Por Daniel Romero
Buenos Aires, 19 de mayo de 2026-Total News Agency-TNA- La interna libertaria sumó un nuevo capítulo, esta vez con un mensaje directo de Santiago Caputo que sonó menos a descargo y más a advertencia política: “Llegué acá con el Presidente, me iré con el Presidente o cuando él disponga”. En medio de la guerra abierta con el sector de Karina Milei y los Menem, el asesor presidencial ratificó su lealtad a Javier Milei, pero también dejó flotando una duda incómoda para la Casa Rosada: si el Presidente no respondió públicamente, ¿es porque eligió no intervenir o porque el diálogo con su principal estratega está dañado?
La frase de Caputo fue difundida luego del estallido de la pelea por la cuenta anónima @PeriodistaRufus, atribuida por el caputismo al entorno del presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem. Esa cuenta, luego eliminada, había publicado críticas contra figuras del propio oficialismo, contra el asesor presidencial y, según distintas reconstrucciones periodísticas, hasta habría manejado información sensible del funcionamiento interno del Gobierno. El episodio dejó al descubierto una guerra de facciones que ya no se puede disimular con sonrisas de acto ni con comunicados de ocasión.
El mensaje de Caputo fue claro: no piensa irse por presión de los Menem, ni por operaciones de redes, ni por malestar del karinismo. Sólo se irá si Milei se lo pide. “Para todos los que me escriben con mensajes positivos quiero reafirmarles que voy a defender el proyecto nacional de Javier Milei”, expresó el consultor. Luego redobló la apuesta: “Me importa poquísimo quién se ofende en el proceso”. En otras palabras: no pidió permiso, no pidió disculpas y tampoco mostró intención de retroceder.
Pero los dichos de Caputo, lejos de cerrar la crisis, acorralan al propio Presidente. Al afirmar que sólo se irá cuando Javier Milei lo disponga, el asesor trasladó la presión directamente al despacho presidencial: ahora Milei queda obligado a confirmarlo, respaldarlo o dejarlo caer por omisión. Si el Presidente guarda silencio, Caputo quedará muy debilitado, porque su permanencia ya no dependerá de su propia épica ni de la fidelidad que proclama, sino de una ratificación pública que hasta ahora no apareció. Tal vez ese sea el peor error político cometido por el asesor que admira a Giuliano da Empoli: convertir una interna de facciones en un plebiscito personal sobre su vínculo real con Milei.
Hasta el momento, no se registró una respuesta pública contundente de Javier Milei al mensaje de Caputo ni al fondo de la disputa. Ese silencio presidencial es, en sí mismo, un dato político. Si el Presidente mantiene diálogo fluido con su asesor, la falta de pronunciamiento podría interpretarse como una decisión táctica para no agrandar el incendio. Pero si ese diálogo está resentido, el silencio puede leerse de una forma mucho más grave: como síntoma de que el antiguo Triángulo de Hierro dejó de funcionar como comando político real.
La pregunta sobre el diálogo entre Milei y Caputo se vuelve inevitable. Si el asesor presidencial necesita escribir en X que sólo se irá cuando el Presidente lo disponga, es porque el mensaje no estaba dirigido solamente a la militancia. También estaba dirigido hacia adentro del poder. Fue una forma de decirle al karinismo: no me echan ustedes. Y al mismo tiempo, una manera de colocar a Milei frente a una definición que el Presidente viene evitando.
El problema es que la no definición también define. Eso es lo que parece ocurrir hoy en La Libertad Avanza, donde el sector de Caputo, las Fuerzas del Cielo, el karinismo y los Menem libran una batalla por áreas de poder, candidaturas, influencia comunicacional, manejo legislativo y acceso directo al Presidente.
El eje del conflicto pasa por la convivencia entre Caputo y los Menem, especialmente Martín Menem y Eduardo “Lule” Menem. En ambos sectores coinciden en algo: la convivencia dentro del Gobierno ya no da para más. El asesor y los riojanos se miden, desconfían de todo y se acusan mutuamente de operaciones cruzadas. La crisis es tan profunda que dentro del oficialismo algunos creen que la única salida real es que uno de los dos sectores pierda poder o abandone posiciones centrales.
En ese tablero, Karina Milei aparece claramente alineada con Martín Menem. No hubo, al menos hasta ahora, un respaldo público formal de la secretaria general de la Presidencia al titular de Diputados mediante una declaración institucional o un comunicado explícito. Pero el respaldo político se observa en los hechos: Menem pertenece al núcleo de confianza de Karina, responde a su armado y ocupa un lugar clave dentro del esquema karinista.
La ausencia de una defensa pública de Karina Milei a Martín Menem también puede tener una explicación: exponerla directamente en la pelea sería reconocer que la interna ya escaló hasta el centro familiar del poder. Pero en la práctica, el karinismo viene ganando posiciones dentro del Gobierno, ocupando cargos vacantes y empujando una reorganización que dejó al caputismo cada vez más incómodo. El propio conflicto por la cuenta fake aparece como la explosión visible de una pulseada que venía acumulando tensión desde hace meses.
Caputo, por su parte, conserva una influencia difícil de medir formalmente, pero real. Fue uno de los arquitectos del triunfo electoral de 2023, mantiene ascendencia sobre la militancia digital más combativa y conserva vínculos con áreas sensibles del Gobierno. Su poder no siempre está escrito en el organigrama, pero se nota cuando falta. Y en los últimos días se notó demasiado: el oficialismo pasó de la épica libertaria al vodevil de cuentas anónimas, acusaciones y reproches de WhatsApp.
De hecho, el escándalo de Adorni aparece como telón de fondo de la guerra interna. Su permanencia en la Jefatura de Gabinete es cuestionada por distintos sectores del oficialismo y de sus aliados. La senadora Patricia Bullrich exigió públicamente que presentara documentación para despejar dudas, mientras otros integrantes del Gobierno reclaman en privado una salida ordenada.
El ruido interno llega en un momento pésimo para el Gobierno. La administración libertaria intenta mostrar algunos datos económicos favorables, como la desaceleración de la inflación y la puesta en marcha de proyectos bajo el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones. Pero cada avance queda tapado por un incendio político distinto. La gestión no logra capitalizar buenas noticias porque el relato de orden choca con una interna que transmite descontrol.
El contraste es brutal. Milei construyó su liderazgo sobre la idea de autoridad, decisión y coraje para enfrentar a la “casta”. Sin embargo, puertas adentro de su propia coalición, aparece reticente a arbitrar entre su hermana, su principal asesor y los operadores parlamentarios que sostienen parte del andamiaje político. El Presidente grita fuerte hacia afuera, pero hacia adentro parece asimilar la crisis con silencio.
La pregunta, entonces, ya no es sólo si Caputo se va o se queda. La pregunta es quién manda realmente en el Gobierno cuando los sectores que deberían obedecer al Presidente se desafían en público. Si manda Karina Milei, el caputismo queda herido. Si manda Caputo, los Menem quedan expuestos. Si manda Milei, debería demostrarlo. Y si no manda nadie, la interna libertaria puede convertirse en el principal enemigo de un Gobierno que todavía necesita sostener poder, gestión y expectativas.
El mensaje de Caputo obliga a Milei a elegir, aunque el Presidente intente no hacerlo. Porque cuando un asesor dice que sólo se irá si lo echa el Presidente, está pidiendo una ratificación de confianza. Y cuando esa ratificación no aparece, la duda se instala sola: ¿sigue siendo Santiago Caputo un hombre de diálogo directo con Javier Milei, o su permanencia depende ahora de una relación política que ya no tiene la fluidez de otros tiempos?
En la Casa Rosada, el silencio puede servir para ganar horas. Pero no para ordenar una guerra. Y esta guerra, por ahora, no muestra vencedores. Sólo muestra un Gobierno cada vez más partido, un Presidente que no interviene públicamente, una hermana que protege su armado, un asesor que no piensa correrse y un país que observa cómo la promesa de orden libertario se enreda en la más clásica de las internas argentinas: poder, ego, territorio y miedo a perder la lapicera.





