La primera visita de Vladimir Putin a Etorofu provocó una protesta formal de Tokio y volvió a exhibir la política de hechos consumados con la que Moscú administra territorios cuya soberanía permanece disputada desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Japón convocó al embajador ruso Nikolai Nozdrev y calificó el viaje de “absolutamente inaceptable”, mientras el Kremlin respondió que las islas forman parte de la Federación Rusa y que sus decisiones soberanas no admiten discusión. La incursión presidencial no fue únicamente simbólica: llegó después de ejercicios navales en el extremo oriental ruso y tras años de militarización de las islas con misiles antibuque y sistemas antiaéreos. En momentos en que Rusia continúa su guerra contra Ucrania, el gesto de Putin traslada nuevamente al Pacífico una concepción territorial basada en ocupación, control militar y negativa a negociar que mantiene a Rusia y Japón, más de ocho décadas después de 1945, sin un tratado de paz definitivo.
Tokio – 14 Agosto 2026 – Total News Agency – TNA.- El presidente ruso Vladimir Putin decidió abrir otro frente de tensión territorial en el extremo oriental de su país al convertirse este jueves en el primer mandatario ruso en visitar personalmente Etorofu, denominada Iturup por Moscú, la mayor de las cuatro islas del sur del archipiélago de las Kuriles que Japón reclama como parte de sus Territorios del Norte.
La respuesta japonesa fue inmediata. El ministro de Relaciones Exteriores, Toshimitsu Motegi, convocó al embajador ruso Nikolai Nozdrev, presentó una protesta formal y reiteró que Etorofu, Kunashiri, Shikotan y el grupo de islas Habomai constituyen territorio inherente de Japón “a la luz de los hechos históricos y sobre la base del derecho internacional”. La primera ministro Sanae Takaichi aseguró que Tokio había pedido repetidamente a Moscú que Putin desistiera del viaje y calificó finalmente la visita de “absolutamente inaceptable”.
Putin hizo exactamente lo contrario.
El jefe del Kremlin recorrió una planta procesadora de pescado, un hospital y una escuela, conversó con habitantes y se reunió con el gobernador de la región de Sajalín, Valery Limarenko. La escenografía presidencial buscó proyectar normalidad administrativa sobre un territorio que Rusia controla de facto, pero cuya soberanía constituye desde 1945 el principal obstáculo para que Moscú y Tokio hayan podido firmar un tratado que cierre formalmente la Segunda Guerra Mundial entre ambos países.
El gesto tuvo además una carga provocativa imposible de ignorar. Putin llegó a Iturup después de observar ejercicios militares rusos en Sajalín y de mantener conversaciones sobre la defensa de las fronteras orientales de Rusia. Durante su recorrida, el gobernador destacó incluso la participación de habitantes de la región en el esfuerzo bélico contra Ucrania, ante lo cual Putin respondió reivindicando lo que describió como un “código genético del conquistador”.
La frase resulta particularmente significativa en un territorio tomado por la Unión Soviética durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.
La disputa tiene raíces jurídicas e históricas anteriores a 1945. El Tratado de Shimoda de 1855, primer acuerdo formal entre Japón y el Imperio ruso, estableció la frontera precisamente entre Etorofu y Urup, dejando Etorofu y las islas ubicadas hacia el sur bajo soberanía japonesa. Documentación histórica del propio Departamento de Estado estadounidense confirma que aquella delimitación reconocía a las cuatro islas que hoy reclama Tokio dentro del espacio japonés de la época.
En agosto de 1945, mientras Japón se encontraba derrotado y la guerra llegaba a su final, las fuerzas soviéticas ingresaron en el conflicto contra Tokio y ocuparon el archipiélago. La población japonesa de las cuatro islas del sur fue posteriormente expulsada y la URSS incorporó esos territorios a su estructura administrativa. Japón nunca aceptó la soberanía soviética —y posteriormente rusa— sobre esas cuatro islas.
Existe una complejidad jurídica adicional: en el Tratado de Paz de San Francisco de 1951, Japón renunció a sus derechos sobre las “islas Kuriles”, pero la Unión Soviética no firmó aquel tratado y Tokio sostiene que las cuatro islas del sur no forman parte de las Kuriles a las que se refería esa renuncia. Documentos históricos estadounidenses muestran que Washington distinguió durante aquellas negociaciones a Habomai y Shikotan y reconoció sólidos fundamentos históricos japoneses también sobre Kunashiri y Etorofu.
El conflicto parecía haber encontrado alguna posibilidad de solución en 1956, cuando Japón y la Unión Soviética restablecieron relaciones diplomáticas, aunque el problema territorial quedó pendiente. Décadas después, el entonces primer ministro japonés Shinzo Abe intentó construir una relación personal con Putin y promovió conversaciones orientadas a alcanzar finalmente un acuerdo de paz. Ninguno de esos esfuerzos consiguió quebrar la negativa rusa a desprenderse del territorio.
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 terminó prácticamente con aquel proceso.
Cuando Japón se sumó a las sanciones occidentales contra Moscú, Rusia suspendió unilateralmente las negociaciones para un tratado de paz, canceló los programas de visitas sin visa para antiguos residentes japoneses y abandonó las conversaciones sobre actividades económicas conjuntas en las cuatro islas. El Gobierno japonés calificó la decisión de “extremadamente injusta” y atribuyó el deterioro bilateral a la agresión rusa contra Ucrania.
Moscú no se limitó entretanto a ejercer control administrativo. Durante años reforzó militarmente las islas con sistemas de defensa costera Bal y Bastion, tanques T-72B3, baterías antiaéreas S-300V4 y ejercicios con contingentes militares desplegados tanto en Etorofu como en Kunashiri. El Instituto Nacional de Estudios para la Defensa de Japón documentó ese proceso como una expansión sostenida de la postura militar rusa en los territorios reclamados por Tokio.
Ese dato convierte la visita de Putin en algo bastante más serio que una disputa ceremonial por una bandera.
Las Kuriles meridionales tienen valor estratégico porque controlan accesos entre el mar de Ojotsk y el Pacífico, una zona fundamental para la flota rusa del Pacífico y particularmente relevante para la protección de submarinos estratégicos. También poseen importantes recursos pesqueros y están ubicadas a escasa distancia de Hokkaido, territorio japonés.
La visita se produce además mientras Moscú profundiza su cooperación militar con China y Corea del Norte. Japón viene señalando con creciente preocupación los vuelos conjuntos de bombarderos rusos y chinos, los ejercicios navales regionales y la cooperación militar entre Rusia y Pyongyang, que incluyó el envío de miles de soldados norcoreanos y misiles balísticos para apoyar el esfuerzo bélico ruso.
Moscú respondió a la protesta japonesa con su habitual inversión argumental. La embajada rusa afirmó que el reclamo de Tokio era “infundado”, sostuvo que las Kuriles del Sur ingresaron legítimamente a la Federación Rusa como resultado de la Segunda Guerra Mundial y declaró que los desplazamientos del presidente ruso dentro de esos territorios constituyen decisiones soberanas que ningún Estado extranjero puede discutir.
El problema es precisamente ése: Rusia pretende que ocho décadas de ocupación conviertan automáticamente una disputa territorial irresuelta en una cuestión cerrada, mientras se niega a negociar el tratado de paz que permitiría resolverla diplomáticamente.
La conducta resulta difícil de separar del método que el Kremlin ha utilizado en otros escenarios. En Georgia, Rusia reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur después de la guerra de 2008; en 2014 anexó Crimea tras ocupar militarmente la península ucraniana y desde 2022 pretende incorporar otras regiones de Ucrania después de invadirlas. Las circunstancias históricas y jurídicas son diferentes en cada caso, pero existe una constante política: Moscú utiliza presencia militar, administración efectiva y el paso del tiempo para intentar transformar situaciones territoriales controvertidas en realidades irreversibles. La comparación constituye una inferencia sobre ese patrón, no una equiparación jurídica entre los conflictos.
Putin eligió además realizar su primera visita a Etorofu apenas dos días antes del aniversario de la rendición japonesa de 1945, una sensibilidad histórica que difícilmente podía pasar inadvertida en el Kremlin. Takaichi afirmó que el viaje dañó aún más la percepción de Rusia entre los japoneses y hará más difícil cualquier recuperación de las relaciones bilaterales a mediano y largo plazo.
En algún momento Rusia tendrá que decidir si pretende una arquitectura estable de seguridad en Asia-Pacífico o simplemente acumular territorios, bases militares y enemigos alrededor de sus fronteras. Japón sigue reclamando una negociación y un tratado de paz; Putin respondió viajando personalmente a una isla disputada, después de reforzarla militarmente y mientras mantiene abierta una guerra de conquista en Europa. Ese contraste explica por qué Tokio interpretó la visita no como turismo presidencial, sino como una deliberada demostración de poder sobre una herida territorial que Moscú se niega a cerrar desde hace más de ochenta años.
Fuentes consultadas: Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, Kremlin, Associated Press, Reuters, Financial Times, The Guardian, Instituto Nacional de Estudios para la Defensa de Japón, archivos históricos del Departamento de Estado de Estados Unidos y antecedentes diplomáticos de las negociaciones ruso-japonesas sobre los Territorios del Norte.





