Washington – 6 de junio de 2026 – Total News Agency – TNA-. El régimen de Irán volvió a escalar la tensión en el Golfo Pérsico al lanzar siete misiles balísticos contra Kuwait y Baréin, dos países que albergan instalaciones militares estratégicas de Estados Unidos, en represalia por ataques norteamericanos contra radares costeros iraníes en la zona del estrecho de Ormuz.
El Comando Central de Estados Unidos informó que seis de los siete misiles fueron interceptados y que el séptimo no alcanzó el objetivo previsto. Según la primera evaluación militar estadounidense, no se registraron heridos entre sus fuerzas ni daños en su infraestructura en Baréin.
La ofensiva fue reivindicada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, el ejército ideológico del régimen de Teherán, que aseguró haber atacado “bases enemigas” en la región después de los bombardeos estadounidenses contra instalaciones de radar en territorio iraní.
Los ataques elevaron la alarma en dos puntos centrales del despliegue occidental en el Golfo. Baréin es sede de la Quinta Flota de Estados Unidos, pieza clave para el control naval del Golfo Pérsico, el mar Arábigo y el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte esencial del comercio mundial de petróleo. Kuwait, en tanto, mantiene desde hace décadas una estrecha cooperación militar con Washington y aloja fuerzas estadounidenses en bases utilizadas para operaciones regionales.
La secuencia comenzó con la intercepción de drones iraníes que, según Estados Unidos, representaban una amenaza directa contra el tránsito marítimo en el estrecho de Ormuz. Como respuesta, fuerzas norteamericanas atacaron instalaciones de vigilancia y radar en Qeshm y Goruk, utilizadas por Irán para monitorear y presionar el tráfico naval en una de las rutas energéticas más sensibles del planeta.
Pocas horas después, el régimen iraní respondió con el lanzamiento de misiles contra Kuwait y Baréin. En ambos países se activaron alertas aéreas. Corresponsales internacionales reportaron explosiones cerca del aeropuerto internacional de Kuwait y estruendos en Manama, capital bareiní, donde también se escucharon sirenas.
La televisión estatal iraní difundió un comunicado del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica en el que afirmó que “bases enemigas en la región” habían sido alcanzadas por misiles. Sin embargo, Estados Unidos negó impactos relevantes y sostuvo que sus sistemas defensivos neutralizaron casi la totalidad del ataque.
El episodio constituye una nueva violación del frágil equilibrio militar que se intenta sostener en la región, luego de semanas de enfrentamientos cruzados, amenazas sobre el tránsito petrolero y negociaciones indirectas para contener una guerra más amplia entre Estados Unidos, Israel e Irán.
La ofensiva iraní también confirma que Teherán mantiene capacidad de hostigar a aliados occidentales y socios del Golfo, aun después de los golpes sufridos contra su infraestructura militar. No obstante, el resultado operativo del ataque expuso nuevamente las limitaciones del régimen: siete misiles lanzados, seis interceptados y uno fuera de objetivo.
La crisis tiene además un impacto directo sobre la estabilidad energética global. El estrecho de Ormuz es una arteria vital para el transporte de crudo y gas natural licuado, y cada incidente militar en esa zona repercute de inmediato en los mercados, las primas de riesgo marítimo y los costos del comercio internacional.
Kuwait y Baréin evitaron por ahora una respuesta pública de alto voltaje, aunque ambos gobiernos activaron sus protocolos de defensa aérea. En el caso bareiní, la situación es especialmente sensible por la presencia de la estructura naval estadounidense y por la proximidad geográfica con Irán.
La Casa Blanca, por su parte, intenta sostener una línea de presión sin admitir una guerra abierta de mayor escala. El presidente Donald Trump había advertido en las últimas horas que todavía quedaban “asuntos pendientes” con Irán, mientras funcionarios de seguridad insisten en que las acciones estadounidenses son defensivas y buscan garantizar la navegación internacional.
El régimen iraní, en cambio, busca mostrar fuerza hacia adentro y hacia sus aliados regionales, entre ellos Hezbollah, milicias chiitas en Irak y facciones palestinas respaldadas por Teherán. La estrategia vuelve a apoyarse en el mismo patrón de los últimos años: atacar de manera directa o indirecta a fuerzas estadounidenses y aliados regionales, mientras acusa a Washington de provocar la escalada.
La diferencia es que ahora los ataques ya no se limitan a milicias subsidiarias o drones de hostigamiento. El lanzamiento de misiles contra países soberanos del Golfo que alojan bases estadounidenses coloca a Irán en una zona de riesgo mucho mayor y amenaza con arrastrar a otros actores regionales a una confrontación más profunda.
En ese escenario, Kuwait y Baréin quedan en el centro de la presión estratégica: son aliados de Estados Unidos, dependen de la seguridad regional para sostener su estabilidad interna y se encuentran a corta distancia del poder misilístico iraní.
El nuevo ataque confirma que la guerra de baja intensidad en el Golfo sigue lejos de cerrarse. Mientras Washington intenta proteger sus bases y la navegación en Ormuz, Teherán utiliza su aparato militar ideológico para sostener la intimidación regional, aun a costa de multiplicar el riesgo de una respuesta mucho más dura.





