Lima – 3 julio 2026 – Total News Agency – TNA-. Keiko Fujimori quedó a un paso formal de convertirse en la primera mujer elegida por voto popular para ejercer la Presidencia del Perú, luego de que la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) culminara el conteo oficial al 100% y confirmara su ajustada victoria sobre el candidato de izquierda Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. La atención política se trasladó ahora al Jurado Nacional de Elecciones (JNE), encargado de proclamar oficialmente los resultados y abrir el tramo final de la transición hacia la juramentación prevista para el 28 de julio.
La definición fue una de las más cerradas de la historia reciente peruana. Fujimori, candidata de Fuerza Popular, obtuvo 9.223.396 votos, equivalentes al 50,135%, contra 9.173.755 votos de Sánchez, que alcanzó el 49,865%. La diferencia final fue de apenas 49.641 sufragios sobre más de 18 millones de votos válidos, un margen mínimo que explica la tensión poselectoral, las denuncias opositoras y la expectativa alrededor de cada paso institucional del cierre electoral.
Aunque el conteo ya terminó, la proclamación del JNE es el acto que consagra jurídicamente a la fórmula ganadora. Según la agenda electoral informada por medios peruanos, la ceremonia de proclamación estaba prevista para este 3 de julio, mientras que la entrega formal de credenciales a la presidenta electa y a sus vicepresidentes se realizaría el 15 de julio. Allí estarán Luis Galarreta y Miguel Torres, integrantes de la plancha presidencial de Fuerza Popular y figuras clave del armado político que acompañará a Fujimori en su llegada a Palacio de Gobierno.
Un dato político llamó la atención durante la jornada: Keiko Fujimori no asistiría a la ceremonia de proclamación del JNE. La dirigente sí tiene previsto participar de la entrega de credenciales, que marcará el inicio visible de la transición presidencial. En paralelo, simpatizantes de distintas regiones del país llegaron al local de Fuerza Popular para saludar a la presidenta electa. Delegaciones del interior llevaron flores, retablos, panes, frutas y otros obsequios, en una señal de celebración militante después de tres derrotas presidenciales consecutivas en 2011, 2016 y 2021.
La victoria tiene una carga histórica y simbólica enorme. Fujimori, de 51 años, llega a la Presidencia en su cuarto intento, después de haber sido durante años la figura más influyente y resistida de la derecha peruana. Su triunfo marca, además, el regreso del fujimorismo al Poder Ejecutivo por primera vez desde el derrumbe del gobierno de Alberto Fujimori en el año 2000, tras el escándalo de los “vladivideos” y la caída del aparato político construido alrededor de Vladimiro Montesinos.
El desafío inmediato será transformar una victoria mínima en gobernabilidad. Perú llega a esta transición después de una década de crisis política, sucesión de presidentes, choques entre el Ejecutivo y el Congreso, protestas sociales, inseguridad y deterioro de la confianza pública. Fuerza Popular tendrá peso parlamentario, pero no mayoría absoluta, por lo que la futura mandataria deberá negociar con otras bancadas si pretende aprobar reformas, sostener su gabinete y evitar que su gobierno quede atrapado en la misma inestabilidad que devoró a sus antecesores.
El armado del primer gabinete será la señal más importante de los próximos días. En el entorno de Fujimori aparece con fuerza el nombre de Luis Galarreta, primer vicepresidente electo, secretario general de Fuerza Popular y coordinador de la transición. Medios peruanos lo mencionan como uno de los posibles candidatos a presidir el Consejo de Ministros, con una agenda inicial centrada en seguridad, prevención frente al fenómeno de El Niño, disciplina fiscal y reactivación económica.
También suenan nombres técnicos y políticos ligados al fujimorismo, entre ellos Miguel Torres, segundo vicepresidente electo y operador parlamentario del espacio. La futura presidenta deberá resolver si opta por un gabinete de partido, con fuerte identidad fujimorista, o por una conformación más amplia, destinada a tranquilizar mercados, tender puentes con sectores no alineados y bajar la temperatura política de un país partido casi por mitades.
La resistencia de Roberto Sánchez agrega incertidumbre. El candidato de izquierda se negó a reconocer plenamente el resultado, denunció presuntas irregularidades y puso el foco en el voto exterior, decisivo para que Fujimori terminara de consolidar su ventaja. Hasta el momento, las denuncias no alteraron el conteo final de la ONPE, pero la narrativa del fraude puede alimentar protestas y dificultar el clima de transición.
En la región, el triunfo de Fujimori fue leído por gobiernos y líderes de derecha como parte de un giro político más amplio. El presidente argentino Javier Milei la llamó para felicitarla y afirmó que Argentina y Perú “vuelven a encontrarse en el camino de la libertad”. Además, celebró que el país andino se sume al bloque regional que, según su mirada, decidió “plantarse frente al socialismo”. En Buenos Aires incluso se analiza la posibilidad de que Milei viaje a Lima para participar de la asunción del 28 de julio.
La propia Fujimori respondió el saludo del mandatario argentino y anticipó una etapa de mayor cooperación bilateral, basada en diálogo, desarrollo, libertad y prosperidad. Esa sintonía puede abrir una agenda común en seguridad, comercio, inversiones y combate contra el crimen organizado transnacional, uno de los ejes que marcaron la campaña peruana y que también ocupa un lugar central en el discurso regional de Milei.
El principal desafío interno será la seguridad. Fujimori hizo campaña con un discurso de orden, mano dura contra el crimen y recuperación de la autoridad estatal. Perú atraviesa una crisis creciente de extorsiones, asesinatos, avance de bandas transnacionales, narcotráfico, minería ilegal y violencia urbana. La futura presidenta sabe que sus primeros cien días estarán marcados por esa demanda social: si no logra mostrar resultados rápidos, su capital político puede erosionarse con la misma velocidad con que consiguió el triunfo.
La economía será el segundo frente. Perú conserva fortalezas macroeconómicas relativas, pero viene golpeado por bajo crecimiento, informalidad laboral, conflictividad social, deterioro institucional y desconfianza inversora. El gabinete económico deberá combinar disciplina fiscal, reactivación productiva, infraestructura, minería, inversión privada y políticas sociales focalizadas para reducir la fractura entre la costa, la sierra, la Amazonía y el voto exterior que terminó inclinando la elección.
La presidenta electa también deberá administrar el peso de su apellido. Para sus votantes, el fujimorismo representa orden, autoridad y crecimiento. Para sus críticos, evoca autoritarismo, corrupción y violaciones a los derechos humanos durante el gobierno de Alberto Fujimori. Ese legado seguirá condicionando cada decisión de Keiko, especialmente si intenta concentrar poder, confrontar con adversarios o avanzar con reformas institucionales sensibles.
Por ahora, la transición comenzó bajo celebración, cautela y vigilancia. Fujimori ya ganó en las urnas, pero todavía debe ganar algo más difícil: legitimidad política en un país dividido. La proclamación del JNE, la entrega de credenciales, la definición del gabinete y la juramentación del 28 de julio serán los primeros pasos de una presidencia que nace con un margen electoral mínimo y con una expectativa máxima.




