Por Adalberto Agozino
Lejos de los grandes titulares, Marruecos continúa acumulando respaldos internacionales a su Plan de Autonomía para el Sáhara. Los recientes pronunciamientos de Malí y Bulgaria, dos países situados en escenarios geopolíticos muy distintos, ilustran una tendencia que se ha consolidado durante los últimos años: cada vez más Estados consideran la propuesta marroquí como el marco más realista para resolver uno de los conflictos territoriales más prolongados del norte de África.
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Buenos Aires – La diplomacia rara vez ofrece victorias instantáneas. Su lógica responde más bien a la acumulación paciente de gestos, declaraciones y acuerdos que, con el paso del tiempo, terminan alterando el equilibrio político de una cuestión internacional. La evolución del contencioso del Sáhara parece ajustarse a esa dinámica. Sin modificaciones espectaculares en el terreno, pero mediante una sucesión constante de apoyos diplomáticos, Marruecos ha conseguido situar su Plan de Autonomía en el centro del debate internacional sobre el futuro del territorio.
La iniciativa presentada por Rabat en 2007 ha ido ampliando progresivamente su aceptación entre países de muy diversa orientación política y ubicación geográfica. Lo que en un principio fue interpretado como una propuesta nacional ha terminado convirtiéndose, para un número creciente de gobiernos, en el marco más viable para avanzar hacia una solución política auspiciada por las Naciones Unidas. Los recientes posicionamientos de Bulgaria y Malí constituyen un nuevo capítulo de ese proceso.

Resulta difícil encontrar dos países más diferentes entre sí. Uno pertenece a la Unión Europea y a la OTAN; el otro forma parte del complejo escenario político y de seguridad del Sahel. Sin embargo, ambos coinciden ahora en un aspecto esencial: considerar que la propuesta marroquí representa la base más sólida para resolver un conflicto cuya prolongación continúa condicionando la estabilidad regional.
La posición expresada por Bulgaria posee un significado político que trasciende el ámbito bilateral. Tras una conversación telefónica entre la ministra de Asuntos Exteriores búlgara, Velislava Petrova, y su homólogo marroquí, Nasser Bourita, Sofía manifestó que una autonomía efectiva bajo soberanía marroquí puede constituir una solución viable para la cuestión del Sáhara. El comunicado oficial añade además que la iniciativa presentada por Marruecos en 2007 constituye una base “seria, creíble y realista” para alcanzar una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable, en consonancia con la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Aunque pueda parecer una declaración más dentro de la intensa actividad diplomática de Rabat, el pronunciamiento búlgaro adquiere relevancia por el contexto europeo en el que se produce. Durante los últimos años, diversos Estados del continente han revisado su aproximación al conflicto, privilegiando fórmulas orientadas hacia la estabilidad regional frente a posiciones tradicionales marcadas por la neutralidad estricta.
Las relaciones entre Marruecos y Bulgaria ofrecen un ejemplo de esa evolución. Ambos países han intensificado sus contactos políticos, ampliado los intercambios comerciales y fortalecido la cooperación en sectores tan diversos como la energía, las infraestructuras, la agricultura, el turismo y la educación superior. La aproximación diplomática sobre el Sáhara aparece así como la consecuencia lógica de un vínculo bilateral que ha ganado densidad política y económica.
Para Rabat, este tipo de respaldos posee además un valor estratégico. La Unión Europea continúa siendo su principal socio económico y político, por lo que cada nuevo pronunciamiento favorable dentro del espacio comunitario contribuye a consolidar la percepción de que el Plan de Autonomía constituye hoy una referencia central en las discusiones internacionales sobre el conflicto.
Todavía más significativa resulta la posición adoptada por Malí. Durante la cuarta sesión de la Gran Comisión Mixta de Cooperación entre ambos países, celebrada en Bamako, el Gobierno maliense reiteró su apoyo a la integridad territorial y a la soberanía de Marruecos sobre el conjunto de su territorio, incluida la región del Sáhara, al tiempo que reafirmó su respaldo al Plan de Autonomía, al que calificó como “la única solución creíble y realista” para resolver este conflicto regional.
La declaración no constituye un episodio aislado, sino la confirmación de un profundo cambio en la política exterior maliense. En abril de este año, Bamako anunció oficialmente la retirada del reconocimiento que durante décadas había otorgado a la autoproclamada e inexistente República Árabe Saharaui Democrática, una decisión que modificó uno de los equilibrios diplomáticos más relevantes del continente africano. El comunicado conjunto firmado ahora por ambos gobiernos consolida esa nueva orientación y reafirma la apuesta de Malí por la iniciativa marroquí como único marco político capaz de encauzar el diferendo.
El acercamiento entre Rabat y Bamako responde, sin embargo, a una agenda mucho más amplia que la cuestión del Sáhara. Marruecos ha incrementado durante la última década su presencia económica y política en el Sahel mediante programas de cooperación agrícola, inversiones en infraestructuras, formación profesional, colaboración religiosa y proyectos destinados al fortalecimiento institucional. Esa estrategia ha permitido consolidar una relación particularmente estrecha con Malí en un momento en que el país atraviesa profundas transformaciones políticas y enfrenta uno de los escenarios de seguridad más complejos del continente.
La cooperación bilateral se extiende igualmente a ámbitos sensibles como la lucha contra el terrorismo, el intercambio de capacidades administrativas y la formación de recursos humanos. En un espacio regional donde la estabilidad constituye un bien cada vez más escaso, la construcción de alianzas duraderas adquiere una dimensión que trasciende los aspectos puramente diplomáticos.
Precisamente por ello, el respaldo maliense posee un alcance político considerable. África constituye uno de los principales escenarios de la estrategia exterior marroquí desde el regreso del Reino a la Unión Africana en 2017. Desde entonces, Rabat ha desarrollado una intensa política de aproximación hacia numerosos Estados africanos basada en inversiones, cooperación para el desarrollo y asociaciones económicas de largo plazo. La evolución de la posición de Malí refleja, en buena medida, los resultados de esa política.
Los casos de Bulgaria y Malí ilustran una característica cada vez más visible de la diplomacia marroquí: la diversidad geográfica de los apoyos que recibe. Ya no se trata únicamente de respaldos procedentes del mundo árabe o africano. También llegan desde Europa, América Latina y otras regiones, configurando una red de apoyos que responde menos a afinidades ideológicas que a una evaluación pragmática de la estabilidad regional y de las posibilidades reales de alcanzar un acuerdo político.
Ese cambio de percepción no implica la desaparición de las discrepancias internacionales en torno al conflicto. La cuestión del Sáhara continúa formando parte de la agenda de las Naciones Unidas y sigue siendo objeto de posiciones diferentes entre numerosos Estados. Sin embargo, el creciente número de gobiernos que describen el Plan de Autonomía como una propuesta “seria, creíble y realista” evidencia una transformación paulatina del contexto diplomático.
En política internacional, las tendencias suelen ser más importantes que los acontecimientos aislados. Los respaldos expresados recientemente por Bulgaria y Malí adquieren precisamente ese significado. No modifican por sí solos el statu quo, pero sí confirman una evolución que se ha venido consolidando durante los últimos años: la progresiva ampliación del consenso internacional en torno al Plan de Autonomía promovido por Marruecos y la creciente consideración de esa iniciativa como el principal punto de referencia para cualquier solución política futura del artificial diferendo sobre el Sáhara.





