufrimos en nuestro gobierno, donde van limándote desde tu mismo espacio de ideas, hay una cuestión de fondo con la que disiento profundamente con estos observadores.
Argentina tiene un dramático problema económico que parte de la política. Es histórico. La política, o malgasta y genera déficit (el ADN del kirchnerismo), o no está de acuerdo con los ajustes necesarios.
Lo describe muy bien Juan Carlos Torre en su libro “Una temporada en el 5 piso”, donde se ve cómo lentamente el Plan Austral va camino al fracaso porque Alfonsín cede a las presiones del ala política del radicalismo, contrariamente a los consejos de Sourouille y su equipo.
Terminó en una tragedia económica.Lo vimos en el gobierno de De La Rúa muy claramente y también en nuestro gobierno. Solo recordar las críticas que recibimos por los aumentos de tarifas desde miembros de nuestra alianza muestran la dificultad de que “la política” entienda la imperiosa necesidad de ordenar las cuentas públicas.
El gobierno de Javier Milei es el primer gobierno en décadas que no solo está convencido de la necesidad del equilibrio fiscal, sino que no tiene esa tensión interna con la política. Tensión que existió siempre y fue la traba al cambio estructural. Muchos dicen que la debilidad de Milei radica en que no tiene gobernadores ni intendentes. En que no tiene aparato. Yo, por el contrario, veo ahí una fortaleza ya que no cuenta con esas restricciones que tuvieron los ciclos que pretendieron ordenar las cuentas económicas como algo prioritario.
Toda la fuerza política que gobierna Argentina hoy es fundamentalista del equilibrio fiscal, de bajar gasto público y de reducir impuestos. Lo dijeron en campaña y es esa la razón por la que pudieron hacer este fenomenal ajuste, que era inevitable. Y lo hicieron sin ser culposos.
Creo que estamos viviendo algo histórico que muchos no están ponderando correctamente. Más de una vez pensé que acomodar las cuentas públicas en Argentina era imposible. Hoy veo no solo que se podía, sino que se hizo rápido, de una forma que es muy estructural y contra todos los pronósticos, con un admirable apoyo de la gente a lo que se suma una gran esperanza por el futuro de nuestro país.
Es cierto que la inflación ayudó, pero la inflación fue parte de la herencia. El gobierno de Alberto Fernández, Sergio Massa y Cristina Kirchner la usaba para regalar tarifas, comprar voluntades y financiar el plan platita.
El gobierno de Milei, en cambio, usó la inflación para acelerar el ajuste fiscal.Siento que cada uno debería ser más responsable, menos tribunero y pensar en qué podemos aportar en este proceso histórico que estamos viviendo desde lo económico.
Porque es la solución que se está llevando adelante y si seguimos avanzando en esta dirección y con esta convicción, definitivamente nuestro país ingresará en un proceso de prosperidad económica que mejorará profundamente la vida de los argentinos para siempre.




